miércoles, 2 de abril de 2025

UNA BANDERA DE PLUMAS ANTE EL ARDOR Y REBELIÓN DE LAS PALABRAS O EL RESPONSO DE UN LOCO QUE SIEMBRA PÁJAROS

 

Jorge Canales


UNA BANDERA DE PLUMAS ANTE EL ARDOR Y REBELIÓN DE LAS PALABRAS

O EL RESPONSO DE UN LOCO

QUE SIEMBRA PÁJAROS

 

 

me persigo

junto a tan tantas otras bellas concas corolas erolocas

entre fugaces muertes sin memoria…

OLIVERIO GIRONDO

 

Los espejos mienten para volver a mirarse
En nuestros ojos.

RAÚL HENAO

 

 

 

La poesía en su valor más universal nos conduce siempre a los ámbitos de la memoria, sin negar los tiempos de silencio, o esa búsqueda de horizontes esperanzados, mismos que abren las ventanas del alma, y que bullen como un rictus en el ojo húmedo de la página. En su ensayo, La poesía entre el silencio y el pecado, la escritora Ana Blandiana,[1] expresa: «me refiero a la evolución de la poesía como un ideal, concebido como una intensificación del poder de sugestión, en el que decir lo menos posible para sugerir lo más posible puede convertirse en no decir nada para sugerirlo todo. Un ideal absurdo en la medida en que implica, para su cumplimiento, la desaparición de la poesía. Y un ideal, también, que, por mucho que quiera acercarse a él, ningún poeta alcanzará nunca, porque ninguno aceptará renunciar a sus palabras. El sufrimiento y el arte del poeta consisten en vivir en el filo entre esas palabras y la nada.» veamos qué es lo nos dice Jorge Canales: «Soy el loco que un día se irá abrazado con la palabra locura / después de esperar la muerte sólo para darle la hora.» (Canales: EL LOCO, 2025). En este poema hay una aspiración de anulación, una escena casi de sepultura.

La obra que aquí nos ocupa posee diferentes tonalidades, desde la ironía y la crítica social hasta cierto intimismo. Es en todo caso, una poética versátil, sus palabras resuenan con intensidad, la emoción que solo se ve en poetas comprometidos con el oficio de ser poetas. Resulta un riesgo leer desde la superficialidad, hay que oír a lo subterráneo, a lo que no dice literalmente el poema: tomemos el poema dedicado a Ovidio Villafuerte, dos versos son contundentes: «Se leía la palabra lucha / pero era difícil no incinerarse con el sol.» resulta que el poeta en cuestión era un soldado de la lucha, no un perro faldero del capitalismo. Aspiración y experiencia frente al oprobio.

Las diversas construcciones que el poeta realiza, resultantes de su interacción con el entorno, con sus vivencias, constituye la parte fundacional del poema, es decir, los espacios imaginarios en la poesía que nutre y desemboca en «experiencia vital» Las tensiones que suscita el tiempo, el entorno, la inmersión en el mundo de los sueños (casi como un enclaustramiento), los descensos, ascensos, en el momento de la escritura, es lo que le da a la poesía y al poeta una perspectiva unívoca. Estos imaginarios (espacios psicológicos) se organizar al punto de constituir la experiencia del poeta. Canales capta a través de su poesía la esencia de este tiempo de cambios y retrocesos políticos y los nuevos desafíos a los que la sociedad debe responder. La palabra del poeta es pertinente y oportuna: «Despiden los grafitis su voz ahumada / sobre las paredes descascaradas de miedo. / No respiraré más su aroma de leyenda / para distraer el mal de hambre / palpitante en estas palabras de nadie.» Canales: LA GARCA, 2025).

Sentimientos e imaginarios, como elementos tensionales, conforman esos espacios que a continuación, procuro delinear. Generalmente para el poeta hay un lugar mítico, todo aquel bagaje que deviene de su infancia como elemento acumulador y nutriente en la conformación del poema y una poética; también, el espacio (dentro de ese imaginario) que ocupa el entorno como referente de escritura; y, finalmente, lo íntimo y cotidiano como especies individuales. Así tenemos, en palabras de A. Colinas, que «la mejor poesía no es la que refleja la realidad, sino la que la trasciende». El poeta parte, como refiere (Susana A. Fernández), en sus versos de una realidad concreta, si bien su propósito es desvelar el significado último de dicha realidad. Conocer el contexto en el que se escribe es importante, porque tras la poesía existe una realidad a la que el poeta debe responder y transgredir y ello no disminuye la dimensión estética del poema. El lector a su vez debe descifrar los mensajes subversivos, esos que el poeta desea transmitir, como es el caso en: «Muchas veces, la saliva del grito / lucha bajo sudor de cartones y latas de esperanza. /Una anciana arropa sus uñas con arcilla de cebolla. / (Canales: SILUETA DE UN SUEÑO, 2025).

Según Jaeger, citado por María Araceli Laurence[2] en Análisis comparativo del mito de Prometeo según Esquilo y Hesíodo en la tragedia como poética alcanza su mayor fuerza popular al ejercer sobre los espectadores una viva impresión ya que concentraba el destino del hombre en el breve e impresionante curso de los acontecimientos que se desarrollan frente a los ojos y oídos de los espectadores. «En una historia trágica como es una dictadura la relación entre el poeta y la historia es infinitamente más fuerte que en la sociedad de consumo que tiene otra problemática e ignora la poesía, mientras que el poeta se queda indiferente ante ella aun cuando no puede permanecer indiferente ante el sufrimiento. En general, para el poeta o el artista, el dolor es una materia prima infinitamente más valiosa que la felicidad y el bienestar.» la poesía entonces no viene desde lo alto ni de un milagro sino de la comunión con lo que sucede y que se trasmite a través de sentimientos. Veamos: Viene uno / con heridas / de palabras oscuras / ensalivadas por fieras / o quizá demonios / y es tristeza / y sobran sonrisas vacías / y dagas necrofílicas / en los labios de estas noches. Canales: UN SUEÑO SOBRE EL PECHO, 2025). La poesía puede ser un arma contundente para despertar o lavar conciencias, pero no para limpiar un Sistema, dado que el poder es una bestia magnífica, tal como lo expresa Michel Foucault[3] convengamos entonces que «la literatura y la historia tienen en común la materia prima que es la memoria».

Solo atendiendo a esas circunstancias se podrá contextualizar un poemario como «Izando la bandera con una pluma», escrito en un período muy particular determina su importancia en la trayectoria del poeta Jorge Canales. Solo atendiendo a ello se podrá contextualizar un poemario como el que nos ocupa, donde las palabras poseen un poder amenazante, una acumulación de realidades, esa liturgia que se consagra en el espíritu humano: «Duele está calle de tinta y palabras... / nadie entiende la conversación de un loco con nadie. / Nadie ve las manos vacías del mendigo sin nadie. / Nadie siente la sed de un arbusto de nadie / ni la tristeza de los días con nadie.» (Canales: LLUVIA YSAL, 2025).

Un poeta es como cualquier hombre, pero cualquier hombre no es un poeta, dijo Raúl González Tuñón[4] alguna vez. La producción l poeta Jorge Canales (1957) va más allá de su intensidad textual, el poeta responde a una precariedad y a una actitud, cuya clave reside en la escritura misma: «escritura del verbo —del génesis— o escritura del silencio —del suicidio—», pero escritura consciente, como del desbordamiento, del infinito. En este sentido, la poética de Canales representa un intento de equilibrio en lo que resulta «un pulso con algunos límites de ese marco: con lo silencioso, lo invisible, lo primigenio y lo que se manifiesta externo, inasible y foráneo.» «El abandono es una sombra omnipresente / en los poros y cabellos de las paradojas. / Este calabozo es testigo de mi muerte. / La única aliada es la locura.» (Canales: LIL MILAGRO, 2025).

