sábado, 29 de abril de 2023

LA POESÍA COMO ARTILUGIO LÚDICO, METAMORFOSIS POÉTICA DEL JUEGO EN «JUGANDO CON ASTURIAS» DE LA POETA CLAUDIA HÉRODIER

 

JUGANDO CON ASTURIAS
CLAUDIA HÉRODIER


LA POESÍA COMO ARTILUGIO LÚDICO, METAMORFOSIS POÉTICA DEL JUEGO EN «JUGANDO CON ASTURIAS»

DE LA POETA CLAUDIA HÉRODIER


 

No es casual que Claudia Hérodier, destacada figura de nuestras letras nos sorprenda en esta ocasión con un libro: «JUGANDO CON ASTURIAS» y no es difícil entender su actitud: saltan a mis ojos dos escrituras, la de Claudia y la de Asturias, hermanadas ciertamente por lo lúdico y que deviene de las vanguardias, en este caso del dadaísmo y surrealismo, sustentos de nuestra poeta y Asturias. Llama la atención, además, el que sea a través del soneto y no del verso libre que suele ser más dócil para este juego de artilugios verbales. El adjetivo lúdico aplicado a manifestaciones de orden estético o intelectual fue introducido por Johan Huizinga en el prólogo a su Homo ludens, obra en la que el historiador holandés analiza el papel que desempeñó el juego en la historia de la humanidad, en especial en lo que respecta a lo literario. Huizinga parte de la premisa de que el juego es anterior a la cultura y arriba a la conclusión de que las características esenciales del juego no le deben nada a ese complejo constructo que llamamos «civilización». (Johan Huizinga o de la literatura como juego de Flavio Crescenzi)

Para el escritor Flavio Crescenzi, Huizinga estudia deliberadamente la lírica como pura función lúdica, función que sólo disminuye cuando pierde contacto con lo musical y se acerca a lo intelectual o reflexivo. La poesía épica, cuando deja de ser recitado público para convertirse en lectura, también rompe su conexión con la esfera lúdica. Sólo la poesía dramática conserva siempre su relación con el juego; el léxico técnico que le atañe así lo indica. En latín, el concepto griego de drama equivale a ludi (-orum), o sea, “juego”, es decir, el drama es «jugado». Paralelamente, los ludi eran en Roma espectáculos ofrecidos al pueblo para diversión u honra de las divinidades. Ludia (-ae) era la bailarina o actriz cómica que “jugaba” con el público. Ludius (-ii), el actor que hacía lo propio. La misma actitud espiritual del público frente al espectáculo, el «vivir» la ficción, era también parte del juego, tal como lo eran los disfraces, las máscaras y demás caracterizaciones. En el caso de Claudia Hérodier esta situación no le es ajena, pues ella viene de los influjos del teatro por la vía paterna, D. Edmundo Barbero, (actor y director de teatro), español y a quien vi poner en escena obras de Albert Camus. Su capacidad histriónica pervive en toda su obra, instantes diversos de su discurso poético; ha sido capaz de expresar su experiencia emotiva sobre situaciones dramáticas e históricas. Al igual que Asturias, Claudia Hérodier, de posición rebelde, nos transmite en estos diecinueve sonetos una enorme sensibilidad y la condición de vida de este pueblo, la lucha por sobrevivir y una alegría trágica en nuestro trópico. Como el escritor guatemalteco, Claudia Hérodier, escribe dichos sonetos con singular dramatismo y una plástica que a ambos le son comunes.

Esta filiación con la escritura de Asturias, no se suscribe, en mi opinión, con esta obra: «JUGANDO CON ASTURIAS», sino con libros como: «ESTE ES MI GRITO», en donde encontramos bloques de poemas: «EN MEDIO DE LOS CAMPOS DE CADÁVERES», «LABRADOR-ALFARERO» que marcan a su vez una cercanía con la poética de Walt Whitman. Una de las mayores cualidades de la obra de Claudia Hérodier es el lenguaje; sus representaciones adquieren por ella especial valor plástico, ese natural barroquismo que tanto llama la atención en las novelas de Asturias es más que evidente, pero que, Claudia Hérodier lo hace suyo para jugar en su propia cancha con la poesía, a manera de hermanar ambas literaturas: «Ayer y el hoy, fugaces noche y día. / Exequias son. Cambiante mapa humano. / Leños candentes. ¡Mundo soberano! / ¡A volver con remos y con velas, fantasía!»

«La poesía, al mismo tiempo, es juego sagrado y juego festivo.» Según Huizinga, «en su función primitiva de factor de cultura arcaica, la poesía nace en el juego y como juego. Es un juego sagrado, pero dentro de su santidad permanece siempre, sin embargo, en el límite con el esparcimiento, la broma y diversión». (Johann Christoph Friedrich von Schiller. Poesía ingenua y poesía sentimental, Buenos Aires, Editorial Nova, 1965.) La peculiaridad lingüística en este punto resulta sustancial, así lo advierte Giuseppe Bellini, cuando dice en su trabajo: «LA NARRATIVA DE MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS ENTRE MAGIA Y DENUNCIA», cito: «Alejo Carpentier subrayó esta característica, que brota de la necesidad de "nombrar las cosas”. En el mundo en el que el novelista vive todo queda por nombrar, y lo de nombrar las cosas significa tomar conciencia de ellas, y al mismo tiempo crearlas, darse cuenta por fin de las peculiaridades de su propio mundo.» Claudia Hérodier muy acertadamente hace honor a este señalamiento: «Mas como es timonel entre los ojos, / va bogando hacia nuevos desafíos / con sus velas bravías. Misteriosas.»

         Cualquier actividad poética, cualquier técnica literaria, coincide con las características del juego. La cantidad silábica, el ritmo y la rima en el verso; la sintaxis; el sentido figurado; los sentimientos de realce y rigidez, de regocijo y distensión, generalmente, pertenecen a la esfera lúdica. Las reflexiones que de su propio proceso creativo han hecho poetas y escritores así nos lo demuestran. (Flavio Crescenzi) Y así lo demuestra Claudia Hérodier en este poemario: la presencia de su mundo, del mundo, del país nuestro se hace viva, no sólo en cuanto significan los rasgos característicos de la naturaleza salvadoreña y guatemalteca, sino por los problemas humanos que lo caracterizan y que en la poesía de Claudia Hérodier como en la narrativa de Asturias se manifiestan a través del lenguaje, ese lenguaje onomatopéyico y a menudo picaresco.

         Claudia Hérodier es una poeta incisiva y vigorosa en su poética: «Combatir por las cosas es costumbre, / ¿mas quién por uno mismo que combata, / logrando el amo fiel, fiel mansedumbre?» Y, aunque no se crea, hay, también, esa atmósfera quevedesca y ese tremendismo del superrealismo. Este poemario, breve, si se quiere, pero muy intenso es «sugestivo laberinto» en el cual la poeta ha entrado y del cual sale ilesa «jugando» ―dice ella̶― con Asturias, aun en la denuncia. «y así nos deja a todos el desvelo / de moler las mazorcas con el seno / ¡y defender su vida con un diente!» Creo que su poesía, toda, busca la definición de la complejidad espiritual de la gente y del mundo nuestro, de nuestros asolados seres por la precariedad. Claudia Hérodier lanza su voz y siente que, en esta hermanación con Asturias, descubre su propia riqueza, esa personal esencia de un rumbo, el de la luz y los desvalidos de nuestra tierra, el de la historia y su escenario de charcos.

