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sábado, 19 de mayo de 2012

POEMAS DE DAVID ESCOBAR GALINDO


David Escobar Galindo, El Salvador,
Fotografía: archivo de André Cruchaga



I

El azahar del aire revive tu palabra.
La canela del pan desata tu recuerdo.
El ojo de la lluvia multiplica tus ojos.
La luz de la cocina se cobija en tus manos.
La noche soledosa respira por tus libros.
La edad de la jalea pronuncia tu alegría.
El color de la tierra testifica tus pasos.
El sabor de la leche restaura tus mejillas.
El azúcar más clara ilumina tu frente.
Las fieles cabañuelas derraman tu enseñanza.
¡Oh dadora inefable,
fuerte mujer de harina,
pan prometido siempre
con promesa cumplida!
El destello del agua proclama tu limpieza.
La transparente nube reúne tu paisaje.
Tu corazón se llena de rocío remoto.
Los caminos recogen tus canciones antiguas.
Respeta el sol tu fresca Biblia de cuero viejo.
El espejo conserva la bondad de tu mano.
Las sillas te revelan por instinto de bosque.
Los árboles animan tu pulso para siempre.
En suave niebla nórdica tus brazos te dibujan.
Se dibujan tus brazos en lábaros del trópico.
La pasión del jardín te rodea y te alaba.
Anda el ángel buscándote con lumbre memoriosa,
pero tú no abandonas el sol de tu cariño,
la estancia donde reina el azahar del aire,
donde suena tu voz y encuentra corazones.
¡Oh dadora inefable,
fuerte mujer de harina,
pan prometido siempre
con promesa cumplida!




III

Lillian y Claudia fueron las amigas del viento,
el que ondula sin fin la flor de los cañales,
allá en los frescos días de Armenia provinciana,
cuando el siglo estrenaba sus primeros manteles,
por las suaves alturas del año dieciséis,
literalmente humanas las doncellas de nácar,
los ojos donde el ansia prende sus mariposas,
las canciones ingenuas del idioma extranjero,
la norteña llamada de los mares brumosos.
Así leyeron juntas a poetas y sabios,
mientras el agua verde doblaba los guarumos
y manchas de pericos sacudían la ausencia;
con las aguas del pozo se lavaban los rostros,
y en esa agua algún duende puso la flor sagrada,
la videncia y la voz del futuro naciente.
…hoy, Lillie y Claudia mías, abuelas insondables,
espíritus de grácil densidad fervorosa,
amigas en el eco de la edad repetida,
manantiales que se unen en la justa palabra,
a ustedes dos destino la vigilia del tiempo,
la pureza del humo que del norte florece
para coronación de ecuestres litorales.
Les canto como a diosas de un océano propio,
como a reveladoras de un culto sin reservas,
paralelas memorias que anuncian el misterio
de ser y trascender por incógnita sangre.
Yo las saludo en medio de sus luces pulsadas,
entro en sus corazones como en casa de arcángel.



XI

El aire en paz y el campo son morada
menor para tus ojos y tus manos,
hermana de los árboles lejanos
y madre de la suave madrugada.
Ahí brilla tu sombra, despertada
para los altos días soberanos,
y aquí en nuestros apegos más humanos
también está tu luz acompañada.
Qué fiel fuiste en nosotros, oh doncella,
oh amada, oh fuerte, oh lúcida, oh presente,
más viva que el color de lo vivido.
Por eso en tu primer pulsar de estrella
nos besas el quebranto de la frente
con beso que es lo eterno florecido.




Para ver su biografía completa puede accesar a: ARTE POÉTICA

domingo, 22 de enero de 2012

TRES SONETOS DE DAVID ESCOBAR GALINDO


David Escobar Galindo, El Salvador




EDAD, SONETO V





Liso rumor de tierra en que navego
como hacia inmensidad de mar interna:
sorda en la sien la luz de la linterna,
mientras la sombra ofréceme su fuego.

Qué denso amor de tierra es este apego
a la dulzura que me desgobierna:
y es que reflejo soy de la caverna
donde otros hombres callan sin sosiego.

