sábado, 27 de septiembre de 2008

Añoranza del verano-Miren Eukene Lizeaga

Fotografía de Miren eukene Lizeaga, País Vasco




__________________Añoranza del verano



La arena
Antes cubierta de cuerpos al límite del anonimato
Cuerpos hablantes permutando sus voces
entre conversaciones abiertas al viento
que las desplaza en el ausente silencio del mediodía
Cuerpos tumbados
inmóviles ¿durmientes? bajo un sol cercana y caliente

La orilla
Que mil pies recorrieron el largo de su forma
para dejarse azotar por la agonía de una ola
que mil pies trasgredieron su frontera
para sumergirse en el aguaen la burbuja de una ola bravía
en la bonanza llana de la mar calma

Hoy
con la complicidad de un sol distante
el mar cubre esa arena
un mar frío e imperioso
recuperando un territorio que considera suyo
un mar y una arena que en el vaivén de la marea
arrastran sus secretos
allá donde ninguno podamos descifrarlos
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domingo, 14 de septiembre de 2008

La senda sin rumbo_Miren Eukene Lizeaga

Ilustración: Senda






_____________La senda sin rumbo

Obligó a su cuerpo a sentarse en la cama, para asegurarse de que algo bien sólido lo sustentaba. Quería volver pronto a la realidad, por muy ingrata que fuera, la pesadilla que aún lo dominaba lo retenía dentro de su inespecífico terror.

Todavía sentía en sus manos el olor a tierra mojada encogiéndose bajo su presión. Haciéndose pequeña hasta desaparecer y obligarle a escalar el racimo de negros nubarrones que parecían ofrecer nuevas sendas para sus pies. ¡Estaban tan cerca!, tan a su alcance estas montañas de redondeadas crestas gris azulado, que se rindió al convite, descalzo, y acariciando, casi, si acogida.

Pero una vez dentro supo que en este otro espacio todo era desconocido. Supo que nunca alcanzaría las, tan ansiadas, últimas crestas. Sus pies se hundieron y solo veía el color del viento repartiendo sobre su cuerpo gamas de grises que nunca había visto. En su caída intentó alzar los brazos por aferrarse a algo, ni eso pudo, porque a sus brazos, como al resto de su cuerpo, los guiaba una fuerza que no era la suya. Era una desesperación sabedora que había alguna salida, pero no la conocía. Así, en este moverse sin caminar a ningún lado, se encontró tumbado y boca abajo. Lo supo porque frente a él se erguían afilados picos cubiertos de nieve y temió que la voluntad que lo regía permitiera su brusca caída. Pero no fue así, sino que suave como la serpiente que se desliza sobre tierra, recorrió él también las gélidas agujas.

En lo que creyó ser su primera inhalación, desde que estaba en aquella senda sin rumbo, sin dirección ni sentido, sintió que no era tan solo la suya, porque la vio en la redondez de la cresta que integraba su ahora redondeado y gris azulado cuerpo. Fue corta la conquista, porque la exhalación se mudó en son de lluvia, y su cuerpo, fragmentado ahora entre las transparentes gotas, alcanzó una velocidad, que él, solo podía atribuir a los huracanes. Luego todo fue blanco, blanco el suelo que se acercaba, blancos sus pies, sus manos, y sus ojos, mezclados entre los miles de copos que danzaban entre el cielo y la tierra.

Ahora que estaba totalmente despierto, pensó que no fue tan cruel su sueño, porque le había dejado un poso de esperanza, siempre había alguna salida, aunque aún no la conociera. Inmóvil de nuevo en la cama, esperó la llegada de la enfermera, hoy iba a estrenar su nueva silla de ruedas.
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domingo, 7 de septiembre de 2008

María Antonieta Flores y la constancia de sus paredes_André Cruchaga

Ilustración: Carátula del libro: Índigo.






María Antonieta Flores y la constancia de sus paredes



Nuestra destacada poeta y actriz Aída Párraga, (El Salvador, 1966) me ha traído generosamente el envío que también la prominente poeta, ensayista y docente, María Antonieta Flores (Venezuela, 1960) me enviara cuando Aída participó allá en el Festival de poesía de Caracas durante el mes de mayo de 2008. Ese envío es el libro: Índigo, editado por la Fundación para la cultura urbana, caracas, 2001. Pero además cuenta con otros títulos en su haber: El señor de la muralla, 1991; Canto de Cacería, 1995; Presente que no en ausencias, 1995; la deshojada luz de la tarde, 1999; y el ensayo: Sophya y Mitos de la pasión amorosa, 1997. Además es promotora cultural.

En el veredicto dado por Federico Pacanis, Kart Crispín y Rafael Arráiz Lucca, se dice que en este libro hay “una nueva entrega de una voz poética que viene expresándose con vigor y resistencia desde hace más de una década. Índigo puede considerarse expresión acabada de un proyecto estético que se conforma en la búsqueda de la claridad ontológica, que no elude los laberintos de la psicología profunda, y que se detiene con pertinencia en la sustancia de mitologías de carácter universal.

María Antonieta ha estructurado este libro Índigo en tres partes: Conocida, extranjera y desconocida. Índigo no es aquí sinónimo de la “Nueva era”, expresión acuñada por Nancy Ann Tappe. Tampoco creo que lo haya usado como característica para definir a las personas físicamente hablando. Índigo, pues, de entrada me intriga porque a través de un concepto se engloba toda una poética que tropieza con los pies en el granito y una “sequía en el asfalto de los ojos”. Poesía ontológica.

Por alguna extraña razón, en algún sitio, la poeta tiene sueños recurrentes, el estar aquí entre todos y tantos, perdiendo en el ir y venir, gastando sus zapatos en el aguacero, porque “en el sordo respirar de la intemperie, los vértigos arrecian y/ una boca siente el lento separarse de los labios, el intenso/ contracto de la carne.”…A ratos la poesía de María Antonieta desequilibra sobre todo cuando interroga o habla al sordo: ¿Vivimos en una sociedad de sordos, frente al clamor, a los anhelos? “pero quién te dijo que había sonidos?” Vivimos en un mundo vedado, pese a la “fugacidad de la noche” o al obligado estertor de la sangre, llevando “pétalos secos”.

De repente hace un quiebre y nos habla de “los cuerpos que se abrazan en los besos”, “de cerrar los ojos para no recordar…cerrase para no ver”, pues es mejor así a “respirar una mínima seguridad de nada”. Ese índigo no sólo custodia periódicos y revistas, sino al silencio que es constante en las paredes. Entiendo que María Antonieta, ha querido a través de este color: Índigo [colorante natural que se obtiene por síntesis orgánica; es un polvo muy fino, de color azul morado insoluble en agua y alcohol] mostrarnos las densas sutilezas de la vida, esa paz que no tenemos de manera permanente porque constituye una conquista diaria del ser humano. Por alguna razón nos transporta a la imagen de las rejas. Imagen terrible que supone la aniquilación del ser humano. Y claro, no sólo son rejas los barrotes que mantienen en prisión, las ciudades, los poblados, pese a la globalización, siguen siendo proclives al abandono, a la destrucción, al aniquilamiento. El silencio mismo cuando nos arrebata la palabra es prisión, andar en sigilo, contritos de dolor es también prisión del alma. De ahí que la poeta también se adentre en el intenso padecer del olvido sosteniendo el madero. Es decir, esa cruz que es padecimiento aunque a él converjan ángeles y escuchen la vigilia.

