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sábado, 19 de abril de 2025

UN MUNDO DE ASEDIOS Y DESPOJOS EN LA OBRA JORGE CANALES

 



UN MUNDO DE ASEDIOS Y DESPOJOS

EN LA OBRA JORGE CANALES

 

 

 

nos observan de reojo,
nos acusan de irrealistas delirantes

MARTHA KORNBLITH

 

 

En El Salvador, supongo que también en otras partes del planeta, a menudo se les da poco valor a los logros de una persona, de ahí la sentencia de Jesús, que el poeta Canales la retoma y la hace suya… «nadie es profeta en su propia tierra» en Lucas 4:24 y Mateo 13:57. Jesús, reitero, utilizó esta expresión para referirse a la dificultad de ser aceptado en el propio lugar de origen. Dicho lo anterior como referencia: «Nadie es Poeta en su Tierra» de Jorge Canales Ed. Universitaria, El Salvador, 2021) quiero comenzar este periplo, recordando dos versos de Frank Kermode: «No se espera de los críticos, como se espera de los poetas/ que nos ayuden a hallar el sentido de nuestra vida.» Donde las contradicciones históricas nos permitan encontrar un punto de inflexión entre memoria y tiempo, redivivo. El poeta adopta conscientemente su propia expresividad iluminativa y la trasciende a través de su instrumento de trabajo: la palabra. Sabemos que el proceso de creación es complejo en sí mismo, en un país con perennes convulsiones pero que está ahí en las convicciones espirituales del poeta. Y lo es más cuando desde la brevedad hay que hacer visible al lector, la acción y el suceso que se narra. Sin duda es un proceso intrincado de creación, a este respecto. David Lagmanovich, dice: «cinco factores que condicionan tanto el proceso de creación como el resultado textual: el autor siente un impulso, una urgencia que responde a la necesidad de contar algo utilizando un modelo de narración caracterizado por la concisión y la autonomía. Y añade que la razón última y la finalidad fundamental en este proceso es la alegría de la creación, es decir, un autor escribe microrrelatos porque procura experimentar y transmitir con la mayor intensidad posible el placer que proporciona la literatura” (“El microrrelato hispánico…» 88-91). En la brevedad, el mundo ficcional es sumamente complejo. Pero ello, siempre nos permite el asombro y, consecuentemente, la reflexión. Hablamos de un texto, estrictamente referencial, siguiendo la línea de Van Dick y Chico Rico. Por lo mismo se requiere de un lector competente, un destinatario que tenga la capacidad de armar su propio correlato. El discurso poético-narrativo así lo demanda.

La narrativa breve, llámesele microrrelato o microcuento, minicuento, minificción, requiere de tanta pericia, como la necesaria en las obras extensas. Al igual que Guillermo Siles, prefiero el concepto por el que él opta: microrrelato, debido a su aparente neutralidad y generalidad para abarcar esta enorme variedad de formas discursivas. La tradición literaria de este género en particular, me atrevo a decir, que es sumamente reciente en descubrirse, no así en cultivarse. (Dolores Koch, 1981). De ello da cuenta cuando aborda a tres escritores hispanoamericanos (Torri, Arreola y Monterroso). (Dolores Koch, “El micro-relato en México: Julio Torri, Juan José Arreola, Augusto Monterroso y Avilés Fabila”, Hispamérica, 30 (1981).

Asintiendo que no es un género canónico, los gérmenes de este lo encontramos en la robustez del modernismo, con Darío (1988, Azul). El poema en prosa conviene decirlo, para teóricos y críticos contemporáneos, no es otra cosa que una obra narrativa en pequeño y como tal, tiene sus características definitorias y ficcionales. Podemos afirmar que los referentes remotos con los cuales nos encontramos en los microrrelatos de Jorge Canales, son los poetas del modernismo hispanoamericano. Claro que aquí caben Lugones y Velarde, Gutiérrez Nájera y Martí, sólo para mencionar a los más representativos. Recordemos que el modernismo fue el que refundó y consolidó estas nuevas formas expresivas, que luego abanderó la vanguardia y la posmodernidad.

El microrrelato de Jorge Canales, obedece a la estética de la pos-vanguardia, escritura que, a su vez, deviene del universo del simbolismo: la misma, es un laboratorio de expresión con incursiones arriesgadas y fecundas en nuevos territorios, tal la apreciación de Selena Millares (Del simbolismo al surrealismo: las prosas de las vanguardias hispánicas, Madrid, 2013.) Es digno reconocer que el microrrelato, fue el semillero del boom latino americano. Más allá, sin duda, de cualquier aspiración estética y estilística, vemos en el libro, no la mera obsesión por el lenguaje, ni siquiera la experimentación radical, sino la comunicación y la comunión con los demás. Es en realidad, una poesía narrativa que busca un interlocutor más que una torre de marfil que abrigara al poeta del resto del mundo. Me parece que su objetivo esencial es reflejar el estado de cosas de la realidad, sin soslayar sus sentimientos y emociones.

Los versos y relatos de Jorge Canales, nos muestran su poder de síntesis, e incluso el poder de la fantasía, de otro lado, la película es diferente porque su contenido tiene tácitas implicaciones sociales y políticas, como es el caso de la «Condena»: «El poeta fue condenado por maldecir la palabra. Lo exiliaron al infierno de la palabra.» Ahí, es el lector el que tiene que hacer sus propias inferencias a partir de cuatro palabras Clave, como son: condenado, exilio, infierno y palabra. Cada palabra, entonces, nos da la posibilidad de múltiples interpretaciones. Además, es pertinente señalar que, en este caso, la escritura de Jorge Canales se libera de las ataduras tradicionales del verso y la narrativa tradicional; con ello nos da una visión diferente de la creación literaria, es decir, una manera diferente de ver la realidad. Su originalidad lo sitúa fuera de los límites, al margen de escuelas y canon. «Lo que nos encontramos en (Canales), no es una representación de la realidad sino una ficción como la realidad creada por Baudelaire en sus poemas, y las cuales se convierten en una realidad dentro del poema.»

La palabra por naturaleza es demoledora y arma crítica para desatontar este mundo de perversión y alienaciones. Estos poemas y estos microrrelatos, algo así como fusión de fronteras, (poetizar la narración y viceversa), rompe con los límites genéricos, tal como lo hicieron en su momento, poetas como Jaime Sabines, Juan Gelman, Roque Dalton, Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, Roberto Fernández Retamar. En este contexto, Jorge Canales recurre reiteradamente al tema de la locura, y «puede (como dice Abraham Andreu Gómez, en El genio creativo: radiografía de poetas a través de la locura), que el «genio» sea un «estado de enfermedad mental», como dijo Poe o que la locura sea «lo más sublime de la inteligencia». Puede que los poetas se parezcan a ese albatros de Baudelaire al que «sus alas de gigante le impiden volar». O puede que el único impedimento sea que el poeta, a veces, coquetea con la locura. «La locura y el gran ingenio son casi aliados / y tenue es la frontera que marca sus condados», escribía John Dryden tras la restauración inglesa. Un pareado que aplaude Michael Drayton al escribir esto sobre Kit Marlowe: «Pues conservaba esa sutil demencia / Que es de un poeta idónea pertenencia».

Parafraseando a Flannery O’Connor puedo afirmar que El principio del conocimiento humano se da a través de los sentidos, y el escritor empieza donde empieza la percepción humana. El escritor atrae por medio de los sentidos, y no se puede atraer a los sentidos con abstracciones. Para la mayoría de la gente es mucho más fácil expresar una idea abstracta que describir un objeto que está viendo realmente. Pero el mundo nuestro está lleno de materia, lo tangible, que es lo que los escritores que empiezan están poco dispuestos a tratar. Están interesados principalmente en las ideas abstractas (…) en lugar de todos esos detalles concretos de la vida que hacen real el misterio de nuestra situación en la tierra («Naturaleza y finalidad de la narrativa», en El negro artificial y otros escritos, Madrid, Ediciones Encuentro, 2000, p. 285.) Jorge Canales, diestro en estos menesteres lo sabe. Su acuciosidad lo lleva a abordar los grandes temas sociales que aquejan al ser humano: la inequidad social, económica, cultural, por ejemplo, con un lenguaje absoluto, lindando a veces en lo mejor de la greguería de Gómez de la Serna, o Luis Buñuel. Su lenguaje onírico nos muestra la crueldad y una intensa carga anticlerical, Véanse poemas como «La calle Arce» y «La Loca». Su ímpetu creador le permite explorar situaciones nuevas y ello le atribuye un alto grado de originalidad. Como el caso de André Gide, Canales permanece fiel a los auténticos impulsos de su experiencia creadora.

Tanto sus poemas como sus microrrelatos poseen rasgos sobresalientes, tal la marcada atención al detalle, al matiz, siempre significativos y reveladores. Bastará leer unos cuantos textos (para el caso, «El loco II» y «Cosas del hambre»), de Jorge Canales, para repensar la importancia del detalle en la narración o el poema. De esta forma, con gran precisión narrativa y sin prisa, construye las situaciones, los personajes y su concreto y particular entorno.

Existe un narrador en tercera persona que observa y le da vida al curso de los acontecimientos, ensimismado en dejar constancia de realidades habituales del ser humano en el contexto social. Tomemos para el caso, el microrrelato «EL LOCO», que literalmente dice: «En el Parque Colón, el loco arrastra latas, desprecios y muecas. Entre espectros de voces desova respuestas cíclicas, hastío de infatigables relojes y telarañas rotas. Cuerdo, perdió la luz de las manos; loco, encontró los pies para andar los laberintos de sus fantasmas.» Modo que combinado con un ocasional uso del singulativo o iterativo siempre en un periodo sumamente limitado de la narración, permite que los personajes asuman momentáneamente proporciones exageradas o aspectos inusuales.

En el caso de «Nadie es Poeta en su Tierra», el autor nos plantea la vida y todos los espejos doloridos del tiempo, la realidad humana y sus entramados sociales, y no el mero concepto de vida, que nos ubicaría en un plano etéreo. Tiene, además, este libro, la virtud de registrar todos aquellos textos que han sido ganadores en certámenes literarios en España. Su calidad es innegable y, por supuesto, irrefutable.

