viernes, 5 de octubre de 2007

Carta a un joven poeta V_Rainer María Rilke

Fotografía: Rainer María Rilke





V


Roma, 29 de octubre de 1903




Estimado señor :

Su carta del 29 de agosto la recibí ya en Florencia, y apenas ahora, después de dos meses, le hablo de ella. Le ruego me perdone esta demora, pero es que cuando estoy de viaje no me agrada escribir cartas. Para ello necesito algo más que los avíos imprescindibles: un poco de calma y de soledad, y también alguna hora que no sea demasiado extraña a mi íntimo sentir.

Llegamos a Roma hace unas seis semanas, en época en que aun era la Roma desierta, calurosa y malfamada por sus fiebres. Esta circunstancia, junto con otras dificultades de orden práctico, relativos a nuestra instalación, contribuyó a que nuestro desasosiego pareciera no querer acabar nunca, y nos agobiara la estancia en país extraño, haciéndonos sentir el peso del vivir sin hogar, como en destierro. A esto hay que añadir que Roma, en los primeros días -cuando no se conoce aún-, infunde en los ánimos una melancolía que abruma por ese ambiente de museo, exánime y triste, que aquí se respira. Por la profusión de glorias pasadas que se sacan a relucir y a duras penas se mantienen en pie, mientras de ellas se nutre un presente mezquino. Y también por esa desmedida valoración -que fomentan eruditos y filólogos y remedan los rutinarios visitantes de Italia- de tantas cosas desfiguradas y gastadas, que, en realidad, no son sino restos casuales de otra época y de una vida que ni es ni ha de ser la nuestra.

Por fin, tras varias semanas de brega diaria en actitud defensiva, vuelve uno, si bien algo aturdido aún, a encontrarse a sí mismo, y piensa: No, aquí no hay más belleza que en cualquier otro sitio. Y todas estas cosas que generaciones tras generaciones han seguido admirando, y que torpes manos de peones han ido rehaciendo y completando, nada significan, nada son, no tienen alma ni valor alguno. Sin embargo, hay aquí mucha belleza, porque en todas partes la hay. Aguas rebosantes de vida infinita vienen afluyendo por los antiguos acueductos a la gran urbe y, en múltiples plazas, saltan y bailan en conchas de piedra blanca, para derramarse y esparcirse luego en anchos y espaciosos estanques, musitando de día y alzando su murmullo en la noche, que aquí es grandiosa y estrellada, y suave por el hálito de los vientos que la orean.

"Aquí hay también jardines, inolvidables alamedas y escalinatas, ideadas éstas por Miguel Ángel a semejanza de las aguas que se deslizan y caen en cascadas de amplio declive, naciendo cada grada de otra grada, como una onda nace de otra onda. Merced a tales impresiones, logramos recogernos y recobrarnos, librándonos de lo mucho que aquí hay de presuntuoso y hablador; ¡y cuánto había!... De este modo aprendemos despacio a discernir las muy pocas cosas en que perdura algo eterno, digno de nuestro amor, y alguna soledad, de la cual podemos participar quedamente.

Aun habito en la ciudad, junto al Capitolio, no muy lejos de la más bella estatua ecuestre que nos haya quedado bien conservada del arte romano: la de Marco Aurelio. Pero dentro de pocas semanas me alojaré en un cuarto silencioso y sencillo, antigua galería perdida en lo más recóndito de un gran parque y oculta a la ciudad, a su bullicio y a sus azares. Ahí permaneceré durante todo el invierno, gozando de esa gran quietud, de la cual espero el regalo de algunas horas buenas y fecundas.

Desde allí, donde me será ya más fácil sentirme como en mi propia casa, le escribiré una carta más extensa, y en ella volveré aún a hablarle de la suya. Hoy sólo he de decirle -y quizás sea un error el no haberlo hecho antes- que no ha llegado aquí el libro anunciado en su carta, en el cual habían de venir insertos algunos trabajos suyos. ¿Le habrá sido devuelto desde Worpswede, ya que no está permitido reexpedir paquetes al exterior? Esta probabilidad sería sin duda la más favorable, y me agradaría saberla confirmada. ¡Ojalá no se trate de una pérdida, que, desafortunadamente, lo sería por cierto nada excepcional, dadas las condiciones que imperan en el servicio de correos italiano!

También ese libro, como todo cuanto me dé alguna señal de usted, lo habría recibido con agrado; y los versos que hayan surgido entretanto, los leeré. siempre, si usted me los confía, y volveré a leerlos, a sentirlos, a vivirlos, tan bien y tan entrañablemente como yo sepa hacerlo.

Con mis mejores deseos y saludos,
Su
Rainer María Rilke

miércoles, 3 de octubre de 2007

Carta a un joven poeta IV_Rainer María Rilke

Fotografía: Rainer María Rilke






IV



Worpswede5, cerca de Bremen, a 16 de julio de 1903

He abandonado París hace unos días, por cierto bastante enfermo y cansado, para acogerme a esta gran llanura norteña, que con su amplitud, su calma y su cielo, ha de devolverme la salud. Pero aquí he venido a caer bajo una lluvia persistente hasta hoy, que es cuando empieza a escampar un poco sobre esta comarca, sin sosiego azotada por los vientos. Aprovecho, estimado señor, este primer momento de claridad, para saludarle.

Mi querido señor Kappus: he dejado mucho tiempo sin respuesta una carta suya. No porque la hubiese olvidado. Al contrario: es una de esas cartas que nos agrada releer cuando volvemos a encontrarlas entre otras, y en ella le reconocí a usted como desde muy cerca. Me refiero a su carta del 2 de mayo, que seguramente recordará. Cuando la leo, como ahora, en medio del gran silencio de estas lejanías, su bella inquietud por la vida me causa una emoción aun más intensa que la que sentí ya en París, donde todo suena de otro modo y acaba por perderse, desvaneciéndose entre el enorme estruendo que allí hace retemblar todas las cosas. Aquí, rodeado de un imponente paisaje batido por los vientos que los mares le envían, siento que a esas preguntas e inquietudes, que por sí mismas y allá en sus profundidades tienen vida propia, nadie puede contestarle. Pues aún los mejores yerran con sus palabras, cuando éstas han de expresar algo en extremo sutil y casi inefable.

Creo, sin embargo, que usted no ha de quedar sin solución si sabe atenerse a unas cosas que se parezcan a éstas en que ahora se recrean mis ojos. Si se atiene a la naturaleza, a lo que hay de sencillo en ella; a lo pequeño que apenas se ve y que tan improvisadamente puede llegar a ser grande, inmenso; si siente este cariño hacia las cosas ínfimas y, con toda sencillez, como quien presta un servicio, trata de ganar la confianza de lo que parece pobre, entonces todo se tornará más fácil, más armonioso, de algún modo más avenible. Tal vez no en el ámbito de la razón, que, asombrada, se queda atrás, pero sí en lo más hondo de su conocimiento, en el constante velar de su alma, en su más íntimo saber.