A menudo estamos llenos de soledades y obligados a callar. Luego las mudanzas se hacen costumbres. En la vida del ser humano no vale ni debe tener cabida la lástima, pues ésta —dice la poeta— “es un dolor recién parido”. Ante esta atmósfera de pérdida toca la búsqueda, pero la respiración es insuficiente para navegar sobre las aguas o encontrar la llave que nos abra la esperanza. Se gira en el mismo sitio y todos los sitios, al parecer, tienen esos declives de entuertos arcaicos.

En la segunda parte del libro: Extranjera, la poeta de inmediato nos ubica en su ámbito: del silencio, del estar obligada a callar. “El cuerpo —dice— va como si no yendo/ la boca no puede nombrar.” Y esto resulta terrible porque “un llanto se atesora en las gargantas”, en los cuerpos “bulle sangre” y también un “clamor de alas” que haga salir o traspase otros ojos sin detenerse. Por fin, “la boca se abre/ se abre/…/ una gota se destila hacia el recuerdo/ tiembla el esternón/…/ índigo regresando”…

Los recuerdos son crueles generalmente, no dejan que el olvido haga lo suyo. De ahí que la poeta vuelva reiteradamente al frío del desamparo. Y ello porque estamos sumergidos “en [una] tierra llena de piedras y frío, entretejidos por el humo perturbador de las hogueras, de la ciudades amuralladas como la tierra sitiada en la piel de los cipreses, en los nichos cuya compañía es habitual.

Esta segunda parte me deja con escalofríos. Es poesía cifrada, transida de lluvia y abandono. Extraviada. Aquí pasa, como en palabras de Juan Gelman que uno se juega la vida. Condenados al extravío uno busca incesantemente la libertad. La autora nos advierte, que es una “larga caminata”, hay abandono y desolación, los rostros se pierden entre otros rostros, la oscuridad acecha en medio de la calle, los ojos buscan puertas, ventanas… de nuevo hasta la lluvia nos parece una extraña mano en los hombros. En el penúltimo poema de esta segunda parte, María Antonieta nos dice: “sólo me hacía compañía en esta extraña costumbre [la del extravío, por supuesto]…/los cementerios/…de éste/los altos cipreses/…sus formas envolventes/los nichos/…caminaba junto a él y sólo pensaba en ti/ caminaba por él deseando tu presencia/…íntima/desnuda/…cementerio de San Pedro/…lejos estás/ y tránsfuga/… andando en el deseo”.

El libro en cuestión tiene su propia lógica y así, supongo se lo propuso la autora del mismo. Tres instantes de una realidad. Después del extravío pasan muchas cosas: pasar inadvertidos, ignorados, caminar en el anonimato, sin que a uno lo vean otros rostros puede ser la boca resignada de la existencia: “Los pájaros se desprenden de los pájaros/…tiemblas bajo los aleteos/ y la misericordia/…el alba y en silencio”… ¿Qué otras posibilidades tiene el ser humano frente a un cuerpo denso y oscuro? Seguramente muchas o ninguna, porque hasta la sonrisa, si que la hay, se torna mueca. La noche es un refugio; sus golpes sin duda no lo son.

De repente uno llega a la conclusión que no es de ningún lugar. El sentido de pertenencia queda a la deriva, ni siquiera la “esperanza tiene las rodillas nítidas” para transitar por esos vacíos de espeluznantes ataduras. “Las luces se van apagando/ porque no hace falta/… no vayas a creer que eso ha existido”. Tan espesa es la desnudez que hasta se niega la existencia y las posibilidades que la luz engendra. Vivimos en un mundo donde la nota común es esa sensación de ser desconocidos; desde las ventanas uno lanza susurros, “un quizás, un día”… las cosas sean mejores y no nos parezca mentira deambular por las calles, atónitos, descalzos y sin ilusiones…

Esta tercera parte que apenas he esbozado, la del sentirse desconocida, nos conduce por esos hilos del pecho que a jirones hacen saltar la nostalgia. La claridad es noche y los sueños un disfraza de los mismos. Hay una tentativa por salir de esa habitación del mundo, de esas sombras vívidas de la experiencia cotidiana; pero los ecos sobre la luz no se oyen, cruzan ahí, y como un río desalojan al viento. “Un perro te está ladrando/igual que en otra tierra”…”Miras y Callas”, “Pulsos de angustia te rompen”, las calles no te sueñan, porque sencillamente se es desconocida/o en los glaciales abanicos de la intemperie.

El tiempo transcurre. Parece un hilo de agua interminable. Así lo percibe la poeta en la desnudez de la madrugada, sobre un pedazo de piedra de compañía, tras el índigo del desorden. ¿Podré —interroga la poeta— por este campo de huesos antiguos?/ no alcanzaré nunca la historia de sus habitantes/ ¿Encontraré de nuevo los sonidos del amor? Pero resulta que la fe se ha vuelto parásita y de repente sólo es posible el silencio y aún éste es huidizo, cuando sólo se reciben ausencias y, entre “puertas de madera y de viento”, únicamente hay abandono y ausencias sosteniendo la respiración.

Un coterráneo suyo, el poeta Vicente Gerbasi, nos dice: “pueden ver este castillo cubierto de hiedras/ de verde muy oscuro y solitario/ bajo los astros de los búhos,/ ni por qué mis ojos pueden detenerse/ a ver caer la nieve durante tanto tiempo,/ hasta que arropa todos los muertos/ y los deja allí con sus vestiduras./ de diferentes colores en el hielo.”… [Hay muchas maneras de estar muerto]. Y más adelante nos dice [“En mi padre el inmigrante”]: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos.”… “Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses, / solos en la tristeza de lejanas estrellas. […]” por su parte, María Antonieta, en ese regresar y no volver, “trazada está la lejanía/ hasta donde la mirada alcanza/ el suspiro rompe la medianoche”…

¿Qué clamor nos dejará escapar de esa medianoche? Si la lobreguez persiste en este nuestro pequeño planisferio, si nosotros, seres humanos, no encontramos respuestas, ni somos respuestas pues el habla no se entiende: una centella fantasmal nos vence, la calle nos provoca pánico y pese a la resequedad de los labios, no hay a quien pedirle agua para refrescar los labios, ni quien asista en esta sequedad del barro, porque llueve dolor en los lirios del alma. Tanta es la degradación que no se sabe dónde está el cementerio de la ciudad, lugar último de las tribulaciones. En las horas que se viven, los muertos nos miran, ellos ya saben nuestro destino, nos susurran el camino. Entonces “se empieza a llorar”

María Antonieta ha hecho un largo recorrido a través de este su Índigo. Son versos cifrados: imágenes que viven y expirar, venidas del miedo sin paraguas y analgésicos. Ha sabido encerrar en cada palabra “un puñado de su tierra” que a su vez es la tierra de todos. Si bien hay toda una simbología oscura, al final, “el amor se abre paso/…/desde los corredores de tu sangre/…/contra los ojos que te miran.” Una luna azul “cruzando el recuerdo” “en un intento de no ser [sólo] recuerdo/ [sino] de ser la larga mirada de un despertar”…
Barataria, 06/07.IX.2008.
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sábado, 6 de septiembre de 2008

Tarde en Manhattan:Una ciudad posible_André Cruchaga

Karla Coreas, El Salvador-USA (Firma autógrafos durante

la presentación de su libro: Tarde en Manhattan





Tarde en Manhattan: una ciudad posible


Cada poeta tiene sin duda una ciudad posible: quizá la de los sueños, quizá la de la vida cotidiana; quizá la que construye, en fin, con sus anhelos, la que va inventando tras los poros de la historia personal, al ritmo jubiloso de los días. Así se nos entrega Karla Coreas, [El Salvador, 1972] con su libro de poemas “Tarde en Manhattan, Urpi editores, 2008.

