domingo, 15 de enero de 2023

ANDRÉ CRUCHAGA O LA AUTENTICIDAD DE LA POESÍA COMO UNIVERSO PROPIO

 

Lejanías rotas, André Cruchaga,
El Salvador, América Central



ANDRÉ CRUCHAGA

O LA AUTENTICIDAD DE LA POESÍA COMO UNIVERSO PROPIO

 

 

 

 

Si tuviera que definir la poesía de André Cruchaga con una sola palabra, la llamaría misterio. Cruchaga es uno de esos poetas que, por convicción, construyen mundos y universos propios donde la originalidad, la singularidad y la autenticidad son pilares solidos de su estructura. Estas tres características son a su vez una negación de una forma de entender la poesía como producto de las modas literarias, de las circunstancias que contribuyen al canon y de toda la parafernalia que trae consigo el camino a la inmortalidad. Así, la originalidad tiene relación con la asimilación de la tradición para ofrecer un producto novedoso; la singularidad va más allá e implica la elaboración de códigos (lingüísticos y semánticos) propios; mientras que la autenticidad constituye una visión ética en donde el desgarramiento interno del poeta se encuentra en detrimento de la pulcritud del poema. Como Lezama Lima en el barroco, como Fernando Pessoa y su universo de heterónimos, como Vicente Huidobro y su creacionismo, como César Vallejo y sus cristos del pecho o el mismo André Bretón con sus manifiestos, Cruchaga ha construido a lo largo de los años un universo que se reconoce a sí mismo gracias al lenguaje, piedra angular del espacio-tiempo de su  poesía.

Autodefinido como poeta surrealista, Cruchaga le imprime al lenguaje todas las técnicas de la vanguardia del siglo XX: la escritura automática, lo onírico, lo maravilloso, la imagen visionaria, la locura y el oxímoron, todas esas técnicas perfectamente asimiladas y puestas en función de su universo. Cuando en El Salvador se escriba la historiografía literaria del surrealismo, André tendrá un espacio privilegiado en ese jardín. En efecto, son pocos los poetas que en El Salvador se atrevieron a explorar las aguas profundas del surrealismo, entre ellos podríamos mencionar al Roque Dalton de Los Pequeños Infiernos, a Rolando Costa, a Alfonso Kijadurías y a dos o tres poetas contemporáneos más. La lista es corta en un país cuya poesía se dejó llevar por la gran ola del coloquialismo de la emergencia. En El Salvador, tradicionalmente el ejercicio de este tipo de escritura no ha sido bien recibida, pues se ha considerado como metafísica, retórica y alejada de la realidad social del país. Legendaria es la crítica de José Roberto Cea sobre Roque Dalton, que se encuentra en la Antología general de la poesía en El Salvador, en donde manifiesta que “una zona surrealista ha enriquecido su expresión: aunque ésta, en ciertos poemas, nos parece pura retórica; demasiadas palabras, palabroso, mucha literatura en su poesía”. Quienes han realizado este tipo de afirmaciones ignoran u olvidan que el surrealismo tuvo un fuerte componente político-ideológico en su apogeo: famosos son los escritos de André Bretón de 1925 sobre el acercamiento del movimiento surrealista a la política, su editorial Por qué me hago cargo de la revolución surrealista; y luego su reseña al libro de Trotsky sobre Lenin, unidos a un editorial anterior escrito conjuntamente con Louis Aragon y Victor Crastre llamado ¡Revolución hoy y siempre! son los detonantes de la iniciación del surrealismo en la política internacional. Sin necesidad de profundizar en los postulados políticos de los surrealistas, está claro que el surrealismo tuvo en su momento un fuerte matiz político-ideológico, y por ello hoy en día resulta inverosímil que muchos críticos o comentaristas relacionen al surrealismo con formas evasivas de hacer literatura, esas afirmaciones solo demuestran la ignorancia acerca de la historia del movimiento surrealista. Creo que esta referencia historiográfica del surrealismo era necesaria pues, como repito, André Cruchaga se autodefine como poeta surrealista, y como tal, conoce muy bien la historia no lineal del movimiento, aplicando a su poesía no solo las técnicas o recursos meramente literarios, sino también sus más febriles cosmovisiones. Y es aquí cuando empiezo a referirme Lejanías rotas, el nuevo libro que nos regala el poeta surrealista André Cruchaga.

En Lejanías rotas acudimos a un crisol en donde se funden varias temáticas que nacen de la vida cotidiana para ofrecernos mosaicos de la vida interior del poeta, pero también de la vida exterior. Así, Cruchaga aprovecha cualquier aspecto de la cotidianidad para desnudarse en la palabra y ofrecernos sus pensamientos sobre su vida y la vida que lo rodea. Puede ser la presencia de un tren o la estancia en un lugar específico, no importa la pintura cotidiana que el poeta tenga enfrente, lo cierto es que a partir de allí surgirán las cavilaciones armoniosas que, matizadas con un lenguaje embellecido por las técnicas surrealistas, son transformados en poemas de gran factura literaria. Sin ser un libro de poesía de viaje, Cruchaga utiliza los lugares que habita como una perfecta excusa para soltar el torbellino del lenguaje, allí encontramos Cow Creek, David Community Park, Swerwood Park o Marylhurst, entre otros. Lugares reales que son fuente de cavilaciones donde las temáticas como la soledad, lo erótico, la muerte, el ansia, el hastío, el desencanto, y el país, son parte de sus giros gravitacionales en torno al fuego de la palabra.