En el imaginario del sonido está la actitud de poeta. A través del silencio conquista la intimidad con la naturaleza: «quema la noche del silencio. Huesos... / Los oye trabajar mi pesadumbre.» El silencio visto aquí como antítesis del sonido puede simbolizar fuerzas antagónicas como la humedad y lo seco, tal como apunta Igor de Gandarias, refiriéndose al «Imaginario musical en la obra

de Miguel Ángel Asturias» Hay estructuras musicales muy singulares que no solo denotan el conocimiento del lenguaje sino el cocimiento de la técnica asturiana, nunca fácil. Claudia Hérodier lo hace de manera magistral como ese juego que juegan nuestros niños descalzos. Si Asturias nos lo dice en voz de Guacamayo: «de la mañana a la tarde de la tarde a la noche de la noche a la mañana»; Claudia lo hace de esta manera: «para comprar el bien que no hace daño, / aquel bien espumoso de mar que bien cabría.» a manera de anillos rítmicos como lo llaman los especialistas.

         Si una de las preocupaciones más patentes en la narrativa de Asturias es «plantear con el mayor realismo y emotividad, a nivel de detalles, como imágenes visuales, las diferentes atmósferas naturales y sociales que sirven de marco a las acciones presentadas», Claudia no pierde ese recurso en su poesía: «Flotan las llamas, baile de la intriga. / Ante los ojos montan la querella, / por ver quién puede más en la fatiga, / de subir en silencio su centella.» O el siguiente terceto, «En la cumbre del fuego un duende bobo, / baila, poseso, en chispas, danzón fiero, / ebrio de luz, del fuego derretido.»  Claudia recurre entre otros procedimientos a la descripción de sonidos, a imágenes de algún modo, cinematográficas, kinestésicas, como es el caso: «Las aves bambolean sus caderas / huyendo del llamado del abismo.»

Lidia Morales Benito de Université libre de Bruxelles. Bélgica, nos dice: «Toda narración ficcional provoca que el lector se abstraiga de su entorno al ser invitado por el texto a participar de una realidad nueva. La literatura lúdica añade a este proceso un artificio pactado entre el escritor y su lector que les permite a ambos adentrarse en una esfera distinta por medio de unas determinadas reglas de juego.» Así la voz de Claudia Hérodier nos invita, nos hace partícipes de este «juego» de turbulencia dramática, una voz que sangra sobre muchas grietas con sus manos de barro sobre la cara. «Los autores lúdicos (cito de nuevo a Lidia Morales Benito, tal el caso de Claudia Hérodier, se sienten altamente atraídos por las peculiaridades y posibilidades de la lengua. La seducción lingüística los invita a jugar con sus constituyentes, reciclándolos y recombinándolos hasta sacarles los entresijos y explorar así sus limitaciones. De este modo, buscan crear una sublengua que les permita plasmar su particular visión del mundo pero que, a su vez, les sirva para modificar los parámetros lógicos de la realidad circundante. Por la misma razón, sus textos rebosan de juegos estructurales y conceptuales.»

Con este libro «JUGANDO CON ASTURIAS» escrito a mediados de 1996, nos encontramos con el desborde creativo mostrado por la poeta para presentar diferentes facetas de la realidad salvadoreña. Un poemario de sonetos de gran calidad artística, centrado en un argumento: lo humano. « Feroz y fulgurante en sus centellas, / blandiendo grandes velas sobre un potro,/ navega pues el hombre sobre tierra.»  Aunque nuestra poeta no se ha decantado por la narrativa como fue el caso de Asturias que escribió poesía: «Sien de Alondra», «Clarivigilia Primaveral», «Ejercicios poéticos en forma de soneto sobre temas de Horacio», etc. Claudia ha sido forjada y su expresión arraigada a la salvadoreñidad. La realidad de El Salvador le ha ofrecido, y todavía le ofrece, abundante material a la ficción lírica y dramática para una radiografía del país de ella y del país de Asturias. Todo en ella es vuelo lírico y delicadeza extraordinarios: y así, «La arruga agrieta el rostro. Ciega. Muda. / En silencio devora las edades. / Se hiela, palidece, llora, suda, / la vida que camina junto al Hades.» Ella dirá que en lo que escapa ama lo que pervive y quizás tenga razón genuina como el fermento de sus palabras.

 

André Cruchaga,

Barataria, 22 de abril de 2023.


martes, 11 de abril de 2023

ANDRÉ CRUCHAGA EN LA RUTA DE TYRESIAS

 

Camino disperso, André Cruchaga.
Prólogo Miguel Veyrat, Sevilla, España.


ANDRÉ CRUCHAGA EN LA RUTA DE TYRESIAS

 

               Aún en caminos dispersos y con el habla no olvidada, el poeta André Cruchaga siempre vivirá la lejanía del Crepúsculo (con mayúscula), la densidad de los mares y la bruma que aparta con las manos para compartir, traduciéndolo, el espesor de los despojos que inflama nuestra desnudez. Con este techo comienza el último libro del profesor y poeta nacido en El Salvador, patria también de los grandes poetas Roque Dalton, Claribel Alegría, Dina Posada o Alberto Masferrer, entre otros muchos que poblaron y pueblan este país donde en la época precolombina existía un importante núcleo indígena conocido como el Señorío de Cuscatlán, que en lengua Náhuat significa ‘lugar de joyas’ o ‘lugar de collares’. Patria de poetas, en suma.

              Joyas arrancadas del suelo de su país nos ofrece André Cruchaga en su puro castellano a pesar de su apellido vasco y su amor por la lengua catalana —su obra es frecuentemente vertida por Pere Bessó—, a la que se añade el francés materno situado en la grafía de su nombre de pila. Este poeta que a menudo sueña con ser Ulises, en realidad escribe como un mar furioso con vocación de catarata que le envuelve, arrebata y sumerge entre la semántica de sus espumas. Las espumas entre las que irremediablemente —como en un destino irreversible nos envuelven—, son sus versos arrebatados por una furia que se debe al instinto irremediablemente humano de autodestrucción, aunque en realidad busque siempre una salida, tal como aquel Ulises maldecido por el anciano Tiresias que sufrió la condena de no regresar jamás a Ítaca, navegando sin rumbo fijo por los ijares de un mar que bulle en carne humana.