Jorge Canales, maestro en estos menesteres, aborda con prodigiosa versatilidad los diferentes temas de la vida en sociedad, lo trágico y lo onírico, tanto desde el plano de la poesía como en este género del microrrelato. Cada poema o prosa tiene como referente una realidad que muchas veces pasa desapercibida por el ojo común. El poeta juega con las palabras y les da vida, las remite a un mundo luminoso, las habita con su sangre. Técnicamente, maneja con maestría tanto la «autodiégesis» e incluso la «metadiégesis» como la omnisciencia (en ocasiones selectiva, siempre invisible, que le permite penetrar y profundizar en una variedad de personajes); es además muy hábil combinando «diégesis» y «mimesis», con el fin de esconder o remarcar puntos de vista, esclarecer momentos o significados, graduar la información, mantener el suspenso o el misterio, e impedir que el lector se acomode en una sola posibilidad, en un tiempo preciso o en un espacio o situación predeterminada. Su dominio de los recursos narrativos le posibilita crear estructuras novedosas, donde nada es previsible (siempre hay giros imprevistos y profundidades sorprendentes, tal el microrrelato «El Poeta»). En este sentido, me recuerda «Continuidad de los parques», de Julio Cortázar. Es como si voláramos en un espacio desamparado y, luego, en algún punto, otra vez el desamparo, como en el «Viaje redondo», de Arqueles Vela, o incluso, algunos textos de José Emilio Pacheco, de Juan Emar, Vallejo, Felisberto Hernández.

Otro de los microrrelatos geniales de este libro y que apoya mi tesis anterior es: «ALMAS EN PENA», el cual dice textualmente: «Una niña exiliada de las vísceras de una marginal era ala de su madre Mercedes Locura.  Juntas volaban con sus ojos endemoniados. La calle, como siempre, se burlaba de sus cabelleras atormentadas por la intemperie. La niña llevaba en su laberinto una mueca con vestido de roturas y remiendos. Maldecía la eternidad del desprecio. Maldecía la miseria atrapada entre el fastidio y el cemento de la calle congelada.»Como vemos, en este minicuento, la brevedad sin embargo encadena perfectamente las imágenes de personajes y desarrollo de la acción condensada, con un lenguaje, además, preciso. Surge —según los estudiosos de este género— de la adaptación de los medios expresivos de otros géneros, a través del tamiz de la estética posmoderna; por tanto, parodia, ironía y fragmentación son rasgos notables en ella. Y agregaría, tal lo dicho por don Juan de Mairena, «la prosa no debe escribirse demasiado en serio. Cuando ella se olvida del humor —bueno o malo—, se da en el ridículo de una oratoria extemporánea.»(Citado por Selena Millares).

Como es menester, un poeta comprometido con su oficio, piensa en el tema de la muerte, (no como herencia quevediana, ni como mero enigma, sino como fenómeno que deviene de los problemas estructurales de nuestro país), tal el caso de Jorge Canales. Los textos poéticos, aquí, funcionan como el intermezzo de la obra en conjunto. Y es justamente un poema, «El loco», como una especie de manifiesto, el que nos adentra en el libro: «El que siembra pájaros en sus amaneceres sin puertas/ y dibuja fantasmas en la risa.» Canales concibe la escritura como un acto de libertad, “sin puertas”. El yo lírico, aquí, está circunscrito a las circunstancias, el que cuenta «cuenta charcos de sangre en la calle». Canales, describe la existencia y, al hacerlo, lo hace con absoluta convicción y profundidad. Es la objetivación del mundo, esa realidad que nos devuelve al mundo real. Esas fotografías residuales de la vida.

Por otra parte, en la escritura de Jorge Canales está presente la historia del país. Su narrativa poética, de cara con la realidad, se reviste entonces de un tono trágico, desmitificador.  Canales asocia el contexto político social con la oscuridad y la tristeza que suscitan las tumbas y sus muertos. Siendo, a mi juicio, otra forma de tiranía, tan cruel como los lamentos del abandono, o la sangre que abriga las calles.

«La anciana», es un poema conmovedor y demoledor. Es la ciudad y el sufrimiento de su gente. La niebla y su mar terroso, la fotografía rota, arrancada de la conciencia. Pero las calles de San Salvador son así, una lágrima perennemente hundida en la conciencia, una hechicería de desvanes zurcidos por la inclemencia, por la indiferencia, el menosprecio, restos delirantes de la historia. La deixis personal, local y temporal nos sitúa de inmediato en una elocución polifónica y por lo mismo, también testimonial.

Uno regresa del mercado («Rituales del pan») es otro microrrelato insobornable. Leer este poema-relato, nos hace pensar en la historia salvadoreña; inmediatamente nos remite a la construcción de una tradición patriótica: la dignidad o el hambre, desarmado, sólo con los sueños. Resulta interesante, constatar cómo se configura la fraternidad que autoriza al «yo» a decir «nosotros», a hablar apropiándose de la voz del colectivo, es decir del pueblo. «La poesía llama a la fraternidad y da sentido al cúmulo de acontecimientos que se suceden».

Otro de sus poemas, reflejo hostil de nuestra patria, es «La vida es una flecha», la cópula no es por la vertiginosidad, la metonimia nos ayuda a entender aquí el objeto con la materia, lo insólito del mundo en sólo ese objeto: «A las doce de la noche. / Con sus guadañas de odio/ Las jaurías de la muerte/ Cercenaban las puertas/ Las abrían al terror. / En el llanto de la sangre/ Las súplicas, impotentes, se ahogaban.» Estos versos como vemos nos remontan a un momento de nuestra historia. Aún la siento en la piel. Aun esos hechos zarandean mi conciencia. Con todo, lo grandioso de la existencia, son los sueños, acotaba Neruda.

Seguidamente el poeta consistente con su imaginario poético nos declara: «Miradas de silencio y miedo/ Bajo luciérnagas muertas/ Cicatrizaban cruces negras/ En la memoria de las paredes/ De esos cuartuchos de adobe y esperanzas.» En efecto, su libro Antológico, tanto como otros trabajos suyos —poseen, a pesar de sus diferentes entonaciones, una misma coherencia interna que pone de manifiesto lo que esa poesía tiene de inevitable suspicacia, su movimiento en un sentido unívoco, lo que posee de destino necesariamente con resonancias cósmicas.

 La obra de Jorge canales, (prosa y verso), como vemos en este libro, y en otros de su autoría, es esencialmente dolorosa y a la vez de sanación: sus profundas certidumbres lo alejan de cualquier escepticismo. La política y lo político, alcanzan en el poeta, la raíz esencial de su infinito. Muchos de sus personajes se mueven entre los laberintos de la chatarra y remolinos de un bosque de abandonos.

«Nadie es Poeta en su Tierra» es un libro indispensable en la literatura salvadoreña. A través de él contemplamos (no con parsimonia) y no desde afuera, las explosiones múltiples que diseminan el sentido por todas las grietas y fisuras de la realidad nuestra; nos interpela permanentemente para hacernos entrar en ese mundo grotesco y pervertido; nos sacude interiormente abriendo un abismo donde incluso la propia convicción se ve amenazada porque sabemos de lo que el poeta habla. Porque es posible la memoria aun con tanta desesperanza, porque de una u otra manera los recuerdos y pensamientos se agolpan, porque le dan contenido al corazón, porque aquí no hay vaguedades sino sentidas reflexiones.

Lo interesante de esta obra de Jorge Canales es la realidad punzante que nos muestra, poeta testigo de los vacíos y de este mundo que se ha vuelto despiadado y que suscita angustias estrafalarias como una casa deshabitada o un traje hueco. El hedor de lo inhóspito dispara tumbas asfixiantes, nos salpican las imágenes horribles que bracean en el agua: el dolor, la ruina, la vida y su nublada agonía. En «El niño, la mariposa y el grillo», no dice: «Bajo la mesa del barrio marginal juega un niño con una mariposa y un grillo. Su madre le canta mientras embolsa miserias de cocaína. Su padre llega borracho, la insulta y golpea. El niño, entre lágrimas y sollozos, libera la mariposa y decapita al grillo».

Tenemos, pues, en este libro del poeta Jorge Canales, motivos suficientes para repensar la realidad y la escritura: Una literatura que no se vincula al ser humano carece de construcción de memoria. Leo y veo al poeta con esas grietas doloridas, extendiéndose en su mirada. Entonces, todo se hace transitable, aun el pájaro que se duele sobre una estatua. Celebro con absoluta complacencia, la mirada creadora del poeta Jorge Canales, su pensamiento vanguardista, su búsqueda de la libertad, a través de la escritura. Su fuente de conocimiento será siempre la realidad histórica y moral de este país, tal como lo señala Enrico Mario Santi. (El laberinto de la soledad, Octavio Paz.) En su creación literaria encontramos esa necesidad de romper con las monotonías del yo poético, para instalarse con su alma vibrante en el narrador testigo que desata las aguas esenciales de los agujeros históricos. El gozo de leer a Jorge Canales es inmenso. Siempre es necesario leer y repensar su mundo poético-narrativo en presente, no en pasado. A diferencia del niño que dejó de liberar luciérnagas, (El niño y las luciérnagas), el poeta, siempre desatará ese bello ímpetu de los pájaros a la hora de exorcizar el mundo con su vuelo.

 

André Cruchaga


viernes, 7 de marzo de 2025

TRENES: AMANECER EN LA MEMORIA, O LA SEDUCCIÓN DEL SUEÑO

 



TRENES: AMANECER EN LA MEMORIA,

O LA SEDUCCIÓN DEL SUEÑO

 

 

 

 

Tan cierto como gratificante resulta hacer este recorrido bajo los auspicios de la patria de la poesía, en este caso, de la poesía de Juan Ramón Jiménez Simón, contenida en su poemario: “La Memoria del Expreso”, estructurado en tres momentos íntimos, emocionales: procedencia, destino, entrada.  De entrada, el poeta me hace una acotación: “Tenemos en común la estación de ferrocarril de Alcázar de San Juan (Ciudad Real), importante nudo ferroviario antaño, y un mismo tren (el catalán). Eva es de Barcelona (residente en Sevilla) y yo de Sevilla (mi familia es de Toledo, soy hijo de padres toledanos que emigraron a Sevilla). Ambos hemos viajado "en el catalán" (hacía el trayecto Sevilla - Barcelona, y viceversa) infinidad de veces en nuestras infancias. Yo me bajaba (subía) en Alcázar de San Juan, y ella iba de paso en el tren.”

             Por mi parte, recordé los míos, los de la infancia; pero también, aquel Transiberiano que describe Pablo Neruda en “Las uvas y el viento”, (Ed. Nascimento, 1954); o el “Tren de todas las tardes”, de Juan Ramón Jiménez, en su viaje a Cádiz (Diario de un poeta recién casado, Cátedra, 2017); “El barco ebrio” de Arthur Rimbaud, de “horizontes que se hunden, como las cataratas” de inquietantes parajes; e incluso, el tren de Ágatha Christie, tan misterioso como intrigante. El tren nos permite navegar en tierra firme, como una exacta prolongación de la vivencia. Vientos inefables han llevado al poeta a transitar por la memoria dando rienda a los albedríos del camino.  “El silbido del tren subió mis ganas”, dice el poeta, para dar paso a su sueño y destino.