Desde el epígrafe de Saint-John Perse, que es toda una declaración de principios en torno al tipo de poesía que elije escribir, pasando por todas las imágenes centelleantes de los poemas, André Cruchaga se mantiene fiel a esa originalidad, a esa singularidad y a esa autenticidad que siempre lo ha caracterizado. Son esas características las que lo han llevado a ser considerado como un poeta, hasta cierto punto, hermético, oscuro. Es en este punto en el que se debe recordar lo que Lezama Lima, uno de los poetas más herméticos por el excelencia, escribió: “No empezar con la tontería de lo que se comprende y lo que no se asimila, con la vieja monserga arrinconada de lo oscuro y lo claro, con el imperativo tema de lo fácil y lo difícil”, mientras que en un ensayo del libro “La expresión americana”, el poeta empieza su libro con la ya famosa frase “Sólo lo difícil es estimulante; solo la resistencia que nos reta, es capaz de enarcar, suscitar y mantener nuestra potencia de conocimiento…”. Nadie mejor que Lezama define la supuesta oscuridad que subyace en un texto determinado, y es que, en realidad, tal oscuridad no existe en el poema, pues este sobrevive y se reconoce a sí mismo pese a las etiquetas que puedan atribuirse a un autor.

En un magistral diálogo entre los poetas David Huerta y Alfonso Alegre Heitzmann, publicado en la revista Letras Libres el 4 de noviembre de 2004, este último, refiriéndose a la etiqueta de “poeta oscuro” que le adjudicaban al José Gorostiza de “Muerte sin fin”, escribió lo siguiente: La pretensión de la razón discursiva de explicar —o explicarse— la poesía lleva en sí una contradicción en los términos, pues, como Maurice Blanchot señaló con lucidez, “lo que el poema significa coincide exactamente con lo que es”. El poema se escribe desde su propia exigencia inmanente, sus palabras no son para el poeta ni intercambiables, ni traducibles, ni tampoco “oscuras” o “claras”; responden a una necesidad interna de la propia creación. El poeta no busca ser difícil o sencillo, sino fiel a esa exigencia del poema en el que está inmerso. Y es ahí donde está la dificultad, o la oscuridad: en el proceso. Con estas referencias quiero demostrar que no existe tal oscuridad cuando el poeta es auténtico, toda vez que dentro de la neblina de la palabra se encuentra el sol de los descubrimientos. Por supuesto, la poesía tiene sus propios códigos inmanentes y sus recursos retóricos que la alejan del balbuceo, sin los cuales un pensamiento puede ser cualquier cosa, menos poesía. Cruchaga conoce estos laberintos, y por eso en su poesía hay numerosas referencias intertextuales sobre el quehacer poético, como en el caso del poema “Goteo del espejo”, donde precisamente hace una referencia a “Muerte sin fin”, de Gorostiza.

André Cruchaga domina, no solo los recursos de la retórica poética, sino también el arte de la autenticidad, pues a pesar del borbotón de imágenes y metáforas, en su poesía se identifican claramente las principales preocupaciones del poeta en la época que le ha tocado vivir. Así pues, nos referíamos a temáticas como la soledad, la muerte y el desencanto, pero también quisiera detenerme en la temática del país, pues se encuentra como si fuera un eje transversal en Lejanías rotas. En efecto, las vicisitudes coyunturales de El Salvador se identifican dentro de esa cascada de imágenes sucesivas, ya sea mediante la breve alusión o la clara referencia:

En el espejo, la memoria y en esa voz que por ventura, nunca culmina,

sino en la fosa del alfabeto del país del más allá.

                                               (Espera tardía)

Es difícil imaginar un pájaro en un país que se derrite

a martillazos y que vive entre hojas y costuras desasidas.

(Ventana rota)

El mal no necesita de muletas para romper nuestros sentidos,

ni un vaso de agua para saciar la aridez del país.

(Alrededor del día)

Aquí nos perturba un país irreconocible, un país por reconstruir

                                               (Delirio del fuego)

El país es un techo que de a poco va cayendo en una fosa

Seguramente mis ojos no bastan para reconstruirlo.

                                               (Intoxicación)

De este eje transversal me quedo con los siguientes versos: “Sí, una y otra vez, los imaginarios de un país fatal, la destrucción / que nunca apela a la cordura, solo el abismo del absoluto”, versos que son una crítica a los absolutismos políticos que creen que con ellos se refunda todo. “La vida es un poco esa Comedia humana de las turbulencias infinitas, una indigestión que huele a escombros, o un perfume de pesadillas que incendian el horizonte. Siempre nos resulta atroz esta fiesta suicidio del idilio”, escribe quien seguramente está firmemente convencido que la total ausencia de memoria histórica produce esas turbulencias infinitas. Sirvan los versos anteriores, también, para demostrar que el surrealismo no solo se trata de un reflejo de lo onírico ni de una edificación verbal pletórica de imágenes vacías. El surrealismo de Cruchaga está, por el contrario, afincado en la realidad y es a partir de ella que el poeta se desangra, independientemente de que se trate del país o de un desgarramiento interior.

