miércoles, 3 de mayo de 2023

CLAUDIA HÉRODIER EN «ESTE ES MI GRITO» COMO REALIDAD DETONANTE Y PARADÓJICA: VIAJE HACIA UN PAÍS DE MÁSCARAS Y ESPEJOS.

 

Claudia Hérodier, poeta salvadoreña



CLAUDIA HÉRODIER EN «ESTE ES MI GRITO» COMO REALIDAD DETONANTE Y PARADÓJICA:

VIAJE HACIA UN PAÍS DE MÁSCARAS Y ESPEJOS.

 

 

 

El que comprende se acerca a la obra con una visión del mundo propia y ya formada,

con su punto de vista, desde sus posiciones… El que comprende no debe exceptuar la posibilidad de un cambio o incluso un rechazo a sus propios puntos de vista preformados y de las posturas anteriores. En el acto de la comprensión se lleva a cabo una lucha, cuyo resultado es un cambio y un enriquecimiento mutuo.

MIJAÍL BATJÍN

 

Y todo eso es un exterior

que forma parte de tu interior.

Sólo la muerte puede poner allí un cristal

-Piedra sin brillo, pero transparente en el corazón

y ese diamante de aire sangra en ti, y toma tu peso.

JEAN-PIERRE DUPREY

 

 

Claudia Hérodier[1] (1950), nos trae a través de la Editorial Delgado de la Universidad Dr. José Matías Delgado, su libro «Este es mi grito»[2]. Libro en el que condensa toda su visión sobre un país desgarrante y, a su vez, de grandes desafíos en institucionalidad y democracia. Su libro es luz de nuestro trópico, tiempo y memoria vividos y evocados, sin tachaduras ni erratas, un almanaque donde se proyecta un país, invernal, geométrico y críptico. Sin duda el panorama crítico edificante en El Salvador no es nada halagüeño; nunca ha tratado de dilucidar la cuestión poética salvadoreña y los pocos estudios que hay se han fraguado sobre cimentos vagos y superficiales. Es recurrente la clasificación de «poesía comprometida» y referirla a un mínimo de poetas, y no ha dejado espacio para clarificar otras tendencias que no sean o se correspondan estrictamente con la vanguardia política, aun cuando dentro de ella, se perciben claras visiones de diversos ismos como el existencialismo, dadaísmo, surrealismo.

La vanguardia en nuestro país desde los influjos de la vanguardia europea y, más adelante la de América, no es por cierto un fenómeno aislado, ni carente de realidad dado el contexto en que se da, se trata de darle voz a nuestros países desde la literatura y en particular de la poesía. Hay aspectos que por descuido más que por desconocimiento han sido soslayados o desenfocados por la superficialidad con que se abordan: los críticos, los académicos, no han estado a la altura. Es un terreno árido. A Claudia Hérodier habría que abordarla en relación con otros poetas de su generación, relaciones definidas por la convivencia de ideales políticos, ideológicos, estéticos y sobre todo los afanes de renovación literaria poética en relación con su tiempo. En nuestro país a cada minuto surge un poeta y que luego confluyen en «generaciones poéticas» Supongo que esto tiene que ver con el bautizo que hizo Don Ángel Balbuena Prat, al designar a un grupo de poetas «Generación del 27.» Por supuesto hay otros grupos nominados en «Generaciones» Con los versos de Claudia Hérodier, estamos en otra época, pero con una visión de futuro; en cambio, la mayoría de los poetas son solo de transición. Muchos se han decantado por hacer únicamente historiografía literaria. A la poesía hay que devolverle su función de creadora de imágenes. El poeta, el artista, debe crear una obra ni ajena ni antagónica a su tiempo, a la historia y sus concomitancias, el tiempo debe ser percibido y habitado por el poeta, tal como lo plantea Cortázar[3] en la voz de Morelli.

En un ensayo de Alfonso Velis Tobar[4], intitulado: «Sobre los orígenes y formación de las “vanguardias literarias” en El salvador, Centroamérica», del cual André Cruchaga fue el mediador para un libro (2013) que estaba preparando Floriano Martin, «Vanguardias literarias” en El salvador, Centroamérica», se repite la historia, hace una interesante sinopsis del surgimiento del vanguardismo. Digamos, dice Velis Tobar, «que los vanguardismos literarios aquí en El Salvador han tenido según las generaciones hasta hoy, rasgos de esos “ismos” como, el surrealismo, el existencialismo, el exteriorismo, más que todo en la poética, la narrativa, también ha prevalecido esa vanguardia del realismo crítico, del realismo social, o realismo socialista y del “Absurdo”, y en el fondo cierta tradición lirica en el lenguaje. Como en los poetas de la llamada “Generación Comprometida” (1950), rompen, protestan enérgicamente.» También es significativo en la poesía el «Grupo Piedra y Siglo.» Y otros que a la postre han tenido vida efímera.

Ya sabemos que su nacimiento se asocia con la ferviente oposición de la sociedad de artistas europeos hacia el sistema burgués imperante en la Europa del siglo XIX.  En realidad, no estamos seguros de que en nuestros países se haya dado una verdadera Revolution Surréaliste. La poesía de vanguardia está ligada en El Salvador a la dictadura de Martínez; de la década del 40 en adelante a la época actual existe cierta pervivencia del surrealismo más como accidente que como algo pensado, en particular; y, la vanguardia en general. No ha existido un movimiento como tal, y tampoco podemos constatar que los poetas desde esa época al presente dirijan su poética alrededor de la teoría de lo inconsciente y de lo irracional como medio para cambiar la vida, la sociedad, el arte y el hombre por medio de la revolución. Esto es importante en tanto referente de una poesía contestataria derivada de las circunstancias sociopolíticas y económicas (realismo social), pero no necesariamente encaja con el surrealismo, sin que ello signifique evasión de la realidad.

El vanguardismo en Latinoamérica buscaba generar una identidad nueva en la forma de expresar el arte, producto de la incertidumbre y crisis económica que dejaba la posguerra. Pretendía manifestar los procesos psicológicos y las inquietudes que experimentaban los artistas de la época en cuanto a su lugar dentro de la sociedad. En este punto, Panorama de la Literatura Salvadoreña de don Luis Gallegos Valdés, Estudios sobre poesía, de Matilde Elena López, Antología General de la poesía en El Salvador, (antología poética) de José Roberto Cea y otras micro antologías que se han publicado, constituyen importantes aportes, pero dejan de lado el surrealismo; no parecen producto de una exploración completa y nueva. Lo que tenemos en muchos casos es un romanticismo metafísico fuertemente imbuido, hay que señalarlo, de elementos tomados del coloquialismo.

Tampoco lo hace el Dr. Ricardo Roque Baldovinos[5] en sus diversos trabajos, en especial «La rebelión de los sentidos. Arte y revolución durante la modernización autoritaria en El Salvador.» Aborda, aristas del arte nuestro como «Poesía revolucionaria y vanguardia», pero no hay un apartado donde se aborde con especificidad el surrealismo en El Salvador. ¿Ha habido algún tipo de experimentación en el campo de la poesía? Sin duda que sí, pero no en la especificidad que nos ocupa: reivindicación de la renovación de la expresión poética, de los temas como la superación de la poesía contestataria y el panfleto. Sin embargo, Giuseppe Bellini[6], respecto de El Salvador expresa: en El Salvador, la poesía continúa en la huella del Modernismo y luego pasa a la interpretación   localista e intimista, hasta llegar al nerudismo del «Grupo Octubre», que capitanea, hacia 1940, el nicaragüense Juan Felipe Toruno. La rebelión contra el academicismo y el conformismo la realizan en la poesía salvadoreña, hacia final de los años 60, poetas como Roque Dalton (1935), Manlio Argueta (1936) y Roberto Armijo (1937). Sin dejar fuera A Alfonso Quijadurías con «Los estados sobrenaturales y otros poemas», (San Salvador, 1971) y José María Cuéllar (1942).