El espejo roto (tal uno de sus poemas) lo lleva a arterias de silencio por analogía a la anulación, a la muerte. implica la posibilidad de no ser, el sinsentido en el discurso del entendimiento humano. Se impone el habla del fenecimiento, lo simbólico, la referencia para el interlocutor. Al estallar el mundo en añicos cambia todo en una intrincada visión del mundo actual. El lenguaje nos permite acceder a ese conocimiento que el poeta esboza, a veces a la impotencia del sentido, es decir a la hegemonía del sujeto vista desde las palabras y las cosas, lo que nombra el poeta no está separado del mundo.[5] Hay por el contrario una ligazón con la que se construye la ficción y la realidad. … «desde cadáveres de espejos, / transeúntes de la desesperación, / sogas listas para ahorcar la muerte.» (Canales: LECTURA URBANA, 2025).

          El trazado de versos que el poeta Canales diseña demandad una liturgia, clave del enigma de este poemario. A ratos encontramos una fractura entre lenguaje y realidad, quizás por el ámbito en los que el poeta transita, lugares donde se despliega la vista en toda su magnitud; imágenes, metáforas, comparaciones dan fe de ello. Solo entonces caemos en la cuenta de que frente a nosotros hay una verdad con grietas a la que demos apelar. Tenemos que la escritura «el oficio es infernal.» el poeta en su marcha puede vislumbrar y plasmar a partir de las palabras lo aparentemente irrepresentable, inexpresable. En este sentido dejemos que el poeta nos de fe de su indagación existencial misma que le da sentido a su obra. «Rostros de niños / cubiertos con máscaras de telarañas / buscan infructuosamente un arcoíris. / Con corazón de sueño: / tinta y palabra alzan su voz / frente a la muerte.» Canales: MÁSCARAS DE TELARAÑAS, 2025).

 

 

 

 

André Cruchaga,

Barataria, El Salvador, 06.03.2025.

 



[1] Puede leerse el artículo completo en https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4092634

[2] María Araceli Laurence. Análisis comparativo del mito de Prometeo según Esquilo y Hesíodo. Fuente: ucm.es Espéculo. Revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid.

 

[3] Michel Foucault. El poder, una bestia magnífica. (Sobre el poder, la prisión y la vida). 1. Edición, Siglo Veintiuno Editores, 2012. Traducción de Horacio Pons.

[4] Juan Gelman en prólogo a LA ROSA BINDADA. Puede verse en el siguiente enlace: file:///C:/Users/andre/Documents/La%20rosa%20blindada%20-%20Raul%20Gonzalez%20Tunon.pdf

[5] Foucault, 1999


martes, 1 de abril de 2025

EL MICROCUENTO Y SU AFÁN SUGERIDOR, EL JUEGO DE LO ONÍRICO A LA REALIDAD EN JORGE CANALES.

 

Jorge Canales


EL MICROCUENTO Y SU AFÁN SUGERIDOR, EL JUEGO DE LO ONÍRICO A LA REALIDAD EN JORGE CANALES.

 

 

 

Mientras subía y subía, el globo lloraba al ver que se le escapaba el niño.

MIGUEL SAIZ ÁLVAREZ

 

 

 

Jorge Canales (El Salvador, 1957)[1] una de las voces relevantes de la poesía y el microcuento actual, ha merecido importantes reconocimientos dentro y fuera de El Salvador. En este haz de textos Canales despliega en una especie de escalera ininterrumpida, en ascenso un proceso que culmina en la síntesis, que es la máxima incandescencia a la que puede aspirar un escritor auténtico. El libro es una antorcha fulminante y un reverbero de fuegos concentrados, único en su juego y rituales, audaz con su encantamiento, encantador con sus jadeos verbales en el que además están expresadas con objetividad situaciones concretas y mecanismos psíquicos del escritor frente a su entorno. El microrrelato —ya entrando en materia— obedece a la estética de la pos-vanguardia, escritura que, a su vez, deviene del universo del simbolismo: la misma es un laboratorio de expresión con incursiones arriesgadas y fecundas en nuevos territorios, tal la apreciación de Selena Millares (Del simbolismo al surrealismo: las prosas de las vanguardias hispánicas, Madrid, 2013). Es digno reconocer que el microrrelato, fue el semillero del boom latino americano. Más allá, sin duda, de cualquier aspiración estética y estilística, vemos en el libro, no la mera obsesión por el lenguaje, ni siquiera la experimentación radical, sino la comunicación y la comunión con los demás. Es en realidad, una poesía narrativa que busca un interlocutor más que una torre de marfil que guareciera al poeta-narrador del resto del mundo. Me parece que su objetivo esencial es reflejar el estado de cosas de la realidad, sin soslayar sus sentimientos y emociones.

Existe un narrador en tercera persona que observa y le da vida al curso de los acontecimientos, ensimismado en dejar constancia de realidades habituales del ser humano en el contexto social. Tomemos para el caso, el microrrelato «EL LOCO II», que literalmente dice: «En el Parque Colón, el loco arrastra latas, desprecios y muecas. Entre espectros de voces desova respuestas cíclicas, hastío de infatigables relojes y telarañas rotas. Cuerdo, perdió la luz de las manos; loco, encontró los pies para andar los laberintos de sus fantasmas.» Modo que combinado con un ocasional uso del singulativo o iterativo siempre en un periodo sumamente limitado de la narración, permite que los personajes asuman momentáneamente proporciones exageradas o aspectos inusuales. En el caso de «Cosas del hambre», el autor nos plantea la vida verdadera, y no el mero concepto de vida, que nos ubicaría en un plano excesivamente diverso. Microcuentos hilvana una inconfundible indagación en la naturaleza humana, subyugante que deriva en asombro; hay una exaltación a la clarividencia y a la precisión alucinante del lenguaje.

Un microcuento es un cuento breve en el que la carga narrativa, más que mostrarse con palabras, tan solo se insinúa, sugiere y, es el lector quien debe no solo completar la información con su conocimiento del mundo sino incluso trazar sus posibles significados, el desarrollo de la historia narrada o desenlace del conflicto.[2] En éste debe imperar la concisión, la sugerencia y la precisión extrema del lenguaje, desecha lo innecesario; a menudo hace uso de la elipsis, lenguaje con doble sentido, desenlaces rápidos, concisión, intertextualidad, síntesis reveladora y condensada. En el microrrelato no se trata de narrar en pocas palabras sino simplificar; el humor y la ironía son elementos sustanciales y recurrentes. Por lo general el microcuento requiere que la sucesión de hechos use formas verbales formas verbales en pretérito.[3]

En virtud de lo dicho, son muchas las vidas del cuento en las que los diversos cultores del mismo han sabido amoldarse a circunstancias cambiantes para seguir estructurando u organizando modos de pensar y producir realidades o alternativas a la narrativa dominante. Estos microcuentos son admirables por la libertad que ejerce el autor, prosa rica conceptualmente hablando y sobre todo por los elementos referencial o alusión, suspicacia que convierte en eco. Además de ello Canales recurre en muchos casos al absurdo, al no sentido de las cosas o realidad tal el caso en: «En un bosque: las mariposas son mariposas, los búhos son búhos y las orquídeas son orquídeas. En la asamblea: las ratas son tacuazines, los gusanos son serpientes y los perros son gatos.» (Canales: Faunadiversidad, 2025); en otros, al humor, visto como furor, sarcasmo que a su vez es manifestación del absurdo: Aterrorizado por morir, se aterrorizaba vivir. Un día no le importó morir...decidió vivir.» (Canales: Decisión, 2025).