Cruchaga sabe perfectamente lo duro que significa ser poeta en un país como El Salvador, y más si se es un poeta alejado de los facilismos literarios. El poeta asume ese riesgo y se tira a bucear en las profundas aguas del lenguaje. Como Baudelaire, utiliza el poema en prosa en muchos de sus textos, y es que el poema en prosa se presta mucho al desbordamiento no solo de imágenes, sino también de requerimientos internos. En su poema Resignación, por ejemplo, encontramos la suma de sus preocupaciones. Aquí, en el murmullo de la palabra, está el país, pero también la palabra es como el sonido del río entre las piedras: tiene una musicalidad propia, inherente. El poeta se resigna frente a la podredumbre que encuentra, pero el poeta también es protagonista de su propia tristeza: “Hoy, sobre el libro de piedra de los cementerios, enterré al muerto que llevo dentro: en mis hombros pesa el tiempo marchito y el sol ahuecado de mi infancia y los retoños que fui encontrando en el camino”. La verdadera patria del hombre es la infancia, decía Rilke, y por eso esa patria siempre se encuentra presente en todo poeta, y en Lejanías rotas esta patria la encontramos a cada momento. Pero también el dolor se encuentra orbitando desde el centro de la poesía de Cruchaga: “Días de ciénaga caen en mis ojos con latigazos de lava; luego descienden como lupanares de niebla y muerden este drama de ser solo paradoja”. La vida es precisamente ese drama de ser solo paradoja, la eterna batalla de estar vivo, la incertidumbre de todo y la certidumbre de que los sueños, sueños son y, por tanto, no hay que despertar porque todo, absolutamente todo, es asfixia. Con precisión aforística, André nos lanza verdaderos relámpagos verbales que son espejo de sí mismo: “Siempre la soledad nos pierde en su rotundidad de herida: muda la tierra en lo remoto. En esta prolongada avidez, muere y vive el relámpago de la noche…”. En Lejanías rotas impera un tono existencial que frecuentemente cae en la desesperación, en esa resignación frente a todo y todos, una visión en donde impera la neblina y la sombra, como en el poema que le da título al libro, donde nada “parece próximo a la luz, salvo el sustento de un páramo”. En poesía todo está dicho, se suele afirmar, y solo la manera novedosa en que decimos algo puede otorgarle un valor estético a la obra. La vida, con todos sus bemoles y como tema universal, es parte del universo de Cruchaga: “No sé si existo, o solo es la cripta de fríos cercanos la que da pie a los oficios irrenunciables de la noche”, ese es el mantra de cualquier poeta, caerse rendido, en mitad de la noche, al oficio irrenunciable de la palabra. 

Afirmaba al inicio que Lejanías rotas tiene un poco de la poesía de viaje, pero los lugares en realidad son un telón de fondo, un detonante de la nostalgia que está en todo lugar. El poeta está lejos, quizá lejos de su casa, lejos de sí mismo, pero al mismo tiempo cerca, es un sinlugar donde lo único omnipresente es la nostalgia, lejos de todo y rodeado de nada, es una lejanía rota porque la distancia provoca todas esas rupturas internas, toda esa saudade sobre sí mismo, sobre la soledad, sobre el pasado, el presente oscuro y el futuro incierto, sobre el país, sobre la poesía. Es el nihilismo del desasosiego el que pulula en Lejanías rotas, es el sobreabundante vacío que nos rodea en un mundo moderno atiborrado de ligerezas.

Más allá del merecido sitial que tiene André Cruchaga en la poesía surrealista salvadoreña y centroamericana, cuando se escriba la historiografía literaria de la poesía del siglo XXI en El Salvador, el nombre de André Cruchaga aparecerá destacado por varios motivos: por sus numerosas publicaciones y traducciones, por su reconocimiento internacional en círculos de conocedores, por su exigencia al lector, pero sobre todo, por su autenticidad en insistir en la escritura de una poesía que es un torbellino de imágenes, una autenticidad que no es otra cosa que arar en el desierto, en el desierto de un país lejano, roto, abandonado de sí mismo.

 

 

Alfonso Fajardo

Ciudad Merliot, El Salvador

2 de diciembre de 2022


miércoles, 18 de mayo de 2022

Oficio del descreimiento: epítome y plétora de la literatura escéptica

 

Oficio del descreimiento-André Cruchaga




Oficio del descreimiento:

epítome y plétora de la literatura escéptica

 

Enrique Ortiz Aguirre

 

 

La vida es monstruosa, infinita, ilógica, abrupta e intensa […]

y va por delante de nosotros con una complicación infinita.

Robert Louis Stevenson, Fábulas y pensamientos

 

 

 

 

Oficio del descreimiento, nuevo libro del prolífico poeta salvadoreño André Cruchaga, es tanto un título como una declaración de intenciones para una poética de la totalidad que encuentra en esta obra una acción única y absolutamente paradigmática. Muy a menudo, se han atribuido a su poesía los adjetivos de excesiva, deslumbrante, pesimista, existencialista o escéptica, pero este proesario neologismo del que daremos cuenta después, y cuya creación se halla íntimamente relacionada con el demiurgo poético, creativo, que esgrimiremos enseguida encumbra la producción cruchaguiana ya como literatura escéptica a modo de una realidad sustantiva. Es más, este oficio último eleva la literatura escéptica a sus más altas cotas y constituye lo que, con el tiempo necesario y la maceración imprescindible, ha de convertir a Oficio del descreimiento en un auténtico clásico de la literatura escéptica. Precisamente por este motivo, se trata de una obra nuclear de la escritura cruchaguiana y representa tanto el epítome (por cuanto contiene en síntesis perfecta los grandes temas de su poesía) como la plétora (lleva a su máxima expresión, por obra y gracia de la sobreabundancia, una suerte de sublimidad nihilista la nada puede ser generatriz, dotadora de espacios y tiempos no instalados en el kronos, sino en la piel del kairós, tan lírica e intensamente humana) de su obra y, por añadidura, también epítome y plétora de la literatura escéptica. Ello no constituye ninguna hipérbole, puesto que su adscripción a la literatura escéptica deja de lado una posible atribución meramente descriptiva para convertirse en una indagación en la naturaleza misma de su concepción poética. De facto, ciertos elementos esenciales de la poética, que venían desgranándose con el acontecer de cada publicación cruchaguiana, encuentran una articulación holística en el demiurgo de esta obra central, atravesado ineluctablemente por la literatura escéptica. A más a más, este proesario es título y declaración poética porque satura todos y cada uno de los significados recogidos por la RAE, de una parte, para el vocablo oficio (ocupación habitual; cargo, ministerio; profesión de algún arte mecánica; función propia de alguna cosa; comunicación escrita, referente a los asuntos de las Administraciones públicas; pieza que está aneja a la cocina y en la que se prepara el servicio de mesa; lugar en el que trabajan los empleados, oficina; e, incluso, oración litúrgica o cargo en diferentes instancias) y, de otra, se arraiga definitivamente en la literatura escéptica mediante un cohipónimo inconfundible: descreimiento. Esta abundancia sustantiva da buena cuenta de un intento concreto por definir, por conceptualizar, por nombrar el objeto mismo de la poesía, ese lenguaje para nombrar el vacío que nos habita, enraizado en el escepticismo más radical. No en vano, la poesía de Cruchaga constituye esa ocupación habitual, ese cargo, esa comunicación escrita para expresar la incompetencia cognitiva humana y, por ende, nuestra instalación en la falta de creencias, antitéticamente, como principio.