Ya para adentrarnos a nuestro cometido, es importante señalar que la poesía de Claudia Hérodier, sobresaliente, el sentimiento entrevisto es todo un mundo poético creado; la realización de su poesía es perfecta y a veces intimada esa eclosión de imágenes y metáforas vívidas que canaliza a través del verso libre desde sus orígenes y utilizado por la autora en este libro, está vinculado a autores que han participado más abiertamente en las tentativas vanguardistas del ultraísmo, del creacionismo o del surrealismo. La estética surrealista parte de una peculiar concepción de la realidad artística que, tratada de una manera estéticamente adecuada, dará nacimiento a la obra de arte, sea en el campo de la plástica sea en el de la literatura. Ese sentimiento de lo sublime del verso bíblico se traslada a «Este es mi grito.» Esta concepción de la materia estética se basa en la identificación entre lo bello y lo maravilloso. Para Breton lo maravilloso es siempre bello y no hay nada fuera de lo maravilloso que sea bello. Y aunque no hay nada que exprese manifestación contraria en tal sentido, de muchas observaciones hechas por Breton en los Manifiestos y en el resto de su obra podemos deducir que para él lo maravilloso era, a su vez, identificable con lo insólito, lo extraño, lo inesperado, lo fuera de lo común. Encontramos un efecto de conmoción frente a lo sublime de su poesía. Los surrealistas emprenden en busca de lo maravilloso una exploración fascinante, que los lleva fuera de la realidad circundante, objetiva y concreta. Tal viaje desemboca en el descubrimiento de una superrealidad más allá de la realidad que nos rodea diariamente; se trata, en realidad, de un procedimiento psíquico, porque más allá de lo circundante, de lo cotidiano, existe una superrealidad, maravillosa, bella, y cuya naturaleza es puramente mental, una realidad absoluta, fuente primaria de todo arte.

Entre los procedimientos estilísticos surrealistas ocupa la posición central la «escritura automática», (que no necesariamente debe primar en la obra) proclamada como definición esencial en el Manifiesto de 1924 que para Breton es realizable. En cuanto a la recepción del texto, el famoso «automatismo psíquico» puro no importa, y sobre todo no importa la pureza: lo que importa son los efectismos que produce el estilo automático, que resulte éste de un estado inconsciente o de una expresión hecha adrede. Cualquier automatismo, como por ejemplo las yuxtaposiciones lexicales incompatibles, la sintaxis liberada de normas lógicas, la libre asociación de palabras, etc., será igual y tendrá el mismo efecto, sea o no producto de mecanismos inconscientes. La conciencia poética de Claudia Hérodier enlaza perfectamente con la de Walt Whitman y hasta me atrevería a decir con Ezra Pound y T.S.Eliot[7] con su «Tierra Baldía[8]» por su carácter anticipatorio en un país babélico y kafkiano, y a la construcción del verso y a la pasión por el lenguaje sin desequilibrio y su talante intensamente realista, de modernidad paradójica. Claudia Hérodier inicia con «Este es mi grito» una tentativa poética que trata de romper con lo tópicamente poético. Esta tentativa es afín al surrealismo, si se lo entiendo como ausencia del control ejercido por la razón. Pero esta tesis que propongo en cuanto a la poesía de Hérodier contenida en «Este es mi grito» va signada por el mundo personal y la íntima expresión de la poeta. Su voz se rebela frente a las condiciones de pobreza, marginalidad y en ello revela su total desnudez moral y política. No cabe duda de que la realidad imperante desde que el país es República en una realidad en permanente actualización. El «Yo poético», se convierte dialécticamente en «Yo histórico», tal como explica Héctor Samour[9]. Los seres humanos han sido arrancados de su tierra para pulir la nostalgia con hachazos, «Hermanos de este Cristo tan hecho a la medida de tus clavos», proclama la poeta en su poema América. La realidad poética salvadoreña en realidad no dista de otras poéticas latinoamericanas. Para el caso la llamada poesía social de la heterodoxia surrealista entendía el quehacer poético como un trabajo de percepción y de representación de la realidad desde la objetividad, aunque en la misma hubiese elementos subjetivos concomitantes. La única misión del lenguaje era representar la realidad tal cual. La poesía entonces era considerada como mimesis de la realidad con lo que la palabra era compromiso social y un compromiso político[10].  Veamos un fragmento de la poeta «la deuda»: «Mi lluvia arrastró mi plato por el arroz. / Y el arroz cobró la deuda / de los frijoles y del queso. / El pequeño extendió su mano. / Penetró mi costado. / ¡Cesaron las pulsaciones!»

Algo parecido ocurre con la supremacía de la imagen o metáfora (las vanguardias prefieren el término "imagen" a "metáfora"), característica tomada de la estética surrealista y elaborada de un modo particular por Federico García Lorca. La imagen se convierte en el instrumento que aproxima la antinomia realidad-sueño: «La imagen es una creación pura del espíritu. La imagen no puede nacer de una comparación, sino del acercamiento de dos realidades más o menos lejanas. Cuanto más lejanas y justas sean las concomitancias de las dos realidades objeto de aproximación, más fuerte será la imagen, más fuerza emotiva y más realidad poética tendrá…» (Bretón). «Este es mi grito» no es el grito al que estamos acostumbrados a escuchar en la calle o el barrio, sino la voz alzada, la palabra encumbrada de atalaya como realidad detonante y paradójica: es un viaje hacia un país de máscaras y espejos. Sus poemas parten de la realidad de su experiencia personal, no de una visión poética de la experiencia personal porque son dos situaciones diferentes. Lo primero implica la validez de una experiencia real que el lector percibe y valora como auténtica. La segunda parte de «de este es mi grito» es vital, diría la médula. La poeta la ha intitulado: «En medio de los campos de cadáveres»; dentro de dicho apartado, el poema, «¡Ah, la vida de mi país!»: «No. No es nacer. / Ni siquiera dormir. / Es soñar. Inquirir. Preguntar. / No llegar hacia la puerta. / Ni siquiera abrir una ventana. / No. No es nacer. / Es gemir. Llorar. Apenas sonreír. / Y seguir y seguir y seguir… / Llorar. Gemir. Tragar. Callar. / Esputar la sangre. / Morir.»

En la nueva realidad que propone el surrealismo y revelada por la imaginación e inspiración poéticas, rigen otras normas, otros postulados, allí gobiernan las emociones más puras: «Se trata de una realidad distinta, dar un salto a mundos de emociones vírgenes, teñir los poemas de un sentimiento planetario. Evasión de la realidad (que en modo alguno significa ignorarse, ni dejar de comprometerse) por el camino del sueño, por el camino del subconsciente, por el camino que dicte un hecho insólito que regale la inspiración.» En la poesía surrealista destaca el problema de la doble visión de la realidad poética: «primeramente nos topamos con una visión plástica de carácter onírico y, en un plano más profundo, se halla el mundo de los símbolos, que ordena el caos aparente de la primera visión.» «En el remolino de las sombras disparos / se escuchan por doquier y sin nombre; / Y sin una voz detrás que nos diga: yo he sido.» La poeta se transforma en profética y a la vez denunciante, esencia de sí misma. Su línea argumental es la protesta ante quienes ejercen la violencia con descaro, frente a gente compungida por el horror. El tono del poema avanza en esa lógica poética que se impone a la existencia. Es a partir de «Este es mi grito» que Claudia Hérodier alcanza su madurez en el discurso poético, no distante del mismo tono de Pedro Geoffroy Rivas[11]. Si la protesta, la denuncia, la inconformidad social, la falta de libertades son la constante imagen de su poesía y es la causa del amor al país, este se mantiene inquebrantable y, por cierto, genuino, verdadero. Pese a todo el desarraigo social observado por la poeta es incapaz de sucumbir al odio, sin dramatismos dantescos. Quizás el poema de «Pie» nos confirme lo expresado: «Yo no me vendo, historia de mi mundo. / No soy mercader de mi especie. / Sé de antemano lo que va a suceder / y aquí estoy, de pie, esperando…»  «¡Ah, País!» Es otro poema que nos deja ese sabor agridulce de su cosmovisión del terruño: … «¡Ah, País! De estafa en estafa / van creciendo/ los pergaminos. ¡Y qué polilla se atreviera / a devorarlos!» Aquí hay elementos perdurables de la realidad político social en la obra de la poeta, elementos que trascienden al presente. Al acentuar la conciencia del paso del tiempo, la relación poeta y sociedad, poeta-país se hace más evidente y, entonces, adquiere inevitablemente un sesgo personal. «La meta de la poesía es el descubrimiento de la universalidad que está debajo o detrás de los elementos circunstanciales de la experiencia individual…Debajo de la apariencia estética yace una verdad ética».

El país adquiere en la obra de Hérodier un valor simbólico contrario al Paraíso. San Salvador es por consiguiente el lugar del «malestar y el vómito», que se identifica con la tierra, con la sociedad y todo cuanto ésta implica. «Serena justicia», «Techos del tiempo», «Chacales escondidos», muestran distintas vistas del país, aunque siga siendo el mismo escenario del libro y ese País que vemos morir cada día. Según nos explica Manuel Antonio Arango[12], el uso de los sueños y la visión onírica y lo que reflejaba en el mundo poético y a nivel de ideas: «La transformación de ideas latentes del sueño en el contenido manifiesto es muy importante, porque el sueño no parte jamás como nada que no sea digno de ocupar el pensamiento sereno. La analogía, o la coincidencia, son aceptadas por su mecanismo de elaboración del sueño, el cual sirve de punto de apoyo para la condensación, reuniendo todo esto que señale la coincidencia. Lo bien fundado del contenido onírico proviene de la percepción del sueño y su función es por consiguiente la de ordenar los componentes para formar un todo, una composición onírica.». Por su parte Martha Canfield[13], «Poesía onírica y sueños contados en la obra de Álvaro Mutis.» Expresa que en el espacio del sueño se produce la obra alquímica de transformación de los materiales de desecho de la existencia en el oro puro de la poesía. En síntesis, el sueño y la vigilia son dos mundos separados, aunque estrechamente conectados, tanto que uno remite al otro; y el acto poético nace de la transformación de los materiales existenciales residuales, operación posible en el ámbito del sueño.