El poeta Luis Pérez Boitel, en el prólogo del mismo, nos enuncia cabalmente el tono del libro: “es un diario de viaje, una oración como salvoconducto por la distancia que tenemos entre nosotros, y frente a nosotros; llegar de un cielo a otro es realmente difícil, equidistante para un hombre común. La autora de estas páginas nos resuelve cualquier situación que nos aísle y nos golpee, pensar en su ciudad natal y ver que hay un mismo cielo a este lado del mundo, quizá sea la pregunta más palpable que reconozca el lector entre un poema y otro.” [Prólogo, pág.8]

El libro de Karla da inicio con un epígrafe de Alfonso Chase, que a su vez es una interrogante: “¿Qué puedo hacer si me he perdido en tu silencio/ y me respondes con el eco del viento y de las hojas?” Entre un poema y otro, la memoria va desatando recuerdos, como su “Fotografía con ausencia” o el mismo poema que da pie al libro: “Tarde en Manhattan”, donde “un farol —dice la poeta— sacude la arena de mis ojos”. Transitando por esas calles la atisba no sólo “la mirada gélida de los faroles”, sino la ternura engañosa de “la medianoche de esa ciudad”.

Hace años, bastantes años para ser exacto, llegó a mis manos a través de la Cooperación española, un libro muy hermoso que leí de un solo tirón (421 páginas ). Ese libro se intitula: “De amar y andar, de Jaime Delgado, Ediciones de Cultura Hispánica, 1977. Dicho libro comienza de la siguiente manera: “El conocido poema de Pablo Neruda —de cuyo primer verso tomo el título de esta obra— afirma que los libros nacen de [tanto amar y andar]. Ello quiere decir que el gran poeta chileno sabía bien que la creación artística no es hija solamente de la inspiración, sino también de la experiencia, de lo que el hombre vive y existe. Un largo camino amoroso, hecho al andar —según estableció don Antonio Machado—y amando lo que se anda, constituye la materia sobre la cual actúa la imaginación creadora, el gesto que permite alcanzar la alta cima del arte.”

Traigo a cuentas lo anterior, precisamente porque “Tarde en Manhattan” es eso: un libro amoroso y memorioso del andar, sea por “las noches de marzo”, como se camina la vida, sin que nadie convoque nombres. En estos tiempos, modernos o postmodernos, la poeta delira frente a las mariposas que posan su vuelo en las vitrinas, y no hay nada más sorprendente en ese paisaje urbano que queriéndolas asir, con todo y su respiración fría, los colores sigan intactos. Su delirio es una orquesta de indescriptible sed.

Ana Rossetti, en su poema “A QUIEN, NO OBSTANTE TAN DELICIOSOS PLACERES DEBO”, dice: “Y esa tan transparente neblina que su lengua/ extendió sobre mí…” expresa cabalmente el sentir y palpitar de la autora de “Tarde en Manhattan”. Hay poemas donde dibuja emociones grises que luego las desvía —no se queda en ellas— hacia ese escudo húmedo del pecho. La poesía de Karla, no es poesía grandilocuente ni está afectada por el hollín de lo ininteligible. Ella va destejiendo con naturalidad y pródigamente las sábanas de la emoción que son en esencia las que cuentan en la palabra. A la poeta “se le van abriendo las costuras de la memoria” sin argucias; y así florece su cuerpo y su fervor estremecido.

Esa bitácora del día a día la lleva a pensar y a sentir el verano nupcial en el West Side. Esta parte del libro la comienza con un verso de Roque Dalton. “Inútil todo lo demás. Te amo”. Es un verso contundente para todo ese caudal de emociones, para todo eso que está por venir que es precisamente el triunfo, la consumación de eso que se ama y que es parte de los desasosiegos del ser anhelado. Pero antes, la poeta ha estado en trance: ella escribe poemas de ausencia, de anhelos, de esperanza.

Entre sombras y encuentros hay un dejo de oscuros secretos propios del sentir humano; la poeta pareciera que respira las enredaderas de la melancolía como esos pájaros solitarios que entre las ramas esconden la ternura o, en todo caso, la resguardan. “Voy al encuentro de hoy” es ese estar atenta a los afanes tangibles, sin dejarse amilanar, porque qué otra cosa es vivir en ciudades tan inmensas, aunque allí ella quiera andar el mundo sin prisa —ese mundo amoroso con el amado— para conquistar aquel reino que uno siempre presupone de “húmedas planicies” y fuegos.

Entre los raros desasosiegos y las fotografías, la poeta dialogo consigo misma: de su pecho pareciera que nace la incertidumbre. Entre presencias y ausencias, el amor ejerce su piedra de locura. A veces la inseguridad abrasa las sienes y asciende hasta el vaho del horizonte sin que se pueda negar al pájaro roto del ensimismamiento. Luego, como recobrando la lucidez o sensatez que demanda la vida emerge la aceptación de ese otro ser, indispensable por lo demás para hacer un largo recorrido por las aguas del mar que no es otra cosa, sino las aguas de su alma, su ser interior.

Bien podría seguir con estas divagaciones respecto al libro que hoy nos entrega la poeta Karla Coreas: “Tarde en Manhattan”. Libro lleno de tiempo y pasión como deben ser los libros de poesía. Libro donde lejos de salir del amor se entra a él con la convicción y la gracia de una poeta conocedora de sus derroteros. Ella invoca, descubre, celebra esa fiesta de las mareas en estibor; luego pone en la mesa y abre las ventanas para que todas las palabras le rocen los poros. En cada verso deja sentir sus recuerdos, recuerdos que a veces la muerden o la estremecen porque “el olvido no existe”. Sin embargo para el cabal sentido del libro me quedo aquí, consciente que no soy versado en estos menesteres, sino mas bien en desdichas como bien lo anotó en su momento Cervantes.
Barataria, 05.IX.2008.
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viernes, 5 de septiembre de 2008

El poema:Memoria y tradición_André Cruchaga

André Cruchaga, El Salvador




El poema: Memoria y tradición de la palabra



El verso, dulce consuelo,
Nace alado del dolor.
JOSÉ MARTÍ



Dificil tarea es tratar que las palabras sean siempre luciérnagas fosforescentes, y llevadas al papel no dejen de sorprendernos y picoteen el alma de los lectores con su asombro. ...La poesía es como el viento, o como el fuego, o como el mar, acotaba en su momento José Hierro. Nunca la poesía, ha estado ajena a los hilos que mueven el alma del poeta, jadea en los espectros interiores de la conciencia, se hace de tiempo, humedad y sombras. La poesía es la poesía muy a pesar de los propios interiorismos o exteriorismos del poeta. Donde la noche pulula, donde el cáliz de la lluvia suelta su risa ahí está la poesía.

¿Qué requisitos —me pregunta el poeta Piero De Vicari— debe tener un poema para ser considerado bueno? De momento resulta complejo responder a esa interrogante, porque va más allá de la retórica y las normas de la preceptiva. Hay poemas métricamente correctos y son un ataúd; por el contrario, existen poemas como enredaderas que pierden al lector en brisas de niebla sin ese fuego necesario que desnude el alma, que lo desvele de su carne: son zarzales donde no se pueden hurgar los días. En este sentido, y como tampoco la finalidad de estas digresiones es hablar de normas, las obviaré dado que para eso están los estudiosos de tal menester y los libros de preceptiva literaria.