Por ser usted tan joven, estimado señor, y por hallarse tan lejos aún de todo comienzo, yo querría rogarle, como mejor sepa hacerlo, que tenga paciencia frente a todo cuanto en su corazón no esté todavía resuelto. Y procure encariñarse con las preguntas mismas, como si fuesen habitaciones cerradas o libros escritos en un idioma muy extraño. No busque de momento las respuestas que necesita. No le pueden ser dadas, porque usted no sabría vivirlas aún -y se trata precisamente de vivirlo todo. Viva usted ahora sus preguntas. 6 Tal vez, sin advertirlo siquiera, llegue así a internarse poco a poco en la respuesta anhelada y, en algún día lejano, se encuentre con que ya la está viviendo también. Quizás lleve usted en sí la facultad de crear y de plasmar, que es un modo de vivir privilegiadamente feliz y puro. Edúquese a sí mismo para esto, pero acoja cuanto venga luego, con suma confianza. Y siempre que ello proceda de su propia voluntad o de algún hondo menester, écheselo a cuestas sin renegar de nada.

El sexo es una dura y difícil carga, sí, pero es precisamente duro y difícil 7 cuanto nos ha sido encomendado. Casi todo lo que es serio es también arduo, y todo es serio... Con tal que usted reconozca esto y, por sí mismo, conforme a su peculiar modo de ser y a sus aptitudes, merced a su infancia, a su experiencia y a sus propias fuerzas, llegue a conseguir y a mantener con el sexo una relación del todo propia y personal, libre de la influencia que por lo común ejercen convencionalismos y costumbres, ya no debe temer entonces ni el perderse a sí mismo, ni el hacerse indigno de su más preciado bien.

El goce propio del sexo es una emoción sensual como el simple mirar. O como la mera sensación que colma la lengua mientras saborea una hermosa fruta. Es una experiencia grande, infinita, que nos es regalada. Un conocer del mundo, la plenitud y el esplendor de todo saber... Y lo malo no está en vivir esta experiencia, sino en que casi todos abusen de ella y la malgasten. Empleándola como incentivo y esparcimiento en los momentos de mayor lasitud, en vez de vivirla con recogimiento para alcanzar sublimes culminaciones. También del comer, por cierto, han hecho los hombres otra cosa. Por un lado la miseria, por otro la opulencia excesiva, han empañado la nitidez de este menester. De modo parecido se enturbiaron también los profundos y sencillos menesteres. en virtud de los cuales la vida se renueva. Pero cada individuo, para sí mismo, puede tratar de devolverles su pureza, viviéndolos con límpida sencillez. Si esto no está al alcance de cualquier individuo -porque cada cual depende demasiado de otros-, sí está al alcance del hombre solitario. Puede éste recordar que tanto en las plantas como en los animales, toda belleza es una callada y persistente forma de amor y anhelo. Puede también ver a los animales como ve a las plantas: uniéndose, multiplicándose y creciendo, no por ningún placer ni por ningún sufrimiento físico, sino doblegándose ante necesidades más grandes que el goce y el dolor, más poderosas que toda voluntad y que toda resistencia. ¡Oh, si el hombre pudiese acoger con ánimo más humilde y llevar con mayor seriedad este misterio, del que está llena la tierra hasta en sus cosas más pequeñas! ¡Y lo soportara, sintiendo cuán terrible y agobiante es su peso, en vez de tomarlo a la ligera! ¡Y se inclinara con profunda veneración ante su propia fecundidad, que es una sola! ¡Tanto si parece espiritual como si parece material! Pues también el crear del espíritu arranca del mundo físico. Es de su misma esencia y como una reproducción más sutil, más arrobadora y más perenne del goce carnal.

"La idea de ser creador, de engendrar, de dar forma y vida" nada es sin su amplia, perpetua confirmación y realización en el universo. Nada sin el ascenso que, de mil modos repetido, emana de los animales y de las cosas. Y si su disfrute resulta indeciblemente bello y rico, es sólo porque está pleno de recuerdos heredados de los engendramientos y partos de millones de seres que nos precedieron... En un pensamiento creador reviven miles y miles de noches de amor olvidadas, que lo llenan de nobleza y celsitud. Y los que en las noches se juntan, entrelazados y voluptuosamente mecidos en su amor, llevan a cabo una empresa muy seria, y atesoran dulzuras, hondura y fuerza para el himno de algún poeta venidero, que un día se alzará para cantar inefables delicias. Así llaman al porvenir. Y aun cuando yerren, aun cuando sean ciegos sus abrazos, el porvenir llega. Surge un nuevo ser, y en el ámbito del acaso que ahí parece haberse consumado, despierta la ley en virtud de la cual un germen de vida vigoroso y resistente irrumpe con ímpetu, haciéndose paso hacia el óvulo que, abierto, sale a su encuentro. No se deje engañar por lo que aparezca en la superficie. En las profundidades es donde todo se vuelve ley. Y aquellos que vivan falsa y torpemente ese misterio -son muchísimos-, sólo para sí mismos lo pierden. Pues, con todo, lo retransmiten como un mensaje cerrado, sin llegar a conocerlo. Tampoco debe desconcertarse ante la multiplicidad de los nombres, ni ante la complejidad de las cosas. Quizás haya por encima de todo una gran maternidad como anhelo común... La hermosura de una virgen, es decir, de un ser que -como usted lo define con tan bellas palabras- "no ha dado aún nada de sí", es maternidad que se presiente a sí misma, y se prepara temerosa y anhelante: Y la belleza de la madre es maternidad empeñada en su servidumbre: Y en la mujer anciana perdura una gran remembranza.

Yo creo que también en el hombre hay maternidad. Tanto en su espíritu como en su cuerpo. Pues su modo de engendrar es así mismo una especie de parto. También es parto cuando crea al impulso de una íntima plenitud. Acaso haya entre los sexos mayor grado de parentesco y afinidad que el que se supone comúnmente. Y la gran Renovación del mundo consistirá quizás en que el hombre y la mujer, una vez libres de todo falso sentir y de todo hastío, ya no se buscarán mutuamente como seres opuestos y contrarios, sino como hermanos y allegados. Uniéndose como humanos, para sobrellevar juntos, con seriedad, sencillez y paciencia, el arduo sexo que les ha sido impuesto.