Los 161 poemas en prosa conforman un manifiesto sin precedentes para la literatura escéptica, cuya epítome y plétora se explican desde su condición maestra de elocuencia descreída con el fondo y con la forma, en fusión y confusión. El alineamiento semántico resulta evidente, pero el descreimiento se hace demiúrgico por cuanto, además de dinamizar los temas, participa en la vertebración formal y estructural. Este extremo resulta dilucidador ya en el poema dedicatoria que abre el proesario, “La luz irrumpe donde ningún sol brilla”, de Dylan Thomas, auténtico credo del descreimiento que enarbola una luz en medio de la nada: la gnoseología del escéptico, la “Linterna” con la que comienza la obra, la luz del hueco, del agujero en el centro de la nadería y la “Vuelta”, a modo de eterno retorno, de circularidad permanente, con la que se cierra; el poeta vuelve corriendo, “desasida ya la boca […] al río solo para ver el granito y los artificios del paraíso” todo menos el agua, para contemplar el estatismo pertinaz de la piedra, los reflejos sin origen, las réplicas inanes del pensamiento de la incertidumbre como estado socrático, como estatua poética del escepticismo que late en un marbete definitivo: “Los acasos son siempre ecos necesarios”; así, con la metábasis transformadora de los adverbios en sustantivos, para que taumatúrgicamente, a lo Dylan Thomas, alucinado y alucinante las circunstancias devengan conceptos mediante el credo incrédulo de la poesía como episteme.

Por tanto, Oficio del descreimiento participa poliédricamente de la literatura escéptica para compendiarla a modo de paradigma modélico y para conducirla a su culmen estético desde un relativismo vehiculado por la sociedad líquida de la posmodernidad; un vate, pues, de nuestro tiempo. Así las cosas, conviene recordar que el escepticismo presenta dos momentos filosóficos perceptibles en el proesario que nos ocupa, tal y como nos recuerda Castany en su Breve historia de la Literatura escéptica, un artículo estético publicado en 2009: uno destructivo, basado en el descrédito hacia los sentidos, hacia la razón y hacia el lenguaje como herramientas fiables y en el enfrentamiento respecto a posturas dogmáticas o a planteamientos superficialmente optimistas; y otro constructivo, en el que se plantea la esencia de lo humano desde la suspensión, en los intersticios del juicio, en la práctica de la tolerancia o del significado relacional, tan respirante y poético como volátil.

La estética del escepticismo, pues, invade la retórica para promover el léxico de la incertidumbre, de la dubitación continua mediante vocablos como “quizás” (en los prosemas “Vivir cada vez”, “Laxitud”, “Sombras”, “Rastrojo” o “Equitación de la levadura”), “acaso” (en “Orilla de los ojos”, “Parecido al diluvio”, “Fuego devorado”, “Panorama”, “Aljaba”, “Desandaduras”, “Ventanas”, “Acuario predestinado”, “Rasgadura”, “Ecos interiores”, “Memoria del tránsito”, “Cauce”, “Sed del cuerpo”, “Memoria inmerecida” o sustantivado, como se dijo en “Vuelta”, el último artefacto), el propio sustantivo “duda”, sin olvidar sus posibilidades en poliptoton o polipote (en “Avidez”, “Hastíos” o “En pos de la normalidad”), las expresiones directas del descreimiento, como “no sé” (en “Duro infinito” o “Estado mortecino”), o un poema central como “Descreimiento”, que entronca con presupuestos cartesianos en busca de espacios para la soledad: “A uno le toca ser cazador solitario entre multitudes aviesas”; asimismo, en esa tensionalidad escéptica entre destrucción y creación desde pulsiones entrópicas se dinamiza el léxico de la negación (para anular certidumbres, con el fin de desacreditar lo cognoscible, de contravenirlo), con términos capaces de nombrar el vacío como “nunca” (en “Fugacidad”, “Fuego devorado”, “Ojos de soledad”, “Coincidencias”, “Resumen”, “Alguna vez”, “Temor a la ponzoña”, “Vaciedades ahogadas”, “Descreimiento”, “Padecimiento”, “En pos de la normalidad”, “Estatua de sal”, “Aullidos del absurdo”, “Rasgadura”, “Otros silencios”, “Intranquilidad”, “Ahora lo sabemos”, Sed del cuerpo” o “Rastrojo”), “extravío” (“Vivir cada vez”, “En lo hondo”, “Entre rastrojos”, “Duro infinito”, “Aullidos del absurdo”, “Apuntes, mientras amanece”, “Estertores”, “Desazón”, “Pequeñas miserias”, “Trasiego”, “Tumba revelada”, o “Extravíos”, encabezado por una dedicatoria hacia la ataraxia del escéptico sin remisión “Quiero apuntar aquí los actos improbables, / la temeridad del que no espera nada”, del poeta español Luis Miguel Rabanal”) y todo un campo asociativo de la pérdida, del desvarío, de la intemperie, del aullido, del grito, del despropósito y del absurdo, detonado por el demiurgo de la estética ética del escepticismo. Al léxico escéptico le acompañan figuras literarias muy abundantes para la ocasión, que no han de extrañarnos en la épica del descreimiento, como las elipsis, las paradojas, los oxímoron, las dobles negaciones, las ironías o las antítesis, ya que desde sus espíritus destructivos por asimilación de contrarios generan el lenguaje de los intersticios, la construcción del significado entre las grietas mismas de la duda. En esta misma línea, se agolpan las metáforas, las personificaciones, las hipálages y, en general, una sintaxis dislocada que contribuye a convocar una teoría del caos que se erige como nuevo orden ante el anidamiento poético de la incertidumbre, que da paso a un surrealismo como método racional de lo confuso, de la duda genésica. La confusión desde el caos se articula, inspirada en el escepticismo, en la presencia de diálogo una polifonía de superposición de voces, en las constantes expresiones incisas (la invasión de los paréntesis a modo de excursos y de ramificaciones que abonan el desconcierto), el fragmentarismo como concepción fractal (la duda llena las unidades y el todo, como estructura del átomo poético), o de la autorreferencialidad como modo de poiésis para eludir la representación acartonada, abiertamente falsa, y como entidad contrafáctica del mundo capaz de albergar sistemáticamente la incertidumbre mediante la construcción de imágenes insólitas y autónomas en la centralidad constructiva de lo metafórico, atornillado en una concepción de una ética estética fundamentada en el escepticismo, gnoseológica y ontológicamente concebido desde una poética sistemática del cuestionamiento, que conducirá a la propia problematización del sujeto, en la antonomasia de lo pirrónico.