Acompañan a este poemario, ilustraciones de Eva García Fernández, dándole rostro casi humano a su silbo de libertad. En su asombro, se reflejan candilejas y centellas que atraviesan el alba. Es, sin duda, la metáfora y sinécdoque del sinfín: designa, el ciclo biográfico, con partida y destino final. Símbolo, además, en una época del futurismo. Contrario al paroxismo de Robert Lowell, Antonio Machado que en su decir el tren era una placenta confiable, o Miguel Delibes que lo reivindica, y lo erige como santuario de sabias conversaciones, o Jorge Teillier y su poema “Los trenes de la noche”, o Augusto Monterroso, o Emilio Adolfo Westphalen, que hizo un parangón del ferrocarril con su muerte: "El tren se ha detenido en el silencio opaco y sin ecos de la noche anónima. Es la llegada a término - no se reanudarán ya más ni agitación ni bullicio ni carcoma", Juan Ramón Jiménez Simón, hace de él un exacerbado encuentro casi proverbial de la vida.

              Uno se imagina al poeta, seducido por los raíles de esos extraños adioses. Hay ahí, ecos audibles, resplandores y una aventura acumulada en su conciencia: el viaje a través de orillas lunares, rumores infinitos y numerosas vidas cuyo destino colma la vida de diferentes ropas. En él, desfila el tiempo y se nos muestra en ese “Rielar entre sombras”; a su vez, “el temple del desvarío, … cimbrea la nave del misterio, abrasando las brumas de espectros”. Juan Ramón, es fiel a su palabra exploradora, misma que nos lleva y nos adentra a una integración y memoria de símbolos. Son poemas intensos que rebasan la atmósfera metafórica de los ferrocarriles: desde el tiempo de la memoria, su interior, hondo, de matices. Nos sugiere, además, un cosmos y una utopía. Así, el poeta nos dice: “Entre la claridad pasajera/ y lo indiscernible postrero, / la estrella en su mapa informal/ declara sobre la vasta red/ la seducción de lo nuevo,” …

           Mientras nos seduce el sueño de las lejanías, y la memoria revive con pulcritud petrificada sus varios viajes, el poeta nos transparenta el espejo al punto de hacer cuerpo esa materia, a ratos inasible, a ratos melancólica e insólita. Es tan rico e intenso el sentimiento del poeta que uno queda atrapado, sin poder evitarlo, en su lectura.  Hay tanto asombro en la poesía de Juan Ramón, que uno se queda perplejo, como aquel pasaje de Gabriel García Márquez (Cien años de soledad) y el arribo del tren a Macondo: “El inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo". El poeta desvanece los sentidos en sus recuerdos. A tal punto que las ausencias (las de la ambrosía amorosa y encantamiento), le ganan la tristeza, o lo empañan de vahos y destiempo.

Puede encontrarse en el discurso poético de Juan Ramón Jiménez Simeón, una imantación por la palabra, una resonancia vibrante y luminosa del tiempo ido. Le ha dotado, a su poesía, de un ritmo especial y ello le permite no caer ni el laconismo, ni en los excesos de la retórica. Por lo demás, comunica sus sentimientos y emociones con una indiscutible intuición de una realidad que le es propia. Su voz de hondo aliento resplandece en los umbrales de lo que perdura. La lectura hace posible una especie de catarsis, en el sentido aristotélico del concepto, pues nos implica emocionalmente con sus vivencias. Razón tenía Hans-Georg Gadamer cuando afirmaba que toda obra literaria constituye un diálogo entre pasado y presente. Ahora, me toca inferir sus desasosiegos, en clave, de sus textos pues que el poeta al recordar aquellas travesías en tren, le evoca un panteón, frío, por lo inerte de las criptas.  Por alguna razón el poeta se siente descorazonado, al punto de decir: “¡Triste y sublime/ sinfonía del desconcierto, / que ronda en torno a ella/ la muerte como el grito/ de la vida! “

            En el Canto segundo, su destino y “un escalofrío sin salida”. Veamos aquí como el determinismo se afinca en su alma. Paradójicamente, está presente, el vaivén del desconcierto: norte o sur, ramblas, vacíos llanos: “y una parada a otra sucede”. Asume el poeta esos vaivenes del fermento; en su tránsito hay sombras de luz, y noches rotas en el eje de la espera. Ahora estoy tan lejano, diría Claudio Rodríguez, “que nadie lloraría si muriese”.  Es menester en la obra de Juan Ramón, el uso de ideas y pensamientos que se contraponen: Distraía mis ojos/ en las penas de un gozo, / un vagón sobre otro,/ mientras el color yacía en la luz”.  Según esto, el poeta se goza en la pena, es decir en el sufrimiento. En el campo de los sueños y la poesía es posible. Igual que deslizarse esos trenes a través del bosque, o las despedidas que devienen en lágrimas.

             El binomio tren-vida, es la historia del sentimiento expresado en versos. Historia que presagia, en su unicidad poética, el eterno ir entre cardo y albahaca, entre sombras resurrectas que tiemblan en la carne: ecos y sueños, ahí, en su solemnidad de grito, de un tiempo que se nos escapa por su condición de inasible, o por su resonancia errabunda. Al final queda el misterio de la memoria y las nostalgias por la no consumación de lo anhelado.  De ahí que el poeta, trémulo, nos diga: “Poco importa el crepúsculo/ al viajero del banco azul, / si el sol es enemigo mortal/ de los tiempos seguidos/ que desaparecen en un consuelo.”

             La construcción poética de Juan Ramón Jiménez Simón, media sin lugar a duda, entre lo eterno y lo temporal; junto a ello, la perennidad espiritual que reelabora esa atmósfera trascendida: la memoria del Expreso. Su canto tercero lo define el poeta como la entrada, de nuevo a su historia de antaño. “Cuando el recuerdo del tiempo/ procede de una entrada, / soñando aquellos momentos,/ fuimos pioneros de antaño/ que por edad crecimos/ para que lleguen otros”… Es el viaje de la memoria, a voluntad de su alegre agonía, pero también el tránsito de su largo recorrido. Hurgar en la memoria es buscar el tiempo fenecido. A su vez, El uso de diferentes isotopías hace sustancial su contenido simbólico. “El lenguaje se anticipa siempre un poco a nuestro pensamiento, hierve un poco más que nuestro amor”, (Gastón BACHELARD, El aire y los sueños).

           La materia poética rebasa los límites de la palabra y la médula y los contornos de la memoria.  “Memoria del expreso”, es un imaginario espacial y progresivo del poeta que se alumbra recordando esos micromundos, a menudo resbaladizos, de lo que fue, pero igualmente de lo que será.

 

André Cruchaga,

Barataria, 16 de enero de 2019


jueves, 6 de marzo de 2025

LA POESÍA, ESE ÁMBITO DE MEMORIA Y SILENCIO. EL ENCUENTRO ESPERANZADO DEL HORIZONTE

 



LA POESÍA, ESE ÁMBITO DE MEMORIA Y SILENCIO. EL ENCUENTRO ESPERANZADO DEL HORIZONTE

 

 

 

«La poesía es un ideal inalcanzable.

El sufrimiento y el arte del poeta consisten en vivir

en el filo entre la palabra y la nada»

ANA BLANDIANA

 

 

La poesía en su valor más universal nos conduce siempre a los ámbitos de la memoria, sin negar los tiempos de silencio, o esa búsqueda de horizontes esperanzados, mismos que abren las ventanas del alma, esos que bullen como un rictus en el ojo húmedo de la página. En su ensayo, La poesía entre el silencio y el pecado, la escritora Ana Blandiana, expresa: «me refiero a la evolución de la poesía como un ideal, concebido como una intensificación del poder de sugestión, en el que decir lo menos posible para sugerir lo más posible puede convertirse en no decir nada para sugerirlo todo. Un ideal absurdo en la medida en que implica, para su cumplimiento, la desaparición de la poesía. Y un ideal, también, que, por mucho que quiera acercarse a él, ningún poeta alcanzará nunca, porque ninguno aceptará renunciar a sus palabras. El sufrimiento y el arte del poeta consisten en vivir en el filo entre esas palabras y la nada.»

La poesía urde en efecto, sueños y, a menudo, necesarios para subsistir. Supongo que la poesía es también experiencia vivida y vívida, una especie de extravío permanente en la matriz del alfabeto. Quien vive a flor de piel las semanas, la cotidianidad, celebra la embriaguez de la cumbre, el poema consumado. Uno escribe desde el corazón todos los crepúsculos que dispara la soledad, todos los fulgores que contiene un candil encendido. Francisco Murcia Periáñez lo sabe desde su alma anegada de huecos, de albas e historias que trastabillan en los «pesados silencios» de la soledad.

La obra que aquí nos ocupa posee diferentes llamas de pensamiento, luminosas derivas a voluntad del poeta. Poesía esencialmente sentida, sin trivialidades, fraguada en el rigor del oficio. Es en todo caso, una poética versátil; sus palabras resuenan con intensidad, la emoción que solo se ve en poetas comprometidos con el oficio de ser poetas. Toda una experiencia de vida llevada al lenguaje, tal como bien lo expresa en uno de sus poemas: «ebrio de vino mi cuerpo y mi alma, / ebria de soledad y de pesados silencios.»  Una exactitud que culmina en su propia escritura, cicatriz de esa herida que lo nombra y lo respira correctamente desnudo.  «Penas, penas y más penas.”, nos dice el poeta y agrega: “almas abandonadas que nos sentimos perdidas, / bebemos esa ternura que nos ofrece la pena/ y maldecimos la angustia que nos devora por dentro.» Resulta difícil no encontrar eco en estos versos y que en mi opinión es una especie de epifanía, una visión marcada por las vivencias.

Las diversas construcciones que el poeta realiza, resultantes de su interacción con el entorno, con sus vivencias, constituye la parte fundacional del poema, es decir, los espacios imaginarios en la poesía que nutre y desemboca en «experiencia vital». Las tensiones que suscita el tiempo, el entorno, la inmersión en el mundo de los sueños (casi como un enclaustramiento), los descensos, ascensos, en el momento de la escritura, es lo que le da a ésta y al poeta una perspectiva unívoca. Estos imaginarios (espacios psicológicos) se organizar al punto de constituir la experiencia del poeta. De ahí esa voz gangosa y oxidada: “mariposa y golondrina” encarnando lo que bien puede denominarse tráfago en un contexto de realidades e irrealidades, lo posible y lo no posible, esa constante del espíritu y sus posibilidades.

Sentimientos e imaginarios, como elementos tensionales, conforman esos espacios que a continuación, procuro delinear. Generalmente para el poeta hay un lugar mítico, todo aquel bagaje que deviene de su infancia como elemento acumulador y nutriente en la conformación del poema y una poética; también, el espacio (dentro de ese imaginario) que ocupa el entorno como referente de escritura; y, finalmente, lo íntimo y cotidiano como especies individuales. Así tenemos, en palabras de Antonio. Colinas, que «la mejor poesía no es la que refleja la realidad, sino la que la trasciende». El poeta parte, como refiere (Susana A. Fernández), en sus versos de una realidad concreta, si bien su propósito es desvelar el significado último de dicha realidad.