              Al leerlo —hace algunos años que sigo su escritura— juro que siempre sobresale en medio de la angustia desnuda ofrecida por sus versos, la calidad del gran profesor de lenguaje obligado a empuñar el arado gramatical impuesto por el deber de la lengua escrita, para romper los pellones de sílabas de arcilla que siente su corazón, sito en la periferia del amor, por los costados del alba a la que cuesta llegar para respirar sin ahogarse uno. Y así volando, buscar una salida.

              André, gran lector desde niño, ha acumulado cientos de sinapsis de neuronas en su lóbulo central que le hacen u obligan a manar metáforas en cascada, lo cual es una fuente de delicias para los sentidos del que lee. Y él lo dice y confiesa a su modo y manera mientras acumula citas de Joyce, de Rimbaud, de Lautréamont, René Char, María Zambrano…   

Apilados en el pecho los espejos rojos del último viento que despierta en medio de las hojas de tinta del cuaderno de los muertos: allí, el barro acumulado en la ternura de las infancias descalzas, la mesa con sus estragos de ojos, salpicada de asfixias. Recuerdo la última noche disuelta en mis manos, mientras asusta el hilo de insomnios en el vacío de los párpados. Al reloj le sucede este silencio, torpe, terrible y ambiguo y los temores de una espera infructuosa.

Mas El poema, al cabo es un suicidio contra el silencio. Y con tal convicción embiste hacia sus senderos de mar, escapando de los límites del confín antes de que huyan de su mirada, para encontrarse fraternalmente con Wittgenstein entre himnos de espuma, en la Dovela Central del Universo… Porque sabe que la escritura recoge el habla desde sus orígenes más remotos para establecer monólogos que giran, luchan y se escuchan o mueren con los vientos sin límite alguno para sembrar de nuevos quejidos a los úteros que hagan latir vida entre sus células. Porque también cree que a veces toda una vida cabe en una sola página de fiebres o en cualquier resoplido de funeraria. Mas A merced de tanto morirme empiezo a soñar con el alba.

Se trata de que en el alba surge, suceda cuanto suceda aquí abajo, aquella luz que a pesar de todo habrán de ratificar solamente las palabras de la madre. Como dejé dicho en mi libro “Fuga Desnuda”: Ahora vamos más adentro todavía, para dudar creciendo: ¿Cómo podría fecundarse un Logos, realizada la seducción del silencio, como matriz para alumbrar poesía?, ¿quizás dividiendo bien el Logos, repartiéndolo por tus entrañas, según la fórmula inmortal de Empédocles? Yo recojo ahora tales pensamientos como brillante flor de cardo entre la grama de este «Camino Disperso», cuyos retazos de estrellas musicales son tan inmunes al paso del tiempo como dispuestos a recomponerse en orden silábico, abandonando ya toda dispersión desde la boca a la pluma del poeta.

Y directamente desde ella, recojan estas burbujas de saliva: Para vivir, algún día, tal vez no sean necesarios los paraguas amortajados del invierno, ni la sangre doliéndome en cada latido, ni un quirófano como una carpintería necesaria. En los brazos abiertos también caben caminos dispersos, sean duros o adustos. Y caben en tu mente, lector. En tu mente, ya transformada traspasada por la fuerza descomunal de la poesía. Aprende a no temer al miedo y recuerda las palabras de Rilke: «Deja que todo suceda: la belleza y el espanto» pues en el último libro de André Cruchaga todo puede suceder. Vaya por último mi abrazo agradecido por el poema «Sangra la herida», que ha tenido la delicadeza de dedicarme.

 

Miguel Veyrat, Sevilla 2023.

Poeta, periodista y traductor español.


miércoles, 1 de marzo de 2023

CANTOS DE MUERTE Y DESESPERANZA, RETABLO DE ORFANDAD Y MUERTE CONFESIONAL EN LA MODERNIDAD DE LA POESÍA DE ALFONSO FAJARDO

«Negro» de Alfonso Fajardo



CANTOS DE MUERTE Y DESESPERANZA,

RETABLO DE ORFANDAD Y MUERTE CONFESIONAL

EN LA MODERNIDAD DE LA POESÍA

DE ALFONSO FAJARDO

 

 

 

 

No hay límites para la melancolía humana

Se cuenta siempre con una piedra para colocar sobre la pirámide

de las lágrimas

Estáis seguros de padecer tanto como una mujer estrangulada

en el momento en que ella sabe que todo ha terminado y desea

acabar

Estáis seguros de que no valdría más ser

ser estrangulado si uno piensa en los cuchillos de las horas que

se acercan

Desde hace tiempo vivo mi último minuto

LOUIS ARAGON

 

 

 

 

En mi haber tengo el poemario «Negro» del poeta Alfonso fajardo, mismo que adquirí en una de esas visitas inusuales que hago al ya desaparecido restaurante y Centro Cultural «Los Tacos de Paco.» El libro en pequeño formato ha reposado en mi biblioteca desde hace varios años. No me sorprende, al menos a mi persona, la extraña riqueza y hondura de la obra de Alfonso Fajardo, así el misterio que envuelven muchos de sus poemas; su drama poético, una antípoda dariana: «Cantos de vida y esperanza»; pero no solo eso, su poesía está signada por los desasosiegos propios de vivir en un país convulsionado consuetudinariamente. La realidad factual está presente en su obra, más allá de otros ángulos que se puedan abordar en dicha obra. Por supuesto que no es una apología a la muerte, sino una genuina experiencia del poeta. El caso es que el autor de «Negro»[i], desde su palabra ciega, nombra noches en páginas agrietadas.

Hay en mi opinión una atmósfera vallejiana, («Trilce»; «España, aparta de mi este cáliz») y, a decir verdad, más que una aproximación a la poética de Octavio Paz; lo que me queda claro es que Alfonso Fajardo construye su poética desde una perspectiva surrealista hispanoamericana y ello le permite ensanchar sus perspectivas poéticas en ese «estado de vacío atiborrado por el dolor», proceso que implica la introspección y el desdoblamiento del yo frente a una realidad descompuesta. Claro que, en esta dicotomía de blanco y negro, hay una huella, los escombros de la muerte de la temporalidad asimilada. En el contexto del surrealismo significa una ruptura «en el nivel de la percepción un descubrimiento de la realidad que se esconde detrás de las apariencias...»[ii]

Ya Apollinaire y lo retomo, decía que «Los poetas no son solamente los hombres de lo bello. Son también y sobre todo los hombres de lo verdadero, en la medida en que les permite penetrar en lo desconocido.»[iii] Coincido con tal apreciación; y agregaría porque ello conlleva la necesaria renovación de la expresión poética, aun con temas como el de la muerte que ha sido abordado por poetas de todos los tiempos y tendencias. El poeta Fajardo reivindica con fuerza el fulgor misericordioso del fuego poético de lo oscuro sin desperdicios ni palabras atropelladas. «Detrás del espejo de la nada danzan los seres entre vahos de aires furtivos», tal sus palabras.