«El menú», como Canales intitula a este haz de microcuentos es una compilación de historias más complejas y personales, reflexiona sobre diversos acontecimientos de la condición humana; nos comparte una mirada lucida sobre distintos aspectos cotidianos y redescubre en detalle lo que deambula en la calle con detalles que tienen que ver la psicología, personas, animales. Es un apasionado de los dilemas que delatan sensaciones de desamparo y los espejismos que abaten al ser humano en sociedad, además de plantarse frente a las formas restrictivas de la escritura, del lenguaje que nos impone la cultura dominante. Los microcuentos de Canales encarnan lo vital, política y estética, indisolublemente unidas; desde lo cotidiano apuntala las contradicciones y la audacia de un mundo que ronda su memoria, si nos atenemos a la verdad, lo único cierto es el absurdo, pues la vida está llena de un desorden revelador y sórdido. Su obra caracterizada y arraigada en lo existencial delata un manejo sintáctico robusto y rastrea como es debido «el abismo de las apariencias ocultas», su lenguaje de concisión busca conscientemente el espejo como espacio silencioso e inevitable. Escribe: «No creo en Satanás vociferó, Juan, con martillo en mano. Seguidamente, cayó a sus pies una lluvia de fragmentos del espejo.» (Canales, El espejo, 2025).

Según Larrea O, María Isabel[4] en el microcuento hay que destacar tres elementos: la brevedad, la transtextualidad y el fragmentarismo para lograr la comprensión de este, su carácter narrativo incompleto y abierto, y su ficcionalidad. Un lenguaje preciso, muchas veces poético, su final abrupto e impredecible, pero abierto a muchas interpretaciones. la brevedad, su carácter abierto, fundado en diversas estrategias y juegos retóricos. El uso de la paradoja, de la alegoría, de la fábula o de la parábola, las construcciones en abismo, metalepsis, elipsis, juegos de lenguaje, entre otros. Desde luego hay textos que inciden en una textualidad altamente connotativa, como es el caso en «CELINA Y CAROLINA»:   «Estaba en una esquina de la Calle Arce, enredada con rituales de coyotes. Tenía catorce girasoles en sus pechos y mil abusos bajo su falda. Cuando transaba sus encantos, el grito: ¡Fuera de mi cuadra zorra!  trastornó su cara angelical de madreselva. En su retirada, en silencio, escupía maldiciones. No debía alzarle la voz a su madre.» (Canales, 2025).

«El Rey de los perros era un perro escuálido con lengua grande. En una jaula tenía su jauría de muchas razas. La mayoría eran callejeros, ciegos, mudos o sordos con caninos, orejas, ojos y lenguas grandes. Odiaban a los animales que no admiraran a su rey. Una vez identificados, los destrozaban al primer ladrido del amo. El rey, después, les repartía huesos dependiendo de su raza y les cerraba la jaula.» (Canales, 2025). En estos microcuentos de Canales, en consecuencia, su poder inferencial debe activarse desde las diversas relaciones textuales y transtextuales que logre realizar, debe poner en relación todos los puntos de significación del texto: título, correferencias con el contexto cultural del título, continuidad del relato supuesto después del también, supuesto diálogo, hipótesis y conjeturas a partir de los signos (Rey, perros, jaula, jauría, raza, odio, amo, polisemia de las palabras, etc.

Además de lo planteado vivimos tiempos en el que la comunicación es breve de ahí la importancia del relato corto o microcuento; conviene decir que las características similares entre cuento y microcuento son según Pacheco y Barrerra Linares[5]: Narratividad, ficcionalidad, afán de brevedad, unicidad de concepción y recepción, intensidad de efecto, economía, condensación, rigor y uso de marcos y de esquemas de acción. Con respecto a sus características hay algunas que se consideran definidoras de esta forma literaria junto a otras que no lo son tanto o que provocan más discusión. Una de ellas es la brevedad. La extrema brevedad es uno de los objetivos primordiales de un escritor de microcuentos y como consecuencia de esta, surgen otras características como la minuciosidad a la hora de elegir las palabras y la importancia del título. Canales, muy conocedor de estas características del género, nos dice: «En la oficina había un gato. No utilizaba las garras para matar, le bastaba la lengua.» (Canales: EL GATO, 2025).

Si observamos, a la brevedad se suma el ritmo ágil y la precisión del lenguaje en el microcuento, lo que predispone al lector a una mayor participación en la construcción del sentido. El microcuento, de naturaleza eminentemente elíptica, no puede perder tiempo en dar explicaciones al lector y, en su rapidez, se resiste a la lectura fugaz y desechable propia de los textos de consumo rápido del mundo que vive de su presente histórico. De igual manera responde a un modo contestatario de cuestionar la realidad contemporánea,[6] más allá de lo aparentemente inconcluso, tal como los muestra esta paradoja. «Convencido de no sufrir más, por falta de alimentos; un día decidió, con alegría, comer menos.» (Canales: DIETA, 2025). Cada microcuento está objetivado en situaciones concretas, la temática pretende ejemplificar algunas situaciones fundamentales de una realidad oscura y turbulenta.

 

 

André Cruchaga,

Barataria, El Salvador, 04.03.2025

 



[1] Jorge Canales (Santa Ana, 1957). Biólogo, químico y docente de la Universidad de El Salvador. Autor de 20 poemarios, en los que destaca «Atrapados», publicado en Argentina y Cuba y «Nadie es Poeta en su Tierra».

[2] Crisanto Pérez Esain. “El principal presupuesto de un microcuento es su afán sugeridor”

https://www.udep.edu.pe/hoy/2015/07/el-principal-presupuesto-de-un-microcuento-es-su-afan-sugeridor/

[3] ARRÁEZ BETANCORT, R., JENSEN CASADO, E. y PASCUAL PÉREZ, C. Aceleración y postmodernidad en el microrrelato. En ESTEBAN ORTEGA, J. (eds.) La aceleración: velocidad, cultura y comunicación en los aspectos urbanos contemporáneos. Valladolid: Universidad Europea Miguel de Cervantes, 2011.

[4] Larrea O, María Isabel Estrategias lectoras en el microcuento Estudios Filológicos, núm. 39, septiembre, 2004, pp. 179-190 Universidad Austral de Chile Valdivia, Chile

[5] Pacheco, C. y Barrera Linares, L. (Comp.).(1993). Del cuento y sus alrededores. Caracas: Monte Ávila.