 

Es mi noche la noche

de las más negras tinieblas,

tiembla mi cuerpo y mi alma

y tiembla mi vida entera,

buscando la luz que sueño

entre escombros de ilusiones.

Los ocasos me niegan el brillo de los luceros,

Y no encuentro el firmamento

donde sembrar mis estrellas.

 

Realidad que, adentrada en el sujeto se torna sentida vivencia trascendida y contagia los estados anímicos al punto de convertirse en referencia de sentimientos genuinos. Cada poema nos ofrece matices de referencia de esos paisajes íntimos de silencios derramados en el nombre de las cosas, efusión abrasadora de sentimientos.  Lo más notable de este poemario, tiene que ver con la poética de lo imaginario y ahí está en mi opinión su valor poético; es decir, como sostiene Valentina de Antonio Domínguez:   una «semántica imaginaria», constituida por los símbolos y  mitos poéticos, y una «sintaxis imaginaria», formada según García Berrio por los «esquemas de especialización fantástica», en los cuales se insertan los símbolos, expresando «movimientos pulsionales», que forman los esquemas de movimiento y los diseños de fuerzas en equilibrio, al punto de llegar a poeticidad, (cualidad de lo poético, según la RAE). Y no solo eso, la memoria posee fuerza liberadora, el alma desolada se transforma en aspiración trascendente, en conciencia, como lo diría Juan Ramón Jiménez.

El poeta, decía Alexander Blok, no es tal porque escriba en verso, sino porque dota de armonía al sonido y a la palabra, porque él es hijo de la armonía. Rescatar y reivindicar el mundo a través de la palabra. Ir al origen y regresar con revelaciones: la experiencia trascendida es lo que hace de los espacios de la memoria y el silencio, materia fundacional. Así tiene sentido la materialidad del «Don de la ebriedad» de Claudio Rodríguez. La experiencia es única, indiscutible, sin duda. Por lo demás, aunque el concepto de «Trocitos», título del poemario, nos propicie la idea de fragmentación, o diferentes planos como una especie de montaje, lo cierto es que están concatenados, poéticamente hablando. En todo caso la poesía, es algo así como expresaba Luis Rosales: un ingrediente que puede salvarte o condenarte; en este entorno espiritual, la poesía salva, desde luego. El fecundo lirismo del poeta lo lleva a esta toma de conciencia; y por más dolor que haya en estos versos, el encuentro con la palabra resulta una suerte de esperanza, veamos:

 

Repaso las estanterías de mis recuerdos,

Cuánto polvo acumulado, cuántas grietas.

Cuánto hueco con ese olor a pasado,

remoto, perdido en el tiempo,

pero anclado a mi memoria como un clavo

que arde y quema por dentro.

 

En estos poemas de repensar y repasar la estantería de los recuerdos, se rescata la imagen de diversos elementos del entorno esencial: se evoca el paso del tiempo, la añoranza (recurrencia de recuerdos); los fuegos que se prenden en el extrañamiento. Realidad que bien puede sintetizar un verso lapidario de José Agustín Goytisolo, «La evocación perdura no la vida». Y así, «lloramos, ya lejos, con los ojos», tal como nos lo sugiere JR. Jíménez. O como Francisco Murcia Periáñez, el poeta de este poemario nos lo expresa: «ebria de soledad y de pesados silencios.» La imagen del sueño perdido (Paraíso de Milton, o Edénico) y sus antípodas, en cuya existencia encontramos, las más elocuentes impresiones del yo poético interior, el que se debate en cuerpo y alma, invoca y respira esa: «ternura que nos ofrece la pena / y maldecimos la angustia que nos devora por dentro.»

En general el rasgo fundamental de la poesía lírica es procurar atar mediante las palabras, los versos, el poema, la vivencia íntima de su mundo interior o exterior para liberarla mediante el uso de la memoria que indiscutiblemente el tiempo se encarga de erosionar o de sedimentar, entendido como revelación del yo. «Trocitos», me parece que sintetiza muy bien la preocupación existencial del poeta: el tiempo, es solo una pequeña eternidad, dura lo que una gota de rocío al caer desviste, abre el pecho. Lo interna en esas líneas del abatimiento, de las afirmaciones doloridas de la materia hecha palabra:

 

Ebria de penas … vino mi sombra …

ya no conoce la senda,

ya no hay luz que la sostenga y vaga

perdida entre sueños de penumbras y tinieblas.

 

En el contexto de lo íntimo y cotidiano, el poeta no escapa en hacer algunas confesiones sobre su vida. Así, el yo poético nos dice: «Me creía tan libre, tan fuerte, tan grande, / que desprecié los mensajes que la muerte me enviaba.» De tal forma que, desde esa confesionalidad, la realidad vivida con la realidad creada se fusiona, para convertirse en una sola transparencia. Su mirada y, conlleva la más sincera interpretación de lo que van percibiendo mis cinco sentidos, y de lo que les va impresionando. Es una explosión que, en ocasiones, el poeta tiene el imperativo de dejar sellada en el papel ese luminoso desasosiego. de ahí que el poeta hecho palabra procure trascender en toma de conciencia: «Más hoy yazgo en este hueco, pozo de sombra y silencio, / donde la tierra reclama los átomos de mis huesos.»

En uno de los tantos poemas de la presente Antología, el poeta nos muestra esa extraña atmósfera donde respira, también el clima feroz que da pie el poema. El poema como culminación de ese espacio en tensión con el entorno, la succión del alma del poeta. Ese instante de erosión de la realidad. «Una lágrima resbala a espaldas de la muralla, / y una sonrisa se pierde oculta entre sus orillas.» La poesía no deja de sonar como un extraño espejo, como un meandro de dolor insinuado por el aire de los sueños que esculpimos.

Pedro Ruiz Pérez, afirma en «El lenguaje poético después de la estilística. Cuestiones de historia y materia», Univ. de Córdoba, que en «los límites del propio poema en el que nace y se mantiene, hay una complicidad que se materializa en complicidad con el lenguaje. «Entre ese espacio de la privacidad que constituye la experiencia personal del autor, y el espacio de lo público, que se establece con la comunicación lingüística; ambos elementos, ambos espacios, quedan trascendidos en la experiencia de lenguaje y de conocimiento que constituye el poema en su actualización.»  Francisco Murcia Periáñez, lo sabe. Y, además, es consciente de ese impulso vital que le permite encadenar imágenes de emotiva trascendencia, su quehacer poético está afincado en una tradición poética sólida, no en iluminaciones a manera de chispazos más o menos ingeniosos, sino en un trabajo vertebrado en el que, sin duda, explora su mundo interior, sus vivencias, el territorio de su espiritualidad. Su libro no constituye un punto de llegada, sino una memoria que indaga en su travesía. «Con recuerdos de esperanzas / y esperanzas de recuerdos», tal como lo dijese don Miguel de Unamuno. Cierro esta travesía, a manera de colofón, con unos versos del poeta Murcia Periáñez, mismos en lo que su palabra revela el silencio que se va haciendo, o la memoria que avanza en el tiempo:

 

 

Desciende sinuosa la lágrima por mi mejilla

como desciende vacilante la gota de lluvia por el cristal.

Fuera, frío, viento y hojas muertas.

Dentro, palabras y más palabras, y el silencio.

Tal vez dentro esté ya el muerto, que duerme,

porque no encuentra palabras para celebrar su entierro.

 

 

 

André Cruchaga,

Barataria, 01.07.2021

Latitud: 13.69, Longitud: -89.19 13° 41′ 24″

Norte, 89° 11′ 24″ Oeste


miércoles, 5 de marzo de 2025

LA CASA DESHABITADA Y LA PARADOJA DE LAS BELLAS CICATRICES COMO NOCIÓN CONFESIONAL

 


LA CASA DESHABITADA Y LA PARADOJA DE LAS BELLAS CICATRICES COMO NOCIÓN CONFESIONAL

 

 

 

¿Por qué soñando, al deslizarse con miedo,

Ese miedo imprevisto estremece al durmiente?

Mirad vencido olvido y miedo a tantas sombras blancas

Por las pálidas dunas de la vida,

No redonda ni azul, sino lunática,

Con sus blancas lagunas, con sus bosques

En donde el cazador si quiere da caza al terciopelo.

LUIS CERNUDA

 

 

 

 

José Siles González, poeta prolífico y prologuista enjundioso, además de académico alicantino comprometido con la docencia, ha querido en esta ocasión, que sea yo el que le prologue su libro: «El desamparo del tabú en flor», un texto en su conjunto que a primera vista me conduce a reflexionar sobre algunos conceptos que de momento llamaré situaciones: casa deshabitada, tabú, confesional. Para Gastón Bachelard, la casa, el espacio, éste, nos conduce a la noción de intimidad, de recogimiento, de protección, pero, además, entraña el espacio vivido; fotografía, acaso impregnada de recuerdos, donde el «invierno frente al frío/ escarchado de los recuerdos,» con todas sus «presencias ausentes». Este poemario y su primer poema es todo un aserto porque nos remite de inmediato, adentrarnos en ese mundo de un cuaderno de huellas, versión de sombras y música, seguro de espejos al filo de las sombras. Pues bien, la atmósfera del libro es esa fragancia memoriosa y fundacional de un lugar labrado con tenacidad, pero que, al paso del tiempo, su plenitud luminosa, se torna «de viejos invocando/ …sus presencias ausentes». El libro también es esa metáfora de la casa como lugar destinado a las distopías y utopías. Pasado y presente se entrecruzan a través de la evocación como una estancia del ser que ha vivido y que vive en virtud de la remembranza, un espacio sagrado donde está el poeta. Y ello, además, me hace pensar (tomando en cuenta las respectivas distancias), en «La casa encendida» de Luis Rosales. Pensé, de inmediato, en mi casa de infancia, construida con el amor de la tierra, con paredes de adobe y, alrededor, árboles frutales y un río en el que la eternidad parece cobrar vida a través del recuerdo.