Nadie escapa de ser su propia herida,
y ese río es de todos, tierra adentro,
tierra adentro del agua desvivida.

¡Ah iracunda ficción en que me encuentro,
disgregando la llama conocida
al hundirme sin brújula en su centro!

De: Las máscaras yacentes, 1984





DIOS TRABAJA CONMIGO




Dios es de pronto un dios tan fatigado
que cabe en la prisión de mis membranas.
Lo oigo asomar por todas las ventanas,
en busca de la luz, alucinado.

Yo, en mis ciegos trabajos afanados,
lo dejo solo todas las mañanas.
Y Él se tiende a soñar con las lejanas
fantasías que Él me ha enseñado.

Cada mañana escribo las profanas
Reflexiones del tiempo. El café helado
Queda junto a la máquina. Ya hay ganas.

Ganas de ser, de decir, de oír. Y al lado,
Dios que está adentro —preso en mis membranas—
Absorbe mi fatiga, resignado.

De: Dios interior, 1995





SI TÚ ME DICES VEN…
“si tú me dices ¡ven! Lo dejo todo…”
Amado Nervo




Si tú me dices ¡ven! no dejo nada,
me voy detrás de ti con todo en vilo
—sin miedo, sin reserva, sin sigilo—,
como el rebaño tras la madrugada.

Con esa sola, inmemorial llamada,
ya todo en mi esperanza está tranquilo:
canta la brisa, enciéndese el pabilo,
y el corazón olvida su coartada.

Y ya seguro de que no vacilo,
es como una marea ilusionada
este impulso del ser, tenso en el hilo.

Y ante el imán de voz y de mirada,
Si tú me dices ¡ven! No importa el filo
Que tenga que cruzar sobre una espada.

De: Árbol sin tregua, 1996

jueves, 23 de diciembre de 2010

RECORDACIÓN PASCUAL (SONETOS NAVIDEÑOS)

David Escobar Galindo, El Salvador






RECORDACIÓN PASCUAL (SONETOS NAVIDEÑOS)*

SONETO AUGURAL

Es una escena, sí. La misma, aquélla
de padre, madre, Niño —y bestias suaves,
y reyes mitológicos, ingraves.
Y una estrella. —¡Pues sí, la misma estrella!

No es una escena, entonces. Sobran claves.
—Que ahí no existe el tiempo, aunque destella.
—Que la madre es un sueño de doncella.
—Y que el niño es un arca de mil llaves.

Mas la escena —viviéndose— es la misma.
Revelándose en cada pensamiento.
Creciendo amor por íntimo mercurio.

Génesis repitiéndose en el prisma
de nuestra humanidad que bebe aliento
en esta lumbre anual de buen augurio.

San Salvador, diciembre, 1982.


NAVIDAD

Nació un Niño en lo oscuro. Y es tan vaga
la noticia, que nadie se da cuenta.
Nació un Niño, y su madre lo alimenta,
mientras tiembla la noche que se apaga.

Ese Niño, en lo oscuro, apenas traga.
Llora apenas el Niño. Pero aumenta
de súbito la luz y el sol revienta,
como un arcángel tímido que indaga.

Alza la madre el rostro. Un rayo fino
repinta su mejilla desvelada.
Y el rumor va subiendo en el camino.

Vuelve el rostro la madre hacia la entrada,
y ve que se arrodilla un peregrino,
y se asusta, y aparta la mirada…

San Salvador, diciembre, 1985


*Los sonetos han sido tomados del libro: RECORDACIÓN PASCUAL, (sonetos navideños, 1982-2003. Imprenta y Offset Ricaldone, 2003. El Salvador.

sábado, 22 de mayo de 2010

roque, de ayer a hoy-david escobar galindo

David Escobar Galindo, El Salvador
Archivo de André Cruchaga








Roque, de ayer a hoy *







Releo a Roque Dalton. La relectura es un hábito nutritivo y aleccionador. En este caso, siento al poeta en posesión plena de sí mismo, porque su palabra surge de la intimidad más profunda. Es poesía intimista, en sentido esencial.