Pero todo cuanto tal vez algún día llegue a ser asequible para muchos, lo puede aprestar ya desde ahora el hombre solitario, edificándolo con sus manos que yerran menos. Por eso, estimado señor, ame su soledad y soporte el sufrimiento que le causa, profiriendo su queja con acentos armoniosos. Si, como dice, siente que están lejos de usted los seres más allegados, es señal de que ya comienza a ensancharse el ámbito en derredor suyo. Y si lo cercano se halla tan lejos, es que la amplitud de su vida ha crecido mucho y alcanza ya las estrellas. Alégrese de su propio crecimiento, en el cual, por cierto, a nadie puede llevarse consigo. Y sea bueno con cuantos se queden rezagados, permaneciendo seguro y tranquilo ante ellos, sin atormentarlos con sus dudas ni asombrarles con su firme confianza en sí mismo, o con su alegría, que ellos no sabrían comprender. Trate de conseguir algún modo de convivencia con ellos. Un algo común, que sea sencillo, modesto, sincero, que no tenga necesidad de alterarse, aunque usted siga transformándose más y más cada día. Ame la vida que en ellos se manifiesta en forma extraña a la suya propia. Y sea indulgente con aquellos que van envejeciendo, y temen la soledad en que usted tanto confía. Evite enconar con nuevos motivos el drama siempre tenso entre padres e hijos, que en los jóvenes consume muchas fuerzas, y en los ancianos corroe ese cariño que siempre obra y da su calor, aun cuando no comprenda... No les pida consejo, ni cuente con su comprensión. Pero tenga fe en un amor que le queda reservado como una herencia, y abrigue la certeza de que hay en este amor una fuerza y también una bendición, de cuyo ámbito no necesita usted salirse para llegar muy lejos. *

Está bien que, por de pronto, desemboque en una carrera que le vuelva independiente y le confiera completa autonomía en todos los sentidos. Aguarde con paciencia hasta poder averiguar si su vida íntima se siente limitada y cohibida por las formas propias de esta profesión. 8 Yo la tengo por muy difícil y llena de exigencias, porque está gravada de muchos y grandes convencionalismos. Y porque en ella hay apenas cabida para una concepción personal de sus cometidos. Pero su soledad, aun en medio de circunstancias extrañas a su modo de ser, le servirá de sostén y de hogar. Y desde ahí podrá usted descubrir todos sus caminos.
Mis mejores votos se hallan prontos a acompañarle, y mi confianza está con usted.

Su
Rainer María Rilke

lunes, 1 de octubre de 2007

Carta a un joven poeta III_Rainer María Rilke

Fotografía: Rainer María Rilke


III



Viareggio, cerca de Pisa (Italia), a 23 de abril de 1903


Me ha causado gran alegría, estimado y distinguido señor, con su carta de Pascua, que me revela lo mucho de bueno que tiene usted. La forma en que me habla del grande y dilecto arte de Jacobsen me demuestra que no estuve desacertado al querer encaminar su vida, con sus múltiples problemas, hacia esa fuente de riqueza y plenitud.

Ante usted abrirase ahora Niels Lyhne, libro lleno de maravillas y de honduras. Cuanto más se lee, más parece que todo está contenido en él: desde el perfume más sutil de la vida, hasta el rico e intenso sabor de sus frutos más grávidos. Ahí no hay nada que no haya sido captado, comprendido, sentido. Nada que no haya sido descubierto y reconocido entre las trémulas resonancias del recuerdo. Ningún suceso vivido, por insignificante que parezca, es tenido en poco. El más pequeño lance, el episodio más nimio, se desarrolla cual si fuese todo un destino. Y hasta el destino mismo es como un tejido amplio y maravilloso, en cuya trama cada hilo es guiado con infinita ternura por una mano cariñosa, y colocado a la vera de otro hilo, para ser sostenido y conllevado por otros mil.

Usted sentirá la dicha de leer este libro por primera vez, e irá adelantándose por entre sus innumerables sorpresas como en un sueño jamás soñado antes. Mas yo puedo asegurarle que siempre se vuelve a pasar con igual asombro a través de tales libros, sin que nunca lleguen a desprenderse de su poder prodigioso, ni pierdan nada del mágico encanto en que por primera vez envolvieron al lector. Es cada vez más intenso el deleite que nos brindan y más honda nuestra gratitud hacia ellos. De algún modo nos volvemos mejores y más sencillos en el mirar; se hace también más profunda nuestra fe en la vida, y en la vida misma llegamos a ser más venturosos, más nobles.

Luego debe leer usted el admirable libro que nos cuenta el destino y los anhelos de María Grubbe, así como las cartas de Jacobsen, las hojas de su diario, los fragmentos. Y, por último, sus versos, que aunque no muy bien traducidos, viven y vibran con resonancias infinitas. Le aconsejaría que cuando usted tuviera alguna oportunidad para ello, comprara la bella edición de las obras completas de Jacobsen, que contiene todo eso. Ha sido publicada una buena traducción en tres tomos por el editor Eugen Diederichs de Leipzig; creo que su precio es de cinco o seis marcos por cada tomo.

Desde luego, con su parecer acerca de Aquí deben florecer rosas, esa obra de incomparable finura y forma, tiene usted sin duda toda la razón contra quien escribió el prólogo. Deseo que desde ahora y aquí mismo quede formulado este ruego: lea lo menos posible trabajos de carácter estético-crítico: o son dictámenes de bandería, que por su rigidez y su falta de vida han llegado a petrificarse y a perder todo sentido, o bien tan sólo hábiles juegos de palabras, en que prevalece hoy una opinión y mañana la contraria. Las obras de arte viven en medio de una soledad infinita, y a nada son menos accesibles como a la crítica. Sólo el amor alcanza a comprenderlas y hacerlas suyas: sólo él puede ser justo para con ellas. Dese siempre la razón a sí mismo y a su propio sentir, frente a todas esas discusiones, glosas o introducciones. Si luego resulta que no está en lo cierto, ya se encargará el natural desarrollo de su vida interna de llevarle paulatinamente y con el tiempo hacia otros criterios. Deje que sus juicios tengan quedamente y sin estorbo alguno su propio desenvolvimiento. Como todo progreso, éste ha de surgir desde dentro, desde lo más profundo, sin ser apremiado ni acelerado por nada. Todo está en llevar algo dentro hasta su conclusión, y luego darlo a luz; dejar que cualquier impresión, cualquier sentimiento en germen, madure por entero en sí mismo, en la oscuridad, en lo indecible, inconsciente e inaccesible al propio entendimiento: hasta quedar perfectamente acabado, esperando con paciencia y profunda humildad la hora del alumbramiento, en que nazca una nueva claridad. Este y no otro es el vivir del artista: lo mismo en el entender que en el crear.

Ahí no cabe medir por el tiempo. Un año no tiene valor y diez años nada son. Ser artista es: no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia, y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo entre sufrimientos, a los que, por ello, quedo agradecido. ¡La paciencia lo es todo!