Y desde el escepticismo literario entendemos también este proesario, pues precisamente los escritores escépticos tienden a no respetar las fronteras entre los géneros, a habitar los intersticios, como en el caso de estas proesías, poemas en prosa transgenéricos, inmanentemente narrativos, atravesados por la oralidad y el dialogismo de una escritura que se cuestiona a sí misma, y que se encuentra en el espacio vacío de las grietas para dibujar silencios entre los muros, para hacer macerar lo sólido y contribuir a un discurso poético de lo líquido en el perspectivismo relativista que, en la posmodernidad, no puede renunciar a la provocación de una estética vanguardista que apuesta tanto por la autorreferencialidad y autonomía de la obra artística como por la ruptura provocadora y sistemática. Es más, el carácter innovador genuino del poeta salvadoreño resulta abiertamente llamativo en nuestros días y, sin embargo, esperable desde presupuestos escépticos, habida cuenta de que los escépticos, como tales, conducen sus textos hacia la innovación a través del descreimiento en doctrinas filosóficas y preceptivas estéticas monolíticas.  

En definitiva, Oficio del descreimiento explica y ejemplifica la poética cruchaguiana, en la que la dimensión sublime, el surrealismo, la mezcla genérica, el paroxismo metafórico, el pensamiento lateral, la innovación, el diálogo, los incisos, el lenguaje coloquial, la retórica alucinada, el erotismo deliberado en su naturaleza procaz encuentran su demiurgo en la estética escéptica, todo un lenguaje para habitar los dominios de la incertidumbre, el territorio respirante del descreimiento, la condición incrédula de la piel que nos hace tan profundamente humanos.

 

                                                                                                           Dr. D. Enrique Ortiz Aguirre

Catedrático y Profesor Asociado en la Universidad Complutense de Madrid


martes, 27 de julio de 2021

ANTÍPODAS DEL ESPEJO O LA SUBLIMACIÓN DE LA PALABRA

 



ANTÍPODAS DEL ESPEJO O LA SUBLIMACIÓN DE LA PALABRA

 

José Siles

 

  

El poeta salvadoreño André Cruchaga (Nueva Concepción, Chalatenango, 1957) vuelve a la carga con una nueva obra: Antípodas del espejo, cuya lectura o simple observación revela tres cualidades que suelen caracterizar sus trabajos: la intensidad , la calidad creativa y la extensión (154 poemas) donde predomina la   poesía libre y emancipada de ortopedias reduccionistas combinada con una prosa poética que se vertebra mediante metáforas, simbologías y, sobre todo,  sinestesias que denotan la pasión del autor por la mirada sintética.

André Cruchaga se inició en la poseía allá durante la última década del siglo XX y lo hizo compatibilizando la dedicación a la poesía con su actividad como docente y gestor educativo. Su amplia obra ha sido traducida a varios idiomas llegando a obtener un importante reconocimiento internacional: “Alegoría de la palabra” (1992), “Visión de la muerte” (1994), “Enigma del tiempo” (1996), “Roja Vigilia” (1997), “Rumor de pájaros” (2002),” Oscuridad sin fecha” (2006), “Pie en tierra” (2007), “Caminos cerrados” (2009), “Viajar de la Ceniza” (2010), “Cielorraso” (2017), “Vacío Habitado” (2020), etc.

En alguna otra exégesis sobre su obra poética he llegado a afirmar que André se incorporó al universo poético ante la necesidad de dar rienda suelta a su humanismo sensorial…, una faceta que explica en gran medida la insaciable transversalidad sensitiva de sus poemas. Asimismo, sostenía intentando explicar la afirmación anterior que, tal vez, todo ese universo poético esté relacionado con su infatigable actividad creativa y con la repercusión internacional que han tenido sus poemas que han atravesado fronteras geográficas, lingüísticas y culturales. Sin duda, una muestra de esta proyección internacional la constituyen la aparición de “Memoria de Marylhurst” en Estados Unidos, “Caminos cerrados” en Méjico y “Poeta en Barataria” en Cuba.

Este singular autor, sin duda difícil de clasificar (más adelante profundizaremos sobre esta característica de Cruchaga) es capaz de aplicar a sus poemarios un universo estético absolutamente particular confiriendo a su obra el delicado arte de la sublimación poética. Cruchaga acomete la sublimación de la trascendencia o de la cotidianeidad mediante la adaptación expresionista de una poética donde predomina la distensión perceptiva (sinestésica) (Lyotard, 1999), para alcanzar lo informe mediante la pulverización de las fronteras entre los sentidos, tal como se aprecia en “Soledad” cuando el espejo es oscurecido por los gritos y la penumbra mecida como una tierna criatura en los brazos del poeta:  “(…) Y tanto grito que oscurece los espejos. Y tanta penumbra en los brazos, cerraduras ateridas, y tantas hipotéticas cenas en medio del estiércol(,,,)” (Cruchaga, 2021, 25).