·
El tiempo es una travesía, personal y comunitaria. Todos vamos en ella, como en una procesión sin fin; al menos, sin fin conocible de antemano, ni en el vivir ni en su posteridad. El poeta no es la excepción: más bien es la confirmación emblemática de la regla. Emblemática porque representa —no sólo él, como trajinante de símbolos, pero sí él en la primera línea del oficio simbólico— el pasar y el quedar que son las dos formas evolutivas del ser por excelencia. El poeta pasa, porque la vida es razón en movimiento; el poeta queda, porque la vida es a la vez pasión de permanencia.

Hablamos hoy de Roque Dalton, a cuya vida y a cuya obra nos hemos asomado periódicamente, en distintas luces y sombras, desde el pasado posible más remoto. Esa sola periodicidad asumida indica que el personaje es de los que perduran, más allá de los vaivenes del juicio que el devenir va imponiendo de manera inexorable, según él.

Mi primera imagen de Roque no tiene —aparentemente— nada que ver con la poesía. Yo soy un niño de 5 años y él es un adolescente de 14. Roque llega a mi casa en el Pasaje Rovira, allá sobre la Calle de Mejicanos, frente a la boca de la Calle 5 de Noviembre, a recibir su clase de inglés con mi abuela, doña Lillian. Es un muchachito serio y de apariencia endeble. Eso sí: la mirada parece concentrar todo su ser.

El Pasaje Rovira es justamente eso: un pasaje. Las casas en fila hacia adentro, a la izquierda del pasaje, y a la derecha un muro, que separa de otras casas más grandes. En la primera de las casas del pasaje, la que da a la Calle de Mejicanos, y la única que tiene jardín, vive doña Margarita Rovira, la dueña; en la siguiente, la poetisa Berta Funes Peraza, con su madre, doña Emilia; en la que sigue, María de los Ángeles de Castillo, actriz, con su marido; en la inmediata, Mercedes y Lydia Galindo, mis tías abuelas; en la otra, Salvador Castillo, su esposa Elia y su hija Chepita; después, nosotros, mi abuela, mi tío Reynaldo y yo; y al tope, el doctor Lázaro Mendoza, padre de Olga, que se casó con el barón Wilhelm von Hundelshausen, cónsul alemán en nuestro país en tiempo del Tercer Reich, y que unos años después de la guerra se estableció definitivamente entre nosotros, para desarrollar una importante carrera empresarial. Las casas del Pasaje eran pequeñitas, y más aún para la época. Frente al Pasaje, la naciente Calle 5 de Noviembre hacía dos esquinas: en la de la izquierda estaba la tienda La Royal, con su ala verde que daba a la acera, de la Niña María García, la madre de Roque; y en la de la derecha, la cantina El Avión. Doy estos datos para graficar el tipo de vecindario en el que vivimos Roque y yo.

Poco después, nosotros nos trasladamos del Pasaje Rovira a la casa 215 de la 23 Calle Oriente, una cuadra más adelante. Roque siguió en La Royal. Dejó de recibir clases de inglés, pero yo continué por mucho tiempo yendo a que la Niña María me pusiera inyecciones de reconstituyentes, de los de entonces. Veía a Roque allí, de vez en cuando, y sólo intercambiábamos saludos. La diferencia de edad se marca más a esas alturas de la vida. La Niña María, mujer noble y dedicada a sobrevivir con tranquila dignidad, estaba siempre atenta, sonriente y diligente.

Como mi abuela iba a menudo a La Royal —la tienda era la mejor surtida de la zona, más que la de las señoritas Padilla, que se hallaba a la par, y que La Única, ubicada en la cuadra anterior—, porque además se llevaba muy bien con la Niña María, ya que ambas eran mujeres esforzadas y discretas, estábamos al tanto de los respectivos sucesos familiares. Un día supe que Roque se iba a Chile, a seguir estudios de Derecho.