Richard Dehmel 4: Con sus libros -dicho sea de paso, también con el hombre- me ocurre esto: En cuanto doy con una de sus bellas páginas, siento siempre temor ante la próxima, que tal vez pueda destruirlo todo y trastrocar lo que es digno de aprecio en algo indigno. Lo ha caracterizado usted muy bien con las palabras "vivir y crear como en celo". Así es: el vivir las cosas como las vive el artista se halla tan increíblemente cerca del mundo sexual, del sufrimiento y del goce que éste entraña, que ambos fenómenos no son, bien mirados, sino distintas formas de un mismo anhelo, de una misma bienandanza. Y si en lugar de celo se pudiera decir "sexo", en el sentido elevado, amplio y puro de este concepto, libre y por encima de todas las sospechas con que haya podido enturbiarlo algún error o prejuicio dogmático, entonces el arte de Dehmel sería grandioso y de infinito valor. Grande es su fuerza poética y tan impetuosa como un impulso instintivo. Lleva en sí ritmos propios, libres de prejuicios y miramientos, y sale brotando de él cual de montañas en erupción.

Sin embargo, no parece que esta fuerza sea siempre del todo sincera, ni esté desprendida de toda afectación. (Pero en ello, por cierto, está una de las pruebas más duras, impuestas al genio creador, que debe permanecer siempre inconsciente de su propia valía, sin sospechar siquiera sus mejores virtudes, so pena de hacerles perder su candor y su pureza). Además, cuando esa fuerza del poeta, atravesando tumultuosamente todo su ser, alcanza los dominios del sexo, ya no encuentra al hombre tan puro como ella lo necesitaría. Pues ahí no hay un mundo sexual del todo maduro, puro, sino un mundo que no es bastante humano, que solo es masculino; que es celo, ebriedad, juicios y orgullos, con que el hombre ha desfigurado y gravado el amor. Por amar meramente como hombre y no como humano, hay en su modo de sentir el sexo algo estrecho, salvaje en apariencia, lleno de rencor y malquerer; algo meramente transitorio y falto de contenido eterno, que rebaja su arte, volviéndolo ambiguo y dudoso. De este arte, que no está sin mácula y lleva marcado el estigma del tiempo y de la pasión, poca cosa podrá subsistir y perdurar. (Esto mismo ocurre con casi todo arte). No obstante, podemos complacernos hondamente en cuanto ahí hay de grande. Sólo hay que procurar no perderse ni volverse partidario de ese mundo dehmeliano, tan lleno de angustias infinitas, confusión y desorden, que dista mucho de los destinos verdaderos. Estos hacen sufrir más que esas tribulaciones pasajeras; en cambio, dan mayor oportunidad para llegar a lo sublime y más valor para alcanzar lo eterno.
En cuanto a mis propios libros, mi mayor gusto sería enviarle todos los que pudieran causarle alguna alegría. Pero soy muy pobre, y mis libros, una vez publicados, ya no me pertenecen. Ni siquiera los puedo comprar para darlos, como a menudo sería mi deseo, a quienes sabrían acogerlos con amor. Por esto le indico en una cuartilla los títulos y los editores de mis libros últimamente publicados -de los más recientes, se entiende, pues entre todos son ya unos doce o trece los que he dado a la imprenta-, y debo, estimado señor, dejar a su voluntad el encargar alguno de ellos, cuando se le presente la ocasión.
Me es grato saber que mis libros están con usted. Adiós.
Su
Rainer Maria Rilke

sábado, 29 de septiembre de 2007

Carta a un joven poeta II_Rainer María Rilke

Fotografía: Rainer María Rilke






II


Viareggio, cerca de Pisa (Italia), a 5 de abril de 1903



Ha de perdonarme, distinguido y estimado señor, que haya tardado hasta hoy para recordar con gratitud su carta del 24 de febrero. Durante todo este tiempo me encontré bastante mal. No precisamente enfermo, pero sí abatido y presa de una postración de carácter gripal, que me inhabilitaba para todo. Finalmente, al ver que ni por asomo llegaba a operarse ningún cambio en mi estado, acabé por acudir a orillas de este mar meridional, cuya acción bienhechora ya me fue de algún alivio en otra ocasión. Pero aun no estoy restablecido. Todavía me cuesta escribir. Así, pues, tendrá usted que acoger estas pocas líneas en lugar de muchas más.

Sepa, desde luego, que me causará siempre alegría con cada una de sus cartas. Sólo habrá de ser indulgente con mis respuestas, que quizás lo dejen a menudo sin nada entre las manos. Y es que en realidad, sobre todo ante las cosas más hondas y más importantes, nos hallamos en medio de una soledad sin nombre. Para poder aconsejar y, más aun, para poder ayudar a otro ser, deben ocurrir y lograrse muchas cosas. Y para que se llegue a acertar una sola vez, debe darse toda una constelación de circunstancias propicias.

Sólo dos cosas más querría decirle hoy:

En primer lugar, algo acerca de la ironía. No se deje dominar por ella, y menos que en cualquier otra ocasión, en los momentos de esterilidad. En los que sean fecundos, procure aprovecharla como un medio más para comprender la vida. Empleada con pureza, también la ironía es pura, y no hay por qué avergonzarse de ella. Pero si usted siente que le es ya demasiado familiar y teme su creciente intimidad, vuélvase entonces hacia grandes y serios asuntos, ante los cuales ella quedará siempre pequeña y desamparada. Busque la profundidad de las cosas: hasta allí nunca logra descender la ironía... Y cuando la haya llevado así al borde de lo sublime, averigüe al mismo tiempo si ese modo de entender la vida brota de una necesidad propia y esencial. Pues entonces, bajo el influjo de las cosas serias, acabará por desprenderse de usted -si es algo meramente accidental-; o bien -si es que realmente le pertenece como algo innato- cobrará fuerza, y se convertirá en un instrumento serio para incluirse entre los medios con que usted habrá de plasmar su arte.

Lo otro que yo quería decirle es esto: De todos mis libros, muy pocos me son imprescindibles. En rigor, sólo dos están siempre entre mis cosas, dondequiera que yo me halle. También aquí los tengo conmigo: la Biblia y las obras del poeta danés Jens Peter Jacobsen. Se me ocurre pensar si usted las conoce. Puede adquirirlas fácilmente, ya que algunas de ellas han sido publicadas -muy bien traducidas por cierto- en la "Biblioteca Universal" de las "Ediciones Reclam". Procúrese los Seis cuentos de J. P. Jacobsen así como su novela Niels Lyhne, y empiece por leer, en el primer librito, el primer cuento, que lleva por título "Mogens": Le sobrecogerá un mundo; la dicha, la riqueza, la inconcebible grandiosidad de todo un mundo. Permanezca y viva por algún tiempo en estos libros, y aprenda de ellos cuanto le parezca digno de ser aprendido. Ante todo, ámelos: su cariño le será pagado miles y miles de veces. Y, cualquiera que pueda llegar a ser más adelante el rumbo de su vida, estoy seguro de que ese amor cruzará siempre la urdimbre de su existencia, como uno de los hilos más importantes en la trama de sus experiencias, de sus desengaños y de sus alegrías.

Si yo he de decirle quien me enseñó algo acerca del crear, de su esencia, de su profundidad y de cuanto en él hay de eterno, sólo puedo citar dos nombres: el del grande, muy grande Jacobsen 2 y el de Auguste Rodin 3, el escultor sin par entre todos los artistas que viven en la actualidad.