Si las épocas cambian, también los gustos, la forma de hacer las cosas, de percibirlas y transmitirlas. Siempre ha habido afán en este sentido: qué poemas o qué poética es mejor que otra; o peor aún, qué poeta es mejor que otro. Uno nunca lo sabe o logra entender porque ello se mueve dentro del gran espectro de la relatividad. Sin duda los marcos referenciales, la cultura de cada lector juega papel importante para efectuar este tipo de cataciones. Tradicionalmente a un buen sector de personas les encantará la poesía rimada de corte clásico: llámese soneto, lira, himno, oda, romance, lira, redondilla, décima, etc; no tanto por la forma, sino por los efectos musicales que produce. Algunas veces —digo con énfasis, sólo algunas veces— los poemas con esta arquitectura caen en la pedantería del sonsonete.

Un poema gusta o no gusta. Esto es una realidad. Hay poetas que trascienden por un poema y también es verdad. Qué hay entonces en su interior, en ese camino de palabras donde las alucinaciones son patentes, qué hay en las aguas del poema para provocar, mover, los pájaros tirirantes del alfabeto y el misterio inquietante de la vida y los sueños. Es sencillo. Un poema se hace con piedras y viento, con ecos y ríos y sueños. Un poema se hace de tiempo, ternura y campanas. Un poema se hace del andar, de los platos rotos de la mesa, de la intemperie de la carne como un caudal de río… Encarna, a fin de cuentas, lo vital, la problemática del ser humano, lo idílico, transmitido en sentido revelador.

El arte del poema tiene que ver con el arte de la escritura: es la individualidad, esencia misma de la poesía. Esto me recuerda la “Teoría del duende” de García Lorca. “El buen poema es en sí mismo hermosura y no se presta a la despreocupación. La inspiración llega de la mano del trabajo. Podrá uno sentirse inspirado en un momento dado por cualquier circunstancia, pero ese numen es necesario expresarlo con palabras y es entonces cuando surge el problema: cómo plasmar sobre el papel un sentimiento que nos conmueve.” Un arte tan delicado como la construcción del poema demanda del poeta una buena dosis de dedicación y de conocimiento literario. Tanto el verso libre como el medido requieren de unos elementos mínimos: cadencia, ritmo interno y musicalidad implícita en cada verso.

En nuestra literatura tenemos poetas de inconfundible tesitura, entre ellos está Walt Whitman, “el poeta norteamericano rebelde a toda forma, que canta en lenguaje tierno y lleno de matices de lunas las cosas del cielo y las maravillas de la naturaleza, y celebra con desnudez primaveral y a veces con osadías paradisíacas las fuerzas rudas y carnales que actúan en la tierra, y pinta muy rojas las cosas rojas, y muy lánguidas las cosas lánguidas” [...]. (La Opinión Nacional, 28 de diciembre de 1881 - OC, XXIII, p. 128) Op. Cit. Andrés Olaizola.

Si bien hay diversos gustos, simpatías y antipatías frente a poéticas o autores determinados, lo cierto es que el punto central para que guste o no un poema y trascienda entre los lectores, es aquel que evidencia una auténtica construcción de la emoción, “donde la palabra cumple con su función de portadora de sentido”, o, como lo deja entrever Ángel Rama: “universo sobre el que se aplica la tarea descubridora, transformadora y creadora del hombre”, Op. Cit. Ioana Gruia. Otras veces el poema gusta por el manejo desaforado del verso y su clara oposición a las instituciones: llámese a esto academia, muy de moda ciertamente en tiempos de convulsión política, pero que después al pasar las coyunturas, bajan sus aguas termales. Evidentemente estamos en una situación muy compleja: hay poemas que gustan por la naturalidad, la sencillez, la brevedad caso de la poesía oriental, pero que muy bien se ha cultivado en Occidente. Tenemos para el caso lo que se ha dado en llamar la “poesía visual” la cual parece tener muchos cultores hoy en día. El valor propio de un poema también está en la novedad, en la armonía interior del texto. El poema es la sombra del poeta, reflejo ensimismado del espejo, libélula que roza las alas de la brisa.

Un poema se construye con palabras y emociones: toda exterioridad debe culminar en una experiencia sensible, “crear un poema significa reformular objetivamente la emoción”, para hacerla transferible y digerible al lector. La voz que habla en el poema es la voz de uno, pero es la de los demás, experiencias y emociones posibles del poeta y del lector. Un poema para el poeta constituye siempre una experiencia única que emerge de su conciencia y va hacia el otro en comunicación con ella y con el destinatario. En este sentido los aspectos, criterios, cualidades de un poema están en correspondencia con el gusto del destinatario; de lo que dice aquel hacia el otro en simbiosis plena. Resulta interesante al respecto recordar a Neruda. Él decía: "Si me preguntan qué es mi poesía debo decirles no sé; pero si le preguntan a mi poesía, ella les dirá quién soy yo". Es oportuno recordar para el caso también al poeta Huidobro —con sus años me sigue pareciendo el poeta más joven del planeta— él decía que “la verdad artística empieza allí donde termina la verdad de la vida.” Y esto es así porque el poema es el poeta, la eternidad de la noche, el eclipse de los días, el espejo de los sueños haciéndose palabra. Es a través de la palabra que se logra emoción, luz y oscuridad en imágenes y las correspondientes configuraciones del alma en sucesivos símbolos. La experiencia del poeta es percibida intuitivamente hacia los planos visibles de la interpretación. Poesía, en palabras de Juan Ramón Jiménez es “instinto cultivado”. “Un poema debe ser algo inhabitual, pero hecho a base de cosas que manejamos constantemente, de cosas que están cerca de nuestro pecho, pues si el poema inhabitual también se halla construido a base de elementos inhabituales, nos asombrará más que emocionarnos.”(Huidobro, Manifiestos)

Feijoo en “Cartas eruditas y curiosas”, acota que “el constitutivo esencial de la poesía” ha de buscarse «en el entusiasmo”; mas se trata del entusiasmo que se da en un «hombre de un gusto racional”. Esta idea ya la había expresado Feijoo en forma más sugestiva en el tomo primero del Teatro crítico universal, en el discurso titulado Paralelo de las lenguas castellana y francesa, “Quien quiere que los poetas sean muy cuerdos, quiere que no haya poetas. El furor es el alma de la poesía. El rapto de la mente es el vuelo de la pluma”. Op. Cit. “La actualidad de las reglas” de Russell P. Sebold.

En definitiva el valor de un poema, ya por su trascendencia para que guste o no, reside en la indisolubilidad del sentimiento y la razón. “Hay que sentir profundamente la idea, pensar con agudeza el sentimiento.” De otra manera no creo en el gran poema ni en el misterio poético, ni en la luz honda de las aguas que en el interior palpitan con sus dedos de heridas y estertor. El poema que gusta es porque se siente hondo, profundo en el alma: despierta el galope de las raíces, descarga ramas de trementina, incendia el tiempo sigilosamente, abre las esquirlas del sueño, dice en fin, el infinito que el otro sueña. Pensemos un momento en los “Sonetos de la muerte” de doña Gabriela Mistral: ahí está el sentimiento descarnado, en su más alta expresión. En otra vertiente, el “Poema 20” de Neruda, “Poema de Amor” de Roque Dalton. En los tres casos, —porque desde luego hay más—la trascendencia es indiscutible por cuanto cada poema expresa el sentimiento humano. Quién que es no ha tenido la experiencia de la muerte cerca, las desazones del amor o el compromiso político con la Patria y sus avatares, con su propia identidad?