Al respecto del concepto «negro», Diccionario de la lengua española (2001), nos señala varias acepciones adjetivales. Para mi discernimiento, hago acopio de algunas: «Oscuro u oscurecido y deslucido, o que ha perdido o mudado el color que le corresponde, Clandestino, ilegal, Muy sucio, Dicho de ciertos ritos y actividades: Que invocan la ayuda o la presencia del demonio o del poder maligno, Dicho de la novela o del cine: Que se desarrolla en un ambiente criminal y violento, sumamente triste y melancólico, infeliz, infausto y desventurado, etc.»[iv] En mi opinión, tal como lo señala Mariluci Guberman[v], Universidade Federal Do Río de Janeiro, en  «La poética del cuerpo negro en hispanoamérica», A medida que se formaba una ideología y también una ontología, en el entender de Depestre[vi], el concepto de negritud adoptaría distintos significados hasta la siguiente paradoja: formulado para aguzar y alimentar la autoestima de tipos sociales que la esclavitud había reducido a un estado deplorable, esa negritud los evapora en una metafísica somática.

En el caso de la obra «Negro» del poeta Alfonso Fajardo, no encuentro esa noción de negritud antes referida, que caracterice a la obra como tal, pero sí, una forma de envilecimiento y desnaturalización de una realidad del ser humano: «agrietados y macilentos espejos / que vomitan las muecas / de nuestras obligadas sonrisas / y somos payasos y somos insectos…» (Pág.35) Me atrevo a decir que «Negro», bien puede marcar el rumbo de una vanguardia literaria responsable debates sobre la identidad nacional, anclados en la crítica antisistema y marginalidad política, debate que le compete al surrealismo. Esta producción surrealista revela una afectación a la cuestión identitaria, constituyen ejes centrales de reflexión[vii] Al respecto, el poeta nos dice: «porque la ciudad es una ciénaga / bello pantano con olor a caoba / potrero que nos atrae cada vez más / ciudad imán ciudad corrosiones/ donde a cada paso cada vistazo / reyes de la nada en harapos…») Pág. 36)

De lo antes expuesto se desprende que negro es, «símbolo» e «imagen» y se contraponen: como símbolo el poeta nos quiere expresar un sentido complejo y profundo, mientras que, con la imagen, una realidad somera y abarcable. No cabe duda de que negro es símbolo, aquí, de muerte y con ello intenta definir diversas concepciones a la usanza metafísica, si se quiere: negro-muerte: «henchido con el fuego negro / que me da vida / la muerte» En el proceso de elevación de lo negro-muerte, hay una etapa en la que la comparación es directa y hay una visión paralela de lo negro y de la muerte, además de una sacralización de ambos conceptos.

Pero volviendo al paralelo muerte-negro, vemos cómo se produce el acercamiento y fusión a través de algunos poemas. En un principio se produce una imagen secundaria de lo negro, por medio de la cual tiene lugar el acercamiento a la muerte sobre el que flota la rama o barca de la vida: «hacia el agua / del mismo árbol / de donde brotan / de sus terribles raíces / vida y muerte / muerte y vida / espejos continuos en el sendero del ruido…» (Pág. 58)

Según la Psicología del color[viii], el color negro no es primario, secundario o terciario porque, de hecho, el negro no es técnicamente un color y, al igual que ocurre con el blanco, ni siquiera está en la rueda de colores. En realidad, es la absorción de todos los colores, absorbe toda la luz en el espectro de color. Es un símbolo de misterio y también de poder y autoridad. Evidentemente en esta situación referencial, trascendemos el concepto al punto de lo inefable, cuyo significado solo lo alcanzamos a través de la metáfora. Ante esta metáfora el surrealismo rastrea otras maneras de entender la realidad que a través del poema se visualiza. Entorno e individuo protagonizan o pierden su protagonismo hasta invisibilizar su propia conciencia.

Uno de los postulados principales del movimiento surrealista y declarado en el Primer Manifiesto Surrealista (1944) de André Breton, el autor, era la existencia de una segunda realidad, la que no se origina en la realidad ordinaria y empírica. Para Bretón esta «otra realidad» podía ser expresada a través de la liberación de la imaginación y la capacidad de asombro y reconocimiento de lo maravilloso. Para esto, era necesario un retroceso a los años de infancia del hombre[ix] En este punto, «Negro» se enmarca en esa segunda realidad, la intuida; aquella que se percibe a través de la videncia.

Con el surrealismo asistimos a una experiencia literaria ilimitada y éste tiene la forma de abrirla. Apoyándose en los métodos del sicoanálisis freudiano, como la libre asociación de las ideas, su labor crítica sobre los sueños y la experiencia de la incoherencia de los artistas dadaístas (Behar[x]), crea un lenguaje rico en imágenes que son manifestaciones del subconsciente, revelando la presencia de una realidad alterna que necesita ser explorada a través del arte y, especialmente, de la poesía. «Es la lengua del sueño» diría el poeta, o «aquel pasado de barcos de papel / de guerras como sombras lejanas / de bicicletas en vuelo por oscuros follajes / ¿dónde están todos? / amigos del tiempo perdido / las horas viendo el cielo aplastante / y sus figuras como marionetas de dios / fantasmales y arrulladoras / ah aquel pasado en remanso / ah la patria de la infancia / perdida en la bruma de las cosas sin sentido/ ahora la veo entre tinieblas/ entre la niebla de las neuronas oxidadas / en este epicentro del eco / en esta negra habitación de puertas en coma / en mi túnel de fulgores negros / de caminos defecados pasos para nada…» (Pág. 33)

Lo que vemos en la escritura de «Negro» es cierta automatización de la escritura, asociación libre carente de puntuación como nos lo sugiere Freud, una especie de autoexploración del yo; en un texto automático no es el documento en sí, ni su posibilidad de ser interpretado, sino el hecho de constituir un paisaje total, con el clima, los accidentes, las tormentas, las explosiones, de esa zona del espíritu que ningún mecanismo especulativo puede dar a conocer en toda su belleza y violencia primitiva, en su grandeza y esplendor original. [xi] El juego del reflejo del yo espejo facilita la comprensión de la escisión del yo en su doble asignación: el yo contemplador, el yo contemplado. Así, el «Muriendo diariamente», poema Pág. 66, nos puede clarificar o poner en perspectiva lo dicho en líneas anteriores: «Van mis pasos azules / en ciudades de sombras / tropezando con lunas / que amargan el granito / y sus jolgorios de puñales / que danzan en la sangre / como fríos fuegos / de arquitecturas y manos / del sueño más imposible / del hombre más desnudo / que a tientas camina / entre museos de máscaras / por sobre negras aguas / y espinas sonrientes / Es la pintura del sonido / es el vidrio ardiente / que golpea mi ventana / que estalla en mis sienes / con sus podridos lienzos…»