No estuvo Roque mucho tiempo en Chile, pero allá entró en contacto con una realidad cultural multicolor. Se conectó con el pensamiento de izquierda, por entonces en auge latinoamericano. Y esa sería su línea. ¿Pasión ideológica? Estoy seguro de que mucho más que eso. En Roque el fondo anímico era lo más fuerte, como en todo poeta de veras. Por el recorrido vital y por el testimonio de la escritura, a mí no me cabe duda de que Roque Dalton era hombre de fe, hombre necesitado de fe, pese a los desplantes burlones. Y no podía ser fe religiosa, porque su experiencia en el Colegio jesuita Externado de San José resultó más bien traumática. Aquél era entonces un colegio exclusivo y muy tradicional. Roque fue admitido, pero como no era hijo de matrimonio —lo cual no significa nada en la dimensión de lo humano— estaba en una especie de absurdo limbo social. Tuvo que haberle sido muy difícil, sobre todo en la interioridad. La fe a la que Roque se abocaría sería laica, y en aquellos años la fe laica más pujante y avasalladora era el marxismo-leninismo.

Roque nunca fue un poeta panfletario: fue un poeta creyente. Y por eso mismo su relación con las estructuras burocráticas de la izquierda vino a ser tan conflictiva. No por temperamento, sino por fidelidad. Esto llevó a Roque a confiar hasta en los recursos desesperados, que pueden resumirse en aquella afirmación contenida en uno de sus libros estelares, “Taberna…”: “Lo único que sí puedo decirte es que/ la única organización pura que/ va quedando en el mundo de los hombres/ es la guerrilla”. “Pureza” que no tuvo empacho en acribillar salvajemente al poeta, en una siniestra secuencia aún no aclarada.

Releo a Roque Dalton. La relectura es un hábito nutritivo y aleccionador. En este caso, siento al poeta en posesión plena de sí mismo, porque su palabra surge de la intimidad más profunda. Es poesía intimista, en sentido esencial. No importa que los símbolos externos sean ya hojarasca de época: lo importante es que los símbolos internos mantienen vivas sus raíces. El tiempo va poniendo todas las cosas en su sitio. Roque, como buen apasionado, también fue injusto, y bastan dos nombres para demostrarlo: Alberto Masferrer y Hugo Lindo. Pero eso ya también es anécdota. Lo real, lo verdadero es que todos ellos, los auténticos, Roque incluido, siguen y seguirán aquí, por encima de las naturales veleidades del gusto y del disgusto.

David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA. Notable escritor. Director de la Academia Salvadoreñade la Lengua.
* Este artículo ha sido tomado de la sección OPINIÓN de La Prensa Gráfica de El Salvador, publicado el día Sábado, 22 mayo 2010.