Sí, Cruchaga es el poeta de la sublimación porque es un especialista en el arte de transformar la realidad descolocando los sentidos para nutrirlos con un universo perceptivo cuyo orden es tan original como desconcertante…, en todo caso, la realidad filtrada por la luz ultravioleta del poeta salvadoreño, tal como sostiene en “Nausícaa”, se transforma en un cosmos ordenado por normas invertidas proyectadas desde “la cosmogonía de los vitrales” : En la pulcritud absuelta de las aguas, no hay crematorios ni puñales, sino la absoluta lumbre del rapto, jamás la depredación sino la cosmogonía de los vitrales  (Cruchaga, 75).

            Tal como señalan diversos autores (Siles & Solano, 2016), lo sublime, como sentimiento, expresión e interpretación, es un fenómeno complejo, ya que en su naturaleza se entrelazan sentimientos aparentemente contrarios: dolor /amor/desamparo / éxtasis ante la grandeza de la naturaleza o el universo/inseguridad y certidumbre de lo efímero de la existencia, etc. Cruchaga aborda la sublimidad permitiendo o incluso provocando la revolución de lo perceptivo para exhibir la imperecedera intensidad de los sentimientos, como en “Hécuba”, donde las madres, transidas por contrarios universales, el dolor y el amor que se entreveran en sus existencias ante la pérdida de sus hijos, se transforman en usufructuarias del sentimiento expelido por la Piedad de Miguel Ángel:  “(…)No hay más metamorfosis que los pueblos destruidos y las madres de mayo que sin retroceder caminan en el desierto. En el mar, las aguas fúnebres y la victoria ciega del desquicio. Sacrificada la progenie, la demencia de los candelabros sobre la tumba de Aquiles(…)”. (Cruchaga, 2021, 76).

El recurso a lo sublime es una característica que vamos a encontrar en diversos poemas, como el caso de “Delirio de Contrarios”, donde se hace poesía reflexionando  sobre la dimensión dialéctica de la existencia. Dialéctica como motor existencial donde la contradicción anuda el pensamiento precipitando acciones que serán repudiadas por el mismo pensamiento que las acunó provocando una conducta presa de sentimientos inversos, antitéticos, irreconciliables en el mundo simplificado del ser humano. Así, somos capaces de lo peor y lo mejor y nos descubrimos en contradicciones tan inasumibles como difíciles de sintetizar: matar al que amas fundamentando la acción vil en la pureza del amor; de esa forma obra el Otelo de Shakespeare cuando sus manos aprietan hasta la asfixia el delicado cuello de Desdémona. Drama clásico del renacimiento inglés que ilustra la universalidad binaria del amor-odio; es decir la vigencia de esta y otras contradicciones en el ser humano. Algunos poemas filtrados en prosa poéticade este gran poemario perfilan la paradoja, pero algunos como “Contrasentido” lo hacen de forma explícita:

“(…) Frente a mí, el imperativo de las rotaciones y los predicadores de turno disolviendo el humo. Siempre están ahí las paradojas: la breña en medio de los jardines, el crimen y los basureros a la luz del día, el azúcar en la avidez del amargor (…) (Cruchaga, 2021, 71).

En Antípodas del Espejo se muestra una amplia y variada estela de descarnadas reflexiones, falsas certidumbres, paraísos impostados y evidencias de la contradictoria naturaleza del ser humano;  un animal, a fin de cuentas,  que es potencialmente asesino, víctima y cualquier otra condición que se pueda asumir en el complejo espejo de la existencia.  En esta misma línea reflexiva y autocrítica, Zurita retrata nuestra especie obteniendo una fotografía en la que predominan los claroscuros: “somos una raza de asesinos condenados a construir el paraíso”  y, de paso, asigna a la poesía una función de catarsis que, empero, no llega a salvífica (Zurita, 2019). Desde esa perspectiva de desesperanza abierta a la concienciación de una realidad alejada de lo paradisiaco, Cruchaga llega a afirmar en “Detrás de esta Puerta “: “El Paraíso es irrespirable en la finitud de lo extraño. Las palabras nos escinden con sus ilimitados relativos. Acaso porque nuestro cuerpo sólo juega al desvarío y, a ese idioma de inequidades donde sólo tiene cabida la perenne herradura del páramo” (Cruchaga, 2021, 65). También en “Circo” el poeta salvadoreño  desvela la certidumbre de lo inseguro como privilegio constante e insidioso de una existencia perturbada que jamás encontrará un rumbo definitivo: 

“(…) Frotas las plegarias con remotas cabelleras de ceniza. Entre tanta oscuridad y envenenado el aliento, el insomnio revela circos decapitados y paraísos exorcizados por el moho(…)” (Cruchaga, 2021, 132).

Pero además de la condición dialéctica de la realidad, Cruchaga explora los límites de la consistencia describiendo la espesura de los sentimientos; así, en “Coágulo” nos encontramos con una interpretación radical de la densidad existencial:  “(…) No sé en qué orfandad del agua cabe la ceniza, ni en qué ciego esclarece un cayado, ni qué lluvia nos regresa la blancura. En el coágulo de polvo de las ojeras, los ecos del hacha sobre la madera, y este deseo de gritar certezas” (Cruchaga, 2021, 21).