El concepto de  tótem, por su parte, y me remite a Carl Jung y Freud; ello —demuestra, a partir de un análisis de la vida de los pueblos primitivos— basado en los estudios antropológicos como el horror que los individuos sienten por el incesto es lo que determina su organización social y provoca el establecimiento de una serie de normas rígidas y prohibiciones, las cuales son comparables a los síntomas del neurótico (necesidad de lavarse las manos repetidas veces después de determinados actos, prohibición de mirar o tocar objetos, personas o animales. Pero el poeta nos habla desde el título de «El desamparo del tabú en flor». Y este concepto nos dice que es una «situación o estado de la persona que no recibe la ayuda o protección que necesita.» a más de ello está el sustantivo complemento que hace las funciones de determinante: en «flor», es decir, intuyo que se refiere a que está vigente, pervive o, «que se encuentra en el estado inmediatamente anterior a la madurez.» Rafael Narbona en El Español-cultural, nos dice, entre otras cosas: De hecho nuestras sociedades no escapan a ello. La gran aportación de Jung consistió en descubrir el inconsciente colectivo. En la estructura de la psique, hay un inconsciente personal donde se conserva y agita todo lo que la conciencia quiere reprimir y silenciar, y un inconsciente colectivo, que contiene la memoria biológica de la especie. El inconsciente «es idéntico en todos los hombres y constituye un substrato psíquico común, de naturaleza suprapersonal. Abarca una masa indescriptible de estratificaciones depositadas en el curso de la vida de nuestros antepasados. Contiene uno o dos millones de años de evolución». El inconsciente colectivo está poblado por arquetipos. No son símbolos o imágenes heredadas, sino estructuras vacías e innatas que representan las vivencias cruciales de nuestra especie: la imagen del padre y de la madre, la imagen de uno mismo, la relación entre los sexos, la figura del héroe, del sabio, del embaucador. Los arquetipos se manifiestan en los sueños, pero también en la mitología, el arte y las tradiciones religiosas. El Sí-mismo es el arquetipo central del inconsciente colectivo. Expresa la totalidad del ser humano, su «yo consciente» y su «psique inconsciente». La personalidad individual se forja mediante la interacción entre esas dimensiones opuestas. Esto que he retomado se asocia, además, con «Bellas cicatrices», independientemente de la paradoja, me parece, y lo dice el yo poético: «el olvido es justo y necesario. / Justo para equilibrar las malevolencias/ con las bondades que guarnecieron nuestra vida/ desplegando lo que llevamos dentro:/ por aquí y por allá,”» … No sé si el olvido, en efecto, sea la cura, esa bella cicatriz de cual nos habla el poeta. La vida es inexorable, aunque dance en la memoria con sus abismos afilados. El recuerdo a menudo nos devasta, pero en sus brazos de hipnosis, nacemos y desnacemos.

El in media res del poemario, el brillo del Paraíso que alguna vez fue, y que no es curable el retorno a él, al menos en términos de evocación. Pero el poeta lo da por hecho, algo imborrable y atesorado, como una sombra que se acerca, purificada. «Regocijo, —expresa el poeta— que permanecerá por siempre/ en la memoria azulando/ esas fábulas que refieren/ al final de la historia/… el sentido de la vida.» Por tanto, la vida no enmudece en la piedra caliza de los estertores, ni en el roce de esas líneas del horizonte que el sujeto traza en las instantáneas estriadas de este mundo, acaso, como «Hijos de una realidad inacabada», tal cual uno de sus poemas. Y sí, el ser humano, no debería caminar entre espinas, «Dolorido por los ladridos de una jauría de aturdidos/ que se obstinaron en acumular un botín de miserias.» Sí, no deberían ver la bestia descomunal, aun así, sea entre buganvillas escarlata. En el transcurso de la vida, el poeta José Siles González, ha aprendido no solo el poniente de los jazmines, sino que su vasta experiencia poética y de vida le dice que es necesario en la vida, «aprender su oscuro lenguaje», del que nos hablaba Pushkin en “Versos escritos de noche durante el insomnio.” O bien, como lo entendía don Carlos Bousoño: «el hombre lo único que puede hacer es aspirar, sin pausa, bien que inútilmente, a esa huidiza plenitud anhelada, sea en cuanto hombre que vive y expresa esa vida suya ansiosa de metas inaccesibles, sea en cuanto poeta que escribe un poema, cuya perfección igualmente se le escapa.» Porque la vida es a fin de cuentas una fogata alígera. Y lo que hoy es, mañana puede no serlo.

En este itinerario del poeta, «El desamparo del tabú en flor», la analepsis se convierte en mi opinión en columna vertebral. Hábilmente, el poeta, «altera la secuencia cronológica de la historia, conectando momentos distintos y trasladando la acción al pasado». Lo dicho hasta aquí me lleva al tercer elemento que acoté al inicio de estas digresiones: la noción confesional. Antes, veamos: La poesía no se escribe con inspiración, sino con lucidez y rigor. La lección de Stéphane Mallarmé quedó aprendida, cuando dijo que el poema se escribe con palabras, no con ideas. También queda atrás el lenguaje que convierte la lengua en discurso o en jerga, que es peor, porque el lenguaje es iluminación en la sombra. Verso libre, rítmico, cadencioso. En ese caso, deberíamos hablar —pero no aquí es el cometido— de los nuevos ritmos del verso prosaico o el despojo de los ritmos clásicos del verso. Lo confesional (en torno al desamparo y la pérdida) salta a lo largo de todo el libro como radiografía del alma. Ya sabemos que la mejor biografía del poeta es su obra y esto, precisamente, es lo que hace grande a la obra. Los grandes poetas han sido confesionales, se implican e implican el tiempo que les tocó vivir. Las Confesiones de san Agustín es un ejemplo. También abundan las metáforas cargadas de novedad y originalidad: José Siles González asume la escritura con sumo rigor y sacrificio. Nos recuerda a Gustave Flaubert cuando escribía dolorosamente en lucha con la palabra. Siles González confiesa que: «Desde entonces todo dejó de tener sentido/ Todo lo que fue a partir de aquella noche», o estos otros versos, en los que hace alusión a una de las aristas referidas: «Es entonces cuando el tabú emerge enfangado del lodazal/ y un asomo de insólita insurgencia recorre ese cuerpo/ acostumbrado a la censura de todo tipo de goces.» Rebelarse es la manera de destruirlo.

Es importante, como lo expresa Miguel Lorenci, «…saber qué me ha pasado en la vida; de dónde vengo, quién soy y dónde estoy. Un ejercicio honesto de verdad vital que está en el origen de la literatura desde los ensayos de Montaigne y es útil para el lector.» Lo cierto en lo confesional es que es un recurso no solo de la poesía y de algunos de nuestros clásicos, es elemento importante en la narrativa. Es Michel Foucault, en mi opinión el más creíble pensador en esta materia: entiende la confesión como algo más que el acto de redención religiosa, más bien como nuestro ritual preferido para la producción de la verdad. La confesión es la técnica empleada en las relaciones familiares, en la justicia y la medicina, en la psicología, en la educación y también en las artes. Vivimos en un sistema que ha convertido al hombre en un «animal confesional» en el que el conocimiento se transmite siguiendo los esquemas y patrones de técnicas que se basan y dependen de la confesión. (Alejandro Melero Salvador: La técnica confesional como recurso narrativo).

El tiempo modifica los límites de la vida, de las ingenuidades germinativas, el paladar y la memoria que hurgan en el disfraz de la escritura. El poeta se atreve a desvelar las realidades del ojo, solo así: «En la memoria sonora de todas las tardes, / noches y madrugadas que se nos quedaban cortas/ para pescar en el faro, recorrer tortugas, arlequines, machos, puerto ricos, waikikis y / uvas jumillanas / retumban los ecos de pláticas socráticas, / venenosos benedictines, vidrios rotos/ …y amistad pura.» Lo que es materia lejana, se acerca, se hace próxima en virtud de la capacidad del poeta para recordarla. Y es que la memoria confesional no deja de ser una calle húmeda, con pájaros suspendidos en el sendero silencioso de la lejanía. La buena poesía como la de José Siles González, desciende a nuestra boca como un follaje que solo la palabra respira y transpira. En este caso, el verso, diáfano, ebrio, sin oblicuidades.

La poesía siempre supone, al menos desde mi modesta perspectiva, un viaje espectacular; para muchos constituye la fábula, la metáfora del agua, del horizonte, del arrebato eterno del ser humano frente a su realidad. Y, así, como dice Rafael Cadenas: «Que cada palabra lleve lo que dice. / Que sea como el temblor que la sostiene. Que se mantenga como un latido.» Este ser humano, a veces platónico, socrático, hegeliano, etc, acumula en su devenir toda la escarcha enjuta del horizonte. No siempre uno cuenta con un nahual que lo ampare, ni esos absolutos en que se constituye la nada. La poesía siempre es reflejo de la vida en cualquiera de los momentos históricos en los que viva el ser humano, el poeta: la realidad nos habla de la vida a través del arte, en este punto de la palabra, de la poesía: en cada época, clasicismo, romanticismo, realismo, simbolismo, creacionismo, surrealismo, etc., la metáfora cambia, el mundo de la poesía toma diversas formas. Sin poesía, —como nos lo dijese Mayakovski—: «la calle, sin lengua, se retuerce: / no tiene con qué gritar y hablar.»  La poesía de José Siles González tiene una proyección vital, aunada a su expresión lírica. «Porque la palabra del alma es memoria» y eso lo recobramos tras la experiencia y los recuerdos. Es más, la poesía está construida a partir de ellos, trasunto y trascendencia del alma del poeta. En atención a esto, el poeta se encarga de acercarnos a ese camino del que venimos hablando: «La irrupción de tu presencia / desleída en un sueño tembloroso / en medio de aquella devoradora madrugada / azota los ecos flameando los ’viejos tiempos’ /…corridos.»

Sin duda una de la más visible singularidad en el estilo poético Silesiano la encontramos en el uso de deícticos, deixis: espaciales, temporales verbales; sin lenguaje, sin pensamiento no existiría la poesía, ninguna poesía de cualquier poeta. Cada palabra del poeta se inserta en un contexto, o está vinculada a él. También está presente en su poesía el elemento referencial, cuya función es importante en el acto comunicativo, la misma nos permite transmitir información y características de todo aquello que nos rodea, (factores externos del propio acto comunicativo y del emisor, lo que permite exponer la realidad de manera concreta y objetiva): lugares, objetos, animales, personas, acciones, acontecimientos. Así, el poeta se fusiona con el mundo, su entorno y «ve reflejada su intimidad en todas sus formas» y conquistas expresivas. Sobre sus ojos derramados en la hoja de papel, el día de las palabras hasta convertirse en alfabeto; transcurrido el misterio, (Aunque Neruda decía que en la poesía existe), el poeta da testimonio en este libro de su periplo como un árbol que crece para la vendimia. El mismo Neruda que rechaza el misterio, dirá tiempo después en uno de sus versos canónicos: «La luz de la tierra sale de sus párpados».