domingo, 21 de febrero de 2010

Un instante para recordar de dónde venimos*-David Escobar Galindo

David Escobar Galindo, El Salvador


Un instante para recordar de dónde venimos*



Por David escobar Galindo




Los salvadoreños venimos de donde asustan, como se dice en términos coloquiales. De múltiples experiencias que asustan. Y estamos aquí, aún necesitados de reconocer y reconocernos el mérito de haber cruzado correntadas bravas y saltado sobre pedreros calcinantes. En los años ochenta del pasado siglo, hizo erupción el más destructor de los volcanes —o polvorines, que en este caso es lo mismo—: la guerra fratricida. Y cuando digo fratricida, y lo vengo diciendo desde hace años, sé que muchos gestos se tuercen, por eso de significar con el calificativo que fue una guerra entre hermanos. Pues sí, lo fue. Y así como la sangre derramada por violencia es la más negra de todas, aunque se la quiera colorear con cualquier tinte de heroísmo, la sangre de origen, es decir, la fuerza de la consanguinidad nacional, acaba por imponer su poder, si las cosas se desenvuelven con la naturalidad que deben tener, como fue nuestro proceso de negociación para la paz, una vez que la guerra —con el dolor visible de los pertinaces guerreros— se agotó a sí misma.
En 1979, los signos del conflicto bélico interno inminente ya estaban en la atmósfera nacional. Eran sensibles para cualquiera que no buscara esconderse en alguno de los distintos mecanismos de negación instalados tradicionalmente en el ambiente. A la luz de esa sensación de inminencia, emprendí un proyecto poético en forma de soneto. Y el primero de ellos fue escrito el 6 de agosto de aquel año: “Igual que en el soneto de Quevedo/ miré los muros de la Patria mía,/ y en lugar de la justa simetría/ sólo hay desorden, crápula, remedo.// Muros en que sus huellas deja el miedo,/ huellas que son la sangre en agonía,/ del que muere atrapado en pleno día/ y del que vive agonizando quedo.// Y ante los muros arde el pensamiento,/ porque no hay más atroz requisitoria/ que la que urge la patria mal vivida./ ¡Con la sed del amor en el aliento/ limpiemos estos muros de su escoria,/ mas no con muerte, no, sino con vida!”
Pero la guerra ya no era de ninguna manera evitable. Varios sonetos después, el del 15 de julio de 1980 dice: “Que entre el aire en las cámaras selladas./ Que el poder del jazmín venza los cactos./ Y sobre tantos cuerpos putrefactos/ se derramen las auras estrelladas.// ¡Manos que hablen con fuerza de miradas!/ Porque es tiempo, país, de humanos pactos:/ de las claras ideas con sus actos,/ del amor con sus manos trasegadas.// ¿O es que ha muerto el calor de la cultura/ con que desde un pasado entumecido/ comulgamos en aire y quemadura?// Ya bastante, país, la sangre ha fluido;/ y si te dejas ser común hechura,/ no aliente vencedor si no hay vencido”. He transcrito este soneto porque quedó ahí mi arraigada convicción de que la mejor solución, siempre, es la solución sin vencedores ni vencidos, como fue la nuestra.
Los primeros sonetos de la serie, bajo el título “Sonetos penitenciales”, fueron publicados en 1979; luego, 15 de ellos en la Revista Estudios, del Centro de Estudios Jurídicos correspondiente a julio-agosto-septiembre de 1980, cuando era presidente del Centro el doctor René Fortín Magaña y Director del Consejo de redacción el doctor Luis Nelson Segovia; la tercera edición se hizo también en 1980; la cuarta en la revista Nivel, de México, en 1981; la quinta, aumentada a 66 sonetos, en 1982. En ésta hay una nota inicial del autor que dice: “Este es un libro obsesivo, visceral y creciente (…) Quedan en él —queden, si acaso— algunas verdades tumultuosas y hurañas, y sobre todo, mi amor hincado y vivo por la tierra volcánica y florida donde se desarrolla —con la torpeza ideológica que caracteriza a este siglo repetitivo y emasculado—un drama de época: un terrible drama de época. Y quede también —si acaso—la esperanza después del drama”. Sí, la esperanza después del drama, que es lo fundamental. Pese a la sordera selectiva que caracteriza siempre en casos como éste al mundo exterior. Quedó dicho en un soneto atípico del 26 de agosto de 1981: “Abran Le Monde/ Oigan la BBC/ Miren 24 Horas/ Ahí están las salpicaduras// sobre las baldosas/ Las cabezas en sacos de yute/ Los niños con ojos/ de yeso// Pero el anónimo heroísmo/ cotidiano/ de los sobrevivientes/ jamás/ será/ noticia.” Y desde luego, la culpa interior y necesariamente interiorizable, lo que en otro lenguaje se llamarían causas estructurales, en un soneto también heterodoxo del 6 de noviembre de 1981: “Caminás, Patria, de la mano de tus sombras./ Los días —de alguna manera hay que llamarlos—/ se han acelerado como locomotoras ofendidas/ que salen aullando por la soledad de los descuajes:// y uno sólo puede subirse a los trenes mutilados/ si se avienta al peligro de la mutilación./ Somos, además, forasteros en el primer conocimiento/ de esta excursión al fondo del aire que creíamos respirar,// y era basura de alma,/ azufre de semejantes,/ llovizna de oscuridad:/ de ahí se desprendían —pavos reales— las sombras,/ espantadas por el fuego vicioso de la ley;/ y entonces me di cuenta de que —¡todos!— te habíamos amarrado los pulgares”.
Y, en el último soneto de la serie, del 17 de abril de 1982, el canto a la sabiduría vital, existencial y trascendental del pueblo salvadoreño, que convirtió los terrores, estragos y angustias de la guerra en palanca para la paz necesaria y construible: “No temas al silencio —te decía—,/ ni al ruido demencial. —No temas: alza/ lo que puedas del lodo que te embalsa,/ y sigue así, adelante, con el día.// No temas —te decía—la osadía,/ ni el oscuro turbión que te descalza;/ la cierta voz no temas, ni la falsa,/ que venas hay, y pese a la sangría.// Te decía: —No temas al acoso,/ no vayas en las sombras a perderte,/ como flor en las manos del tortuoso.// No temas —te decía— al viento fuerte…/ —¡Y vos, país, callando laborioso; /y vos, país, más fuerte que la muerte!
Pues sí, venimos de dónde asustan, y hemos trascendido sustos incontables. Que no se nos olvide esa capacidad de trascendencia, que es la que mejor representa la confianza en el futuro.