En los intersticios de esta prosa poética navega la inagotable y cada vez más lenta predestinación del líquido hacia las cotas más altas de densidad, donde al final aguarda un universo espeso tiranizado por el imperio de la consistencia y el sosiego. Cuando los críticos andan huérfanos de equiparaciones mediante las que acometer el análisis comparativo entre patrones estéticos más o menos concomitantes, suelen amparar su orfandad referencial en los ismos o tendencias más o menos cercanas a los tópicos… o, al menos, sustancian sus comparaciones mediante recursos con los que están familiarizados: arrimar el ascua a su sardina o dejar suelta y sin control la fiera de la subjetividad hermenéutica (aunque esto implique cierto artificio en la construcción del análisis poético).  En el caso de la poesía de Cruchaga, no debe extrañarnos que los exégetas encuentren encontremos ciertas dificultades a la hora de proceder a su encuadramiento o integración en un grupo poético más o menos afín. Aunque posteriormente aludiremos a algunas de las tendencias que son identificables en este poeta, es ahora el momento de sostener con cierta contundencia un aspecto esencial en este poeta salvadoreño: su originalidad. Porque en Cruchaga se constata una atmósfera imposible de virginidad estética cuya particularidad emerge de la misma concupiscencia sensitiva con la que dota su obra.

En este sentido, aunque la expresión “poeta incomparable” proferida a bocajarro y entre signos de admiración signifique algo realmente elogioso para el autor; lo cierto es que este acumulo de originalidad conlleva riesgos tan lamentables, tal como se señalaba anteriormente,  como la incomodidad experimentada por los críticos cuando leen obras que no son capaces de clasificar. Sostiene Bértolo que “lo peor que le puede pasar a un escritor (aparte de morir de éxito) es no poder ser comparado fácilmente” (Bértolo, 2000, 72). Esta circunstancia nos lleva a plantear una cuestión esencial: ¿Qué sucede con los poemarios que no resultan fácilmente etiquetables o que no responden a las tendencias del momento porque no siguen los estereotipos temáticos o estilísticos dictados por el canon en boga?

Responder a esta cuestión supone un ejercicio de funambulismo, pero hay que asumir riesgos en la vida y plantear con cierta energía argumental aquello, sobre lo que honestamente se piensa de un poeta y su obra. En el caso de la obra de Cruchaga, a pesar de su originalidad y dificultades de etiquetación en el universo poético, resulta obvio que la singularidad y la calidad de sus poemas están marcando una tendencia propia (aunque lógicamente se puedan identificar influencias sobre las que hablaremos después) que yo denominaría seminal, dado que ya constituye un núcleo poético referencial para otros muchos poetas que, influidos por su obra,  van a transmitir en sus poemarios la genética literaria Cruchaguiana.

Por supuesto, incluso incurriendo en una forma de innovación casi plenaria, en todo autor es posible rastrear las influencias de otros poetas y otros movimientos: modernismo, surrealismo, creacionismo, ultraísmo, etc. Otra cuestión es si la identificación de estos antecedentes es más o menos forzada y, a veces, hasta fortuita. Para evitar estos “accidentes” es recomendable y se diría que imperativo, leer con detenimiento y profundidad la obra sometida a la observación, análisis e interpretación del hermeneuta de turno.

Tal como señalábamos cuando tuvimos ocasión de analizar uno de los poemarios que han precedido al actual, Cruchaga admira y ha leído a muchos poetas y seguramente tendrá influencias de muchos de ellos, pero es difícil que se reflejen en su poesía de forma indiscutible. Vicente Huidobro es uno de los poetas cuya influencia sí se puede atisbar nítidamente en el trabajo de Cruchaga. Huidobro asimilaba la acción poética a la necesidad de entretenimiento de los dioses, una necesidad divina, lúdica, de la que brotaba la libertad creativa…pues ni el juego ni las divinidades son dados a la autoimposición de límites, cargas ni castigos. Esta potestad divina asimilada por Huidobro como creacionismo, le permitía escribir poemas como “Ella” en cuyos versos, como en una barrena que atraviesa las paredes de habitaciones donde todo es “Vacío habitado”, pero también “Antípodas del Espejo” …, se aprecia el potencial sintetizador de la sinestesia: “Tenía una boca de acero/Y una bandera mortal dibujada entre los labios/ Reía como el mar que siente carbones en su vientre/Como el mar cuando la luna se mira ahogarse/Como el mar que ha mordido todas las playas” (Vicente Huidobro, 2020/ Siles, 2019).

Hemos afirmado que, entre otros enfoques y recursos, Cruchaga adopta la perspectiva sinestésica asociándola con la metáfora para deslindar el mundo perceptivo de los límites que organizan el universo de lo aparente y superarlo atravesando la epidermis del fenómeno percibido. En ese aspecto la poesía y la prosa poética de Cruchaga adquiere una visión fractal de la realidad (Martínez Simón, 2018)  que incluso transforma su poesía en una herramienta extremadamente útil  para captar las esencias del mundo cuántico (Durán, 2017)

La sinestesia como recurso poético hunde sus raíces en la Biblia y en la poesía clásica se encuentran antecedentes de este enfoque poético: Cantar de los Cantares (oleum efusum nomen tuum), Homero (voces color lirio), Platón (oscuro oír), Virgilio, los barrocos españoles, el simbolismo francés decimonónico los románticos ingleses y alemanes, los modernistas, especialmente Rubén Darío y Juan Ramón (Schrader, 1975; Ynduráin, 1969; Cordoba, et al, 2012). Pero la amplitud del enfoque sinestésico desborda los límites de los ismos y las generaciones. Así podemos ver como Vicente Alexandre, representante de la generación del 27, integra en su universo poético la visión “fundidora” de los sentidos tanto a través de la mística de San Juan de la Cruz y Fray Luis de León como en los románticos decimonónicos ingleses. En definitiva, como Cruchaga, se trata de un poeta afincado en la necesidad de fusionarse con el cosmos (Siles, 2019).