            «Soñarme contigo más allá de todos los limbos», es de singularidad confesional, íntima, evocativa: un diálogo inevitable con su memoria, vislumbres o concreción del amor filial, trocado por la poesía. En otro de sus poemas, el poeta se abre a la realidad que vive la niñez en muchos de nuestros países. A esa niñez desventurada de las periferias de las urbes: «Cuando por fin diviso su rostro / de chiquillo callejero/ distingo todas sus edades / olvidando el ayer por momentos / y advierto en su expresión envejecida / las arrugas que ya han plantado sus raíces»… El hastío también alcanza al poeta por su constancia y territorio infame: «Cuando se desmorona el aire / se respira una decadencia sin aliento / que acentúa la vaguedad de un universo / tan fútil e ingrávido / tan inmensamente vacío / tan puro e invertebrado /…advenimiento mustio del hastío»…; en cambio la noche prosigue en su fijeza de mundo. Quizás muta, pero siempre tiene un sonido largo incapaz de ocultar «la monotonía inapetente/ de las lentas tardes» … En este espacio de la subjetividad, el poema, está intervenido por la historia y la ideología del poeta, sus valores, su forma de percibir la realidad exterior e interior. En este punto, el poeta no renuncia a la referencialidad, porque dicha referencialidad contextualiza el poema.

            La poesía, más que tratar sobre la realidad, quiere ser la realidad, Se trata de una poesía orgánica, viva; (Selena Millares Martín, Madrid, 1992). Un desmantelamiento del tabú del cual nos hace referencia el poeta, del que además han germinado hojas y apóstatas. «Reduciendo el paisaje a una descomunal sombra / Magnificando la lobreguez del crepúsculo».  «Desde siempre, —nos confiesa el poeta Siles— estuve acompañado por mi sombra / No recuerdo ir a sitio alguno sin su escolta» …Y más adelante, en otro poema, se pregunta: ¿Quién se descubre en su memoria perdida / Caminando por la noche que colmó una plenitud de sombras/ En las que se ocultan todos sus desvaríos? El poeta Siles, desde su yo lírico es consciente de la finitud de la vida, al menos eso pienso cuando siente (lo percibo así) el espesor de la noche y la cúpula del cielo en tierra: «Ahora dedicas tu tiempo a envejecer aún más/ navegando irremisiblemente hacia tu último destino / el puerto habitado de sombras / donde la oscuridad te amará eternamente.» El tabú está presente en casi todas las actividades del ser humano (y no es la excepción la poesía); de ahí siempre la ingente necesidad de la transgresión en unas sociedades más que en otras; y es así como el poeta desea destruir esa danza que yace en la conciencia. Tal situación nos conduce a esa lucha estoica y permanente; como «la incapacidad que encuentra el individuo de fundamentar sus valores morales.»

          La poesía de José Siles González, sin embargo, no se queda ahí a imagen del blanco y el negro como un pájaro ebrio de sombras. Su poesía es un licor de luces magnéticas, con palabras nacidas de su entraña, una conciencia en la existencialidad del ser, como «el poeta que se acuerda de la vida: Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.» (Aleixandre, Poemas de la consumación). «El desamparo del tabú en flor», bien puede ser esa consumación de la poesía de Siles González. Seguramente el poeta continuará en esa pesquisa o lucha por entender la sed y la noche, aun con antorcha en mano. Arduo oficio el del poeta: reconstruir el tiempo, mientras el tiempo concurre en nuestras manos como un libro de estaciones y espejos.

 

 

André Cruchaga,

Sábado, 9 de abril de 2022,

Barataria, El Salvador

miércoles, 11 de diciembre de 2024

VANGUARDIA: SURREALISMO EN EL SALVADOR (APUNTES)

 

Imagen pintura de Yves Tanguy

VANGUARDIA: SURREALISMO EN EL SALVADOR (APUNTES)

 

 

 

Hay quienes escriben para lograr los aplausos humanos mediante nobles cualidades
del corazón que la fantasía inventa o que ellos puedan tener. Pero yo hago servir mi
genio para representar las delicias de la crueldad. Delicias ni efímeras ni artificiales,
sino que, nacidas con el hombre, terminarán cuando él termine.

CONDE DE LAUTRÉMONT

 

De pronto los arados adquieren importancia para mí. Lo mismo que los surcos.

Me gustaría arar un campo y que alguien espantara a mi alrededor las molestas moscas.

ANDRÉ FRÉDÉRIQUE

 

 

Empecemos por decir que el panorama crítico de la poesía surrealista en El Salvador es accidental por cuanto no existe clara filiación al mismo, no obstante existir una poesía forjada en los cimientos del surrealismo y la vanguardia. Por ello nos preguntamos, ¿existe el surrealismo en El Salvador, un surrealismo distinto al francés con una conciencia centroamericana, ajeno a la gestualidad y al talante ideológico y corporativo de su predecesor francés, pero no menos auténtico y ligado a sus inquietudes originales? Es una de las tantas cosas que deseamos dejar dilucidadas en este trabajo. Si bien el vanguardismo tuvo sus inicios a finales del siglo XIX con el fin de la Primera Guerra Mundial. A partir de entonces el movimiento experimentó un auge importante, sus exponentes fueron muy exitosos hasta mediados del siglo XX, caso de la Generación comprometida en El Salvador y, cuyo rostro visible es Roque Dalton y Alfonso Quijada Urías; posteriormente, David Escobar Galindo que no aparece adscrito a grupo alguno, pero que parte de su poesía muestra una clara tendencia surrealista como en: «El Gorrión en la catacumba», Ediciones rondas, Barcelona, 1982, «El guerrero descalzo», UCA Editores, San Salvador, 1990; Piedra y Siglo, grupo en el que sobresale Julio Iraheta Santos y José María Cuéllar. Aunque este vanguardismo se dirigió siempre a la lucha política e ideológica (tan necesaria en nuestro país) y no precisamente a la renovación estética, aunque la hubiese.

En un ensayo de Alfonso Velis Tobar, intitulado: «Sobre los orígenes y formación de las «vanguardias literarias en El salvador, Centroamérica», del cual André Cruchaga fue el mediador para un libro (2013) que estaba preparando Floriano Martin, «Vanguardias literarias en El salvador, Centroamérica», se repite la historia, hace una interesante e injundiosa sinopsis del surgimiento del vanguardismo. Digamos, dice Velis Tobar, «que los vanguardismos literarios aquí en El Salvador, han tenido según las generaciones hasta hoy, rasgos de esos «ismos» como, el surrealismo, el existencialismo, el exteriorismo, más que todo en la poética, la narrativa, también ha prevalecido esa vanguardia del realismo crítico, del realismo social, o realismo socialista y del «Absurdo», y en el fondo cierta tradición lirica en el lenguaje. Como en los poetas de la llamada «Generación Comprometida» (1950), rompen, protestan enérgicamente.»

Ya sabemos que su nacimiento se asocia con la ferviente oposición de la sociedad de artistas europeos hacia el sistema burgués imperante en la Europa del siglo XIX.  En realidad, no estamos seguros de que en nuestros países se haya dado una verdadera Revolution Surréaliste. La poesía de vanguardia está ligada en El Salvador a la dictadura de Martínez; de la década del 40 en adelante a la época actual existe cierta pervivencia del surrealismo más como accidente que como algo pensado, en particular; y, la vanguardia en general. No ha existido un movimiento como tal, y tampoco podemos constatar que los poetas desde esa época al presente dirijan su poética alrededor de la teoría de lo inconsciente y de lo irracional como medio para cambiar la vida, la sociedad, el arte y el hombre por medio de la revolución. Esto es importante en tanto referente de una poesía contestataria derivada de las circunstancias sociopolíticas y económicas (realismo social), pero no necesariamente encaja con el surrealismo, sin que ello signifique evasión de la realidad.

También es harto conocido que su aparición en Latinoamérica surgió como producto de los grandes cambios políticos y sociales derivados de la Primera Guerra Mundial y la guerra civil española. Sus primeros autores tomaron los postulados y características de aquellas formas del vanguardismo en el continente americano que surgió como una respuesta al ascenso de las clases que se oponían al sistema capitalista en crecimiento, que se mezclaron con las ideas de protesta de las clases trabajadoras. Esto ha sido más visible en México y Sudamérica y como íconos tenemos A Octavio Paz, Elías Nandino, Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, César Vallejo, Javier Sologuren, César Calvo, César Moro, Emilio Adolfo Westphalen, Xavier Abril, André Coyné; en Chile, fundamentalmente el grupo que conformó Mandrágora, Jorge Cáceres, Enrique Gómez Correa, Braulio Arenas y Teópfilo Cid; en Argentina, destacan Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, Aldo Pellegrini, Enrique Molina entre otros de nuestra América. Pero en El Salvador no hemos encontrado registros al respecto.

El vanguardismo en Latinoamérica buscaba generar una identidad nueva en la forma de expresar el arte, producto de la incertidumbre y crisis económica que dejaba la posguerra. Pretendía manifestar los procesos psicológicos y las inquietudes que experimentaban los artistas de la época en cuanto a su lugar dentro de la sociedad. En este punto, Panorama de la Literatura Salvadoreña de don Luis Gallegos Valdés, Estudios sobre poesía, de Matilde Elena López, Antología General de la poesía en El Salvador, (antología poética) de José Roberto Cea y otras micro antologías que se han publicado, constituyen importantes aportes, pero dejan de lado el surrealismo, no parecen producto de una exploración completa y nueva. Lo que tenemos en muchos casos es un romanticismo metafísico (exceptuando los casos de radicalización de la poesía en el contexto de la lucha político social), hay que señalarlo, de elementos tomados del coloquialismo, es decir, el lenguaje hablado. Agrego a los libros señalados arriba, «Roque Dalton: la radicalización de las vanguardias», Editorial Universidad Don Bosco, El Salvador, 2011, «La teoría literaria de Roque Dalton», Editorial Universitaria, El Salvador, 2009 y, «Las brújulas de Roque Dalton, Una poesía del mestizaje salvadoreño», Dirección de Publicaciones e impresos, El Salvador, 2016, tres libros capitales para comprender la obra del poeta Dalton, aunque no abordan en concreto los aportes surrealistas contenidos en su magna obra, al menos no de manera puntual.

Tampoco lo hace el Dr. Ricardo Roque Baldovinos en sus diversos trabajos, en especial «La rebelión de los sentidos. Arte y revolución durante la modernización autoritaria en El Salvador.» Aborda, aristas del arte nuestro como «Poesía revolucionaria y vanguardia», pero no hay un apartado donde se aborde con especificidad el surrealismo en El Salvador. ¿Ha habido algún tipo de experimentación en el campo de la poesía? Sin duda que sí, pero no en la especificidad que nos ocupa: reivindicación de la renovación de la expresión poética, de los temas como la superación de la poesía contestataria y el panfleto. Sin embargo, Giuseppe Bellini, (Notas sobre la evolución de las vanguardias en Centroamérica), en El Salvador, la poesía continúa en la huella del Modernismo y luego pasa a la interpretación   localista e intimista, hasta llegar al nerudismo del «Grupo Octubre», que capitanea, hacia 1940, el nicaragüense Juan Felipe Toruno. La rebelión contra el academicismo y el conformismo la realizan en la poesía salvadoreña, hacia final de los años 60, poetas como Manlio Argueta (1936) y Roberto Armijo (1937). Sin dejar fuera A Alfonso Quijadurías con «Los estados sobrenaturales y otros poemas», (San Salvador, 1971); «La fama infame del famoso (AP) atrida», Editorial Universitaria, (El Salvador, 1979).