Tomado de La Prensa Gráfica. Edición del sábado 21 de noviembre de 2009.



lunes, 29 de diciembre de 2008

Nunca se agotarán las preguntas_David Escobar Galindo

David escobar Galindo, El Salvador





__________Nunca se agotarán las preguntas*



Preguntar es una función fundamental de la vida. Si no tuviéramos el constante impulso de preguntar no seríamos sujetos de aprendizaje cotidiano, ni tampoco existiría la filosofía, que es la pregunta mayor, la que arranca del cuestionamiento sobre el ser. Esa pregunta perpetua es la mejor comprobación de que somos seres fundamentalmente libres, y también seres ilimitadamente creativos. Preguntar es querer saber, pero también querer remozar lo sabido. Y esta última convicción me la alimenta la relectura de un libro póstumo de Pablo Neruda —uno de los ocho libros inéditos que dejó el poeta chileno al morir, allá entre las turbulencia del septiembre golpista de 1973—. Ese libro se llama justamente “Libro de las preguntas”, y se publicó, junto a sus siete compañeros de orfandad, el 29 de enero de 1974, en Buenos Aires, con el sello de la Editorial Losada, que había publicado toda la obra de Pablo. En el orden establecido por el mismo Neruda para sus ocho obras finales, el “Libro de las preguntas” ocupa el sitio número cinco.

Las preguntas de Neruda se manifiestan en pareados —dos versos sin rima, casi todos de nueve sílabas, eneasílabos, una de las formas favoritas del poeta— marcados por el sello a la vez libre y enigmático de la poesía que está en plena posesión de sí misma. El poeta Neruda, a la altura del tiempo en que escribió este libro, es decir, en los primeros tramos de su octava década de vida, ya no tenía nada que esconder. Su relación amorosa —y por ende inequívocamente afectiva, en esa zona de la madurez en la que tienden a convivir sin límites artificiales la armonía y el conflicto—; su relación amorosa con la palabra, digo, podía darse el lujo pleno de la sencillez provocadora y provocativa, y en estas “preguntas” esa es la constante más visible. El poeta pregunta por lo que se le ocurre, como un niño revivido sin reservas; y, al ser un niño, el poeta es más poeta que nunca, pues asume su condición de pensador interrogante sin hacer caso de los límites artificiosos que impone la lógica autoritaria de la “adultez”.