Con la aproximación de realidades distantes que hacían brotar la luz de la imagen, aquello a lo que André Breton se mostraba infinitamente sensible, según reconocía en el Primer Manifiesto, encontraba en la teoría simbólica una justificación plenamente objetiva, resultado del orden cósmico. Con la idea y la creencia en los «puentes verticales» basada en la teoría de las correspondencias místicas de Schneider, Cirlot formula del siguiente modo el principio de la «identificación suficiente»: «Si metáfora o alegoría es la aproximación de dos realidades distantes o la explicación de una realidad sensible por otro objeto sensible, símbolo es la expresión de una realidad inteligible, es decir, profunda, por medio de un objeto sensible; en este sentido, la forma de tal objeto es una explicación.»[xii]

A lo largo de los párrafos anteriores he venido poniendo en relieve el entramado poético de «Negro» de Alfonso Fajardo en el contexto del surrealismo salvadoreño de posguerra. En el libro ya mencionado, podemos encontrar ese componente germinal de lo que será ulteriormente su poética, sino las técnicas empleadas al encarar o imbuirse en el proceso metafórico. Al margen de la ausencia de puntuación en todo el poemario que provoca cierta ruptura y caos sintáctico, característica de la metáfora surrealista según Balakian[xiii] en contraposición al orden sintáctico tradicional, aunque el reemplazo no sea absoluto. Si partimos de que la metáfora se construye a través de nexos comparativos, lo cierto es que en el surrealismo esta situación se elimina o disfraza por el uso de otras formas sintácticas. Veamos: «perdida en la bruma de las cosas sin sentido», «agrietados y macilentos espejos / que vomitan las muecas» aquí hay una espiral con afectación total a la sintaxis.

Asimismo, podemos encontrar en el nivel estructural del poemario, un nivel de progresión formidable y que lo vuelve en una metáfora completa. También el poeta ha optado por el empleo de recurso de la letanía con enumeraciones recurrentes y anafóricas como anhelo de totalidad surrealista. De suyo es conocido que la metáfora surrealista, aun cuando se aborden cotidianidades, no suele resultar familiar, como sugiere Riffaterre[xiv] todo depende si lo expresado es perceptible con la realidad y «si hay una estrecha relación entre las palabras y las cosas.» Este modo de escritura no ha sido lo suficientemente abordado ni comprendido. Tampoco parece incidir en la literatura nacional interrumpida por muchos factores, y ello quizás, solo quizás, explique las dicotomías y la sordera que existe frente a la vanguardia surrealista en El Salvador.

 

 

André Cruchaga,

Barataria, El Salvador, febrero 19 de 2023.

(A diez años de haberse publicado la obra «Negro»)

 



[i] Fajardo, Alfonso. Negro. Laberinto Editorial, El Salvador, 2013. 76p.

[ii] Medina, Raquel. El Surrealismo en la poesía española de posguerra 1939-1950. Visor libros, Madrid, University of Massachusetts, 1997. 199p.

[iii] Larrea, Juan. César Vallejo y el surrealismo. Visor libros, Madrid, 2001. 280p.

[iv] https://www.rae.es/drae2001/negro.

[v] https://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/13/aih_13_3_020.pdf

[vi] Rene Depestre, «Saludo y despedida a la negritud», África en América Latina, España: UNESCO;

Siglo XXI, 1987,

[vii] https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-71812018000200119

[viii] https://www.lavanguardia.com/vivo/psicologia/20220419/8206018/que-significa-color-negro-psicologia-cromatica-nbs.html

[ix]https://repositorio.uchile.cl/bitstream/handle/2250/111489/Pizarro%20Francisca.pdf?sequence=1&isAllowed=y

[x] Behar, Henry (1971). Sobre el teatro dada y surrealista. Barcelona: Barral.

[xi] Pellegrini, Aldo. Antología de la poesía surrealista de lengua francesa. Fabril Editora. Buenos Aires, Argentina.

 [xii] Cirlot, Victoria. El mundo del objeto a la luz del surrealismo. Barcelona, Anthropos, 1986.

[xiii] Balakian, Anna. Surrealism. The road to the absolute. Chicago: University of Chicago Press, 1986.

[xiv] Rifaterre, Michael. Semiotic of Poetry. Bloomington-London, Indiana, 1978.


 

sábado, 4 de febrero de 2023

DE LAS PRECARIEDADES DE UN PAÍS LLAMADO ANDRÉ CRUCHAGA

 

Precariedades, André Cruchaga.
Editorialo Dos Islas


DE LAS PRECARIEDADES DE UN PAÍS

LLAMADO ANDRÉ CRUCHAGA

 

 

Hace más de una década que sigo muy de cerca la poesía del poeta salvadoreño André Cruchaga. Incluso ya he escrito un prólogo para su libro Travesía de la muerte, poemario que proclamaba inscrito en el surrealismo por la manera de desarrollar los temas y la imaginería onírica; pero con técnicas que el propio autor ha ido hilvanando a lo largo de su extensa producción poética.

El surrealismo trata los temas tabús y, entre ellos, la muerte que encontramos en el libro citado y en otros poemarios. Pero en este Precariedades que vamos a abordar la intención de André es bien distinta. Ya lo dice desde el título: «voy a tratar las cuestiones precarias que asolan a mi país».  El poema «Resinas» a mi entender resume desde el principio toda una declaración de intenciones que se desarrollarán a lo largo de este poemario que Cruchaga titula Precariedades:

 

Por si fuera poco, mi oficio no tiene que ver solo

con las palabras y las alas rotas de las mortajas,

sino con ese desvarío de la trementina en pleno bosque.

 

El oficio del poeta André Cruchaga va más allá de la simple estética y ahonda en la ética. Eso sí, sin ignorar los hallazgos expresivos de tantos años y renunciando a cualquier programa político prefijado. De esta manera, se mantiene en la avant garde. De hecho André Bretón define el surrealismo como un movimiento que se alimenta del inconsciente, de la libertad y del amor, sin tener, en principio, un interés estético o moral en sus producciones.

Y hablando de Precariedades, el Diccionario de la RAE establece que la palabra  hace referencia a la situación que viven los trabajadores sujetos a unas condiciones de trabajo por debajo del límite considerado como normal, especialmente cuando los ingresos económicos que se perciben por el trabajo no cubren las necesidades básicas de una persona. Por otra parte, dadas las tremendas crisis económicas y sociales en Europa y el empobrecimiento acelerado de la clase media se afirma que ha surgido una nueva clase social a la que se denomina el precariado. ¿Y qué ocurre, entonces en Centroamérica? No es exactamente a lo que alude el poeta André Cruchaga, sino extiende el significado a ese vivir en precario de toda la población de su país, aunque, eso sí, no hace ninguna alusión a lugares concretos de El Salvador. También se refiere a ese país interior entre el subconsciente y el duermevela.

Así pues, André Cruchaga indaga, ya no en un subconsciente en abstracto, sino en uno colectivo de todo un país; claro está, partiendo del propio de un sujeto lírico que no se deja caer en consignas partidistas, sino que con una expresión irreemplazable, llega a hacer que los poemas consecuentes rocen la llamada poesía comprometida.