[6] Larrea O, María Isabe en Brasca, Raúl. 1973. "Los mecanismos de la brevedad: constantes, variables y tendencias en el microcuento". http://cuentoenred.org/cer/numeros/no_1/pdf/no1_brasca.pdf


viernes, 7 de marzo de 2025

TRENES: AMANECER EN LA MEMORIA, O LA SEDUCCIÓN DEL SUEÑO

 



TRENES: AMANECER EN LA MEMORIA,

O LA SEDUCCIÓN DEL SUEÑO

 

 

 

 

Tan cierto como gratificante resulta hacer este recorrido bajo los auspicios de la patria de la poesía, en este caso, de la poesía de Juan Ramón Jiménez Simón, contenida en su poemario: “La Memoria del Expreso”, estructurado en tres momentos íntimos, emocionales: procedencia, destino, entrada.  De entrada, el poeta me hace una acotación: “Tenemos en común la estación de ferrocarril de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), importante nudo ferroviario antaño, y un mismo tren (el catalán). Eva es de Barcelona (residente en Sevilla) y yo de Sevilla (mi familia es de Toledo, soy hijo de padres toledanos que emigraron a Sevilla). Ambos hemos viajado "en el catalán" (hacía el trayecto Sevilla - Barcelona, y viceversa) infinidad de veces en nuestras infancias. Yo me bajaba (subía) en Alcázar de San Juan, y ella iba de paso en el tren.”

             Por mi parte, recordé los míos, los de la infancia; pero también, aquel Transiberiano que describe Pablo Neruda en “Las uvas y el viento”, (Ed. Nascimento, 1954); o el “Tren de todas las tardes”, de Juan Ramón Jiménez, en su viaje a Cádiz (Diario de un poeta recién casado, Cátedra, 2017); “El barco ebrio” de Arthur Rimbaud, de “horizontes que se hunden, como las cataratas” de inquietantes parajes; e incluso, el tren de Ágatha Christie, tan misterioso como intrigante. El tren nos permite navegar en tierra firme, como una exacta prolongación de la vivencia. Vientos inefables han llevado al poeta a transitar por la memoria dando rienda a los albedríos del camino.  “El silbido del tren subió mis ganas”, dice el poeta, para dar paso a su sueño y destino.

Acompañan a este poemario, ilustraciones de Eva García Fernández, dándole rostro casi humano a su silbo de libertad. En su asombro, se reflejan candilejas y centellas que atraviesan el alba. Es, sin duda, la metáfora y sinécdoque del sinfín: designa, el ciclo biográfico, con partida y destino final. Símbolo, además, en una época del futurismo. Contrario al paroxismo de Robert Lowell, Antonio Machado que en su decir el tren era una placenta confiable, o Miguel Delibes que lo reivindica, y lo erige como santuario de sabias conversaciones, o Jorge Teillier y su poema “Los trenes de la noche”, o Augusto Monterroso, o Emilio Adolfo Westphalen, que hizo un parangón del ferrocarril con su muerte: "El tren se ha detenido en el silencio opaco y sin ecos de la noche anónima. Es la llegada a término - no se reanudarán ya más ni agitación ni bullicio ni carcoma", Juan Ramón Jiménez Simón, hace de él un exacerbado encuentro casi proverbial de la vida.

              Uno se imagina al poeta, seducido por los raíles de esos extraños adioses. Hay ahí, ecos audibles, resplandores y una aventura acumulada en su conciencia: el viaje a través de orillas lunares, rumores infinitos y numerosas vidas cuyo destino colma la vida de diferentes ropas. En él, desfila el tiempo y se nos muestra en ese “Rielar entre sombras”; a su vez, “el temple del desvarío, … cimbrea la nave del misterio, abrasando las brumas de espectros”. Juan Ramón, es fiel a su palabra exploradora, misma que nos lleva y nos adentra a una integración y memoria de símbolos. Son poemas intensos que rebasan la atmósfera metafórica de los ferrocarriles: desde el tiempo de la memoria, su interior, hondo, de matices. Nos sugiere, además, un cosmos y una utopía. Así, el poeta nos dice: “Entre la claridad pasajera/ y lo indiscernible postrero, / la estrella en su mapa informal/ declara sobre la vasta red/ la seducción de lo nuevo,” …

           Mientras nos seduce el sueño de las lejanías, y la memoria revive con pulcritud petrificada sus varios viajes, el poeta nos transparenta el espejo al punto de hacer cuerpo esa materia, a ratos inasible, a ratos melancólica e insólita. Es tan rico e intenso el sentimiento del poeta que uno queda atrapado, sin poder evitarlo, en su lectura.  Hay tanto asombro en la poesía de Juan Ramón, que uno se queda perplejo, como aquel pasaje de Gabriel García Márquez (Cien años de soledad) y el arribo del tren a Macondo: “El inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo". El poeta desvanece los sentidos en sus recuerdos. A tal punto que las ausencias (las de la ambrosía amorosa y encantamiento), le ganan la tristeza, o lo empañan de vahos y destiempo.

Puede encontrarse en el discurso poético de Juan Ramón Jiménez Simeón, una imantación por la palabra, una resonancia vibrante y luminosa del tiempo ido. Le ha dotado, a su poesía, de un ritmo especial y ello le permite no caer ni el laconismo, ni en los excesos de la retórica. Por lo demás, comunica sus sentimientos y emociones con una indiscutible intuición de una realidad que le es propia. Su voz de hondo aliento resplandece en los umbrales de lo que perdura. La lectura hace posible una especie de catarsis, en el sentido aristotélico del concepto, pues nos implica emocionalmente con sus vivencias. Razón tenía Hans-Georg Gadamer cuando afirmaba que toda obra literaria constituye un diálogo entre pasado y presente. Ahora, me toca inferir sus desasosiegos, en clave, de sus textos pues que el poeta al recordar aquellas travesías en tren, le evoca un panteón, frío, por lo inerte de las criptas.  Por alguna razón el poeta se siente descorazonado, al punto de decir: “¡Triste y sublime/ sinfonía del desconcierto, / que ronda en torno a ella/ la muerte como el grito/ de la vida! “

            En el Canto segundo, su destino y “un escalofrío sin salida”. Veamos aquí como el determinismo se afinca en su alma. Paradójicamente, está presente, el vaivén del desconcierto: norte o sur, ramblas, vacíos llanos: “y una parada a otra sucede”. Asume el poeta esos vaivenes del fermento; en su tránsito hay sombras de luz, y noches rotas en el eje de la espera. Ahora estoy tan lejano, diría Claudio Rodríguez, “que nadie lloraría si muriese”.  Es menester en la obra de Juan Ramón, el uso de ideas y pensamientos que se contraponen: Distraía mis ojos/ en las penas de un gozo, / un vagón sobre otro,/ mientras el color yacía en la luz”.  Según esto, el poeta se goza en la pena, es decir en el sufrimiento. En el campo de los sueños y la poesía es posible. Igual que deslizarse esos trenes a través del bosque, o las despedidas que devienen en lágrimas.

             El binomio tren-vida, es la historia del sentimiento expresado en versos. Historia que presagia, en su unicidad poética, el eterno ir entre cardo y albahaca, entre sombras resurrectas que tiemblan en la carne: ecos y sueños, ahí, en su solemnidad de grito, de un tiempo que se nos escapa por su condición de inasible, o por su resonancia errabunda. Al final queda el misterio de la memoria y las nostalgias por la no consumación de lo anhelado.  De ahí que el poeta, trémulo, nos diga: “Poco importa el crepúsculo/ al viajero del banco azul, / si el sol es enemigo mortal/ de los tiempos seguidos/ que desaparecen en un consuelo.”

             La construcción poética de Juan Ramón Jiménez Simón, media sin lugar a duda, entre lo eterno y lo temporal; junto a ello, la perennidad espiritual que reelabora esa atmósfera trascendida: la memoria del Expreso. Su canto tercero lo define el poeta como la entrada, de nuevo a su historia de antaño. “Cuando el recuerdo del tiempo/ procede de una entrada, / soñando aquellos momentos,/ fuimos pioneros de antaño/ que por edad crecimos/ para que lleguen otros”… Es el viaje de la memoria, a voluntad de su alegre agonía, pero también el tránsito de su largo recorrido. Hurgar en la memoria es buscar el tiempo fenecido. A su vez, El uso de diferentes isotopías hace sustancial su contenido simbólico. “El lenguaje se anticipa siempre un poco a nuestro pensamiento, hierve un poco más que nuestro amor”, (Gastón BACHELARD, El aire y los sueños).