¡Que siempre le salga todo bien en sus caminos!

Su
Rainer Maria Rilke


viernes, 28 de septiembre de 2007

Cartas a un joven poeta I_Rainer María Rilke

Fotografía: Rainer María Rilke





I

París, a 17 de febrero de 1903


Muy distinguido señor:

Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices.

Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura.

Dicho esto, sólo queda por añadir que sus versos no tienen aún carácter propio, pero sí unos brotes quedos y recatados que despuntan ya, iniciando algo personal. Donde más claramente lo percibo es en el último poema: "Mi alma". Ahí hay algo propio que ansía manifestarse; anhelando cobrar voz y forma y melodía. Y en los bellos versos "A Leopardi" parece brotar cierta afinidad con ese hombre tan grande, tan solitario. Aun así, sus poemas no son todavía nada original, nada independiente. No lo es tampoco el último, ni el que dedica a Leopardi. La bondadosa carta que los acompaña no deja de explicarme algunas deficiencias que percibí al leer sus versos, sin que, con todo, pudiera señalarlas, dando a cada una el nombre que le corresponda.

Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien -ya que me permite darle consejo- he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?" Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor. Rehuya, al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que lo rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.

Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá cómo su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural riqueza: trozo y voz de su propia vida.

Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta. Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido.

Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. (Basta, como ya queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para no permitirse el intentarlo siquiera.) Mas, aun así, este recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil : en todo caso, su vida encontrará de ahí en adelante caminos propios. Que éstos sean buenos, ricos, amplios, es lo que yo le deseo más de cuanto puedan expresar mis palabras.

¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual, por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted se empeñase en mirar hacia fuera, esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar.

Fue para mí una gran alegría el hallar en su carta el nombre del profesor Horacek. Sigo guardando a este amable sabio una profunda veneración y una gratitud que perdurará por muchos años. Hágame el favor de expresarle estos sentimientos míos. Es prueba de gran bondad el que aun se acuerde de mí, y yo lo sé apreciar.

Le devuelvo los adjuntos versos, que usted me confió tan amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad.

Con todo afecto y simpatía,
Rainer Maria Rilke

viernes, 21 de septiembre de 2007

El poeta y su destino_Claudia Hérodier

Fotografía: Claudia Hérodier






EL POETA Y SU DESTINO


Ponencia: Claudia Hérodier
Presentación de libros:Pie en tierra y Oscuridad sin fecha de André Cruchaga



Antes de entrar de lleno en materia quiero explicar que para esta tarea de la presentación de dos libros que considero excelentes por su densidad temática como por la riqueza, lo punzante y mordiente de sus imágenes, como son Oscuridad sin fecha y Pie en tierra, me sentí llamada a recurrir a un filósofo, traductor, poeta y crítico literario argentino, como es Santiago Kovadloff, a fin de poder ponerme a la altura de la poética de André, y por ello acudirán en mi auxilio algunas de sus palabras.

Lo primero que me sorprendió al leer el prólogo de Oscuridad sin fecha, escrito por Escobar Galindo, fue el que calificase la obra de André como “Poesía en permanente oficio de autodescubrimiento, sin desgarramiento ni quebraduras” cuando, en realidad, es un profundo ge-mido que desborda la sensibilidad humana:

“Supe desde niño de la materia oscura
y así dibujé presentes omnímodos.”

dirá el poeta en Retrospectiva del miedo, a lo que añadirá en Eterno juego en los ojos:

“Una plegaria dulce palpita alrededor de los féretros.
La muerte es un sonido que espero
entre esta prisa de vivir bajo la zozobra
y una casa con sus techos caídos.”

Por otra parte, las palabras que Cruchaga puso al frente de su libro Pie en Tierra, amarraron mis curiosidades de lectora en un punto preciso, ahí cuando dice: “Jamás he sido poeta social en el sentido que nunca he tenido ─desde mi poesía─ la pretensión didáctica proselitista de los temas sociales; pese a ello, mi poesía aborda con fidelidad y plena conciencia artística los problemas de nuestro tiempo histórico”, así como el hecho de que al final de cada poema aparezca el nombre de un lugar imaginario, como espacio desde donde el poeta nos habla, seguido de la fecha en que escribió.

Por otro lado, al ponerme en contacto directo con los textos, empezaron a golpearme de tal modo las palabras, que tuve que suspender por un tiempo su lectura y relectura, a fin de darme oportunidad de asimilarlos integralmente. Mientras, leí otros libros, entre ellos ese de Kovadloff, que me había obsequiado Juan Sánchez (Los poderes del poeta [1] ) y descubrí que a cada tanto, a medida que avanzaba en la lectura, los versos de André me tenían sujetada del cuello, me rodeaban como abejas y el zumbido era un eco permanente de eso que leía… al punto que fui subrayando en los distintos ensayos que recoge, lo que consideré le calzaba a Cruchaga como un guante.

Poeta de sensibilidades múltiples, de un lirismo lúcido, anclado en una conciencia crítica que a su vez se finca en su yo-relacional (yo-psicológico en consonancia con los otros y lo otro, el yo-individual imbuido de lo colectivo, que construye su subjetividad en la medida que asume la otredad como algo propio), elige, en estos dos libros, la actualidad “como espacio privilegiado donde irrumpe lo poético”, como diría el autor argentino, al tiempo que opta por un “lenguaje verosímil”, en el que las imágenes y los contrastes (de belleza patética) ponen de manifiesto su ser común denominador de experiencias ciudadanas, tanto como del hombre del siglo XX.

En estos dos libros, el poeta no se sustrae de la “opresiva atmósfera” de lo cotidiano, enmarcada en los parámetros de lo occidental cuyo “extravío ontológico” lo ha llevado a implantar el “instinto de muerte” y a evitar con ello el canto del poeta, no su palabra. De ahí, quizás, que arranque su Pie en Tierra diciendo:

“Vida intensa la rosa que muere pronto.
El cuerpo mordiendo el grito en la boca.
Los días seculares. Los cuerpos cansados, sin reír;
la casa estrecha. Sin sombras y sin alma:
habitaciones sin muebles donde la aurora
es casi hoyo y la luz una bóveda”. (p.5)

y más adelante, en Cuestión de Conciencia, diga:

“Hemos llegado hasta la fosa de la barbarie
y respirado huesos y obsesos pálpitos de sombras.
Nada nos detiene aunque el dolor cubra el alfabeto.
Hay neblina en la palabra y lobos en el alma,
y, entre ambas, un cielo de grises y rastrojos.” (p.111-112)

Ya antes, en Oscuridad sin fecha, habrá dicho:

“El País que sueño arde en mi alma
con sus crudas huellas de muerte cotidiana.
Aquí nacieron mis ojos y vi el sol sobre la tierra,
girando sobre la retina de la noche y de la aurora.
No fue fácil tocar el fondo de sus labios:
para recorrerte miles de cuerpos cayeron sin resucitar,
heridos, ciegos, bajo una lluvia de ventanas.
País densamente hondo de féretros, de noches,
y sombras que se llevan las manos al pecho
para hacer creer que duele, punza, el recuerdo de la penumbra.” (p.30)

Así como en su poema Eterno juego en los ojos:

“Eran ellos y yo, todos los muertos
habitantes subterráneos del fuego,
de peces siderales con lámparas sangrantes.