En El Salvador, se han tenido poetas de esta índole. Ejemplo de ello es la denominada «Generación Comprometida» que por los años cincuenta inició con poetas latinoamericanos exiliados en el país, como Miguel Ángel Asturias. El seguimiento en el tiempo por poetas como Ítalo López Vallecillos y un segundo grupo que tuvo origen en la Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador con poetas como Roque Dalton, entre otros. La generación comprometida en sus diferentes momentos ha tenido gran influencia en otros grupos literarios en el tiempo, tanto para ahondar en la realidad salvadoreña, como por su interés de renovar la estética y progreso literario. Y, según mi criterio, André Cruchaga es un digno representante. Veamos el poema «Precariedades» que le da título al conjunto:

 

Como el libro de la noche, las precariedades juntas echadas a la tierra de la respiración. Nos duele la piel frente a la turbiedad de las aguas amoratadas por el vértigo. Entre las viejas consignas del alma la boca de cartones y el filo amarillo de las sombras. Siempre hay frío en esta soledad de la sangre, mientras un pez de hierro sostiene las compuertas. Aquí, el cascajo que se siente en los calcañales y entre las manos: se llora por el sinfín cuando ya se han marchitado los ojos.

 

Después de la lectura de este poema me viene a la memoria lo que nos dijo Isaac de Vega, narrador canario miembro del llamado movimiento Fetasiano, una aportación de Canarias a ese realismo mágico hispanoamericano. Le preguntábamos por un cuadro que su amigo Rafael Arozarena le había regalado el día anterior y estaba apoyado a la pared y sin colgar de la alcayata. Con cierta técnica indigenista representaba a un mexicano vestido de blanco apoyado en un muro blanco parduzco. El personaje sesteaba, cubierto su rostro con el típico sombrero charro. El mundo alrededor en llamas. Ante nuestra pregunta don Isaac nos respondió sin que aparentemente viniera a cuento que le gustaría estar en una cárcel para ver mejor la realidad. Se llora sin fin cuando ya se han marchitado los ojos, dice Cruchaga. Y cómo también concluye en el poema antes citado «Si algo pervive en el poema, es la trinchera de claridad/ hacia el prójimo encadenado al calvario del hambre». Ni Isaac de Vega ni Cruchaga hablan de abandono sino de ese cerrar los ojos para ver rilkeano. Cada uno a su manera asumen el mito de la caverna de Platón para observar un mundo caótico. Dice, precisamente nuestro poeta en «Indagación de la caverna» que

 

En dicho claustro el cruce de sueños como un cántaro

dolorido; sube la palabra y desvela su hipnosis

y la hoja de supersticiones,

y la sucesión de infusiones del tiempo.

 

En la novela Fetasa de Isaac de Vega se preconiza una suerte de viaje a la semilla tan como Carpentier o Scott Fitzgerald: no la muerte, sino un des-nacer. En André Cruchaga es la muerte y las causas de estas los leitmotiv de su poemario Precariedades. «Mañana, tal vez, —sobre la piedra del féretro—, el adiós nos muerda con su último resplandor», apunta en el poema «Siempre intemperie».

En «Lenguajes oscuros» André habla de la dificultad de expresar esa realidad que vive, carente de toda humanidad. Esto le afecta no solo al ánimo y al asombro sino a su manera de expresarla. Decía Wittgenstein de la imposibilidad de expresar la realidad, lo mismo Juan de Yepes respecto a la comunicación con Dios. Tanto el poeta místico como Cruchaga optan, por caminos opuestos, por esos lenguajes oscuros para comunicar esas incertidumbres.

 

Hay lenguajes más oscuros que las ventanas al pie del humo.

Uno se acostumbra a beber tanta indigencia alrededor

de los prostíbulos, entretanto se desnuda lo irrisorio; y lo banal,

adquiere categoría de canasta básica.

 

Más adelante, en el poema «Estertor del follaje» dice que

 

En la oscuridad de la escritura,

el susurro y el aullido de algún perro a lo lejos.

 

En la poesía de André Cruchaga (en toda) siempre están presentes esos andamios del absoluto, cuya metáfora tiene como referente el instinto. El instinto de vivir y el instinto de escribir. El poeta no se mueve por una serie de conocimientos previos sino por una experiencia de vivir y también de leer. El poeta argentino Roberto Juarroz decía en una larga entrevista que el poeta ha de guiarse por la intuición (instinto) para construir el poema y el mencionado Juan de Yepes que sin bien saberlo haciéndolo bien. Desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XX los grandes poetas se reafirman en cuando a una verdad referente a la escritura poética: el instinto, la intuición son lo mismo. Y esto lo sabe muy bien nuestro poeta Cruchaga. No hay programas políticos, ni incitación a la rebelión ante el horror, como en los miembros de esa generación de los cincuenta. La muerte, el temor, la barbarie, el silencio, la incertidumbre la injusticia son más que suficientes y más eficaces ante las conciencias de los lectores.  Un lugar en donde Nada es en los diminutos peces de la garganta, nada reptar contra la ponzoña; el insomnio se prolonga como una lenta serpiente y es feroz el imán roto de su himno […] Un lugar donde los pájaros, el cielo azul del cielo siempre babean: ¿esperanza, esperanza continuamente frustrada? Como dice Cruchaga al final del poemario:

 

sin ningún imaginario, sin algo que les cubra su silencio.

esta tormenta de medianoche que embrutece,

al final me quedo con esa sensación de trote o de fracaso.

 

Nadie podría expresarlo mejor que el propio poeta, desde un exilio de la página interior y el furor de la página en blanco en donde funda un país llamado André Cruchaga en contra de ese otro país que su arte poética denuncia y muestra desde lo más hondo del espíritu humano, con desgarro y sapiencia.

Precariedades es un libro de extensión media, compuesto por unos 128 poemas (yo diría fragmentos). En el poemario se alternan poemas en verso libre con otros en prosa poética, sin que ello altere lo más mínimo el ritmo del conjunto. El ritmo y el tono se logran en virtud de varios elementos propios de la poética de André Cruchaga: la progresión ascendente y descendente de las imágenes, muchas de ellas de hechura onírica; la técnica contrapuntística del paréntesis y palabras en cursiva que hacen la función de otras voces, aparte de la del sujeto lírico.

 Ahora les toca a ustedes poner sobre la mesa de la lectura sus propias precariedades.