           La materia poética rebasa los límites de la palabra y la médula y los contornos de la memoria.  “Memoria del expreso”, es un imaginario espacial y progresivo del poeta que se alumbra recordando esos micromundos, a menudo resbaladizos, de lo que fue, pero igualmente de lo que será.

 

André Cruchaga,

Barataria, 16 de enero de 2019


jueves, 6 de marzo de 2025

LA POESÍA, ESE ÁMBITO DE MEMORIA Y SILENCIO. EL ENCUENTRO ESPERANZADO DEL HORIZONTE

 



LA POESÍA, ESE ÁMBITO DE MEMORIA Y SILENCIO. EL ENCUENTRO ESPERANZADO DEL HORIZONTE

 

 

 

«La poesía es un ideal inalcanzable.

El sufrimiento y el arte del poeta consisten en vivir

en el filo entre la palabra y la nada»

ANA BLANDIANA

 

 

La poesía en su valor más universal nos conduce siempre a los ámbitos de la memoria, sin negar los tiempos de silencio, o esa búsqueda de horizontes esperanzados, mismos que abren las ventanas del alma, esos que bullen como un rictus en el ojo húmedo de la página. En su ensayo, La poesía entre el silencio y el pecado, la escritora Ana Blandiana, expresa: «me refiero a la evolución de la poesía como un ideal, concebido como una intensificación del poder de sugestión, en el que decir lo menos posible para sugerir lo más posible puede convertirse en no decir nada para sugerirlo todo. Un ideal absurdo en la medida en que implica, para su cumplimiento, la desaparición de la poesía. Y un ideal, también, que, por mucho que quiera acercarse a él, ningún poeta alcanzará nunca, porque ninguno aceptará renunciar a sus palabras. El sufrimiento y el arte del poeta consisten en vivir en el filo entre esas palabras y la nada.»

La poesía urde en efecto, sueños y, a menudo, necesarios para subsistir. Supongo que la poesía es también experiencia vivida y vívida, una especie de extravío permanente en la matriz del alfabeto. Quien vive a flor de piel las semanas, la cotidianidad, celebra la embriaguez de la cumbre, el poema consumado. Uno escribe desde el corazón todos los crepúsculos que dispara la soledad, todos los fulgores que contiene un candil encendido. Francisco Murcia Periáñez lo sabe desde su alma anegada de huecos, de albas e historias que trastabillan en los «pesados silencios» de la soledad.

La obra que aquí nos ocupa posee diferentes llamas de pensamiento, luminosas derivas a voluntad del poeta. Poesía esencialmente sentida, sin trivialidades, fraguada en el rigor del oficio. Es en todo caso, una poética versátil; sus palabras resuenan con intensidad, la emoción que solo se ve en poetas comprometidos con el oficio de ser poetas. Toda una experiencia de vida llevada al lenguaje, tal como bien lo expresa en uno de sus poemas: «ebrio de vino mi cuerpo y mi alma, / ebria de soledad y de pesados silencios.»  Una exactitud que culmina en su propia escritura, cicatriz de esa herida que lo nombra y lo respira correctamente desnudo.  «Penas, penas y más penas.”, nos dice el poeta y agrega: “almas abandonadas que nos sentimos perdidas, / bebemos esa ternura que nos ofrece la pena/ y maldecimos la angustia que nos devora por dentro.» Resulta difícil no encontrar eco en estos versos y que en mi opinión es una especie de epifanía, una visión marcada por las vivencias.

Las diversas construcciones que el poeta realiza, resultantes de su interacción con el entorno, con sus vivencias, constituye la parte fundacional del poema, es decir, los espacios imaginarios en la poesía que nutre y desemboca en «experiencia vital». Las tensiones que suscita el tiempo, el entorno, la inmersión en el mundo de los sueños (casi como un enclaustramiento), los descensos, ascensos, en el momento de la escritura, es lo que le da a ésta y al poeta una perspectiva unívoca. Estos imaginarios (espacios psicológicos) se organizar al punto de constituir la experiencia del poeta. De ahí esa voz gangosa y oxidada: “mariposa y golondrina” encarnando lo que bien puede denominarse tráfago en un contexto de realidades e irrealidades, lo posible y lo no posible, esa constante del espíritu y sus posibilidades.

Sentimientos e imaginarios, como elementos tensionales, conforman esos espacios que a continuación, procuro delinear. Generalmente para el poeta hay un lugar mítico, todo aquel bagaje que deviene de su infancia como elemento acumulador y nutriente en la conformación del poema y una poética; también, el espacio (dentro de ese imaginario) que ocupa el entorno como referente de escritura; y, finalmente, lo íntimo y cotidiano como especies individuales. Así tenemos, en palabras de Antonio. Colinas, que «la mejor poesía no es la que refleja la realidad, sino la que la trasciende». El poeta parte, como refiere (Susana A. Fernández), en sus versos de una realidad concreta, si bien su propósito es desvelar el significado último de dicha realidad.

 

Es mi noche la noche

de las más negras tinieblas,

tiembla mi cuerpo y mi alma

y tiembla mi vida entera,

buscando la luz que sueño

entre escombros de ilusiones.

Los ocasos me niegan el brillo de los luceros,

Y no encuentro el firmamento

donde sembrar mis estrellas.

 

Realidad que, adentrada en el sujeto se torna sentida vivencia trascendida y contagia los estados anímicos al punto de convertirse en referencia de sentimientos genuinos. Cada poema nos ofrece matices de referencia de esos paisajes íntimos de silencios derramados en el nombre de las cosas, efusión abrasadora de sentimientos.  Lo más notable de este poemario, tiene que ver con la poética de lo imaginario y ahí está en mi opinión su valor poético; es decir, como sostiene Valentina de Antonio Domínguez:   una «semántica imaginaria», constituida por los símbolos y  mitos poéticos, y una «sintaxis imaginaria», formada según García Berrio por los «esquemas de especialización fantástica», en los cuales se insertan los símbolos, expresando «movimientos pulsionales», que forman los esquemas de movimiento y los diseños de fuerzas en equilibrio, al punto de llegar a poeticidad, (cualidad de lo poético, según la RAE). Y no solo eso, la memoria posee fuerza liberadora, el alma desolada se transforma en aspiración trascendente, en conciencia, como lo diría Juan Ramón Jiménez.

El poeta, decía Alexander Blok, no es tal porque escriba en verso, sino porque dota de armonía al sonido y a la palabra, porque él es hijo de la armonía. Rescatar y reivindicar el mundo a través de la palabra. Ir al origen y regresar con revelaciones: la experiencia trascendida es lo que hace de los espacios de la memoria y el silencio, materia fundacional. Así tiene sentido la materialidad del «Don de la ebriedad» de Claudio Rodríguez. La experiencia es única, indiscutible, sin duda. Por lo demás, aunque el concepto de «Trocitos», título del poemario, nos propicie la idea de fragmentación, o diferentes planos como una especie de montaje, lo cierto es que están concatenados, poéticamente hablando. En todo caso la poesía, es algo así como expresaba Luis Rosales: un ingrediente que puede salvarte o condenarte; en este entorno espiritual, la poesía salva, desde luego. El fecundo lirismo del poeta lo lleva a esta toma de conciencia; y por más dolor que haya en estos versos, el encuentro con la palabra resulta una suerte de esperanza, veamos:

 

Repaso las estanterías de mis recuerdos,

Cuánto polvo acumulado, cuántas grietas.