Era yo cuando la sangre penetró otro espíritu.

Era yo frente a las luciérnagas del vacío.
Sigo siendo yo, es verdad, con otro corazón entre labios fugados
y una soledad con osamentas.” (p.66)

O bien como recoge el poema titulado Anticipo, del mismo libro:

“¿Adónde se va desnudo masticando el último beso?
No. No lo sé. No sé si Dios vive en esta agua oscura.
En este cielo duro bajo tierra…
Muchos me dijeron: Aquí comienza la vida eterna,
pero esto es extraño cuando uno se pierde
en los brazos hondos, sin origen, de la herrumbre.
Otros invocaron el misterio de Lázaro y fue inútil.
Sólo la tierra se movió con la pala del sepulturero.” (p.78)


Quizás por ello, “incapaz de reconciliar el sueño de la fe con el horizonte de la experiencia”, como diría Kovadloff, y por cuanto ese instinto de muerte ha impedido a su vez la existencia de un “espacio redencional” que le otorgue una esperanza, el poeta (como otro hombre en el mundo, o como un Dios), haya fundado su ser de poeta, su quehacer poético y su poética en un único principio rector que no es más ni menos que un “principio ético-estético”, entendiendo por ello lo que posibilita y da cuerpo al estar siendo del ser humano en el estar, y no al estar del mismo sin ser, tal como se desprende de la lectura del poema Dolor de patria:

“Patria, intangible eres. Infortunio eres.
Túnel eres: humo de la brasa donde gobierna la neblina
y los acantilados crecen como arbustos
de espesas montañas:
no encuentras más resquicio a la esperanza
que el aguacero que te arrastre al mar
donde acabe el dolor de estar sin ser>.

a lo que el poeta opone radicalmente otro poema titulado Oficio de poeta, en el que dice:

“La mirada amiga de tantos poetas,
está allí, lluvia en la frente,
universo humano de ventanas,
abriendo sueños en los labios del futuro.”

(…)“Hoy puedo nombrar y sujetar las palabras:
es mío el íntimo reflejo del ojo,
la fiel caligrafía de la herida
y el arcano gesto de la conciencia.

Lo demás es inútil. Inútil la muerte, la pistola
la navaja y la posesión ajena.
Inútil los caminos mudos.
Inútil el regazo si no tiene el halo pagano
que lo hiera.

(Luego el poeta vence al gusano tutelar de la vida
para ganar la luz irreversible de la mariposa)…

Mi oficio, entonces, es de insomnios, umbrales y cenizas.” (p.79)

Habiendo ganado la luz para los hombres a través de la vigilia, situado siempre en los límites de lo existente, haciendo acopio de los rescoldos de la Historia –de lo deshumanizado, el poeta restaura lo humano por su oficio y por ello vence a la muerte. El futuro, pues, se llenará de sueños de otro futuro más lejano y atestiguará que el poeta es un deber-ser ineludible del hombre en tanto conjunta humanidad. Es así que la “función ontológica” de la poesía y sus poetas (la ‘razón-de-ser’), queda sellada de manera irreversible.

Pero, volviendo a lo del principio, a aquello de ‘poeta social’, André me seguía dejando la interrogante siguiente: ¿No se nombra como poeta social porque no se concibe, en tanto poeta, como un “hacedor de lo real” sino como un “intérprete del mundo”? Ojo con esto, me dije, pues ciertamente pareciera al leerlo, en una primera vuelta, que no es un poeta propositivo con su mundo y, sin embargo, ya decodificando los elementos que intervienen en el acto creativo y su producto, en este caso su poesía, descubrí que: ya sólo el ámbito en el que el poeta se instala para ejercer su oficio, para devenir quien es, nos dice mucho acerca de la respuesta a mi pregunta, pues no se trata sólo del mundo con su diversidad de poblaciones, culturas, lenguas y costumbres, el país natal, con sus ciudades llenas de calles y problemas, las zonas rurales abandonadas, desposeídas y sufrientes, (todo ello como puede desprenderse de la temática que abarca y como ustedes comprobarán cuando lo lean), sino su ámbito real, el que opera sobre sí mismo y le da sentido en tanto realidad concreta al tiempo de extenderse a la ‘otra’ realidad, la de los otros y lo otro, aquello que el poeta ha adoptado como suyo, como constitutivo y raigalmente suyo, es una ínsula nominada y creada por Cervantes… y este hecho, este hecho de situarse precisamente ‘ahí’ es el que opera como ‘clave’ para descifrarlo.

Por supuesto, me refiero a la ínsula de Barataria en la que Sancho Panza fungiera como Gobernador. Pero, para comprender mejor lo que enseguida habré de decir, voy a compartir con ustedes algunos fragmentos de una clase de literatura de la Universidad Complutense de Madrid, que bajé de la Web [2], en la que se explica y aclara qué significa Barataria en la historia del mundo (no sólo el literario) y, sin duda, el por qué de la adopción de ella por parte del poeta, como un espacio interior en el que está cimentada su palabra, como ya dije, al tiempo que opera (y esto es lo interesante) como propuesta sutil para todos los hombres. Escuchemos pues:

Antes que nada, conviene decir que, por lo común, se cree que Don Quijote es el opuesto exacto de Sancho Panza, punto sobre el cual “Salvador de Madariaga acude a clarificarnos, "…esta línea antitética de primera impresión se resuelve en un delicado y complejo paralelismo cuyo desarrollo es una de las maravillas de este libro genial. Sancho es, en cierto modo, una transposición de Don Quijote en una clave distinta”.

Dicho esto, y entrando ya en lo de Barataria, ya cuando Sancho va a asumir su cargo como Gobernador, “Don Quijote previene a su escudero de los peligros que traen las altas magistraturas: "... que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones” (...y le aconseja) “no olvidarse de la humildad de su procedencia, "has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiere igualarse al buey", "has gala de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores.”. (...Así) “Su humildad lo lleva a renunciar al “don”, será Sancho, Sancho a secas. “Refugiarse en su antroponímico sin trastocarlo es asumir su origen pero es también mostrar a sus súbditos cómo el hombre puede romper las amarras del determinismo y apuntar a la libertad.”

“Don Quijote le explica cómo aplicar la justicia: "Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico". Debe buscar la verdad "por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre" y ser piadoso con el que sufre. "Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones”. “Son famosos los juicios que lleva a cabo, tal es su trascendencia que a partir de allí los insulares "tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón”.

