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martes 22 de julio de 2008

El trabajo del día_María Paz Levinson

María Paz Levinson, Argentina




El trabajo del día



Nos llevó a los tres por el campo en diagonal
hasta la estancia “El Cóndor” donde hay un arreglo con el capataz.
La estancia tiene construcciones de techos rojos
en medio del desierto donde los pocos árboles que se ven
crecen alrededor de un hilo de agua, galpones, establos,
corrales redondos como relojes de sol gigantes,
una estaca en el medio y la casa del estanciero en la loma.
El galpón de la esquila es lo primero que nos hace conocer,
como si tuviéramos que dar un examen sobre la producción lanera
antes de empezar el trabajo del día.
La luz se filtra entre los tablones, difusa ilumina
pedazos de lana incrustados en maderas astilladas
como las plantas parásito crecen en troncos de árboles.
La temporada de la esquila ya pasó, todo parece quieto,
ratones escondidos en ranuras y el olor a lana en todas partes,
prensas, empaquetadoras, puertas del tamaño de una oveja,
y las estrellas de la línea de la esquila:
las tijeras con filo rústico, grises y grandes
arrastrando el chiste seguro de tusar a las chicas de pelo largo.
También hay tijeras modernas mucho más rápidas
que dejan a los animales recortados con la prolijidad de la electricidad.
Sólo después de ese recorrido, más allá de la manga,
vemos la montaña de abono y entendemos el objetivo cuando reparten las palas.
Él nos mira y dirige el trabajo que no puede hacer por la ciática,
nos alcanza las bolsas de arpillera vacías y después las vamos llenando
hasta que quedan como almohadas hinchadas,
eso lo hacemos, primero, un poco torpes,
pero a la quinta bolsa sistematizamos el trabajo.
De repente algo sucede, cuatro o cinco cóndores giran en el cielo,
los cuatro nos quedamos mirando y de paso haciendo una pausa justificada,
mi hermana con la pala clavada en la montaña de mierda y tierra
el viejo aprovecha, trae una cerveza medio tibia, la abre con un cuchillo,
la espuma se derrama y tiene que correrse para atrás puteando.

El trabajo lo resolvimos con más de veinte bolsas
para el hombre que se contenta en hacer
el dinero del día: vender un kilo de nueces,
una botella de vino, una bolsa de higos y así con las pequeñas
diferencias de la compra y venta va a la despensa
compra la cena, va al locutorio y escribe un mail:
estoy contento, hoy vendí tierra y miel.
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