Cuánto hueco con ese olor a pasado,

remoto, perdido en el tiempo,

pero anclado a mi memoria como un clavo

que arde y quema por dentro.

 

En estos poemas de repensar y repasar la estantería de los recuerdos, se rescata la imagen de diversos elementos del entorno esencial: se evoca el paso del tiempo, la añoranza (recurrencia de recuerdos); los fuegos que se prenden en el extrañamiento. Realidad que bien puede sintetizar un verso lapidario de José Agustín Goytisolo, «La evocación perdura no la vida». Y así, «lloramos, ya lejos, con los ojos», tal como nos lo sugiere JR. Jíménez. O como Francisco Murcia Periáñez, el poeta de este poemario nos lo expresa: «ebria de soledad y de pesados silencios.» La imagen del sueño perdido (Paraíso de Milton, o Edénico) y sus antípodas, en cuya existencia encontramos, las más elocuentes impresiones del yo poético interior, el que se debate en cuerpo y alma, invoca y respira esa: «ternura que nos ofrece la pena / y maldecimos la angustia que nos devora por dentro

En general el rasgo fundamental de la poesía lírica es procurar atar mediante las palabras, los versos, el poema, la vivencia íntima de su mundo interior o exterior para liberarla mediante el uso de la memoria que indiscutiblemente el tiempo se encarga de erosionar o de sedimentar, entendido como revelación del yo. «Trocitos», me parece que sintetiza muy bien la preocupación existencial del poeta: el tiempo, es solo una pequeña eternidad, dura lo que una gota de rocío al caer desviste, abre el pecho. Lo interna en esas líneas del abatimiento, de las afirmaciones doloridas de la materia hecha palabra:

 

Ebria de penas … vino mi sombra …

ya no conoce la senda,

ya no hay luz que la sostenga y vaga

perdida entre sueños de penumbras y tinieblas.

 

En el contexto de lo íntimo y cotidiano, el poeta no escapa en hacer algunas confesiones sobre su vida. Así, el yo poético nos dice: «Me creía tan libre, tan fuerte, tan grande, / que desprecié los mensajes que la muerte me enviaba.» De tal forma que, desde esa confesionalidad, la realidad vivida con la realidad creada se fusiona, para convertirse en una sola transparencia. Su mirada y, conlleva la más sincera interpretación de lo que van percibiendo mis cinco sentidos, y de lo que les va impresionando. Es una explosión que, en ocasiones, el poeta tiene el imperativo de dejar sellada en el papel ese luminoso desasosiego. de ahí que el poeta hecho palabra procure trascender en toma de conciencia: «Más hoy yazgo en este hueco, pozo de sombra y silencio, / donde la tierra reclama los átomos de mis huesos.»

En uno de los tantos poemas de la presente Antología, el poeta nos muestra esa extraña atmósfera donde respira, también el clima feroz que da pie el poema. El poema como culminación de ese espacio en tensión con el entorno, la succión del alma del poeta. Ese instante de erosión de la realidad. «Una lágrima resbala a espaldas de la muralla, / y una sonrisa se pierde oculta entre sus orillas.» La poesía no deja de sonar como un extraño espejo, como un meandro de dolor insinuado por el aire de los sueños que esculpimos.

Pedro Ruiz Pérez, afirma en «El lenguaje poético después de la estilística. Cuestiones de historia y materia», Univ. de Córdoba, que en «los límites del propio poema en el que nace y se mantiene, hay una complicidad que se materializa en complicidad con el lenguaje. «Entre ese espacio de la privacidad que constituye la experiencia personal del autor, y el espacio de lo público, que se establece con la comunicación lingüística; ambos elementos, ambos espacios, quedan trascendidos en la experiencia de lenguaje y de conocimiento que constituye el poema en su actualización.»  Francisco Murcia Periáñez, lo sabe. Y, además, es consciente de ese impulso vital que le permite encadenar imágenes de emotiva trascendencia, su quehacer poético está afincado en una tradición poética sólida, no en iluminaciones a manera de chispazos más o menos ingeniosos, sino en un trabajo vertebrado en el que, sin duda, explora su mundo interior, sus vivencias, el territorio de su espiritualidad. Su libro no constituye un punto de llegada, sino una memoria que indaga en su travesía. «Con recuerdos de esperanzas / y esperanzas de recuerdos», tal como lo dijese don Miguel de Unamuno. Cierro esta travesía, a manera de colofón, con unos versos del poeta Murcia Periáñez, mismos en lo que su palabra revela el silencio que se va haciendo, o la memoria que avanza en el tiempo:

 

 

Desciende sinuosa la lágrima por mi mejilla

como desciende vacilante la gota de lluvia por el cristal.

Fuera, frío, viento y hojas muertas.

Dentro, palabras y más palabras, y el silencio.

Tal vez dentro esté ya el muerto, que duerme,

porque no encuentra palabras para celebrar su entierro.

 

 

 

André Cruchaga,

Barataria, 01.07.2021

Latitud: 13.69, Longitud: -89.19 13° 41′ 24″

Norte, 89° 11′ 24″ Oeste


miércoles, 5 de marzo de 2025

LA CASA DESHABITADA Y LA PARADOJA DE LAS BELLAS CICATRICES COMO NOCIÓN CONFESIONAL

 


LA CASA DESHABITADA Y LA PARADOJA DE LAS BELLAS CICATRICES COMO NOCIÓN CONFESIONAL

 

 

 

¿Por qué soñando, al deslizarse con miedo,

Ese miedo imprevisto estremece al durmiente?

Mirad vencido olvido y miedo a tantas sombras blancas

Por las pálidas dunas de la vida,

No redonda ni azul, sino lunática,

Con sus blancas lagunas, con sus bosques

En donde el cazador si quiere da caza al terciopelo.

LUIS CERNUDA

 

 

 

 

José Siles González, poeta prolífico y prologuista enjundioso, además de académico alicantino comprometido con la docencia, ha querido en esta ocasión, que sea yo el que le prologue su libro: «El desamparo del tabú en flor», un texto en su conjunto que a primera vista me conduce a reflexionar sobre algunos conceptos que de momento llamaré situaciones: casa deshabitada, tabú, confesional. Para Gastón Bachelard, la casa, el espacio, éste, nos conduce a la noción de intimidad, de recogimiento, de protección, pero, además, entraña el espacio vivido; fotografía, acaso impregnada de recuerdos, donde el «invierno frente al frío/ escarchado de los recuerdos,» con todas sus «presencias ausentes». Este poemario y su primer poema es todo un aserto porque nos remite de inmediato, adentrarnos en ese mundo de un cuaderno de huellas, versión de sombras y música, seguro de espejos al filo de las sombras. Pues bien, la atmósfera del libro es esa fragancia memoriosa y fundacional de un lugar labrado con tenacidad, pero que, al paso del tiempo, su plenitud luminosa, se torna «de viejos invocando/ …sus presencias ausentes». El libro también es esa metáfora de la casa como lugar destinado a las distopías y utopías. Pasado y presente se entrecruzan a través de la evocación como una estancia del ser que ha vivido y que vive en virtud de la remembranza, un espacio sagrado donde está el poeta. Y ello, además, me hace pensar (tomando en cuenta las respectivas distancias), en «La casa encendida» de Luis Rosales. Pensé, de inmediato, en mi casa de infancia, construida con el amor de la tierra, con paredes de adobe y, alrededor, árboles frutales y un río en el que la eternidad parece cobrar vida a través del recuerdo.