Melville Cane en el libro “Making a poem” (1953) expresa: “Tengo la audacia... de escribir sencillamente, no para la presente hora, sino para la posteridad... El peligro yace en unas alusiones y un lenguaje que una generación futura no pueda comprender... Con igual cuidado hay que vencer una afición al vocabulario que está pasado de moda”… (Russell P. Sebold). El poema también es modernidad. Los temas pueden ser los mismos, pero tratados con el sol de cada amanecer. De lo contrario se cae en el desuso, lo arcaico y pasado de moda. Las aguas del instante no son las mismas, ni los senderos callan con las mismas sombras “cuando se pone el sol”.

Concluyo este periplo con Gabriela Mistral y Vicente Huidobro: Creo en mi corazón, el que yo exprimo/ para teñir el lienzo de la vida.... Que el verso sea —decía Huidobro— como una llave/ Que abra mil puertas./ Una hoja cae; algo pasa volando;/ Cuanto miren los ojos creado sea,/ Y el alma del oyente quede temblando. (Arte poética, Vicente Huidobro). Aquí está la clave de toda la trascendencia del poema. Hay que desnudar gota a gota y sin anestesia los espejos de la propia materia. Todo hecho externo, para el poeta debe terminar en una experiencia sensible, que a su vez evoque emociones susceptibles de ser aprehendidas por los lectores.

Barataria, 28/29/30.VII.2008
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domingo, 24 de agosto de 2008

Corina Bruni, un manantial hecho poesía_Por André Cruchaga

Corina Bruni y André Cruchaga, El Salvador






Corina Bruni, un manantial hecho poesía





El acercamiento y vivir en gracia de la poesía, siempre resulta gratificante. Lo es más cuando quienes nos dedicamos con devoción a este menester nos solazamos con la obra ajena. Este es el caso que ahora me ocupa: una ojeada a la vasta obra de una de las poetas que más ha entregado su estro a escribir literatura para la infancia. Se trata de Corina Bruni, (El Salvador, 1930). Y ya de entrada me valgo de las siguientes palabras para ubicar estas digresiones: Se entiende por literatura infantil la literatura dirigida hacia el lector infantil, más el conjunto de textos literarios que la sociedad ha considerado aptos para los más pequeños, pero que en origen se escribieron pensando en lectores adultos (por ejemplo Los viajes de Gulliver, La isla del tesoro o Platero y yo). En otro sentido del término, menos habitual, comprende también las piezas literarias escritas por los propios niños.[1]

Con Corina Bruni estamos ante un caso de estimulante y fructífera producción literaria. Ha sabido reflejar en cada una de sus producciones, los requerimientos que Juan Cervera [2] plantea como necesarios para cumplir a cabalidad con este cometido particular de la literatura, como son: ideológicos, anhelos pedagógicos, desarrollo evolutivo, etc. Corina con su palabra ha sabido entrar a esa tierra mágica de la infancia: la fantasía, sin la cual es imposible crear nuevos mundos, arco iris donde los pájaros beben los colores y comen el pan blanco de las nubes.

Algunos estudiosos han cuestionado la existencia de este tipo de literatura, al punto del escepticismo [3]; lo cierto es que en realidad los cultores de la misma no son muchos. La literatura infantil es la más difícil de escribir: hay que ser niños para escribirle a los niños y entrar así a su mundo. Corina en este caso particular lo hace muy bien: tiene el sentido y la palabra exacta, las palabras que evocan emoción profunda, simpatía. Sólo ella sabe capturar las luciérnagas y alzar una especie de vuelo fosforescente. En sus composiciones los niños colorean trazos, siluetas, historias concretas…

Pero Corina no se queda con la poesía. Ella además ha incursionado felizmente en la fábula, el cuento, el drama, la leyenda y, por supuesto, la poesía para adultos. Es pues toda una institución en la imaginación y en la sencillez del misterio; sabe deslumbrar y penetrar en la mente y los sentimientos de esos seres a los cuales va dirigida su producción. Si sus poemas encantan, lo son más sus narraciones por su acento vívido e íntimo.

Todo narrador y en el caso de la narraciones dirigidas a la infancia, como lo plantea Madeleine Faure[4] tiene la obligación de poner en su trabajo verdadera sinceridad; admitir las hadas y los héroes y vibrar al unísono con sus oyentes. Hay un libro intemporal en esto que nos ocupa: La edad de oro de José Martí. A este se le considera a nuestros días un libro clásico de la literatura infantil en idioma español. En él encontramos artículos, cuentos, crónicas y poesías inolvidables para niños y niñas de todas las edades y de todos los tiempos.

Y hablaron los animales, San Salvador, 1986. Como sabemos la fábula es un relato breve muchas veces en verso escrito en un tono generalmente jocoso y del se extrae una "moraleja" o lección. Los personajes suelen ser animales dotados de habla. Y, aunque no vamos a hablar de su origen, lo cierto es que Corina Bruni, ha sabido aquilatar toda esta herencia literaria desde Hesíodo. [5] La literatura es esencialmente valores: Corina lo sabe; es por ello que a través de la fábula resalta esos valores esenciales para trascender desde las cosas y la animalidad a una vida humana más edificante.

Pomas de jabón, El Salvador, 1984. Los poemas de este libro de este libro, en palabras de Eduardo Ritter Aislán [6], constituyen luces iridiscentes que nacen, se evaporan para volver a surgir en una nueva voluta de la caña que soplan los labios del niño. Corina se entrega en cuerpo y alma en estas poesías y lo dice expresamente: “te estoy brindando mi amor/ en este libro velero”… Y vaya si no es cierto. Muy observadora, está atenta a la manera de ser, a la idiosincrasia de niños y niñas: “Les encanta el agua,/ les fascina el fuego…/ y juegan con ellos/ sin pena ni miedo.” Así es este mundo infantil y Corina lo sabe interpretar muy bien.

Rataplán, El Salvador, 1992. Juegos, cuentos y canciones hacen su debut en este libro. El libro, tal cual lo expresa Ana Milagro C. de Álvarez, [7] “reúne todos los requisitos que el maestro más exigente pudiese desear en creaciones literarias para motivar las lecciones o desarrollarlas. La literatura ofrece al maestro, —y este es el caso del presente libro— inagotable fuente de instrumentos didácticos.” Hay problemas de lectura en nuestras escuelas, de comprensión, interpretación. A menudo sólo nos quedamos con los recursos de la memoria y no es suficiente para adquirir todos los mecanismos que demanda el sistema educativo y los de la vida. Con estos textos de Corina Bruni, bien puede el docente entusiasmare al niño y a la niña, haciendo que “lean un cuento, memorizar un poema, dramatizar una fábula o una leyenda, , es decir, hacerles penetrar en su mundo, el de la fantasía, el de la aventura, el de la belleza para elevar los ideales a través de las fibras sensibles del alma…[8]

Nube-Escuela, El Salvador, 1987. Nbe-escuela son dos conceptos dodne los niños y niñas transitan muy bien. Texto objeto, es decir, texto con bocetos para que los infantes y las infantas coloreen. Otro elemento importante que Corina intr5oduce en sus textos: el color. Colorear resulta para esta edad escolar una actividad de gratificante divagación y que la escuela está en la obligación de fomentar. “Sutil, la brisa, te lleve/ —sugiere Corina— en sus alas a volar./ Y, como si poco fuera,/ que cabalgues en las nubes/ y te puedas deslizar/ en el brillante arco iris,/ igual que en un tobogán.”