La poesía de Claudia Hérodier constituye en mi opinión una infusión de adormideras que no de lirios, caso del poema famoso de William Blake[14], cuyo símbolo de pureza, lealtad y poder, no me parece que aplique a un país como El Salvador. Sí destaca profusamente el tema de la muerte. Para E. S. Speratti[15], el tema de la muerte (si bien ha sido abordado por la poesía de todos los tiempos) abordarla desde el surrealismo implica: descodificar la frustración que destruye proyectos y deseos, ya sea por causas externas o basadas en la raíz más íntima del personaje. El poeta se mueve al margen de un mundo hostil, marcados por la frustración y la muerte (no sólo física). El concepto de la evasión según nos lo explica Paul Ilie[16], consiste en un entramado básico de asociaciones, muy específicas casi naturalistas, que parece dislocada de la realidad a causa de las imágenes ilógicas que evocan. La imagen se convierte en un centro de desequilibrio entre la realidad y la fantasía.

Es importante destacar la dislocación asociativa como técnica surrealista, porque ella permite la subversión de las secuencias realistas de las imágenes, los conceptos. En el surrealismo se expresa lo inexpresable. Para «los surrealistas el poeta es poeta- revelador, el poeta profeta, y su función es presenciar y recrear en palabras una nueva ordenación de la realidad.» El poema, a fin de cuentas, es la disgregación voluntaria del ser. Por eso la devoción de la imagen surrealista porque borra todas las fronteras de la lógica. Según Carlos Marcial de Onís[17], «en la imagen surrealista el pasado se confunde con el presente y el porvenir, alguien puede ser diversas personas u objetos a la vez. Los objetos pueden reducirse de tamaño y parecer diminutos o bien adquirir proporciones desmesuradas. Se puede vivir bajo el agua, o encima de una nube, o flotando en el aire. Se producen en la fantasía onírica las transformaciones o metamorfosis más imposibles y los objetos, personas o animales pueden tener propiedades de las que carecen en realidad.» La poesía de Hérodier es no solo una vocación probada sino una condición consustancial de su existencia. Esta poeta me recuerda a Baudelaire[18] al entender la misión del poeta como satánica; el tú al cual escribe es su propio demonio como lo expresa Aurora Suárez Rodríguez de la Universidad de León, España. Tiempo y memoria se conjugan perfectamente en su poesía. La época de Claudia Hérodier «ha sido el de la consagración del absurdo, de eso que llamarían alienación: el ser humano despojado de lo humano.» «En el día de las revelaciones», nos dice: «Será el tiempo el que hable, / dije un día, como si / como si alguien moviera mis labios / para decir lo suyo.»

Veamos lo que nos dice Aldo Pellegrini[19], en el estudio preliminar de la poesía surrealista de la lengua francesa: «El surrealismo no acepta, pues, el arte como un fin en sí, tampoco el arte comprometido en el sentir habitual (en función de la defensa de intereses particulares de cualquier género). El arte sólo se comprende en función del hombre en su acepción más lata, de la unidad hombre que necesita realizarse como hombre. Todo lo que el surrealismo piensa del arte se resume en su concepción de la omnipotencia de la poesía. La poesía constituye el núcleo vivo de toda manifestación de arte y ella le da su verdadero sentido. Pero la poesía no es para los surrealistas un elemento decorativo, o la búsqueda de una abstracta belleza pura: es el lenguaje del hombre como esencia, es el lenguaje de lo inexpresable en el hombre, es conocimiento al mismo tiempo que manifestación vital, es el verbo en su calidad de sonda lanzada hacia lo profundo del hombre» … Por lo general la estructura enunciativa lírica de sus poemas la realiza una persona centrada en el yo pero que se disloca cuando entabla un diálogo imaginario con el lector. Y en ocasiones la poeta parece transmutarse en una entidad simbólica para procurar una sintonía emocional: «y esto por consecuencia, / nos pone en primera línea / para educar a los millones / de muertos que lleva el siglo desde 1939, / para ver si así, / ¡al fin se enteran ¡» Podemos apreciar, además, un ademán de rebeldía poblado de gritos, forma de hacerse sentir simbolizando una ideología. Y ello le permite apartarse de posturas maniqueas en las que el yo sufre la marginalidad. Y lo reafirma cuando dice: «viajo con la libertad de ser yo misma…»

En el Salvador históricamente se ha primado cierto discurso poético frente al poder demoníaco de las dictaduras: el blanco y el negro y si no se estaba en el bando preeminente, no solo se cuestionaba el quehacer, sino que al poeta se le marginaba. Es de suponer, como dice Pellegrini: «La importancia acordada a la imaginación, al mundo fantástico y al de los sueños, pudo hacer creer que el surrealismo significaba un modo de evadirse de la vida. Todo lo contrario; acabamos de ver cómo el surrealismo constituye una voluntad de penetración en la vida, de confundirse con ella, de explorar todas sus posibilidades y liberar todas sus potencias» … Solo después de los Acuerdos de Paz; aunque hay matices, desde luego, el surrealismo está presente en sus poéticas más allá de la realidad de la vida y del lenguaje. La construcción del surrealismo con sus diversos matices se da, también en medio de otra crisis sociopolítica en El Salvador, la instauración de un régimen autoritario que también implica una ruptura de la vida. El orden constitucional, y ello, también impone límites en la expresión. La esencia es «destruir la realidad para reconstruirla a través del lenguaje, el sueño y el deseo.» Para el surrealismo tal como lo advierte Blanchot[20], «el lenguaje no es discurso, sino la realidad misma, sin dejar no obstante de ser la realidad propia del lenguaje, en el que en definitiva el hombre roza lo absoluto». La sociedad actual salvadoreña y las que la precedieron han sido timoneadas por oscuras fuerzas a través del poder demoníaco del que nos hablaba Goethe en sus pláticas con Eckermann. Las palabras, la poesía son un puente necesario para adentrarse en lo arcano que tiene la humanidad, pero al parecer son insuficientes para defender la vida y la democracia.

Un elemento sustancialmente visible en estas poéticas es el absurdo. Al respecto René Alejandro Espinosa Casanova[21], acota lo siguiente: El absurdo, entendido como aquello que escapa al orden de la razón, actúa como una sugerencia procedente del sueño o del deseo que teme expresarse, que en un momento de distracción o extravío toma la realidad. La importancia del absurdo reside en que reconcilia elementos que aparentemente no tienen conexión, es decir produce imágenes que por su naturaleza irracional son todo proceso, es decir, continuarán generando sentido a falta de una reconciliación con lo explicable. Claudia Hérodier materializa ese sueño feliz (el absurdo como recurso para sobrevivir en una sociedad precaria) del que todo ser humano debería gozar; pero que con su reflexión dolorosa sabemos que apenas somos rescoldo de suplantaciones. Es el demonio, la muerte, las formas sin forma de cara a la verdad, articulan la vida ciudadana y la poesía. Y como en el espejo uno mira la destrucción galopante, extática, los embates del poder, inclusive, a cualquier escritura hasta pretender reducirla a nada. «¡Del Presente!» tal lo expresa en el poema del mismo título: «¿Con qué cara enfrentaré el futuro? / ¿Qué vamos a decirle a nuestros hijos / y a los hijos de sus hijos?... ¿Qué aquí se defendió la libertad / de los basureros comelones / de carne humana? La libertad... (…) Yo, dirá el niño, no soy tu sangre. / Yo, soy el cadáver de ayer, / los pedazos de ayer, / la cobardía de ayer, / los perros de ayer, / tu poco valor de ayer. Tu rostro. / Yo soy tu rostro / y me llamo / PRESENTE.»  Con «Este es mi grito», Claudia Hérodier poetiza un país-memoria, un país pecaminoso perdido en un porvenir incierto. «Uno tiene —como bien lo expresa Roque Dalton[22]― en las manos un pequeño país, / horribles flechas, / muertos como cuchillos exigentes…»

 

 

 

 

André Cruchaga,

Barataria, a treinta días de abril de 2023.

 

 



[1] Poeta y Licenciada en Filosofía por la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas.