 

 

Por Antonio Arroyo Silva

Gáldar, 28 de diciembre de 2022.


domingo, 15 de enero de 2023

ANDRÉ CRUCHAGA O LA AUTENTICIDAD DE LA POESÍA COMO UNIVERSO PROPIO

 

Lejanías rotas, André Cruchaga,
El Salvador, América Central



ANDRÉ CRUCHAGA

O LA AUTENTICIDAD DE LA POESÍA COMO UNIVERSO PROPIO

 

 

 

 

Si tuviera que definir la poesía de André Cruchaga con una sola palabra, la llamaría misterio. Cruchaga es uno de esos poetas que, por convicción, construyen mundos y universos propios donde la originalidad, la singularidad y la autenticidad son pilares solidos de su estructura. Estas tres características son a su vez una negación de una forma de entender la poesía como producto de las modas literarias, de las circunstancias que contribuyen al canon y de toda la parafernalia que trae consigo el camino a la inmortalidad. Así, la originalidad tiene relación con la asimilación de la tradición para ofrecer un producto novedoso; la singularidad va más allá e implica la elaboración de códigos (lingüísticos y semánticos) propios; mientras que la autenticidad constituye una visión ética en donde el desgarramiento interno del poeta se encuentra en detrimento de la pulcritud del poema. Como Lezama Lima en el barroco, como Fernando Pessoa y su universo de heterónimos, como Vicente Huidobro y su creacionismo, como César Vallejo y sus cristos del pecho o el mismo André Bretón con sus manifiestos, Cruchaga ha construido a lo largo de los años un universo que se reconoce a sí mismo gracias al lenguaje, piedra angular del espacio-tiempo de su  poesía.

Autodefinido como poeta surrealista, Cruchaga le imprime al lenguaje todas las técnicas de la vanguardia del siglo XX: la escritura automática, lo onírico, lo maravilloso, la imagen visionaria, la locura y el oxímoron, todas esas técnicas perfectamente asimiladas y puestas en función de su universo. Cuando en El Salvador se escriba la historiografía literaria del surrealismo, André tendrá un espacio privilegiado en ese jardín. En efecto, son pocos los poetas que en El Salvador se atrevieron a explorar las aguas profundas del surrealismo, entre ellos podríamos mencionar al Roque Dalton de Los Pequeños Infiernos, a Rolando Costa, a Alfonso Kijadurías y a dos o tres poetas contemporáneos más. La lista es corta en un país cuya poesía se dejó llevar por la gran ola del coloquialismo de la emergencia. En El Salvador, tradicionalmente el ejercicio de este tipo de escritura no ha sido bien recibida, pues se ha considerado como metafísica, retórica y alejada de la realidad social del país. Legendaria es la crítica de José Roberto Cea sobre Roque Dalton, que se encuentra en la Antología general de la poesía en El Salvador, en donde manifiesta que “una zona surrealista ha enriquecido su expresión: aunque ésta, en ciertos poemas, nos parece pura retórica; demasiadas palabras, palabroso, mucha literatura en su poesía”. Quienes han realizado este tipo de afirmaciones ignoran u olvidan que el surrealismo tuvo un fuerte componente político-ideológico en su apogeo: famosos son los escritos de André Bretón de 1925 sobre el acercamiento del movimiento surrealista a la política, su editorial Por qué me hago cargo de la revolución surrealista; y luego su reseña al libro de Trotsky sobre Lenin, unidos a un editorial anterior escrito conjuntamente con Louis Aragon y Victor Crastre llamado ¡Revolución hoy y siempre! son los detonantes de la iniciación del surrealismo en la política internacional. Sin necesidad de profundizar en los postulados políticos de los surrealistas, está claro que el surrealismo tuvo en su momento un fuerte matiz político-ideológico, y por ello hoy en día resulta inverosímil que muchos críticos o comentaristas relacionen al surrealismo con formas evasivas de hacer literatura, esas afirmaciones solo demuestran la ignorancia acerca de la historia del movimiento surrealista. Creo que esta referencia historiográfica del surrealismo era necesaria pues, como repito, André Cruchaga se autodefine como poeta surrealista, y como tal, conoce muy bien la historia no lineal del movimiento, aplicando a su poesía no solo las técnicas o recursos meramente literarios, sino también sus más febriles cosmovisiones. Y es aquí cuando empiezo a referirme Lejanías rotas, el nuevo libro que nos regala el poeta surrealista André Cruchaga.

En Lejanías rotas acudimos a un crisol en donde se funden varias temáticas que nacen de la vida cotidiana para ofrecernos mosaicos de la vida interior del poeta, pero también de la vida exterior. Así, Cruchaga aprovecha cualquier aspecto de la cotidianidad para desnudarse en la palabra y ofrecernos sus pensamientos sobre su vida y la vida que lo rodea. Puede ser la presencia de un tren o la estancia en un lugar específico, no importa la pintura cotidiana que el poeta tenga enfrente, lo cierto es que a partir de allí surgirán las cavilaciones armoniosas que, matizadas con un lenguaje embellecido por las técnicas surrealistas, son transformados en poemas de gran factura literaria. Sin ser un libro de poesía de viaje, Cruchaga utiliza los lugares que habita como una perfecta excusa para soltar el torbellino del lenguaje, allí encontramos Cow Creek, David Community Park, Swerwood Park o Marylhurst, entre otros. Lugares reales que son fuente de cavilaciones donde las temáticas como la soledad, lo erótico, la muerte, el ansia, el hastío, el desencanto, y el país, son parte de sus giros gravitacionales en torno al fuego de la palabra.

Desde el epígrafe de Saint-John Perse, que es toda una declaración de principios en torno al tipo de poesía que elije escribir, pasando por todas las imágenes centelleantes de los poemas, André Cruchaga se mantiene fiel a esa originalidad, a esa singularidad y a esa autenticidad que siempre lo ha caracterizado. Son esas características las que lo han llevado a ser considerado como un poeta, hasta cierto punto, hermético, oscuro. Es en este punto en el que se debe recordar lo que Lezama Lima, uno de los poetas más herméticos por el excelencia, escribió: “No empezar con la tontería de lo que se comprende y lo que no se asimila, con la vieja monserga arrinconada de lo oscuro y lo claro, con el imperativo tema de lo fácil y lo difícil”, mientras que en un ensayo del libro “La expresión americana”, el poeta empieza su libro con la ya famosa frase “Sólo lo difícil es estimulante; solo la resistencia que nos reta, es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento…”. Nadie mejor que Lezama define la supuesta oscuridad que subyace en un texto determinado, y es que, en realidad, tal oscuridad no existe en el poema, pues este sobrevive y se reconoce a sí mismo pese a las etiquetas que puedan atribuirse a un autor.

En un magistral diálogo entre los poetas David Huerta y Alfonso Alegre Heitzmann, publicado en la revista Letras Libres el 4 de noviembre de 2004, este último, refiriéndose a la etiqueta de “poeta oscuro” que le adjudicaban al José Gorostiza de “Muerte sin fin”, escribió lo siguiente: La pretensión de la razón discursiva de explicar —o explicarse— la poesía lleva en sí una contradicción en los términos, pues, como Maurice Blanchot señaló con lucidez, “lo que el poema significa coincide exactamente con lo que es”. El poema se escribe desde su propia exigencia inmanente, sus palabras no son para el poeta ni intercambiables, ni traducibles, ni tampoco “oscuras” o “claras”; responden a una necesidad interna de la propia creación. El poeta no busca ser difícil o sencillo, sino fiel a esa exigencia del poema en el que está inmerso. Y es ahí donde está la dificultad, o la oscuridad: en el proceso. Con estas referencias quiero demostrar que no existe tal oscuridad cuando el poeta es auténtico, toda vez que dentro de la neblina de la palabra se encuentra el sol de los descubrimientos. Por supuesto, la poesía tiene sus propios códigos inmanentes y sus recursos retóricos que la alejan del balbuceo, sin los cuales un pensamiento puede ser cualquier cosa, menos poesía. Cruchaga conoce estos laberintos, y por eso en su poesía hay numerosas referencias intertextuales sobre el quehacer poético, como en el caso del poema “Goteo del espejo”, donde precisamente hace una referencia a “Muerte sin fin”, de Gorostiza.