En «Pedro Geoffroy Rivas precursor de la vanguardia poética en El Salvador», (Tesis Doctoral, Universidad de El Salvador, 2010) hay un acápite sobre el surrealismo, se limita a una descripción breve de sus antecedentes y algunos de sus representantes. Tenemos, pues esa falencia en nuestra literatura. La vanguardia es un concepto amplísimo y tiene muchas aristas. Y aunque en Geoffroy Rivas, podemos encontrar muchos textos surrealistas, los autores de la tesis no lo abordan ni siquiera de manera periférica. A tal propósito puedo mencionar: «Los nietos del jaguar», publicado por el Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, 1996.

El surrealismo busca romper con la estética de la narrativa tradicional, modificando la linealidad y el carácter lógico y haciendo uso de recursos como el contrapunto, el trasloque o flashback, la narración múltiple y el humor negro, como el caso de la Narrativa de Miguel Ángel Asturias en el Señor Presidente, el surrealismo penetra en la obra poética de Luis Cardoza y Aragón. Pero que también se dan en la poesía. Tampoco como se dice en el libro: César Vallejo y el surrealismo de Juan Larrea, se trata de producir anarquía en la literatura, bajo el pretexto de novedad, porque es incurrir en el sinsentido, pese a que el fantaseo y la disociación forman parte del imaginario surrealista. El fantaseo por una poesía comprometida políticamente anquilosó la robustez de la poesía y otras búsquedas estéticas. Si bien esta tendencia coyuntural es importante, no lo es cuando se convierte en catecismo. Ver con la mirada surrealista es no volcar la vida como sentimiento trágico, sino como transformación del absurdo y lo obsceno, no sólo con la intención de desestabilizar el orden simbólico, sino con el objetivo de destruir el mismo lenguaje.

            En la poesía surrealista destacan (aunque no como regla) el uso de versos libres, los caligramas y el collage, siendo percibidas estas obras como creaciones experimentales. El versolibrismo se extiende y desarrolla con la llegada de las vanguardias literarias, hasta llegar de forma definitiva a la destrucción del concepto de verso. Así mismo, el vanguardismo latinoamericano adoptó y combinó los ismos propuestos por la vanguardia europea, dentro de los cuales encontramos principalmente el creacionismo, el ultraísmo, el simplismo, el estridentismo y el nadaísmo. A continuación, explicaremos las características principales de dichos movimientos: creacionismo, ultraísmo, estridentismo, nadaísmo. Sus tenas frecuentes fueron: desigualdades económicas, intervencionismo político, pobreza, exclusión social. Desde luego no todo poema escrito en verso libre pertenece a esta arista de la vanguardia.

Destaca la vertiente rebelde, revolucionaria y rupturista. En las poéticas surrealistas tanto el verso libre como el poema en prosa se entienden como formas más cercanas al inconsciente y la verdad personal. Visiones subterráneas y las zonas abisales. El surrealismo, tal como lo apuntan algunos estudiosos, es esencial en el desarrollo del verso libre y en su aproximación al poema en prosa. Pero no todo poema en prosa o verso libre cabe en la poética surrealista. El surrealismo conlleva el retorno a las fuerzas primitivas, que destruirían todo orden racional: Creación primitiva de un alma atentísima de hoy [...]. Aquí se quiebran los frenos de la lógica, y el lector, desde la primera página hasta la última, vive en continuo sueño, en ininterrumpida visión.

Esta poesía surrealista que presentamos está «más o menos emparentada con el surréalisme francés y su pretendido automatismo» implica que su forma nada tiene que ver «con la forma clásica», ya que exige una nueva expresión, «una forma vital, individual e individualizante, necesaria para hacer resaltar superficialmente la profunda unidad del poema». El efectismo de la escritura automática es fascinante, aunque poco entendido y digerido, más bien controvertido: las yuxtaposiciones lexicales incompatibles, la sintaxis liberada de normas lógicas, la libre asociación de palabras. Para el lector es comprensible la dificultad por cuanto éste racionaliza: «El lector busca explicar un texto surrealista atribuyendo los elementos extraños e ilógicos a la inspiración onírica o a la imaginación del autor.»  En este punto es importante acotar que el poeta «nunca explica la realidad en que vive, sino transmite en su lenguaje peculiar la percepción poética de esta misma realidad. El dolor, la sociedad violenta y hostil como la nuestra dominada por el poder económico de la elít de turno, la indignación y la impotencia que se enfrenta a todos esos valladares de la vida signada por la pobreza, la represión, la vulneración de los derechos individuales.

La estética surrealista parte de una peculiar concepción de la realidad artística que, tratada de una manera estéticamente adecuada, dará nacimiento a la obra de arte, sea en el campo de la plástica sea en el de la literatura. Esta concepción de la materia estética se basa en la identificación entre lo bello y lo maravilloso. El surrealismo es una «búsqueda necesariamente utópica y a la vez ucrónica. Es decir que el surrealismo se sitúa en una encrucijada aparente: si por una parte pone su mirada sobre los acontecimientos que lo rodean, por la otra vislumbra el más allá de la existencia. En una época como la que nos ha ha tocado vivir, la actitud de los surrealistas luce, por tanto, fuera de lugar. Sartre lo vio así, mientras que los marxistas tradicionales no se quedaron atrás en la valorización que hiciera el autor del “Ser y La Nada”».  Para Breton lo maravilloso es siempre bello y no hay nada fuera de lo maravilloso que sea bello. Y aunque no hay nada que exprese manifestación contraria en tal sentido, de muchas observaciones hechas por Breton en los Manifiestos y en el resto de su obra podemos deducir que para él lo maravilloso era, a su vez, identificable con lo insólito, lo extraño, lo inesperado, lo fuera de lo común. Los surrealistas emprenden en busca de lo maravilloso una exploración fascinante, que los lleva fuera de la realidad circundante, objetiva y concreta. Tal viaje desemboca en el descubrimiento de una superrealidad más allá de la realidad que nos rodea diariamente; se trata, en realidad, de un procedimiento psíquico, porque más allá de lo circundante, de lo cotidiano, existe una superrealidad, maravillosa, bella, y cuya naturaleza es puramente mental, una realidad absoluta, fuente primaria de todo arte.

Entre los procedimientos estilísticos surrealistas ocupa la posición central la «escritura automática», proclamada como definición esencial en el Manifiesto de 1924 que para Breton es realizable. En cuanto a la recepción del texto, el famoso «automatismo psíquico» puro no importa, y sobre todo no importa la pureza: lo que importa son los efectismos que produce el estilo automático, que resulte éste de un estado inconsciente o de una expresión hecha adrede. Cualquier automatismo, como por ejemplo las yuxtaposiciones lexicales incompatibles, la sintaxis liberada de normas lógicas, la libre asociación de palabras, etc., será igual y tendrá el mismo efecto, sea o no sea producto de mecanismos inconscientes.

Algo parecido ocurre con la supremacía de la imagen o metáfora (las vanguardias prefieren el término «imagen» a «metáfora»), característica tomada de la estética surrealista y elaborada de un modo particular por Federico García Lorca. La imagen se convierte en el instrumento que aproxima la antinomia realidad-sueño: «La imagen es una creación pura del espíritu. La imagen no puede nacer de una comparación, sino del acercamiento de dos realidades más o menos lejanas. Cuanto más lejanas y justas sean las concomitancias de las dos realidades objeto de aproximación, más fuerte será la imagen, más fuerza emotiva y más realidad poética tendrá…» (Bretón).

En la nueva realidad que propone el surrealismo y revelada por la imaginación e inspiración poéticas, rigen otras normas, otros postulados, allí gobiernan las emociones más puras: «Se trata de una realidad distinta, dar un salto a mundos de emociones vírgenes, teñir los poemas de un sentimiento planetario. Evasión de la realidad (que en modo alguno significa ignorarse, ni comprometerse) por el camino del sueño, por el camino del subconsciente, por el camino que dicte un hecho insólito que regale la inspiración.» En la poesía surrealista destaca el problema de la doble visión de la realidad poética: «primeramente nos topamos con una visión plástica de carácter onírico y, en un plano más profundo, se halla el mundo de los símbolos, que ordena el caos aparente de la primera visión.»

Según nos explica Manuel Antonio Arango, el uso de los sueños y la visión onírica y lo que reflejaba en el mundo poético y a nivel de ideas: «La transformación de ideas latentes del sueño en el contenido manifiesto es muy importante, porque el sueño no parte jamás como nada que no sea digno de ocupar el pensamiento sereno. La analogía, o la coincidencia, son aceptadas por su mecanismo de elaboración del sueño, el cual sirve de punto de apoyo para la condensación, reuniendo todo esto que señale la coincidencia. Lo bien fundado del contenido onírico proviene de la percepción del sueño y su función es por consiguiente la de ordenar los componentes para formar un todo, una composición onírica.» (Símbolo y simbología en la obra      poética         de Federico García Lorca, Madrid, Espiral         Hispana, 1995, p. 334). Por su parte Martha Canfield, «Poesía onírica y sueños contados en la obra de Álvaro Mutis.» Expresa que en el espacio del sueño se produce la obra alquímica de transformación de los materiales de desecho de la existencia en el oro puro de la poesía. En síntesis, el sueño y la vigilia son dos mundos separados, aunque estrechamente conectados, tanto que uno remite al otro; y el acto poético nace de la transformación de los materiales existenciales residuales, operación posible en el ámbito del sueño.

Johannes Pfeiffer, la metáfora poética logra fundir en unidad convincente imágenes que en la experiencia están separadas, y hasta son incompatibles. Y esto significa que, en la comparación y por medio de ella, hasta el último resto de la objetividad estáticamente espacial, de cosa cerrada, es arrebatado en ese movimiento que lo liga y lo invade todo. Damos por sentado el hecho de que hay variedad de metáforas, Las más importantes y de las cuales pueden surgir otro grupo de metáforas son las que se expresan en formas gramaticales (nombres, verbos, adjetivos, etc.) y también las que se acercan a diferentes realidades para presentar otra completamente distinta de una forma lo más innovadora posible (al fin de cuentas la metáfora le da ese sabor de invención radical, por medio del autor, que permite que el lirismo haga pulir a la poesía); las sensoriales; las afectivas; la metáfora por perífrasis (consiste en citar por medio de una frase célebre explicativa lo que se podría decir con otras palabras o viceversa); la de permutación sintáctica (cambian de lugar los núcleos de una oración, tanto del sujeto con el del objeto directo; también permutan con cambios radicales las acciones verbales y adjetivas); las metáforas en función circunstancial de tiempo, espacio y o modo con tanto un sintagma nominal, adverbial o preposicional marcado sobre alguna circunstancia de espacio, modo o tiempo en que se emplea el verbo; también se emplean para causa, cantidad, finalidad o posibilidad (estas son ahí, aquí; cerca, encima, etc., «para lugar»; hoy, ya, todavía, etc., «para tiempo»; bastante, poco, mucho, etc., «para cantidad»; así, también, además; etc., «para modo»; las metáforas en función del predicado (en el verbo ser se radica la transferencia al relacionar significados distintos).