[2] Este es mi grito. Editorial Delgado, Universidad Dr. José Matías Delgado, primera edición, junio de 2016.

[3] Cortazar, Julio. Rayuela. Alfaguara, España, 2013. Pág. 510. (50 Edición conmemorativa.

[5] Roque Baldovinos, Ricardo. La rebelión de los sentidos. arte y revolución durante la modernización autoritaria en El Salvador, UCA Editores, 2020.

[7] https://www.nuevarevista.net/la-modernidad-desolada-de-la-tierra-baldia-centenario-del-poema-de-t-s-eliot/

[8] https://critica.cl/literatura/la-tierra-baldia-memoria-y-desvanecimiento-poetico

[9] Samour, Héctor. Voluntad de liberación. La filosofía de Ignacio Ellacuría. UCA-Editores, 2006.

[10] Medina, Raquel. El surrealismo en la poesía española de posguerra (1939-1950). Visor libros 1967.

[11] Nolasco Díaz, Juan Ramón y René Humberto rosales chinchilla. “Pedro Geoffrey Rivas precursor de la vanguardia poética en El Salvador.” (Tesis), Universidad de El Salvador, 2020.

[12] Manuel Antonio Arango. Símbolo y simbología en la obra    poética   de Federico García Lorca, Madrid, Espiral      Hispana, 1995, p. 334

[14] A la rosa / modesta le salió una espina/ y al cordero/ humilde un cuerno insolente;/ mientras, el lirio blanco en su amor gozaba/ con su belleza blanca sin espinas ni manchas.

[17] Onis, Carlos Marcial. El surrealismo y cuatro poetas de la generación del 27 : (Ensayo sobre extensión y límites del surrealismo en la generación del 27)

[19] Pellegrini, Aldo. Antología de la poesía surrealista de lengua francesa. 1961

[20] En Anna Iglesia Pagnotta, Maurice Blanchot y el espacio de la palabra. (Blanchot, M. El espacio literario, trad. Jorge Jinkis y Vicky Palant, Barcelona: Paidós, 2004 (1995)

[21] Espinosa Casanova, René Alejandro. (Tesis). Alejandra Pizarnik: un surrealismo propio. (Programa de Maestría en Estudios de la Cultura Mención en Literatura Hispanoamericana), Universidad Andina Simón Bolívar, Ecuador, 2015.

[22] Los versos de Roque Dalton corresponden al poema «Por qué escribimos» del que la escritora Carmen González Huguet, ha hecho un análisis. El mismo puede consultarse en: https://www.diariocolatino.com/262565-2/?fbclid=IwAR2BfRtZbSmnn__-I97cYevg1ktr_Jw0G2OwOL8dX83DlZIl0WkkMiBIwFI


sábado, 29 de abril de 2023

LA POESÍA COMO ARTILUGIO LÚDICO, METAMORFOSIS POÉTICA DEL JUEGO EN «JUGANDO CON ASTURIAS» DE LA POETA CLAUDIA HÉRODIER

 

JUGANDO CON ASTURIAS
CLAUDIA HÉRODIER


LA POESÍA COMO ARTILUGIO LÚDICO, METAMORFOSIS POÉTICA DEL JUEGO EN «JUGANDO CON ASTURIAS»

DE LA POETA CLAUDIA HÉRODIER


 

No es casual que Claudia Hérodier, destacada figura de nuestras letras nos sorprenda en esta ocasión con un libro: «JUGANDO CON ASTURIAS» y no es difícil entender su actitud: saltan a mis ojos dos escrituras, la de Claudia y la de Asturias, hermanadas ciertamente por lo lúdico y que deviene de las vanguardias, en este caso del dadaísmo y surrealismo, sustentos de nuestra poeta y Asturias. Llama la atención, además, el que sea a través del soneto y no del verso libre que suele ser más dócil para este juego de artilugios verbales. El adjetivo lúdico aplicado a manifestaciones de orden estético o intelectual fue introducido por Johan Huizinga en el prólogo a su Homo ludens, obra en la que el historiador holandés analiza el papel que desempeñó el juego en la historia de la humanidad, en especial en lo que respecta a lo literario. Huizinga parte de la premisa de que el juego es anterior a la cultura y arriba a la conclusión de que las características esenciales del juego no le deben nada a ese complejo constructo que llamamos «civilización». (Johan Huizinga o de la literatura como juego de Flavio Crescenzi)

Para el escritor Flavio Crescenzi, Huizinga estudia deliberadamente la lírica como pura función lúdica, función que sólo disminuye cuando pierde contacto con lo musical y se acerca a lo intelectual o reflexivo. La poesía épica, cuando deja de ser recitado público para convertirse en lectura, también rompe su conexión con la esfera lúdica. Sólo la poesía dramática conserva siempre su relación con el juego; el léxico técnico que le atañe así lo indica. En latín, el concepto griego de drama equivale a ludi (-orum), o sea, “juego”, es decir, el drama es «jugado». Paralelamente, los ludi eran en Roma espectáculos ofrecidos al pueblo para diversión u honra de las divinidades. Ludia (-ae) era la bailarina o actriz cómica que “jugaba” con el público. Ludius (-ii), el actor que hacía lo propio. La misma actitud espiritual del público frente al espectáculo, el «vivir» la ficción, era también parte del juego, tal como lo eran los disfraces, las máscaras y demás caracterizaciones. En el caso de Claudia Hérodier esta situación no le es ajena, pues ella viene de los influjos del teatro por la vía paterna, D. Edmundo Barbero, (actor y director de teatro), español y a quien vi poner en escena obras de Albert Camus. Su capacidad histriónica pervive en toda su obra, instantes diversos de su discurso poético; ha sido capaz de expresar su experiencia emotiva sobre situaciones dramáticas e históricas. Al igual que Asturias, Claudia Hérodier, de posición rebelde, nos transmite en estos diecinueve sonetos una enorme sensibilidad y la condición de vida de este pueblo, la lucha por sobrevivir y una alegría trágica en nuestro trópico. Como el escritor guatemalteco, Claudia Hérodier, escribe dichos sonetos con singular dramatismo y una plástica que a ambos le son comunes.

Esta filiación con la escritura de Asturias, no se suscribe, en mi opinión, con esta obra: «JUGANDO CON ASTURIAS», sino con libros como: «ESTE ES MI GRITO», en donde encontramos bloques de poemas: «EN MEDIO DE LOS CAMPOS DE CADÁVERES», «LABRADOR-ALFARERO» que marcan a su vez una cercanía con la poética de Walt Whitman. Una de las mayores cualidades de la obra de Claudia Hérodier es el lenguaje; sus representaciones adquieren por ella especial valor plástico, ese natural barroquismo que tanto llama la atención en las novelas de Asturias es más que evidente, pero que, Claudia Hérodier lo hace suyo para jugar en su propia cancha con la poesía, a manera de hermanar ambas literaturas: «Ayer y el hoy, fugaces noche y día. / Exequias son. Cambiante mapa humano. / Leños candentes. ¡Mundo soberano! / ¡A volver con remos y con velas, fantasía!»

«La poesía, al mismo tiempo, es juego sagrado y juego festivo.» Según Huizinga, «en su función primitiva de factor de cultura arcaica, la poesía nace en el juego y como juego. Es un juego sagrado, pero dentro de su santidad permanece siempre, sin embargo, en el límite con el esparcimiento, la broma y diversión». (Johann Christoph Friedrich von Schiller. Poesía ingenua y poesía sentimental, Buenos Aires, Editorial Nova, 1965.) La peculiaridad lingüística en este punto resulta sustancial, así lo advierte Giuseppe Bellini, cuando dice en su trabajo: «LA NARRATIVA DE MIGUEL ÁNGEL ASTURIAS ENTRE MAGIA Y DENUNCIA», cito: «Alejo Carpentier subrayó esta característica, que brota de la necesidad de "nombrar las cosas”. En el mundo en el que el novelista vive todo queda por nombrar, y lo de nombrar las cosas significa tomar conciencia de ellas, y al mismo tiempo crearlas, darse cuenta por fin de las peculiaridades de su propio mundo.» Claudia Hérodier muy acertadamente hace honor a este señalamiento: «Mas como es timonel entre los ojos, / va bogando hacia nuevos desafíos / con sus velas bravías. Misteriosas.»

         Cualquier actividad poética, cualquier técnica literaria, coincide con las características del juego. La cantidad silábica, el ritmo y la rima en el verso; la sintaxis; el sentido figurado; los sentimientos de realce y rigidez, de regocijo y distensión, generalmente, pertenecen a la esfera lúdica. Las reflexiones que de su propio proceso creativo han hecho poetas y escritores así nos lo demuestran. (Flavio Crescenzi) Y así lo demuestra Claudia Hérodier en este poemario: la presencia de su mundo, del mundo, del país nuestro se hace viva, no sólo en cuanto significan los rasgos característicos de la naturaleza salvadoreña y guatemalteca, sino por los problemas humanos que lo caracterizan y que en la poesía de Claudia Hérodier como en la narrativa de Asturias se manifiestan a través del lenguaje, ese lenguaje onomatopéyico y a menudo picaresco.