El concepto de  tótem, por su parte, y me remite a Carl Jung y Freud; ello demuestra, a partir de un análisis de la vida de los pueblos primitivos basado en los estudios antropológicos como el horror que los individuos sienten por el incesto es lo que determina su organización social y provoca el establecimiento de una serie de normas rígidas y prohibiciones, las cuales son comparables a los síntomas del neurótico (necesidad de lavarse las manos repetidas veces después de determinados actos, prohibición de mirar o tocar objetos, personas o animales. Pero el poeta nos habla desde el título de «El desamparo del tabú en flor». Y este concepto nos dice que es una «situación o estado de la persona que no recibe la ayuda o protección que necesita.» a más de ello está el sustantivo complemento que hace las funciones de determinante: en «flor», es decir, intuyo que se refiere a que está vigente, pervive o, «que se encuentra en el estado inmediatamente anterior a la madurez.» Rafael Narbona en El Español-cultural, nos dice, entre otras cosas: De hecho nuestras sociedades no escapan a ello. La gran aportación de Jung consistió en descubrir el inconsciente colectivo. En la estructura de la psique, hay un inconsciente personal donde se conserva y agita todo lo que la conciencia quiere reprimir y silenciar, y un inconsciente colectivo, que contiene la memoria biológica de la especie. El inconsciente «es idéntico en todos los hombres y constituye un substrato psíquico común, de naturaleza suprapersonal. Abarca una masa indescriptible de estratificaciones depositadas en el curso de la vida de nuestros antepasados. Contiene uno o dos millones de años de evolución». El inconsciente colectivo está poblado por arquetipos. No son símbolos o imágenes heredadas, sino estructuras vacías e innatas que representan las vivencias cruciales de nuestra especie: la imagen del padre y de la madre, la imagen de uno mismo, la relación entre los sexos, la figura del héroe, del sabio, del embaucador. Los arquetipos se manifiestan en los sueños, pero también en la mitología, el arte y las tradiciones religiosas. El Sí-mismo es el arquetipo central del inconsciente colectivo. Expresa la totalidad del ser humano, su «yo consciente» y su «psique inconsciente». La personalidad individual se forja mediante la interacción entre esas dimensiones opuestas. Esto que he retomado se asocia, además, con «Bellas cicatrices», independientemente de la paradoja, me parece, y lo dice el yo poético: «el olvido es justo y necesario. / Justo para equilibrar las malevolencias/ con las bondades que guarnecieron nuestra vida/ desplegando lo que llevamos dentro:/ por aquí y por allá,”» … No sé si el olvido, en efecto, sea la cura, esa bella cicatriz de cual nos habla el poeta. La vida es inexorable, aunque dance en la memoria con sus abismos afilados. El recuerdo a menudo nos devasta, pero en sus brazos de hipnosis, nacemos y desnacemos.

El in media res del poemario, el brillo del Paraíso que alguna vez fue, y que no es curable el retorno a él, al menos en términos de evocación. Pero el poeta lo da por hecho, algo imborrable y atesorado, como una sombra que se acerca, purificada. «Regocijo, —expresa el poeta— que permanecerá por siempre/ en la memoria azulando/ esas fábulas que refieren/ al final de la historia/… el sentido de la vida.» Por tanto, la vida no enmudece en la piedra caliza de los estertores, ni en el roce de esas líneas del horizonte que el sujeto traza en las instantáneas estriadas de este mundo, acaso, como «Hijos de una realidad inacabada», tal cual uno de sus poemas. Y sí, el ser humano, no debería caminar entre espinas, «Dolorido por los ladridos de una jauría de aturdidos/ que se obstinaron en acumular un botín de miserias.» Sí, no deberían ver la bestia descomunal, aun así, sea entre buganvillas escarlata. En el transcurso de la vida, el poeta José Siles González, ha aprendido no solo el poniente de los jazmines, sino que su vasta experiencia poética y de vida le dice que es necesario en la vida, «aprender su oscuro lenguaje», del que nos hablaba Pushkin en “Versos escritos de noche durante el insomnio.” O bien, como lo entendía don Carlos Bousoño: «el hombre lo único que puede hacer es aspirar, sin pausa, bien que inútilmente, a esa huidiza plenitud anhelada, sea en cuanto hombre que vive y expresa esa vida suya ansiosa de metas inaccesibles, sea en cuanto poeta que escribe un poema, cuya perfección igualmente se le escapa.» Porque la vida es a fin de cuentas una fogata alígera. Y lo que hoy es, mañana puede no serlo.

En este itinerario del poeta, «El desamparo del tabú en flor», la analepsis se convierte en mi opinión en columna vertebral. Hábilmente, el poeta, «altera la secuencia cronológica de la historia, conectando momentos distintos y trasladando la acción al pasado». Lo dicho hasta aquí me lleva al tercer elemento que acoté al inicio de estas digresiones: la noción confesional. Antes, veamos: La poesía no se escribe con inspiración, sino con lucidez y rigor. La lección de Stéphane Mallarmé quedó aprendida, cuando dijo que el poema se escribe con palabras, no con ideas. También queda atrás el lenguaje que convierte la lengua en discurso o en jerga, que es peor, porque el lenguaje es iluminación en la sombra. Verso libre, rítmico, cadencioso. En ese caso, deberíamos hablar pero no aquí es el cometido de los nuevos ritmos del verso prosaico o el despojo de los ritmos clásicos del verso. Lo confesional (en torno al desamparo y la pérdida) salta a lo largo de todo el libro como radiografía del alma. Ya sabemos que la mejor biografía del poeta es su obra y esto, precisamente, es lo que hace grande a la obra. Los grandes poetas han sido confesionales, se implican e implican el tiempo que les tocó vivir. Las Confesiones de san Agustín es un ejemplo. También abundan las metáforas cargadas de novedad y originalidad: José Siles González asume la escritura con sumo rigor y sacrificio. Nos recuerda a Gustave Flaubert cuando escribía dolorosamente en lucha con la palabra. Siles González confiesa que: «Desde entonces todo dejó de tener sentido/ Todo lo que fue a partir de aquella noche», o estos otros versos, en los que hace alusión a una de las aristas referidas: «Es entonces cuando el tabú emerge enfangado del lodazal/ y un asomo de insólita insurgencia recorre ese cuerpo/ acostumbrado a la censura de todo tipo de goces.» Rebelarse es la manera de destruirlo.

Es importante, como lo expresa Miguel Lorenci, «…saber qué me ha pasado en la vida; de dónde vengo, quién soy y dónde estoy. Un ejercicio honesto de verdad vital que está en el origen de la literatura desde los ensayos de Montaigne y es útil para el lector.» Lo cierto en lo confesional es que es un recurso no solo de la poesía y de algunos de nuestros clásicos, es elemento importante en la narrativa. Es Michel Foucault, en mi opinión el más creíble pensador en esta materia: entiende la confesión como algo más que el acto de redención religiosa, más bien como nuestro ritual preferido para la producción de la verdad. La confesión es la técnica empleada en las relaciones familiares, en la justicia y la medicina, en la psicología, en la educación y también en las artes. Vivimos en un sistema que ha convertido al hombre en un «animal confesional» en el que el conocimiento se transmite siguiendo los esquemas y patrones de técnicas que se basan y dependen de la confesión. (Alejandro Melero Salvador: La técnica confesional como recurso narrativo).