“También es significativo lo que piensa hacer después de empaparse de pueblo en sus salidas de ronda por las plazas, como aconseja Don Quijote en su carta: "Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas; que la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia>. Dirá Sancho: "es mi intención limpiar a esta ínsula de todo género de inmundicia y de gente vagabunda, holgazana y mal entretenida; porque quiero que sepáis, amigos, que la gente baldía y perezosa es en la república lo mismo que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras abejas hacen”.

(Sancho) “Da pruebas de su honestidad y de no abusar de su poder : "desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano: quiero decir que sin blanca entré en este gobierno y sin ella salgo, bien al revés de cómo suelen salir los gobernadores de otras ínsulas”.

(Cervantes), “disfrazando de parodia el gobierno de Barataria, sugiere a los lectores de su tiempo que el hombre puede rasgar las ataduras de su estamento social y desde la libertad, construir la equidad.”

“Él enuncia una metáfora poética detrás de la cual se esconde una posible metáfora social: los Sanchos del mundo gobernando para los suyos, encarnando la búsqueda de verdad y justicia.”

“Al igual que su amo llega a la conclusión de que así no debe ser el mundo y a partir de eso trata de cambiar la realidad”. […] “La hazaña de Sancho es "el trasbordo de un mundo a otro, de uno ruin a otro noble" y eso mismo es lo que planteamos en la clase: la posibilidad de creer en una utopía y acercarnos a ella.”

Es, pues, desde una intra-metáfora (imitando a Unamuno), de una metáfora poética encarnada en sí mismo, que el poeta nos habla.

“He soñado, no lo niego. Pero los sueños
no existen más allá de la vida misma.
He soñado con una ciudad última:
-hacienda de pescadores justos-;”(p..26,Oscuridad sin fecha)

dirá el poeta en su libro Oscuridad sin fecha, aunque advierte, en los siguientes versos, cuán difícil y peligrosa es la tarea de pretender que los sueños se conviertan en realidad en un mundo como el nuestro, hijo de su tiempo, heredero de la filosofía de Descartes y por tanto de la Modernidad (y hablamos del siglo XVII), en la que se asume que por el hecho de pensar y pensarse (“Pienso, luego, existo”), el hombre es el garante de la existencia, y por ello crea devenir el dueño y señor de todo cuanto existe.

“El siglo XVII ─dirá Kovadloff─ asentó las bases de una epistemología a la que todavía estamos pagando tributo. Su tesis primordial, que es, a la vez, la más petulante de sus tesis, pretende que la lógica del entendimiento gobierne arbitrariamente la del mundo, y supone que la obsecuencia y el servilismo de la naturaleza hacia el hombre serán infinitos. Se establece así, entre las leyes de la observación y las que son inherentes a lo observado, un vínculo de dependencia a favor de las primeras: conocer significará dominar, saber querrá decir estar en condiciones de sojuzgar, y el progreso será homologado a la pura explotación. Desoída, y más que desoída, devastada, la Tierra es hoy un receptáculo de órdenes, el territorio de una cadena de abusos monstruosos practicados en nombre de una concepción de la vida que esconde detrás de eufemismos tecnocráticos, los impulsos de una sensibilidad criminal.” [3]

Por ello, siguiendo con lo del sueño y los pescadores justos, en los siguientes versos el poeta afirme:

“a cambio he tenido casa sin balcones, manos obscenas,
y una marea cuyo filo corta los labios.” (p.26)

O como dirá en Sombra del País (I), de Oscuridad sin fecha:

“De repente, alguien te cimbra un arpón de soledades;
esto, porque te consideran conspirador de la noche.” (p.28)

Sin embargo, y pese a que como dirá en el poema Mis ojos ahora, del mismo libro:

“A la mañana también le digo noche
y a los huecos del terror les digo paz” (p. 1º28)

y pese a que el “estatuto ontológico” del mal social de nuestros días viene, según el autor, de la conquista, y se formaliza legalmente a partir de la Independencia (con lo cual personalmente no estoy de acuerdo porque considero que obviamos el enunciado de la repartición del poder en la época pre hispánica, también raíz de nuestro mal), el poeta pida que resucitemos:

“Los que no han podido amar la vida,
resucitados sean, convertidos sean,
no serviles
a la cruz
ni a la trinchera
ni a la tumba.” (p.113, Pie en Tierra)

“Para aquellos que hacen estallar begonias sangrientas,
un rayo de luz haga
gotear pájaros de sus sienes...” (p.114, Pie en Tierra)

Opuesta así la resistencia del poeta al “instinto de muerte” que permea nuestra historia, abierto a la indagación del otro sobre su quehacer y su oficio, sabedor que este oficio es el garante de humanidad y de futuro, diga de pie sobre la tierra:

“Si alguien me pregunta, ahora, qué hago, yo digo que
cavar
en la tierra: busco la comunión del pensamiento,
para ello, extiendo los brazos y me interno, confiado,
en el bosque...” (p.125 Pie en Tierra)


Siéntete, pues, André, honrado de ser el depositario vivo de la frase de León Felipe con la que concluye la clase de literatura antes aludida:

“El poeta no es aquel que juega habilidosamente con las pequeñas metáforas verbales, sino aquel a quien su genio prometeico despierto lo lleva a originar las grandes metáforas:
sociales,
humanas,
históricas,
siderales ...”



Claudia Hérodier
Jueves 6 de septiembre de 2007




[1] Kovadloff, Santiago. Los poderes del poeta, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1991.
[2] Roxana Sosa y Alicia Brandou. Extraído de http://www.ucm.es
[3] Opus cit. pág. 47.




miércoles, 5 de septiembre de 2007

Total memoria_Claudia Hérodier

Fotografía: Claudia Hérodier, El Salvador.





Total memoria


A: G.E.(por haber ayudado a recuperarme a mí misma)

"¡Vamos, esto es realmente un espectáculo
que ha sacado a los muertos de sus tumbas!
¡La poblacion de los viejos cementerios
de las colinas, corre a verlo!
¡Fantasmas! ¡Fantasmas innumerables en los flancos
y en la retaguardia!".
Walt Whitman(De "Balada a Boston", 1854)



I
Ciudadanos de una tierra de raíces...
¡Manglares vagabundosbus
cando lo blanco en unas alas!
Cadáveres ya de cuerpos que no existen
caminando con muletas hacia la gran ciudad buscada...

Cojos indecisos por una libertad de papel
bajando gradas.
Manoseada forma de hablar y de decirse.
¡Nada clara!
Abofeteando la inteligenia que calzamos
¡fruta jogosa con su propia tierra exacta!
¡Soberana forma pensante toda una
!atentada
por explosivos cargados con la dinamita de 9 muertos,
hoy, que han crecido las murallas.