         Claudia Hérodier es una poeta incisiva y vigorosa en su poética: «Combatir por las cosas es costumbre, / ¿mas quién por uno mismo que combata, / logrando el amo fiel, fiel mansedumbre?» Y, aunque no se crea, hay, también, esa atmósfera quevedesca y ese tremendismo del superrealismo. Este poemario, breve, si se quiere, pero muy intenso es «sugestivo laberinto» en el cual la poeta ha entrado y del cual sale ilesa «jugando» ―dice ella̶― con Asturias, aun en la denuncia. «y así nos deja a todos el desvelo / de moler las mazorcas con el seno / ¡y defender su vida con un diente!» Creo que su poesía, toda, busca la definición de la complejidad espiritual de la gente y del mundo nuestro, de nuestros asolados seres por la precariedad. Claudia Hérodier lanza su voz y siente que, en esta hermanación con Asturias, descubre su propia riqueza, esa personal esencia de un rumbo, el de la luz y los desvalidos de nuestra tierra, el de la historia y su escenario de charcos.

En el imaginario del sonido está la actitud de poeta. A través del silencio conquista la intimidad con la naturaleza: «quema la noche del silencio. Huesos... / Los oye trabajar mi pesadumbre.» El silencio visto aquí como antítesis del sonido puede simbolizar fuerzas antagónicas como la humedad y lo seco, tal como apunta Igor de Gandarias, refiriéndose al «Imaginario musical en la obra

de Miguel Ángel Asturias» Hay estructuras musicales muy singulares que no solo denotan el conocimiento del lenguaje sino el cocimiento de la técnica asturiana, nunca fácil. Claudia Hérodier lo hace de manera magistral como ese juego que juegan nuestros niños descalzos. Si Asturias nos lo dice en voz de Guacamayo: «de la mañana a la tarde de la tarde a la noche de la noche a la mañana»; Claudia lo hace de esta manera: «para comprar el bien que no hace daño, / aquel bien espumoso de mar que bien cabría.» a manera de anillos rítmicos como lo llaman los especialistas.

         Si una de las preocupaciones más patentes en la narrativa de Asturias es «plantear con el mayor realismo y emotividad, a nivel de detalles, como imágenes visuales, las diferentes atmósferas naturales y sociales que sirven de marco a las acciones presentadas», Claudia no pierde ese recurso en su poesía: «Flotan las llamas, baile de la intriga. / Ante los ojos montan la querella, / por ver quién puede más en la fatiga, / de subir en silencio su centella.» O el siguiente terceto, «En la cumbre del fuego un duende bobo, / baila, poseso, en chispas, danzón fiero, / ebrio de luz, del fuego derretido.»  Claudia recurre entre otros procedimientos a la descripción de sonidos, a imágenes de algún modo, cinematográficas, kinestésicas, como es el caso: «Las aves bambolean sus caderas / huyendo del llamado del abismo.»

Lidia Morales Benito de Université libre de Bruxelles. Bélgica, nos dice: «Toda narración ficcional provoca que el lector se abstraiga de su entorno al ser invitado por el texto a participar de una realidad nueva. La literatura lúdica añade a este proceso un artificio pactado entre el escritor y su lector que les permite a ambos adentrarse en una esfera distinta por medio de unas determinadas reglas de juego.» Así la voz de Claudia Hérodier nos invita, nos hace partícipes de este «juego» de turbulencia dramática, una voz que sangra sobre muchas grietas con sus manos de barro sobre la cara. «Los autores lúdicos (cito de nuevo a Lidia Morales Benito, tal el caso de Claudia Hérodier, se sienten altamente atraídos por las peculiaridades y posibilidades de la lengua. La seducción lingüística los invita a jugar con sus constituyentes, reciclándolos y recombinándolos hasta sacarles los entresijos y explorar así sus limitaciones. De este modo, buscan crear una sublengua que les permita plasmar su particular visión del mundo pero que, a su vez, les sirva para modificar los parámetros lógicos de la realidad circundante. Por la misma razón, sus textos rebosan de juegos estructurales y conceptuales.»

Con este libro «JUGANDO CON ASTURIAS» escrito a mediados de 1996, nos encontramos con el desborde creativo mostrado por la poeta para presentar diferentes facetas de la realidad salvadoreña. Un poemario de sonetos de gran calidad artística, centrado en un argumento: lo humano. « Feroz y fulgurante en sus centellas, / blandiendo grandes velas sobre un potro,/ navega pues el hombre sobre tierra.»  Aunque nuestra poeta no se ha decantado por la narrativa como fue el caso de Asturias que escribió poesía: «Sien de Alondra», «Clarivigilia Primaveral», «Ejercicios poéticos en forma de soneto sobre temas de Horacio», etc. Claudia ha sido forjada y su expresión arraigada a la salvadoreñidad. La realidad de El Salvador le ha ofrecido, y todavía le ofrece, abundante material a la ficción lírica y dramática para una radiografía del país de ella y del país de Asturias. Todo en ella es vuelo lírico y delicadeza extraordinarios: y así, «La arruga agrieta el rostro. Ciega. Muda. / En silencio devora las edades. / Se hiela, palidece, llora, suda, / la vida que camina junto al Hades.» Ella dirá que en lo que escapa ama lo que pervive y quizás tenga razón genuina como el fermento de sus palabras.

 

André Cruchaga,

Barataria, 22 de abril de 2023.


martes, 11 de abril de 2023

ANDRÉ CRUCHAGA EN LA RUTA DE TYRESIAS

 

Camino disperso, André Cruchaga.
Prólogo Miguel Veyrat, Sevilla, España.


ANDRÉ CRUCHAGA EN LA RUTA DE TYRESIAS

 

               Aún en caminos dispersos y con el habla no olvidada, el poeta André Cruchaga siempre vivirá la lejanía del Crepúsculo (con mayúscula), la densidad de los mares y la bruma que aparta con las manos para compartir, traduciéndolo, el espesor de los despojos que inflama nuestra desnudez. Con este techo comienza el último libro del profesor y poeta nacido en El Salvador, patria también de los grandes poetas Roque Dalton, Claribel Alegría, Dina Posada o Alberto Masferrer, entre otros muchos que poblaron y pueblan este país donde en la época precolombina existía un importante núcleo indígena conocido como el Señorío de Cuscatlán, que en lengua Náhuat significa ‘lugar de joyas’ o ‘lugar de collares’. Patria de poetas, en suma.

              Joyas arrancadas del suelo de su país nos ofrece André Cruchaga en su puro castellano a pesar de su apellido vasco y su amor por la lengua catalana —su obra es frecuentemente vertida por Pere Bessó—, a la que se añade el francés materno situado en la grafía de su nombre de pila. Este poeta que a menudo sueña con ser Ulises, en realidad escribe como un mar furioso con vocación de catarata que le envuelve, arrebata y sumerge entre la semántica de sus espumas. Las espumas entre las que irremediablemente —como en un destino irreversible nos envuelven—, son sus versos arrebatados por una furia que se debe al instinto irremediablemente humano de autodestrucción, aunque en realidad busque siempre una salida, tal como aquel Ulises maldecido por el anciano Tiresias que sufrió la condena de no regresar jamás a Ítaca, navegando sin rumbo fijo por los ijares de un mar que bulle en carne humana.

              Al leerlo —hace algunos años que sigo su escritura— juro que siempre sobresale en medio de la angustia desnuda ofrecida por sus versos, la calidad del gran profesor de lenguaje obligado a empuñar el arado gramatical impuesto por el deber de la lengua escrita, para romper los pellones de sílabas de arcilla que siente su corazón, sito en la periferia del amor, por los costados del alba a la que cuesta llegar para respirar sin ahogarse uno. Y así volando, buscar una salida.

              André, gran lector desde niño, ha acumulado cientos de sinapsis de neuronas en su lóbulo central que le hacen u obligan a manar metáforas en cascada, lo cual es una fuente de delicias para los sentidos del que lee. Y él lo dice y confiesa a su modo y manera mientras acumula citas de Joyce, de Rimbaud, de Lautréamont, René Char, María Zambrano…   

Apilados en el pecho los espejos rojos del último viento que despierta en medio de las hojas de tinta del cuaderno de los muertos: allí, el barro acumulado en la ternura de las infancias descalzas, la mesa con sus estragos de ojos, salpicada de asfixias. Recuerdo la última noche disuelta en mis manos, mientras asusta el hilo de insomnios en el vacío de los párpados. Al reloj le sucede este silencio, torpe, terrible y ambiguo y los temores de una espera infructuosa.