Sol - so – bri-sol, El Salvador, 1994. Poesía sencilla, hecha con los elementos del entorno, con los animales que vemos a diario, con lo que nos dicen o nos cuentan, pero siempre con ese sentimiento profundo de la entrega por hacer un mundo más sensible y humano. En aquí y allá, —nos dice Corina—: “Aquí una piedra,/ allá un cangrejo;/ y viene un sapo/ con su aparejo./… Aquí un serrucho,/ allá una pala./ Viste un mapache/ traje de gala./… Aquí un candado,/ allá una aldaba./ Aquí se cobra, allá se paga.” Cualquiera diría no sin cierta ligereza: ¡ah, es poesía fácil! Les puedo asegurar que no lo es. Corina es rigurosa en todo lo que escribe. Además cumple con los cánones que la literatura infantil demanda, a saber: ella se dirige a los niños e incita al redescubrimiento de las cosas de su entorno, sin el desconcierto deformado de las mismas y con un lenguaje verdaderamente comprensible.

Juguemos a contar cuentos, El Salvador, 1999. Son textos de hadas para que esos seres mágicos vivan la magia de contar cuentos. La literatura para niños y niñas han tenido, tradicionalmente, un foco muy marcado en la transmisión de una moral específica. Con el pasar de los años, estas "morales" se han ido adaptando y es por ello que en muchos cuentos tradicionales, se han alterado los finales o incluso su núcleo argumental. Jean Piaget ha demostrado que el niño "crea" como mecanismo natural para descubrir su entorno. El escritor argentino Julio Cortázar dice al respecto: Es verdad que si a los niños los dejas solos con sus juegos, sin forzarlos, harían maravillas. Usted vio cómo empiezan a dibujar y a pintar;…[9] Los textos en verso tienen ventajas, por su fijeza y por su mayor capacidad para el juego y la memorización. Los textos en prosa fundamentalmente cuentos, tienen su mayor oportunidad para la audición, aunque revisten menor fijeza lingüística que los versos, y gozan de más facilidad para la adaptación por parte del narrador. [10].

11 fábulas y algo más,,, El Salvador, 2000. La autora a diferencia de su otro libro de fábulas, aquí hace gala de su prosa. Corina sabe, está consciente que la literatura es un recurso inigualable para acercar a niños y niñas a un mundo de verdad y sensatez. En la moraleja de “El cuervo y la musaraña”, deja asentada su propensión pedagógica: “Una buena educación/ puede corregir, sin duda,/ infinidad de defectos/ antes que seamos grandes./ Mas no se puede negar/ que hay ciertas inclinaciones/ que se llevan en la sangre”… Luego nos dice en otra moraleja: “Es preciso estimular/ a las personas honradas,/ pues dicen que la honradez/ no tiene precio ni paga”… No es un moralismo a ultranza el que se plasma en estas fábulas, ni mucho menos tienen carácter represivo. En el fondo, Corina siempre propone un final feliz que en definitiva es lo que debemos celebrar.

Arriba el telón, El Salvador, 2002. en este libro Corina Bruni incursiona en el teatro infantil. No hay miedos, ni angustias, ni ansiedades. Tanto los cuentos como estas pequeñas piezas de teatro pretenden poner a niños y niñas ante historias cuyo contenido edifica. Es literatura para gozar, pero también es literatura para edificar. Al final, Corina, responde a “la necesidad de dar respuesta personal a cuanto inquieta a niños y niñas y favorecer el desarrollo de la fabulación”, tomando en cuenta la progresión afectiva de la infancia, sin la cual la literatura carecería de sentido para otras edades. En síntesis, la literatura, tanto en lo particular, tiene una función básica: servir de catalizadora de los diferentes descubrimientos del niño y niña en su proceso evolutivo, la toma de conciencia y el sentido que toman en su vida esos descubrimientos.

Barataria, 23/24.VIII.2008



[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Literatura_infantil
[2] Cervera, Juan. La Literatura infantil en la Educación Básica. Editorial Cincel, España, 1984.
[3]Cervera, op cit. Pág.14
[4] Faure, Madeleine. El jardín de infantes. Kapeluz, Argentina, 1958.
[5]Algunos expertos afirman que la fábula tiene su origen en Hesíodo.
[6] Ritter Aislán, Eduardo poeta, escritor y diplomático de carrera. Fue durante muchos años Embajador de Panamá en El Salvador.
[7] Ana Milagro C. Álvarez, escritora salvadoreña.
[8] Ana Milagro C. de Álvarez, escritora salvadoreña en A manera de prólogo del libro: Rataplán, 1992.
[9] http://es.wikipedia.org/wiki/Literatura_infantil
[10] http://es.wikipedia.org/wiki/Literatura_infantil
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Leer más de Corina Bruni y André Cruchaga en: Arte Poética_Rostros y versos

Oso aventurarme_Miren Eukene Lizeaga

Miren Eukene Lizeaga, País Vasco





Oso aventurarme





Mas, ¿Cómo perseveras,
Oh vida, no viviendo donde vives,
Y haciendo porque mueras,
Las flechas que recibes,
De lo que del Amado en ti concibes?
SAN JUAN DE LA CRUZ



Oso asomarme por entre los libres huecos de estos barrotes, que son mi prisión
Prisión, cegada por los colores de una flor y el tacto de un agradable calor, que se truncan en una ciudad de sepulturas, cuando se asume el molde de la adultez, que nos define ante una abierta ventana, donde lo único material son los barrotes y su tangible dureza.

Materia, que mis temerosos dedos recorren palmo a palmo, con la lentitud de los años que nos distraen mientras actúan, para, en un momento cualquiera, arañarnos con su punzante herrumbre de tiempo, la que continúan palpando mis ya no inocentes dedos.

Por eso se abandonan en ese otro espacio con la despreocupación de un infante, donde nada tocan y nada las toca, sienten y osan, inventar vidas, pintar estampas entre las estrellas, fundir la mirada con el vacío, revolver utopías, en esa invisible ligereza donde habita el Misterio, donde el Basar recibe guiños de libertad.

Y aunque la sensata cordura lo niegue, porque se siente perdida más allá de lo que ve y toca, no logra controlar este brazo que se extiende al cielo.
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Poeta, Traductora y narradora.
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viernes, 22 de agosto de 2008

Melodía de amor_Cuento de Samia Michel

Samia Michel






Melodía de amor



Antes de tomar el atajo de piedra, Gabriela hizo una pausa para cargar sus pulmones con el seductor olor desprendido de los árboles del pino. Un desorden primaveral hacía un esfuerzo para restituirle la vida a este lugar, que estaba caído en una contagiosa nostalgia. Dio unos pasos y se detuvo a escuchar la nueva melodía del río; las piedras que volvieron pesado su recorrido, se la agregaron a la sinfonía.

No se fijó por cuanto tiempo estuvo parada allí, contemplando y acariciando los rosales que perdieron elegancia por no soportar su ausencia. Un pájaro se desvió de la manada que escandalizaba la tarde con sus cantos desordenados, y se manchó las alas con la sangre que recorrió el pétalo por el dedo espinado de Gabriela. Oscilando entre las margaritas amarillas y blancas y los tulipanes, un júbilo la invadió. Por fin, las fronteras se han roto, y ahora está más cerca de que Mauricio la tuviera entre sus brazos. Pensaba en su reacción al verla; han pasado tres años. Se sonrió. Como si el tiempo nunca hubiese existido, hasta el gato le reconoció los pasos y corrió a rascar la cabeza en sus finas pantorrillas. Llena de ilusiones, subió las gradas apoyada en el pasamano. Entre grada y grada, se detenía para calmar la euforia en su corazón. Antes de pisar las últimas, le fue imposible apaciguar la agitación del amor que se intensificó en ella. Miró con ternura la ventana cerrada; la sombra de una luz tenue se dejaba lucir por detrás de las cortinas que opacaron desde que ella se había marchado. Apoyó su cabeza en la desnudez del umbral de la puerta, y se cruzó de brazos a endulzar su alma con la misma melodía con la cual Mauricio la había conquistado. Pero aquella tarde, las teclas del piano parecían agonizar bajo sus dedos, y lentamente. Postrado en la melancolía, aquella melodía lo mantenía vivo, y soñaba con el día en el cual la agitación de sus corazones se mezclara.