La metáfora visionaria o surrealista, tal como se señala en «La metáfora al servicio del surrealismo, (Mundo poesía)»: sumamente empleada por los surrealistas ya que su lógica y semejanza aparente se desvanece por completo sólo quedando visible su grado emocional. Su fórmula sigue siendo la de la metáfora impura o simple; en lo único que cambia es en su relación (tenor y vehículo) con su fundamento. Este punto no puede ser lógico o racional. El fundamento se sustituye por lo emocional, sugestivo, íntimo, haciendo sentir en el lector una variedad inexplicable de sentimientos como puede ser la angustia, el miedo, la tristeza, la alegría, etc. emociones emitidas fuera de una semejanza fundada.

Buena parte si no es que en la mayoría de los poemas de André Cruchaga guardan —describen— una amalgama de exterminios previos y sucesivos, gracias a una enumeración simbólica que reordena el caos a través de unos núcleos que se van explicitando de menor a mayor extensión lingüística creando clímax o atmósfera cada vez más inquietante: sombras, telarañas, olvidos, de clara valoración negativa, pero también trinos, que pudiendo ser denotado por su oposición a aullido, se carga de negatividad semántica merced a su estructura adjetival, del mismo modo ocurre con «Transparencias rotas» y «entrañables litorales»:

sombras como cascos, (A1)
húmedas telarañas enredadas en las manos, (A2)
olvidos que el hambre ha ido mordiendo hasta el punto de borrar toda

reminiscencia, (A3)
trinos cuya avidez hace cárcavas, A4)
transparencias rotas en el paladar, (A5)
entrañables litorales donde no se pueden izar barriletes, ni jugar a las canículas

del estertor. (A6).

El poema en cuestión se cierra de broche de oro de una metáfora que une referencias al paraíso perdido de la infancia con el preludio de la muerte (jugar a las canículas —en clara asociación a las canicas por similitud fonética y morfológica— del estertor).

Al respecto de la imagen, podemos reafirmar lo siguiente: «La imagen es una creación pura del espíritu. La imagen no puede nacer de una comparación, sino del acercamiento de dos realidades más o menos lejanas. Cuanto más lejanas y justas sean las concomitancias de las dos realidades objeto de aproximación, más fuerte será la imagen, más fuerza emotiva y más realidad poética tendrá…» (André Breton)

El surrealismo, lo señala BODINI, Vittorio: Poetas surrealistas españoles, trad. Carlos Manzano, Barcelona, Tusquets, 1982, p.105), es una infusión de adormidera, hay oscilación confusa de los sentidos entre vigilia y sueño, en el ir y venir de las imágenes por las abolidas fronteras entre lo real y lo irreal. Para E. S. Speratti, el tema de la muerte (si bien ha sido abordado por la poesía de todos los tiempos) abordarla desde el surrealismo implica: descodificar la frustración que destruye proyectos y deseos, ya sea por causas externas o basadas en la raíz más íntima del personaje. El poeta se mueve al margen de un mundo hostil, marcados por la frustración y la muerte (no sólo física). El concepto de la evasión según nos lo explica Paul Ilie, consiste en un entramado básico de asociaciones, muy específicas casi naturalistas, que parece dislocada de la realidad a causa de las imágenes ilógicas que evocan. La imagen se convierte en un centro de desequilibrio entre la realidad y la fantasía.

Es importante destacar la dislocación asociativa como técnica surrealista, porque ella permite la subversión de las secuencias realistas de las imágenes, los conceptos. En el surrealismo se expresa lo inexpresable. Para «los surrealistas el poeta es poeta- revelador, el poeta profeta, y su función es presenciar y recrear en palabras una nueva ordenación de la realidad.» El poema, a fin de cuentas, es la disgregación voluntaria del ser. Por eso la devoción de la imagen surrealista porque borra todas las fronteras de la lógica. Según Carlos Marcial de Onís, «en la imagen surrealista el pasado se confunde con el presente y el porvenir, alguien puede ser diversas personas u objetos a la vez. Los objetos pueden reducirse de tamaño y parecer diminutos o bien adquirir proporciones desmesuradas. Se puede vivir bajo el agua, o encima de una nube, o flotando en el aire. Se producen en la fantasía onírica las transformaciones o metamorfosis más imposibles y los objetos, personas o animales pueden tener propiedades de las que carecen en realidad.»

Veamos lo que nos dice Aldo Pellegrini, en el estudio preliminar de la poesía surrealista de la lengua francesa: El surrealismo no acepta, pues, el arte como un fin en sí, tampoco el arte comprometido en el sentir habitual (en función de la defensa de intereses particulares de cualquier género). El arte sólo se comprende en función del hombre en su acepción más lata, de la unidad hombre que necesita realizarse como hombre. Todo lo que el surrealismo piensa del arte se resume en su concepción de la omnipotencia de la poesía. La poesía constituye el núcleo vivo de toda manifestación de arte y ella le da su verdadero sentido. Pero la poesía no es para los surrealistas un elemento decorativo, o la búsqueda de una abstracta belleza pura: es el lenguaje del hombre como esencia, es el lenguaje de lo inexpresable en el hombre, es conocimiento al mismo tiempo que manifestación vital, es el verbo en su calidad de sonda lanzada hacia lo profundo del hombre… Por cierto, que en ella, y pese al título, aparece César Moro y Salvador Dalí.

En El Salvador históricamente se ha primado cierto discurso poético: el blanco y el negro y si no se estaba en el bando preeminente, no solo se cuestionaba el quehacer, sino que al poeta se le marginaba. Es de suponer, como dice Pellegrini: «La importancia acordada a la imaginación, al mundo fantástico y al de los sueños, pudo hacer creer que el surrealismo significaba un modo de evadirse de la vida. Todo lo contrario; acabamos de ver cómo el surrealismo constituye una voluntad de penetración en la vida, de confundirse con ella, de explorar todas sus posibilidades y liberar todas sus potencias» … Solo después de los Acuerdos de Paz, se produjo una escisión en este sentido y lo prueban las diversas propuestas de esta generación hacia acá. «Poetas por El Salvador» (Poema paseo coral) de María Poumier, Editorial Delgado, 2008, constituye una muestra exquisita sobre este particular. El caso de Alfonso Fajardo y su poemario «Los fusibles fosforescentes»; de «Peces en la boca» de Elena Salamanca, y Fredy Tato Mejía con poemarios: «Esclaramonde», 2021 y «Piélago», 2022; aunque hay matices, desde luego, el surrealismo está presente en sus poéticas más allá de la realidad, de la vida y del lenguaje. La construcción del surrealismo de estos jóvenes se da, también en medio de otra crisis sociopolítica en El Salvador, la instauración de un régimen autoritario que también implica una ruptura de la vida y ello también impone límites en la expresión. La esencia es «destruir la realidad para reconstruirla a través del lenguaje, el sueño y el deseo.» Para el surrealismo tal como lo advierte Blanchot, «el lenguaje no es discurso, sino la realidad misma, sin dejar no obstante de ser la realidad propia del lenguaje, en el que en definitiva el hombre roza lo absoluto».

Un elemento sustancialmente visible en estas poéticas es el absurdo. Al respecto René Alejandro Espinosa Casanova, acota lo siguiente: El absurdo, entendido como aquello que escapa al orden de la razón, actúa como una sugerencia procedente del sueño o del deseo que teme expresarse, que en un momento de distracción o extravío toma la realidad. La importancia del absurdo reside en que reconcilia elementos que aparentemente no tienen conexión, es decir produce imágenes que por su naturaleza irracional son todo proceso, es decir, continuarán generando sentido a falta de una reconciliación con lo explicable.

Todos los poetas salvadoreños mencionados expresamente y algunos ausentes en estos apuntes comparten cada uno con sus individualidades el carácter impetuoso, exaltado, perturbado de la «evidencia surrealista»; hacen uso de la libertad ofrecida por el surrealismo para redimir los caudales subyacentes en el inconsciente. En otras palabras, la expresión sin inhibiciones.

André Cruchaga,

Barataria, 2024

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA DE REFERENCIA:

 

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6.     https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/notas-sobre-la-evolucion-de-las-vanguardias-en-centroamerica-nicaragua--0/html/90e25db8-6e2a-49c0-a46b-d16ed80dac24_7.html

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8.     https://cvc.cervantes.es/literatura/aispi/pdf/09/09_409.pdf

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10.  Pellegrini, Aldo. Antología de la poesía surrealista de lengua francesa. 1961

11.  Pellegrini, Aldo.  Antología de la poesía viva latinoamericana. Seix Barral, 1966

12.  Navia Velasco, Carmiña. Poetas Latinoamericanos. Antología crítica. Universidad del Valle, 2009. Puede verse en: https://bibliotecadigital.univalle.edu.co/bitstream/handle/10893/20235/Poetas_latinoamericanas.pdf?sequence=1&isAllowed=y

13.  Pfeiffer, Johannes La poesía. Fondo de Cultura Económica. México: (2005).

14.  http://www.mundopoesia.com/foros/temas/la-metafora-al-servicio-del-surrealismo-primera-parte.573550/

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16.  Espinosa Casanova, René Alejandro. (Tesis). Alejandra Pizarnik: un surrealismo propio. (Programa de Maestría en Estudios de la Cultura Mención en Literatura Hispanoamericana), Universidad Andina Simón Bolívar, Ecuador, 2015.

17.  Luis, Carlos M. Horizontes del surrealismo, primera edición 2024, Agulha, Brasil.

18.  Paz Manzano, Carlos Roberto. La teoría literaria de Roque Dalton, Editorial Universitaria, Universidad de El Salvador, 2009.

19.  Alvarenga, Luis. Roque Dalton: La radicalización de las vanguardias. Editorial Universidad Don Bosco, El Salvador, 2011.

20.  Melgar Brizuela Luis. Las brújulas de Roque Dalton: Una poesía del mestizaje salvadoreño. Dirección de publicaciones e Impresos, El Salvador, 22016.

21.  Salamanca, Elena. Peces en la boca. Editorial Universitaria, Universidad de El Salvador, 2011.

22.  Poumier, María. Poetas por El Salvador (Poema paseo coral), Editorial Delgado, El Salvador, 2008.

23.  Rivas, Pedro Geoffroy. Los nietos del jaguar. Consejo Nacional para la Cultura y el Arte, El Salvador, 1996.

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