Mas El poema, al cabo es un suicidio contra el silencio. Y con tal convicción embiste hacia sus senderos de mar, escapando de los límites del confín antes de que huyan de su mirada, para encontrarse fraternalmente con Wittgenstein entre himnos de espuma, en la Dovela Central del Universo… Porque sabe que la escritura recoge el habla desde sus orígenes más remotos para establecer monólogos que giran, luchan y se escuchan o mueren con los vientos sin límite alguno para sembrar de nuevos quejidos a los úteros que hagan latir vida entre sus células. Porque también cree que a veces toda una vida cabe en una sola página de fiebres o en cualquier resoplido de funeraria. Mas A merced de tanto morirme empiezo a soñar con el alba.

Se trata de que en el alba surge, suceda cuanto suceda aquí abajo, aquella luz que a pesar de todo habrán de ratificar solamente las palabras de la madre. Como dejé dicho en mi libro “Fuga Desnuda”: Ahora vamos más adentro todavía, para dudar creciendo: ¿Cómo podría fecundarse un Logos, realizada la seducción del silencio, como matriz para alumbrar poesía?, ¿quizás dividiendo bien el Logos, repartiéndolo por tus entrañas, según la fórmula inmortal de Empédocles? Yo recojo ahora tales pensamientos como brillante flor de cardo entre la grama de este «Camino Disperso», cuyos retazos de estrellas musicales son tan inmunes al paso del tiempo como dispuestos a recomponerse en orden silábico, abandonando ya toda dispersión desde la boca a la pluma del poeta.

Y directamente desde ella, recojan estas burbujas de saliva: Para vivir, algún día, tal vez no sean necesarios los paraguas amortajados del invierno, ni la sangre doliéndome en cada latido, ni un quirófano como una carpintería necesaria. En los brazos abiertos también caben caminos dispersos, sean duros o adustos. Y caben en tu mente, lector. En tu mente, ya transformada traspasada por la fuerza descomunal de la poesía. Aprende a no temer al miedo y recuerda las palabras de Rilke: «Deja que todo suceda: la belleza y el espanto» pues en el último libro de André Cruchaga todo puede suceder. Vaya por último mi abrazo agradecido por el poema «Sangra la herida», que ha tenido la delicadeza de dedicarme.

 

Miguel Veyrat, Sevilla 2023.

Poeta, periodista y traductor español.


miércoles, 1 de marzo de 2023

CANTOS DE MUERTE Y DESESPERANZA, RETABLO DE ORFANDAD Y MUERTE CONFESIONAL EN LA MODERNIDAD DE LA POESÍA DE ALFONSO FAJARDO

«Negro» de Alfonso Fajardo



CANTOS DE MUERTE Y DESESPERANZA,

RETABLO DE ORFANDAD Y MUERTE CONFESIONAL

EN LA MODERNIDAD DE LA POESÍA

DE ALFONSO FAJARDO

 

 

 

 

No hay límites para la melancolía humana

Se cuenta siempre con una piedra para colocar sobre la pirámide

de las lágrimas

Estáis seguros de padecer tanto como una mujer estrangulada

en el momento en que ella sabe que todo ha terminado y desea

acabar

Estáis seguros de que no valdría más ser

ser estrangulado si uno piensa en los cuchillos de las horas que

se acercan

Desde hace tiempo vivo mi último minuto

LOUIS ARAGON

 

 

 

 

En mi haber tengo el poemario «Negro» del poeta Alfonso fajardo, mismo que adquirí en una de esas visitas inusuales que hago al ya desaparecido restaurante y Centro Cultural «Los Tacos de Paco.» El libro en pequeño formato ha reposado en mi biblioteca desde hace varios años. No me sorprende, al menos a mi persona, la extraña riqueza y hondura de la obra de Alfonso Fajardo, así el misterio que envuelven muchos de sus poemas; su drama poético, una antípoda dariana: «Cantos de vida y esperanza»; pero no solo eso, su poesía está signada por los desasosiegos propios de vivir en un país convulsionado consuetudinariamente. La realidad factual está presente en su obra, más allá de otros ángulos que se puedan abordar en dicha obra. Por supuesto que no es una apología a la muerte, sino una genuina experiencia del poeta. El caso es que el autor de «Negro»[i], desde su palabra ciega, nombra noches en páginas agrietadas.

Hay en mi opinión una atmósfera vallejiana, («Trilce»; «España, aparta de mi este cáliz») y, a decir verdad, más que una aproximación a la poética de Octavio Paz; lo que me queda claro es que Alfonso Fajardo construye su poética desde una perspectiva surrealista hispanoamericana y ello le permite ensanchar sus perspectivas poéticas en ese «estado de vacío atiborrado por el dolor», proceso que implica la introspección y el desdoblamiento del yo frente a una realidad descompuesta. Claro que, en esta dicotomía de blanco y negro, hay una huella, los escombros de la muerte de la temporalidad asimilada. En el contexto del surrealismo significa una ruptura «en el nivel de la percepción un descubrimiento de la realidad que se esconde detrás de las apariencias...»[ii]

Ya Apollinaire y lo retomo, decía que «Los poetas no son solamente los hombres de lo bello. Son también y sobre todo los hombres de lo verdadero, en la medida en que les permite penetrar en lo desconocido.»[iii] Coincido con tal apreciación; y agregaría porque ello conlleva la necesaria renovación de la expresión poética, aun con temas como el de la muerte que ha sido abordado por poetas de todos los tiempos y tendencias. El poeta Fajardo reivindica con fuerza el fulgor misericordioso del fuego poético de lo oscuro sin desperdicios ni palabras atropelladas. «Detrás del espejo de la nada danzan los seres entre vahos de aires furtivos», tal sus palabras.

Al respecto del concepto «negro», Diccionario de la lengua española (2001), nos señala varias acepciones adjetivales. Para mi discernimiento, hago acopio de algunas: «Oscuro u oscurecido y deslucido, o que ha perdido o mudado el color que le corresponde, Clandestino, ilegal, Muy sucio, Dicho de ciertos ritos y actividades: Que invocan la ayuda o la presencia del demonio o del poder maligno, Dicho de la novela o del cine: Que se desarrolla en un ambiente criminal y violento, sumamente triste y melancólico, infeliz, infausto y desventurado, etc.»[iv] En mi opinión, tal como lo señala Mariluci Guberman[v], Universidade Federal Do Río de Janeiro, en  «La poética del cuerpo negro en hispanoamérica», A medida que se formaba una ideología y también una ontología, en el entender de Depestre[vi], el concepto de negritud adoptaría distintos significados hasta la siguiente paradoja: formulado para aguzar y alimentar la autoestima de tipos sociales que la esclavitud había reducido a un estado deplorable, esa negritud los evapora en una metafísica somática.

En el caso de la obra «Negro» del poeta Alfonso Fajardo, no encuentro esa noción de negritud antes referida, que caracterice a la obra como tal, pero sí, una forma de envilecimiento y desnaturalización de una realidad del ser humano: «agrietados y macilentos espejos / que vomitan las muecas / de nuestras obligadas sonrisas / y somos payasos y somos insectos…» (Pág.35) Me atrevo a decir que «Negro», bien puede marcar el rumbo de una vanguardia literaria responsable debates sobre la identidad nacional, anclados en la crítica antisistema y marginalidad política, debate que le compete al surrealismo. Esta producción surrealista revela una afectación a la cuestión identitaria, constituyen ejes centrales de reflexión[vii] Al respecto, el poeta nos dice: «porque la ciudad es una ciénaga / bello pantano con olor a caoba / potrero que nos atrae cada vez más / ciudad imán ciudad corrosiones/ donde a cada paso cada vistazo / reyes de la nada en harapos…») Pág. 36)

De lo antes expuesto se desprende que negro es, «símbolo» e «imagen» y se contraponen: como símbolo el poeta nos quiere expresar un sentido complejo y profundo, mientras que, con la imagen, una realidad somera y abarcable. No cabe duda de que negro es símbolo, aquí, de muerte y con ello intenta definir diversas concepciones a la usanza metafísica, si se quiere: negro-muerte: «henchido con el fuego negro / que me da vida / la muerte» En el proceso de elevación de lo negro-muerte, hay una etapa en la que la comparación es directa y hay una visión paralela de lo negro y de la muerte, además de una sacralización de ambos conceptos.