Gabriela se transportó a aquel día en el cual fue obligada a terminar su noviazgo con él. Mauricio era considerado un soñador músico muerto de hambre, para los lujos a los que ella estaba acostumbrada; y solamente de amor no se vive, según margina la sociedad. El sillón hundido pero no por el peso de su cuerpo, Mauricio no especuló que la sombra extendida sobre el piso de cerámica podría ser de su amada.

—Mi amor, te he extrañado.

Mauricio agitó la cabeza en todas las direcciones a la vez. Él que seguía viviendo en la profundidad de sus sueños, no podía creer que esta tierna voz alojada en su alma y que acaba de acariciar sus oídos, es la de quien ha provocado en él llantos y tormentos. Era una realidad antinatural.

—Cariño, regresé —Gabriela meneó la cabeza con un dulce coqueteo, y el brillo en sus ojos resaltó aún más.

Los dedos de Mauricio se paralizaron que la melodía se aquietó. Y, si en estos instantes, ella se hubiera detenido a observarlo más de cerca, se daría cuenta de cómo, a pesar del pasmo, aquel rostro pálido relució. Pero el dolor era tan orgulloso dentro de él que agachó la cabeza; aunque las lágrimas no son para los hombres.

El silencio se desesperó, y fue el gato que lo restringió con su ahogado maullido, como advirtiendo a Mauricio no permitirle al destino una nueva burla. Esta vez, no. Al ver que no reaccionaba, la sonrisa de Gabriela se desvaneció; la distancia entre los dos parecía más extensa de lo que ella pensaba. Una lágrima se precipitó y le humedeció las canas en la espalda al gato. Dio un paso hacia atrás, acarició al gato, tiró de su mochila en el hombro, y con una rapidez inusual en ella desapareció entre las gradas. No se quería decepcionar al volver la mirada para no descubrirlo parado en la ventana, viéndola partir.

Cuando Mauricio se sacudió la melancolía, ella estaba todavía marcando los pasos entre los árboles del pino con el trancazo de sus tacones. Se levantó bruscamente que sus dedos le sacaron un grito a las teclas del piano corriendo tras ella; no quería dejar escapar el momento que tanto esperó.

Ansioso, y antes de reponer el aliento, le permitió a su pecho derrumbarse sobre su espalda, sus brazos la envolvieron, y con los ojos cedidos a la pasión sus mejillas se acariciaron. Gabriela liberó su hombro de la mochila, se giró de frente a él, enredó sus brazos alrededor de su cuello, y con un ligero salto cruzó las piernas en su cintura.

Una suave brisa coqueteó los rosales; los pinos silbaron la canción del amor y algunas florecillas cayeron; y la luna que se ocultaba tras una estrecha nube, desfiló con las estrellas formando un corazón.

Mauricio la tomó en sus brazos, y en sus brazos entraron en el calor del lugar que le correspondía. La calma no se perdió, y no hubo reclamos. Sus latidos se mezclaron, y la distancia se suprimió que no hubo necesidad de hablar, ni siquiera de susurrar. Las lágrimas se llevaron en su recorrido el dolor, sanaron las heridas, y los acercaron más en su amor.
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Samia Michel es novelista

martes, 19 de agosto de 2008

Lo que fue dictando el fuego a la palabra_André Cruchaga

Maylén Domínguez Mondeja, Cuba





Lo que fue dictando el fuego a la palabra




“Ya hablé de las ciudades,
Puedo imaginar la edad de algunas casas,”…
MAYLÉN DOMÍNGUEZ MONDEJA




Cuando Maylén Domínguez Mondeja, (Cienfuegos, Cuba, 1973) me envió sus primeros poemas quedé impresionado por su gran altura poética, hondo lirismo y manejo del lenguaje. “Pulcritud, madurez” y pasión con que escribe son en Maylén su “magno fuego”. En estos días me ha hecho llegar tres libros suyos: “De lo que fue dictando el fuego”, 2004; “Noche magna”, 2006; y “Queredlas cual las hacéis” (Antología de jóvenes poetisas cubanas del siglo XXI), en coautoría con Noel Castillo González, 2007.

Ya desde su entrada nos asombra con ese título tan sugestivo. Como en su tiempo también nos asombró Sor Juana Inés de la Cruz, a quien de seguro esta poeta de Cienfuegos ha leído largas noches y días de luminoso sol caribeño. El poemario “De lo que fue dictando el fuego”, 2004, en su mayoría es un reconocimiento desde su palabra y genuino sentir, a diversas personales que han hecho historia por su contribución a las sociedades a las cuales han pertenecido, pero también porque su estro ha incidido y contribuido al desarrollo de nuestro continente, ya a través del canto, la poesía o las luchas sociales. Así tenemos alusiones al poeta Otto René Castillo y su amada Karen, la historia de Laura Estrella joven embarazada y secuestrada en Argentina y asumido el dolor de ella, de su madre (Abuelas de la Plaza de Mayo), desde la individualidad de Maylén: “Los besos cercenados,/ los pechos como arena que el vendaval asuela…/ ¿Qué oculto polvo seré cuando amanezca en/ llanto de mi hijo,/ qué voz predicará en su noche?/ Ahora que mi vientre tramaba una caricia,/puedo crujir de espanto,/ callo donde hace el odio su potestad terrible.” (Laura Estrella, pág.15).

La historia —nos dice Maylén— es una caprichosa llaga/ arrinconada en la orfandad del pecho,/ todo lo puede cambiar.”… Y es cierto, la historia hace y deshace, alucina con sus credos y se quiebra, es agua entrañable y cansancio cuando los procesos se agotan, desenreda, rueda y sangra, su aliento es una escuela de manos. “¿Vuelve todo a vivirse bajo la piel del polvo”/ ¿Cómo será en lo oscuro tu trémula figura/ palpando la ceniza de mi clamor profundo?” (Manuela Sáenz, pag.20). Cada verso contenido en este libro es un testimonio-homenaje vivo de amor, genuino amor casi filial a otras personas materializado a través de la palabra. “A veces una palabra puede incendiar lo frágil”, a veces no se puede nombrar la tristeza, ni dejar sin tiempo el pulso de la vida.

Hace años, estaba joven todavía cuando leí algo de aquel personaje mítico de “La Pasionaria”(Dolores Ibárruri), Maylén me la ha recordado ahora en los siguientes versos: “Dolores fue un temblor en el diciembre duro,/ estremeciendo el suelo agreste de Gayarta./ …/¿Qué llanto baja entonces al polvo enrarecido,/ qué sueños,/ cuando el fuego de esa pasión/ no alcanza?”(Poema III, pág.29). El poemario: “De lo que fue dictando el fuego”, culmina con el apartado: “Marías que se van”: interesante porque la sección la inicia con un poema donde hace alusión a María Magdalena de señales bíblicas conocidas en los Evangelios y vida de Jesús, hasta culminar con el poema: “palabras con María Dulce Loynaz, donde encuentro profunda tristeza y un paisaje de alas grises, permeadas por la sal de las tórridas fragancias: “Qué bien, Dulce María,/ me asentaría una angustia varada en/ lontananza./ inexorablemente/ el musgo me ha roído,/ el mismo en que procuro inclinarme hacia otra/ vida/ como quien al fin no encuentra en el agua algún/ remanso”. (Palabras con Dulce María Loynaz, pág. 58).