André Cruchaga domina, no solo los recursos de la retórica poética, sino también el arte de la autenticidad, pues a pesar del borbotón de imágenes y metáforas, en su poesía se identifican claramente las principales preocupaciones del poeta en la época que le ha tocado vivir. Así pues, nos referíamos a temáticas como la soledad, la muerte y el desencanto, pero también quisiera detenerme en la temática del país, pues se encuentra como si fuera un eje transversal en Lejanías rotas. En efecto, las vicisitudes coyunturales de El Salvador se identifican dentro de esa cascada de imágenes sucesivas, ya sea mediante la breve alusión o la clara referencia:

En el espejo, la memoria y en esa voz que por ventura, nunca culmina,

sino en la fosa del alfabeto del país del más allá.

                                               (Espera tardía)

Es difícil imaginar un pájaro en un país que se derrite

a martillazos y que vive entre hojas y costuras desasidas.

(Ventana rota)

El mal no necesita de muletas para romper nuestros sentidos,

ni un vaso de agua para saciar la aridez del país.

(Alrededor del día)

Aquí nos perturba un país irreconocible, un país por reconstruir

                                               (Delirio del fuego)

El país es un techo que de a poco va cayendo en una fosa

Seguramente mis ojos no bastan para reconstruirlo.

                                               (Intoxicación)

De este eje transversal me quedo con los siguientes versos: “Sí, una y otra vez, los imaginarios de un país fatal, la destrucción / que nunca apela a la cordura, solo el abismo del absoluto”, versos que son una crítica a los absolutismos políticos que creen que con ellos se refunda todo. “La vida es un poco esa Comedia humana de las turbulencias infinitas, una indigestión que huele a escombros, o un perfume de pesadillas que incendian el horizonte. Siempre nos resulta atroz esta fiesta suicidio del idilio”, escribe quien seguramente está firmemente convencido que la total ausencia de memoria histórica produce esas turbulencias infinitas. Sirvan los versos anteriores, también, para demostrar que el surrealismo no solo se trata de un reflejo de lo onírico ni de una edificación verbal pletórica de imágenes vacías. El surrealismo de Cruchaga está, por el contrario, afincado en la realidad y es a partir de ella que el poeta se desangra, independientemente de que se trate del país o de un desgarramiento interior.

Cruchaga sabe perfectamente lo duro que significa ser poeta en un país como El Salvador, y más si se es un poeta alejado de los facilismos literarios. El poeta asume ese riesgo y se tira a bucear en las profundas aguas del lenguaje. Como Baudelaire, utiliza el poema en prosa en muchos de sus textos, y es que el poema en prosa se presta mucho al desbordamiento no solo de imágenes, sino también de requerimientos internos. En su poema Resignación, por ejemplo, encontramos la suma de sus preocupaciones. Aquí, en el murmullo de la palabra, está el país, pero también la palabra es como el sonido del río entre las piedras: tiene una musicalidad propia, inherente. El poeta se resigna frente a la podredumbre que encuentra, pero el poeta también es protagonista de su propia tristeza: “Hoy, sobre el libro de piedra de los cementerios, enterré al muerto que llevo dentro: en mis hombros pesa el tiempo marchito y el sol ahuecado de mi infancia y los retoños que fui encontrando en el camino”. La verdadera patria del hombre es la infancia, decía Rilke, y por eso esa patria siempre se encuentra presente en todo poeta, y en Lejanías rotas esta patria la encontramos a cada momento. Pero también el dolor se encuentra orbitando desde el centro de la poesía de Cruchaga: “Días de ciénaga caen en mis ojos con latigazos de lava; luego descienden como lupanares de niebla y muerden este drama de ser solo paradoja”. La vida es precisamente ese drama de ser solo paradoja, la eterna batalla de estar vivo, la incertidumbre de todo y la certidumbre de que los sueños, sueños son y, por tanto, no hay que despertar porque todo, absolutamente todo, es asfixia. Con precisión aforística, André nos lanza verdaderos relámpagos verbales que son espejo de sí mismo: “Siempre la soledad nos pierde en su rotundidad de herida: muda la tierra en lo remoto. En esta prolongada avidez, muere y vive el relámpago de la noche…”. En Lejanías rotas impera un tono existencial que frecuentemente cae en la desesperación, en esa resignación frente a todo y todos, una visión en donde impera la neblina y la sombra, como en el poema que le da título al libro, donde nada “parece próximo a la luz, salvo el sustento de un páramo”. En poesía todo está dicho, se suele afirmar, y solo la manera novedosa en que decimos algo puede otorgarle un valor estético a la obra. La vida, con todos sus bemoles y como tema universal, es parte del universo de Cruchaga: “No sé si existo, o solo es la cripta de fríos cercanos la que da pie a los oficios irrenunciables de la noche”, ese es el mantra de cualquier poeta, caerse rendido, en mitad de la noche, al oficio irrenunciable de la palabra. 

Afirmaba al inicio que Lejanías rotas tiene un poco de la poesía de viaje, pero los lugares en realidad son un telón de fondo, un detonante de la nostalgia que está en todo lugar. El poeta está lejos, quizá lejos de su casa, lejos de sí mismo, pero al mismo tiempo cerca, es un sinlugar donde lo único omnipresente es la nostalgia, lejos de todo y rodeado de nada, es una lejanía rota porque la distancia provoca todas esas rupturas internas, toda esa saudade sobre sí mismo, sobre la soledad, sobre el pasado, el presente oscuro y el futuro incierto, sobre el país, sobre la poesía. Es el nihilismo del desasosiego el que pulula en Lejanías rotas, es el sobreabundante vacío que nos rodea en un mundo moderno atiborrado de ligerezas.

Más allá del merecido sitial que tiene André Cruchaga en la poesía surrealista salvadoreña y centroamericana, cuando se escriba la historiografía literaria de la poesía del siglo XXI en El Salvador, el nombre de André Cruchaga aparecerá destacado por varios motivos: por sus numerosas publicaciones y traducciones, por su reconocimiento internacional en círculos de conocedores, por su exigencia al lector, pero sobre todo, por su autenticidad en insistir en la escritura de una poesía que es un torbellino de imágenes, una autenticidad que no es otra cosa que arar en el desierto, en el desierto de un país lejano, roto, abandonado de sí mismo.

 

 

Alfonso Fajardo

Ciudad Merliot, El Salvador

2 de diciembre de 2022