Pero volviendo al paralelo muerte-negro, vemos cómo se produce el acercamiento y fusión a través de algunos poemas. En un principio se produce una imagen secundaria de lo negro, por medio de la cual tiene lugar el acercamiento a la muerte sobre el que flota la rama o barca de la vida: «hacia el agua / del mismo árbol / de donde brotan / de sus terribles raíces / vida y muerte / muerte y vida / espejos continuos en el sendero del ruido…» (Pág. 58)

Según la Psicología del color[viii], el color negro no es primario, secundario o terciario porque, de hecho, el negro no es técnicamente un color y, al igual que ocurre con el blanco, ni siquiera está en la rueda de colores. En realidad, es la absorción de todos los colores, absorbe toda la luz en el espectro de color. Es un símbolo de misterio y también de poder y autoridad. Evidentemente en esta situación referencial, trascendemos el concepto al punto de lo inefable, cuyo significado solo lo alcanzamos a través de la metáfora. Ante esta metáfora el surrealismo rastrea otras maneras de entender la realidad que a través del poema se visualiza. Entorno e individuo protagonizan o pierden su protagonismo hasta invisibilizar su propia conciencia.

Uno de los postulados principales del movimiento surrealista y declarado en el Primer Manifiesto Surrealista (1944) de André Breton, el autor, era la existencia de una segunda realidad, la que no se origina en la realidad ordinaria y empírica. Para Bretón esta «otra realidad» podía ser expresada a través de la liberación de la imaginación y la capacidad de asombro y reconocimiento de lo maravilloso. Para esto, era necesario un retroceso a los años de infancia del hombre[ix] En este punto, «Negro» se enmarca en esa segunda realidad, la intuida; aquella que se percibe a través de la videncia.

Con el surrealismo asistimos a una experiencia literaria ilimitada y éste tiene la forma de abrirla. Apoyándose en los métodos del sicoanálisis freudiano, como la libre asociación de las ideas, su labor crítica sobre los sueños y la experiencia de la incoherencia de los artistas dadaístas (Behar[x]), crea un lenguaje rico en imágenes que son manifestaciones del subconsciente, revelando la presencia de una realidad alterna que necesita ser explorada a través del arte y, especialmente, de la poesía. «Es la lengua del sueño» diría el poeta, o «aquel pasado de barcos de papel / de guerras como sombras lejanas / de bicicletas en vuelo por oscuros follajes / ¿dónde están todos? / amigos del tiempo perdido / las horas viendo el cielo aplastante / y sus figuras como marionetas de dios / fantasmales y arrulladoras / ah aquel pasado en remanso / ah la patria de la infancia / perdida en la bruma de las cosas sin sentido/ ahora la veo entre tinieblas/ entre la niebla de las neuronas oxidadas / en este epicentro del eco / en esta negra habitación de puertas en coma / en mi túnel de fulgores negros / de caminos defecados pasos para nada…» (Pág. 33)

Lo que vemos en la escritura de «Negro» es cierta automatización de la escritura, asociación libre carente de puntuación como nos lo sugiere Freud, una especie de autoexploración del yo; en un texto automático no es el documento en sí, ni su posibilidad de ser interpretado, sino el hecho de constituir un paisaje total, con el clima, los accidentes, las tormentas, las explosiones, de esa zona del espíritu que ningún mecanismo especulativo puede dar a conocer en toda su belleza y violencia primitiva, en su grandeza y esplendor original. [xi] El juego del reflejo del yo espejo facilita la comprensión de la escisión del yo en su doble asignación: el yo contemplador, el yo contemplado. Así, el «Muriendo diariamente», poema Pág. 66, nos puede clarificar o poner en perspectiva lo dicho en líneas anteriores: «Van mis pasos azules / en ciudades de sombras / tropezando con lunas / que amargan el granito / y sus jolgorios de puñales / que danzan en la sangre / como fríos fuegos / de arquitecturas y manos / del sueño más imposible / del hombre más desnudo / que a tientas camina / entre museos de máscaras / por sobre negras aguas / y espinas sonrientes / Es la pintura del sonido / es el vidrio ardiente / que golpea mi ventana / que estalla en mis sienes / con sus podridos lienzos…»

Con la aproximación de realidades distantes que hacían brotar la luz de la imagen, aquello a lo que André Breton se mostraba infinitamente sensible, según reconocía en el Primer Manifiesto, encontraba en la teoría simbólica una justificación plenamente objetiva, resultado del orden cósmico. Con la idea y la creencia en los «puentes verticales» basada en la teoría de las correspondencias místicas de Schneider, Cirlot formula del siguiente modo el principio de la «identificación suficiente»: «Si metáfora o alegoría es la aproximación de dos realidades distantes o la explicación de una realidad sensible por otro objeto sensible, símbolo es la expresión de una realidad inteligible, es decir, profunda, por medio de un objeto sensible; en este sentido, la forma de tal objeto es una explicación.»[xii]

A lo largo de los párrafos anteriores he venido poniendo en relieve el entramado poético de «Negro» de Alfonso Fajardo en el contexto del surrealismo salvadoreño de posguerra. En el libro ya mencionado, podemos encontrar ese componente germinal de lo que será ulteriormente su poética, sino las técnicas empleadas al encarar o imbuirse en el proceso metafórico. Al margen de la ausencia de puntuación en todo el poemario que provoca cierta ruptura y caos sintáctico, característica de la metáfora surrealista según Balakian[xiii] en contraposición al orden sintáctico tradicional, aunque el reemplazo no sea absoluto. Si partimos de que la metáfora se construye a través de nexos comparativos, lo cierto es que en el surrealismo esta situación se elimina o disfraza por el uso de otras formas sintácticas. Veamos: «perdida en la bruma de las cosas sin sentido», «agrietados y macilentos espejos / que vomitan las muecas» aquí hay una espiral con afectación total a la sintaxis.

Asimismo, podemos encontrar en el nivel estructural del poemario, un nivel de progresión formidable y que lo vuelve en una metáfora completa. También el poeta ha optado por el empleo de recurso de la letanía con enumeraciones recurrentes y anafóricas como anhelo de totalidad surrealista. De suyo es conocido que la metáfora surrealista, aun cuando se aborden cotidianidades, no suele resultar familiar, como sugiere Riffaterre[xiv] todo depende si lo expresado es perceptible con la realidad y «si hay una estrecha relación entre las palabras y las cosas.» Este modo de escritura no ha sido lo suficientemente abordado ni comprendido. Tampoco parece incidir en la literatura nacional interrumpida por muchos factores, y ello quizás, solo quizás, explique las dicotomías y la sordera que existe frente a la vanguardia surrealista en El Salvador.

 

 

André Cruchaga,

Barataria, El Salvador, febrero 19 de 2023.

(A diez años de haberse publicado la obra «Negro»)

 



[i] Fajardo, Alfonso. Negro. Laberinto Editorial, El Salvador, 2013. 76p.

[ii] Medina, Raquel. El Surrealismo en la poesía española de posguerra 1939-1950. Visor libros, Madrid, University of Massachusetts, 1997. 199p.

[iii] Larrea, Juan. César Vallejo y el surrealismo. Visor libros, Madrid, 2001. 280p.

[iv] https://www.rae.es/drae2001/negro.

[v] https://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/13/aih_13_3_020.pdf

[vi] Rene Depestre, «Saludo y despedida a la negritud», África en América Latina, España: UNESCO;

Siglo XXI, 1987,

[vii] https://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0718-71812018000200119

[viii] https://www.lavanguardia.com/vivo/psicologia/20220419/8206018/que-significa-color-negro-psicologia-cromatica-nbs.html

[ix]https://repositorio.uchile.cl/bitstream/handle/2250/111489/Pizarro%20Francisca.pdf?sequence=1&isAllowed=y

[x] Behar, Henry (1971). Sobre el teatro dada y surrealista. Barcelona: Barral.

[xi] Pellegrini, Aldo. Antología de la poesía surrealista de lengua francesa. Fabril Editora. Buenos Aires, Argentina.

 [xii] Cirlot, Victoria. El mundo del objeto a la luz del surrealismo. Barcelona, Anthropos, 1986.

[xiii] Balakian, Anna. Surrealism. The road to the absolute. Chicago: University of Chicago Press, 1986.

[xiv] Rifaterre, Michael. Semiotic of Poetry. Bloomington-London, Indiana, 1978.


 

sábado, 4 de febrero de 2023

DE LAS PRECARIEDADES DE UN PAÍS LLAMADO ANDRÉ CRUCHAGA

 

Precariedades, André Cruchaga.
Editorialo Dos Islas


DE LAS PRECARIEDADES DE UN PAÍS

LLAMADO ANDRÉ CRUCHAGA

 

 

Hace más de una década que sigo muy de cerca la poesía del poeta salvadoreño André Cruchaga. Incluso ya he escrito un prólogo para su libro Travesía de la muerte, poemario que proclamaba inscrito en el surrealismo por la manera de desarrollar los temas y la imaginería onírica; pero con técnicas que el propio autor ha ido hilvanando a lo largo de su extensa producción poética.