Por su parte “Noche Magna”, 2006, es un poemario personal, donde saltan los desasosiegos propios de un poeta. Poemario íntimo, pulcro, sin facilismo de palabras, sobrio, sincero. Esperanza, erotismo, soledad, nostalgias son la tónica de los poemas contenidos aquí. Maylén estampa su sombra en el espejo de cada palabra para revelar lo que hay detrás de umbrales y puertas. El viento celeste de la isla suelta sus hilos y, como un portento de la sangre heredada, hace el fuego. Entonces el tiempo y el cielo se desvelan; “su batir de alas”, desemboca al límite “inquebrantable de la madera”.

Esperanza transida con un dejo de dolor; pero esperanza al fin. La poeta aparece casi desvaída en la cantera de sus sueños: “A ratos logro rumiarte una esperanza,/ confiarme suave a esos días,/ para ese Día decirte:/ puedo vivir mi soledad dócil,/ mi noche a salvo de todos los estíos,/ mi Noche Magna”. Más adelante, con un epígrafe de Jorge Boccanera: ¿Qué haré con este corazón desordenado y triste…?, da inicio a su “entrada la tarde”. El título de esta sección del poemario de inmediato nos invita y sumerge en el tiempo, pero también en ese: entrada la tarde donde el día, la luz se va perdiendo y viene la noche con sus sombras, con su penumbra, con su melena de resplandores yertos y gastadas rosas. Viene también la zozobra, los ahogos y desahogos de la lluvia en el cuerpo: “Cómo lograrte sin mitigar los dones/ que me aprisionan al centro de la Ínsula,/ cómo negarte./ …Entrabas a la tarde/ e ignoraré en qué predio encallaban tus palabras./…Ignorarás, Amigo,/ esta tristeza insular,/ tremebunda./ Y he de seguir nombrando tu vida, aunque no espere./ Lo puedo presentir en la estación que alargan/ los pájaros tardíos,”…

La poeta anda y desanda los temblores de la carne, las puertas indecibles de la noche, su cuerpo y su alma, elevadas a la trementina, al encuentro desposado de las enredaderas. “Me apegaba al rescoldo de tu cuerpo,/ ansiaba verte otra vez,/ como aquel día,/ atravesando una diminuta calle, viniendo a mí.” Y nos continua diciendo: “Una quisiera adorar como se adora,/ sin más pretexto que ese besar naciendo,/… Sin embargo nos damos cuenta que en el amor también existe la penumbra; lo que a menudo en un principio es balcón con golondrinas, pronto se torna vitral sangrante, ojos lánguidos y mirada penumbrosa. Cruelmente tras el amor viene el desamor, tras la renunciación hace acto de presencia la memoria a menudo para entibiar aquellas escenas que por un momento nos parecieron mágicas. “No niegues —dice la poeta— aquel modo inocente de sabernos,/ como no puedo curar yo el sordo abismo/ de tanta ausencia.” ¡Vaya si no! Lo que el gozo nos ofrece, después es grito desgarrador tras las cortinas del alma. Por eso la vida es un teatro con múltiples balcones: Lo que al parecer es, deja de serlo como un barco que se aleja en la saliva del horizonte.

Maylén ha escrito poemas desgarradores. ¿Qué es el ser humano sin divisa? ¿Qué se es si dentro de un concierto de gaviotas, el alma tirita en la silenciosa red de sus alas solitarias? La poeta, tendida, desnuda en su propio peso, con un dejo de temblorosos cerillos, soporta lo posible y el acaso del sueño: “Si tuviera un país para ofrecerte,/ si lograra domesticar el alma que te idealiza en la honda noche/ donde apenas consigo ser la extensión de tu beso, / que me ciñe./…/ si yo tuviera una luz,/ un sitio claro/ donde aliviarte el cuerpo./…/ ¡Ah, que tú escapes de este dolor/…” La angustia a menudo nos aniquila; pero la poeta transida de humanidad, sólo desea que ese dolor con ella, no se transfiera al otro. Pese a mí, es darle vida al alma del otro cumpliendo con un acto de ternura y altruismo plenos. Duelen los inviernos sin cauce, morir sin encontrar la gracia de cuanto en el sueño se diluye como una luz extraña. “Qué espanto en este mundo fatal,/ sin poseerte./ en mí cae la noche/ y el tiempo,/ todo el tiempo”… Sin duda es fatal en la hondura del sentimiento, saber que ese sentimiento denso, pulido y oreado con las manos, ensombrece en las pupilas feroces de los acantilados.

Luego le siguen: “nocturnas digresiones” y “donde nada me ensombrezca”. En ambos subtítulos, Maylén ha incluido una serie de poemas entre los que destacan: “Inventario” y “la tarde simple”. En inventario, que no es otra cosa que hacer ese recuento necesario del camino andado, nos dice: “He emprendido muchas veces el camino de retorno a Casa/ —zona imprecisa en mis vagas mutaciones,/ leve en su sangre,/ deshecha, confiscada—,/ donde la demasiada sombra/ forma otras paredes con la muerte.”… La poeta sale a la calle como cualquier otro mortal, pero allí hay de todo: lunas oscuras y soles apagados, enfurecidas risas y aceras aullando hasta los tuétanos. Cuando esas realidades se han asimilado, cuando hay decepciones, y las puertas uno se las encuentra cerradas, se piensa en el retorno, en el lar que protege. En todo exterior o intemperie uno es vulnerable a: la pesadumbre, los desarraigos, la demencia, los fatalismos, la utopía y la sed…

Y convengo en el cierre de este poemario con Maylén en que uno deja tantas esperanzas prendidas en los muros del tiempo; hay verdades sencillas que dan felicidad: “una ternura/ puede alegrarlo todo.”…y puede sin duda alguna aliviarnos los desgarramientos que dormitan en las estaciones de nuestros sueños.


André Cruchaga,
Barataria, 17.VIII.2008
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Tres poemas de Miren Eukene Lizeaga

Miren Eukene Lizeaga, País Vasco, España






Callo

Para que tus palabras se adueñen
de mi tiempo y de mi espacio
callo
No quiero que mis palabras te silencien
Callo y te regalolo más necesario
para el ser humano
mi silencio
mi espacio limpio y vacío… Para que seas TU
quien lo llene




Hoy como ayer

Soy un agitado enredo de interrogantes
leyendo el cielo a cada instante
buscando enrevesadas señales
certitudes que se niegan a pisar el presente

Y solo la paciencia
tan transitoria como la fugacidad de un cometa
me responde
En esta prisa por exprimirle a la vida
algo más que no sea la inercia
colmo de la impaciencia
de esta
mi vida
que culminará su etapa
en los brazos de la tierra.


Te dejo

Sugerencias para que te explayes
El tronco de un árbol
para que inventes sus ramas
La alegría de mis logros
y el llanto de mis carencias
Una poesía incompleta
con la no mejorada prosa
La mediocridad de una vida
colgando como una gota de lluvia
al final de la hoja…
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