“Si he muerto y no me he dado cuenta/ a quién le pregunto la hora?” “Dónde puede vivir un ciego/ a quien persiguen las abejas?” “Por qué los árboles esconden /el esplendor de sus raíces?” Morir, imaginamos, es una forma eficiente de escapar de la tiranía del tiempo; entonces, el hecho de querer preguntar la hora es indicativo de que todavía no hemos muerto; aquí la pregunta es en verdad una respuesta, de profundidad gratificadora. El ciego no es necesariamente el que no ve: más ciego es el que se niega a verse a sí mismo como depositario de dulzura. El poeta no pregunta, pues, por un sitio para vivir, sino por un sitio para ver lo fundamental, que es el depósito apetecible de sí mismo. Anhelo, angustia y tarea de plenitud. Lo esencial se organiza en los trasfondos del ser. Todos somos tributarios de nuestras raíces, y cuando el poeta se pregunta por qué los árboles las esconden, en realidad se hace una autocuestión.

Y el poeta —o el pensador, que en este caso viene a ser lo mismo— reconoce, además, que en la interioridad más profunda está el verdadero esplendor. Significativo, sobre todo porque tal reconocimiento proviene de un poeta declaradamente materialista, aunque tales declaraciones de principios ideológicos al uso de entonces –está visto, ya en claridad de perspectiva— son de catecismo, no de corazón. Y esto último vale más para 2008 que para 1973, desde luego. Al haber caído el “socialismo real” en 1989 y al estar en vías de demolición en estos días el “neoliberalismo irreal”, volvemos inevitablemente a la raíz de las preguntas esenciales sobre el ser humano, su vida y sus sociedades. El porqué y el cómo del cambio acelerado de los tiempos serían hoy las grandes cuestiones…

Neruda nos dejó un legado de gran caudal, y por eso muchos se asustan y se apartan. Reconocer lo esencial de un poeta, independientemente del volumen de su legado, es la tarea que deja más réditos de descubrimiento. Fue Neruda, siempre, un gran preguntador, aunque con insistente frecuencia se disfrazara de olímpico respondedor. Cosas de su tiempo, marcado por las fantasías ideológicas que parecían estrellas de futuro y que ahora sólo son opacas piedras de museo. Al revisar —y, por ende, al revivir— textos como el “Libro de las preguntas” uno se da cuenta de que la poesía, que como arte es un cuaderno infinito de preguntas abiertas, se ha vuelto más útil que nunca en este mundo en tránsito de globalización, es decir, en trance de interiorización. Por eso me animaba a decir, en un escrito anterior, que esta época, la de la mundialización expansiva, es esencialmente lírica, en contraste con la época anterior, la de la bipolaridad abusiva, que era ostentosamente épica.

Tiempo de preguntas podríamos llamar justamente al presente. En los momentos de transición —y éste es uno de ellos, en el sentido más entrañable de la palabra—, el ánimo cuestionador toma la iniciativa para el reacomodo de lo real. Ahora mismo, nada parece estar a salvo de ser cuestionado, ni siquiera aquellas presuntas verdades consagradas por el imperio de la experiencia, y nadie parece hallarse a resguardo del examen de conciencia, ni siquiera los que tradicionalmente se han vestido con la aureola de lo intangible. Alguien debería animarse a escribir —sobre la huella de Neruda y ya en el aura de esta época— el Libro de las Preguntas del ser humano en trance global. Las preguntas básicas en su nueva atmósfera.

El ayer nunca se agota, el hoy nunca se consuma, el mañana nunca se anticipa. Vivimos en el dominio de Heráclito, que postulaba el “Panta rei” —todo fluye, todo cambia, nada permanece— como clave filosófica del ser, y por ende del vivir. De ahí que nunca podríamos responder de la misma manera las mismas preguntas. Lo permanente es lo más fluido que existe, y en el alma humana se halllan instalados los más finos espejos de la mutación.