El surrealismo trata los temas tabús y, entre ellos, la muerte que encontramos en el libro citado y en otros poemarios. Pero en este Precariedades que vamos a abordar la intención de André es bien distinta. Ya lo dice desde el título: «voy a tratar las cuestiones precarias que asolan a mi país».  El poema «Resinas» a mi entender resume desde el principio toda una declaración de intenciones que se desarrollarán a lo largo de este poemario que Cruchaga titula Precariedades:

 

Por si fuera poco, mi oficio no tiene que ver solo

con las palabras y las alas rotas de las mortajas,

sino con ese desvarío de la trementina en pleno bosque.

 

El oficio del poeta André Cruchaga va más allá de la simple estética y ahonda en la ética. Eso sí, sin ignorar los hallazgos expresivos de tantos años y renunciando a cualquier programa político prefijado. De esta manera, se mantiene en la avant garde. De hecho André Bretón define el surrealismo como un movimiento que se alimenta del inconsciente, de la libertad y del amor, sin tener, en principio, un interés estético o moral en sus producciones.

Y hablando de Precariedades, el Diccionario de la RAE establece que la palabra  hace referencia a la situación que viven los trabajadores sujetos a unas condiciones de trabajo por debajo del límite considerado como normal, especialmente cuando los ingresos económicos que se perciben por el trabajo no cubren las necesidades básicas de una persona. Por otra parte, dadas las tremendas crisis económicas y sociales en Europa y el empobrecimiento acelerado de la clase media se afirma que ha surgido una nueva clase social a la que se denomina el precariado. ¿Y qué ocurre, entonces en Centroamérica? No es exactamente a lo que alude el poeta André Cruchaga, sino extiende el significado a ese vivir en precario de toda la población de su país, aunque, eso sí, no hace ninguna alusión a lugares concretos de El Salvador. También se refiere a ese país interior entre el subconsciente y el duermevela.

Así pues, André Cruchaga indaga, ya no en un subconsciente en abstracto, sino en uno colectivo de todo un país; claro está, partiendo del propio de un sujeto lírico que no se deja caer en consignas partidistas, sino que con una expresión irreemplazable, llega a hacer que los poemas consecuentes rocen la llamada poesía comprometida.

En El Salvador, se han tenido poetas de esta índole. Ejemplo de ello es la denominada «Generación Comprometida» que por los años cincuenta inició con poetas latinoamericanos exiliados en el país, como Miguel Ángel Asturias. El seguimiento en el tiempo por poetas como Ítalo López Vallecillos y un segundo grupo que tuvo origen en la Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador con poetas como Roque Dalton, entre otros. La generación comprometida en sus diferentes momentos ha tenido gran influencia en otros grupos literarios en el tiempo, tanto para ahondar en la realidad salvadoreña, como por su interés de renovar la estética y progreso literario. Y, según mi criterio, André Cruchaga es un digno representante. Veamos el poema «Precariedades» que le da título al conjunto:

 

Como el libro de la noche, las precariedades juntas echadas a la tierra de la respiración. Nos duele la piel frente a la turbiedad de las aguas amoratadas por el vértigo. Entre las viejas consignas del alma la boca de cartones y el filo amarillo de las sombras. Siempre hay frío en esta soledad de la sangre, mientras un pez de hierro sostiene las compuertas. Aquí, el cascajo que se siente en los calcañales y entre las manos: se llora por el sinfín cuando ya se han marchitado los ojos.

 

Después de la lectura de este poema me viene a la memoria lo que nos dijo Isaac de Vega, narrador canario miembro del llamado movimiento Fetasiano, una aportación de Canarias a ese realismo mágico hispanoamericano. Le preguntábamos por un cuadro que su amigo Rafael Arozarena le había regalado el día anterior y estaba apoyado a la pared y sin colgar de la alcayata. Con cierta técnica indigenista representaba a un mexicano vestido de blanco apoyado en un muro blanco parduzco. El personaje sesteaba, cubierto su rostro con el típico sombrero charro. El mundo alrededor en llamas. Ante nuestra pregunta don Isaac nos respondió sin que aparentemente viniera a cuento que le gustaría estar en una cárcel para ver mejor la realidad. Se llora sin fin cuando ya se han marchitado los ojos, dice Cruchaga. Y cómo también concluye en el poema antes citado «Si algo pervive en el poema, es la trinchera de claridad/ hacia el prójimo encadenado al calvario del hambre». Ni Isaac de Vega ni Cruchaga hablan de abandono sino de ese cerrar los ojos para ver rilkeano. Cada uno a su manera asumen el mito de la caverna de Platón para observar un mundo caótico. Dice, precisamente nuestro poeta en «Indagación de la caverna» que

 

En dicho claustro el cruce de sueños como un cántaro

dolorido; sube la palabra y desvela su hipnosis

y la hoja de supersticiones,

y la sucesión de infusiones del tiempo.

 

En la novela Fetasa de Isaac de Vega se preconiza una suerte de viaje a la semilla tan como Carpentier o Scott Fitzgerald: no la muerte, sino un des-nacer. En André Cruchaga es la muerte y las causas de estas los leitmotiv de su poemario Precariedades. «Mañana, tal vez, —sobre la piedra del féretro—, el adiós nos muerda con su último resplandor», apunta en el poema «Siempre intemperie».

En «Lenguajes oscuros» André habla de la dificultad de expresar esa realidad que vive, carente de toda humanidad. Esto le afecta no solo al ánimo y al asombro sino a su manera de expresarla. Decía Wittgenstein de la imposibilidad de expresar la realidad, lo mismo Juan de Yepes respecto a la comunicación con Dios. Tanto el poeta místico como Cruchaga optan, por caminos opuestos, por esos lenguajes oscuros para comunicar esas incertidumbres.

 

Hay lenguajes más oscuros que las ventanas al pie del humo.

Uno se acostumbra a beber tanta indigencia alrededor

de los prostíbulos, entretanto se desnuda lo irrisorio; y lo banal,

adquiere categoría de canasta básica.

 

Más adelante, en el poema «Estertor del follaje» dice que

 

En la oscuridad de la escritura,

el susurro y el aullido de algún perro a lo lejos.

 

En la poesía de André Cruchaga (en toda) siempre están presentes esos andamios del absoluto, cuya metáfora tiene como referente el instinto. El instinto de vivir y el instinto de escribir. El poeta no se mueve por una serie de conocimientos previos sino por una experiencia de vivir y también de leer. El poeta argentino Roberto Juarroz decía en una larga entrevista que el poeta ha de guiarse por la intuición (instinto) para construir el poema y el mencionado Juan de Yepes que sin bien saberlo haciéndolo bien. Desde el siglo XVI hasta bien entrado el siglo XX los grandes poetas se reafirman en cuando a una verdad referente a la escritura poética: el instinto, la intuición son lo mismo. Y esto lo sabe muy bien nuestro poeta Cruchaga. No hay programas políticos, ni incitación a la rebelión ante el horror, como en los miembros de esa generación de los cincuenta. La muerte, el temor, la barbarie, el silencio, la incertidumbre la injusticia son más que suficientes y más eficaces ante las conciencias de los lectores.  Un lugar en donde Nada es en los diminutos peces de la garganta, nada reptar contra la ponzoña; el insomnio se prolonga como una lenta serpiente y es feroz el imán roto de su himno […] Un lugar donde los pájaros, el cielo azul del cielo siempre babean: ¿esperanza, esperanza continuamente frustrada? Como dice Cruchaga al final del poemario:

 

sin ningún imaginario, sin algo que les cubra su silencio.

esta tormenta de medianoche que embrutece,

al final me quedo con esa sensación de trote o de fracaso.

 

Nadie podría expresarlo mejor que el propio poeta, desde un exilio de la página interior y el furor de la página en blanco en donde funda un país llamado André Cruchaga en contra de ese otro país que su arte poética denuncia y muestra desde lo más hondo del espíritu humano, con desgarro y sapiencia.

Precariedades es un libro de extensión media, compuesto por unos 128 poemas (yo diría fragmentos). En el poemario se alternan poemas en verso libre con otros en prosa poética, sin que ello altere lo más mínimo el ritmo del conjunto. El ritmo y el tono se logran en virtud de varios elementos propios de la poética de André Cruchaga: la progresión ascendente y descendente de las imágenes, muchas de ellas de hechura onírica; la técnica contrapuntística del paréntesis y palabras en cursiva que hacen la función de otras voces, aparte de la del sujeto lírico.

 Ahora les toca a ustedes poner sobre la mesa de la lectura sus propias precariedades.

 

 

Por Antonio Arroyo Silva

Gáldar, 28 de diciembre de 2022.