II
¿Y adónde, en la razón y en el juicio,
los otros sesenta y nueve mil novecientos noventa y un
cadáveres?
En qué cárcel de oscura pestilencia se quedó el vecino,
el hijo del comerciante, el profesional instruido,
la muchacha joven que quiso interpretar con sus entrañas,
la Sinfonía del Nuevo Mundo?
¿QuÉ avioneta los arrojó al mar casi cadáveres?
¿Qué perro devoró sus carnes?
¿Quién fue el que ató sus manos a la espalda?
¿Por órdenes de quiénes se mutilaron sus huesos,
se electrocutaron sus miembros?
¿Cuántos torturadores hubo? ¿Adónde están y quiénes fueron?
¿Adónde, quiénes
y a cuántas ratas metieron
en las vaginas de las vírgenes?
¿Qué cuchillo o qué cigarro se aproximó a los ojos?
¿Cuántos escupieron sobre los rostros y quiénes siguen siendo
los que dan la cara?
¿Cuántos quedaron putrefactos en las paredes de las cárceles,
incrustados en las aguas de las bocanas?
¿Quiénes sacaron a quiénes de sus casas, por la noche,
con sus carros blindados, para que jamás volvieran,
para que nunca retornaran?
¿Quién dio la orden?
¿Quiénes se jactan de tener Próceres en sus familias
y celebran cada año la Independencia de la República
-ganada a punta de curas rebeldes, en su tiempo-
y ahora piden hostias en las misas
y se dan golpes de pecho
en las espaldas?
¿Con quiénes habla Matías Delgado ahora,
que ha tenido que acoger al arzobispo
y a siete nuevos curas masacrados
en el seno de un viejo 15 de septiembre?
mientras el país deja que pase todo
como agua...
¿Quiénes y adónde arrojaron las doradas semillas
para el estallido?
¿Quién cosechó el fruto de la soberbia, de la inconsecuencia?
¿Quién nos refrescará la total memoria?
¿Cuántos caminaremos por los caminos,
para desenterrar a los muertos?
¿Unir sus pedazos?

¿Qué hueso tomará la decisión por mí?
¿QuÉ haremos todos, esta vez?
¡La vida va pasando! ¿Pasa?

III
¡No sé qué harán ustedes!
Por mi parte,
no voy a basarme en la muerte de sólo 9
cuando hay 69,991 más, esperándome
con su azadón de tiempo y su maleza en punto.
Por mi parte, quiero tener presente que junto a esos 9,
quedaron 69,991 guisos a la mitad de sus hervores,
desayunos intactos,
televisores encendidos,
radionovelas al aire.
Madres rotas. Mecedoras moviéndose. Esperando.
¡Que en el sueño, la pesadilla no se arrodilló nunca!
Que de esas 69,991 irrecuperables pulsaciones,
hubo miles de mujeres solas en su noche de bodas,
hombres descuartizados a la mitad de un orgasmo,
abuelos desdentados aguardando su atol de maiz,
su cajita de maicena.
Cabezas de niños pidiendo leche. Con la boca abierta en el pecho
de sus madres.
Aullidos horribles en mitad de la noche.
Pueblos errantes...

¡Libros que todavía aguardan, para que los lea alguno!
Febrero 26/97
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domingo, 2 de septiembre de 2007

El hombre inconforme_Antonio Gamero

Ilustración: Antonio Gamero, visto por Manuel José Arce y Valladares

El hombre inconforme



Nada he perdido porque nada a la vida traje,
Y me siento feliz de haber nacido pobre,
Porque el rico no puede
Parir con gran dolor las cosas grandes
Y luchar en la lucha de los hombres.

Feliz de haber mordido el corazón del vicio
Y de haber sido siempre un inconforme.
Yo nunca he sido esclavo de la monotonía
Ni de la rigidez perenne de las torres.
Abomino del rictus
Que fatiga la muerta sonrisa de las momias,
Y me arrastra el ejemplo de los seres
Que hallan pequeño el mundo para sus incursiones.

No puedo conformarme
Con que haya junto a mí tantos patanes
Que, en cambio de codearse con mi angustia,
Debieran estar ya en los mudalares.

Yo quisiera ser de algo muy etéreo,
De algo que no se pueda contener en los frascos
Igual que una loción o una sardina,
De algo que nadie toque con sus groseras manos:
Que pueda ir libremente de la calma a la tromba,
Del bullicio al silencio,
De la virtud al vicio,
De la piedra a la rosa,
Del más grande pecado al arrepentimiento,
Del rojo fuego al agua,
Del lodo al mineral, y de la urbe
A la verde quietud de la montaña.
Yo quisiera estar hecho de la esencia de Dios
Que pasa por el lodo sin mancharse,
Que, sin pecar, la vida de los hombres suprime,
Que desata la guerra y no es Atila,
Ni es nazi, ni fascista, ni rojo bolchevique.

¡Mentira!, yo no puedo resignarme
A ser hombre vulgar como los otros;
Y voy, en mi pequeña y angustiada existencia,
Buscando días nuevos, nuevas noches,
Nuevos mares de fuego en qué abrazarme.
Buscando nuevas luchas para no ser jumento
Que se aburre de hacer el mismo viaje.

Y clamo porque todo el mundo sepa
Que soy un inconforme,
Y que, amigo del vicio y las virtudes,
Soy hecho, mitad Dios y mitad hombre!
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viernes, 24 de agosto de 2007

La noche ciega canta para vos_Heriberto Montano

Fotografía: Heriberto Montano, El Salvador 1950-2007
Fotografía tomada por René Chacón Linares

El poeta Heriberto Montano falleció el día 23 de agosto de 2007.




La noche ciega canta para vos




Sol indeciso has dejado
Una nube sangrante suave terciopelo de la tarde
Sol sangrante ojo hermoso que me ve
Mientras el polvo de los días pasa por mis dedos

Mientras ella desnuda su cuerpo flaco
Su cintura de avispa que mueve a cuatro vientos
Baila y fuma cigarro tras cigarro
Bajo la luz tenue roja sangrante
Una nube sangrante suave terciopelo de la vida
Advenediza nube que arropa su desnudez

El sábado se desliza serpiente emplumada
Mientras se mueve desnuda desnuda de amor
Su cuerpo flaco de serpiente húmeda de amor
Bajo un ojo moribundo
La tarde un ojo rojo la observo transparente
De amor tenue nube voluptuosa de la tarde

Sol indeciso hoy muerto has dejado
Entrar la noche en el agujero de la luna
Y el polvo de los días pasa por mis dedos

Ella baila como si el cielo sangrante se detuviera para ella
Y las estrellas de su vientre parpadearan
Vientre un poco saliente bajo sus costillas
Serpiente embarazada
Ojo que la mira vicioso lujurioso sol moribundo

Baila serpiente de amor
Brisa que viene con la piel húmeda de amor
Serpiente emplumada que baila sin rubor
El universo es una copa de olvido

Su cuerpo flaco su agujero caliente su vientre
Saliente donde se posa el sol

El tiempo está agotado
Sol anaranjado
Ella bailó para mí para mí
©Heriberto Montano
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