El tiempo modifica los límites de la vida, de las ingenuidades germinativas, el paladar y la memoria que hurgan en el disfraz de la escritura. El poeta se atreve a desvelar las realidades del ojo, solo así: «En la memoria sonora de todas las tardes, / noches y madrugadas que se nos quedaban cortas/ para pescar en el faro, recorrer tortugas, arlequines, machos, puerto ricos, waikikis y / uvas jumillanas / retumban los ecos de pláticas socráticas, / venenosos benedictines, vidrios rotos/ …y amistad pura.» Lo que es materia lejana, se acerca, se hace próxima en virtud de la capacidad del poeta para recordarla. Y es que la memoria confesional no deja de ser una calle húmeda, con pájaros suspendidos en el sendero silencioso de la lejanía. La buena poesía como la de José Siles González, desciende a nuestra boca como un follaje que solo la palabra respira y transpira. En este caso, el verso, diáfano, ebrio, sin oblicuidades.

La poesía siempre supone, al menos desde mi modesta perspectiva, un viaje espectacular; para muchos constituye la fábula, la metáfora del agua, del horizonte, del arrebato eterno del ser humano frente a su realidad. Y, así, como dice Rafael Cadenas: «Que cada palabra lleve lo que dice. / Que sea como el temblor que la sostiene. Que se mantenga como un latido.» Este ser humano, a veces platónico, socrático, hegeliano, etc, acumula en su devenir toda la escarcha enjuta del horizonte. No siempre uno cuenta con un nahual que lo ampare, ni esos absolutos en que se constituye la nada. La poesía siempre es reflejo de la vida en cualquiera de los momentos históricos en los que viva el ser humano, el poeta: la realidad nos habla de la vida a través del arte, en este punto de la palabra, de la poesía: en cada época, clasicismo, romanticismo, realismo, simbolismo, creacionismo, surrealismo, etc., la metáfora cambia, el mundo de la poesía toma diversas formas. Sin poesía, —como nos lo dijese Mayakovski—: «la calle, sin lengua, se retuerce: / no tiene con qué gritar y hablar.»  La poesía de José Siles González tiene una proyección vital, aunada a su expresión lírica. «Porque la palabra del alma es memoria» y eso lo recobramos tras la experiencia y los recuerdos. Es más, la poesía está construida a partir de ellos, trasunto y trascendencia del alma del poeta. En atención a esto, el poeta se encarga de acercarnos a ese camino del que venimos hablando: «La irrupción de tu presencia / desleída en un sueño tembloroso / en medio de aquella devoradora madrugada / azota los ecos flameando los ’viejos tiempos’ /…corridos.»

Sin duda una de la más visible singularidad en el estilo poético Silesiano la encontramos en el uso de deícticos, deixis: espaciales, temporales verbales; sin lenguaje, sin pensamiento no existiría la poesía, ninguna poesía de cualquier poeta. Cada palabra del poeta se inserta en un contexto, o está vinculada a él. También está presente en su poesía el elemento referencial, cuya función es importante en el acto comunicativo, la misma nos permite transmitir información y características de todo aquello que nos rodea, (factores externos del propio acto comunicativo y del emisor, lo que permite exponer la realidad de manera concreta y objetiva): lugares, objetos, animales, personas, acciones, acontecimientos. Así, el poeta se fusiona con el mundo, su entorno y «ve reflejada su intimidad en todas sus formas» y conquistas expresivas. Sobre sus ojos derramados en la hoja de papel, el día de las palabras hasta convertirse en alfabeto; transcurrido el misterio, (Aunque Neruda decía que en la poesía existe), el poeta da testimonio en este libro de su periplo como un árbol que crece para la vendimia. El mismo Neruda que rechaza el misterio, dirá tiempo después en uno de sus versos canónicos: «La luz de la tierra sale de sus párpados».

            «Soñarme contigo más allá de todos los limbos», es de singularidad confesional, íntima, evocativa: un diálogo inevitable con su memoria, vislumbres o concreción del amor filial, trocado por la poesía. En otro de sus poemas, el poeta se abre a la realidad que vive la niñez en muchos de nuestros países. A esa niñez desventurada de las periferias de las urbes: «Cuando por fin diviso su rostro / de chiquillo callejero/ distingo todas sus edades / olvidando el ayer por momentos / y advierto en su expresión envejecida / las arrugas que ya han plantado sus raíces»… El hastío también alcanza al poeta por su constancia y territorio infame: «Cuando se desmorona el aire / se respira una decadencia sin aliento / que acentúa la vaguedad de un universo / tan fútil e ingrávido / tan inmensamente vacío / tan puro e invertebrado /…advenimiento mustio del hastío»…; en cambio la noche prosigue en su fijeza de mundo. Quizás muta, pero siempre tiene un sonido largo incapaz de ocultar «la monotonía inapetente/ de las lentas tardes» … En este espacio de la subjetividad, el poema, está intervenido por la historia y la ideología del poeta, sus valores, su forma de percibir la realidad exterior e interior. En este punto, el poeta no renuncia a la referencialidad, porque dicha referencialidad contextualiza el poema.

            La poesía, más que tratar sobre la realidad, quiere ser la realidad, Se trata de una poesía orgánica, viva; (Selena Millares Martín, Madrid, 1992). Un desmantelamiento del tabú del cual nos hace referencia el poeta, del que además han germinado hojas y apóstatas. «Reduciendo el paisaje a una descomunal sombra / Magnificando la lobreguez del crepúsculo».  «Desde siempre, nos confiesa el poeta Siles estuve acompañado por mi sombra / No recuerdo ir a sitio alguno sin su escolta» …Y más adelante, en otro poema, se pregunta: ¿Quién se descubre en su memoria perdida / Caminando por la noche que colmó una plenitud de sombras/ En las que se ocultan todos sus desvaríos? El poeta Siles, desde su yo lírico es consciente de la finitud de la vida, al menos eso pienso cuando siente (lo percibo así) el espesor de la noche y la cúpula del cielo en tierra: «Ahora dedicas tu tiempo a envejecer aún más/ navegando irremisiblemente hacia tu último destino / el puerto habitado de sombras / donde la oscuridad te amará eternamente.» El tabú está presente en casi todas las actividades del ser humano (y no es la excepción la poesía); de ahí siempre la ingente necesidad de la transgresión en unas sociedades más que en otras; y es así como el poeta desea destruir esa danza que yace en la conciencia. Tal situación nos conduce a esa lucha estoica y permanente; como «la incapacidad que encuentra el individuo de fundamentar sus valores morales.»

          La poesía de José Siles González, sin embargo, no se queda ahí a imagen del blanco y el negro como un pájaro ebrio de sombras. Su poesía es un licor de luces magnéticas, con palabras nacidas de su entraña, una conciencia en la existencialidad del ser, como «el poeta que se acuerda de la vida: Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.» (Aleixandre, Poemas de la consumación). «El desamparo del tabú en flor», bien puede ser esa consumación de la poesía de Siles González. Seguramente el poeta continuará en esa pesquisa o lucha por entender la sed y la noche, aun con antorcha en mano. Arduo oficio el del poeta: reconstruir el tiempo, mientras el tiempo concurre en nuestras manos como un libro de estaciones y espejos.

 

 

André Cruchaga,

Sábado, 9 de abril de 2022,

Barataria, El Salvador