David Escobar Galindo


_________________
*”Nunca se agotarán las preguntas”. Artículo del poeta David Escobar Galindo, publicado originalmente en La Prensa Gráfica, el sábado 27 de de diciembre de 2008. El Salvador, América Central

domingo, 17 de junio de 2007

Fotografía: David Escobar Galindo





Las palabras




No me atrevo a mover ni siquiera con una cauta pluma
La ceniza que crece detrás de las palabras;
Es visible y palpable,
Como una ramazón ante el crepúsculo,
Como un grupo de niños que se bañan
En el río que hierve de soledad antigua; apenas me figuro
Mi mano ―equidistante de la pasión y el diccionario— alzada
Señalando un lugar, una nube en el fondo
De los techos intactos, con el hollín de siempre,
Y las casas de ayer con las gentes de ayer,
Y el ayer con sus flores pueriles y sagradas,
Entrando en el color de las semillas que perfuman,
Saliendo como polvo de colchas sacudidas,
Por puertas y ventanas.
Aparte, la aventura de este minuto en que hablo,
Porque mientras están ardiendo las palabras
Su otro yo ―esa ceniza— no tiene más poder que el de un espejo,
Y es como la otra cara inmóvil de una música,
Es como mantener tras un velo incorrupto la otra cara;
Sólo que en la tensión de decir, de explicar,
De conservar en alto la justificativa resistencia,
Se pierde tanto aroma, tanta vida, tanto fuego de magia,
Tanto beso en los labios de las cosas:
Uno trabaja, sufre, pasa sin ver el aire,
Huye a cámara lenta,
Se refugia en sonrisas, en miradas,
Con tal de no mover esa ceniza interna,
Ese colchón de fantasía ingrávida,
Porque quizás es como la nitroglicerina:
Que se toca y estalla.
Vidrios, años, rencores,
Sensaciones oscuras como el olor de aquellas semillas
/de los bálsamos,
Como el incendio sordo de las tierras que van
A sembrarse, y la gruesa claridad de la lluvia sin relámpagos,
Aflictiva y quemada.

Casi extiendo la mano para rozar mi fondo de conciencia.
Huyo, olvidado, por donde vine. Y no
Muevo ni un solo músculo: qué alegría de mundo
En que lo más intenso se disfraza,
En que uno nace, ríe, se enamora, pregunta,
Y habla constantemente
Para evitar que tome fuerza de idioma vivo
La ceniza que crece detrás de las palabras.
Es así como imperan en el aire del tiempo
Las aves solitarias.
______
©David Escobar GalindoDel Libro: El despertar del viento, 1ª ed. El Salvador, 1972
Ver más en: www.artepoetica.net

sábado, 21 de abril de 2007

Estamento nocturno_Poema de David Escobar Galindo

Fotografía: David Escobar Galindo



Estamento nocturno



Despréndese la noche
desde su astro más solo,
y cae sobre el miedo de los techos quebrados.
Noche de las esencias como espíritus de aire,
que beben en los ojos abiertos de las bestias.

Se despierta la noche, caída sobre el llano.
Grita por el sonámbulo parado en la ventana.
Pero el silencio es uno: su inocencia mayor
cierra un abrazo de agua bebida o anhelada.

Todos duermen: los pobres,
los ricos, los ausentes,
los árboles de grueso perfume abandonado,
y hasta la piedra sorda con que la casa irrumpe
en el polvo blanquísimo, soledad muerta en vida,
y hasta donde comienza la luz dueña del humo,
ánima respirable de los seres dormidos.

Igual que la epidemia
que agiganta los ojos,
este sabor deshecho
de la armonía que habla
va siendo una gemela
libertad en la sangre
una manera grávida de aprender el sonido
porque tantas personas anónimas confluyen
a una sola medida de temblor en el tiempo:
el pensador recorre cada sombra derruida,
penetra en los armarios y en los aparadores,
sopla sobre el ahogo de las ropas usadas,
pone ceniza de oro en la boca de un niño.

Estado de pureza granítica es el aire,
velocidad de seres humanos sin conciencia
de su heroísmo lento como el sol sin pestañas,
y en ese espacio escribe
mi mano este rescoldo:
la personificada
tortura del espíritu...

Ya los antepasados revuelan por la noche,
con sus máscaras de agua silbante y vanidosa;
en la quietud del campo se rebela un candil,
prende fuego a las nubes de insectos espaciales.
Rompe un sol inocente su huevo prematuro:
ha caído otra lluvia
de sal sobre esta página.
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