            Así, en “Vacío Infatigable”, prosa poética introducida con una aseveración de Huidobro: “Solo como una nota que florece en las alturas del vacío”[1], la normalidad está colmada de juegos oscuros, la nieve está afectada por una desazón entumecida (de nuevo las espesuras, las densidades y la coagulación helada del agua) y los últimos estertores pueblan Coralville:

“No sé cuántos vacíos hay en los ecos, ni qué porfía premonitoria tiene el paisaje mojado de tu cuerpo: deambulo en esos juegos oscuros que tiene la normalidad, en las ebrias alturas de las hondonadas. En Coralville, respiran los últimos estertores, la desazón entumecida de la nieve junto a la voz enredada en los huesos. En la destilería de Cedar Ridge siempre hay vino blanco para derramarlo en la cripta que produce el vértigo" (Cruchaga 2021, 97)

Por todo esto y mucho más presente en su dilatada obra, André Cruchaga es un poeta tan intenso como extenso (minero que excava la superficie buscando la profundidad y trascendencia del verbo y prolífico observador de un universo donde todo está relacionado…aunque habite en las antípodas). En definitiva nos encontramos ante  un hermeneuta lírico cuyo calado existencial e insondable estética   facilitan  tanto la desazón como un sosiego sin límites … allá donde la tempestad  se coagula. 

Desde luego, Cruchaga puede llegar a provocar cierto vértigo en los lectores desprevenidos que llegan a la lectura de sus poemarios, de su prosa poética, de sus reflexiones tan fulminantes y flamantes como el rayo azul que pulveriza la oscuridad de la noche; desde territorios literarios más acomodados, desde las antípodas de la poesía creacionista donde, por el contrario,  habitan de forma más o menos armónica: la sublimación de la trascendencia y lo cotidiano, la dialéctica existencial envuelta amorosamente en la contradicción y la consistencia estética, y todo ello envuelto en el denominador común de un enfoque sinestésico.  Sin duda “Antípodas del Espejo” es una obra que no va a dejar indiferente a nadie y que constituye un original y bello ejercicio de sublimación de la existencia. 

 

Alicante, España

Marzo de 2021

 

 

 

Bibliografía

Bértolo, C. (2000). Mario Lacruz. El escritor que no encaja. Leer,  16(117), 72-73.

Cervantes, J. (2013). El absurdo creador (por Michel Houellebecq en ‘El mundo como supermercado’). Recuperado dehttps://amanecemetropolis.net/el-absurdo-creador-por-michel-houellebecq-en-el-mundo-como-supermercado/

Cohen, J. (1973). Estructura del lenguaje poético. Madrid: Gredos.

Córdoba, M.J. (et. al.) (2012).Sinestesia. Los fundamentos teóricos, artísticos y científicos. Granada:Ediciones Fundación Internacional Artecittà.

Cruchaga, A. (2020) Vacío habitado. El Salvador: Teseo.

Durán, A.J. (2017) Poesía del mundo cuántico (Emily Dickinson). Píldoras. Recuperado dehttps://institucional.us.es/blogimus/2017/04/poesia-del-mundo-cuantico/

Heidegger, M. (2008) Meditación. Madrid: Biblos.

Huidobro, V. (2019). Poesía de Vicente Huidobro. https://www.poemasde.net/poesia/vicente-huidobro

López Martínez, M. I. (1991).Sinestesias en la poesía de Vicente Aleixandre. Anuario de Estudios Filológicos, 14, 283-299

Lyotard, J.F. (1999). Lo inhumano: charlas sobre el tiempo. Buenos Aires: Manantial

Martínez Simón, J.R. (2018). El realismo fractal de la palabra. Recuperado de http://www.latintadelpoema.com/proverso/2018/01/15/realismo-fractal-la-palabra/

Schrader, L. (1975). Sensación y sinestesia. Madrid: Gredos.

Siles, J. & Solano, C. (2016). Sublimity and beauty: A view from nursing aesthetics. Nursing Ethics, 23(2), 154–166.

Siles, J. (2017). Cielorraso, la poesía sinestésica de André Cruchaga. Cultura de los Cuidados, 21(48), 245-246.Recuperado dehttp://dx.doi.org/10.14198/cuid.2017.48.27

Siles, J. (2019). Reseña de “Vacío habitado de André Cruchaga o la poesía como búsqueda de un lenguaje aprehensor del sentido/ sin sentido de la existencia”. Cultura de los Cuidados (Edición digital), 23(55). Recuperado de http://dx.doi.org/10.14198/cuid.2018.54.27

Siles, J., & Solano, C. (2007). El origen fenomenológico del “cuidado” y la importancia del concepto de tiempo(…). Cultura de los cuidados. 11(21)19-27

Ynduraín, F. (1969). Sinestesia en la poesía de Juan Ramón. Madrid: Gredos.

Zurita, R. (2019). La demencial apuesta de la poesía. La Razón. Recuperado de https://www.razon.com.mx/el-cultural/la-demencial-apuesta-de-la-poesia/



[1] Cruchaga vuelve a emplear un verso de Vicente Huidobro para dar entrada a su poemario “Eternidad de la Voz” Esa voz en que cae la eternidad (Vicente Huidobro en Cruchaga, 2021, 108).


domingo, 28 de febrero de 2021

RITUS Entre lo real y lo imaginario

 

Sepulcro de la tierra, Andrè Cruchaga.




RITUS

Entre lo real y lo imaginario

 (O el poema como pausa, como arte de la dilación)

 

 

 

Lloramos entre los rascacielos
como nuestros antepasados
lloraban entre las palmeras de África
porque estamos solos,
es de noche,
y tenemos miedo.

L. Hughes

 

 

 

El poeta inicia Sepulcro de la Tierra usando los “cifrados” de un  hombre que afirma que la escritura “automática” es un viaje de lo superficial a lo profundo de las cosas. Un hombre que dice haber encontrado el ansiado estallido del yo. Un hombre que reza: “…Sol serpiente ojo fascinador ojo mío… …Mi deseo un azar de tigres sorprendidos en los azufres…   ...la tibieza mil veces feroz de la locura aullante y de la muerte”. Un hombre que busca donde sea necesario buscar, que  viaja de lo interior a lo exterior, del presente a lo ya vivido. Un escritor que se toma el tiempo y reconstruye su mirada interrogando a ese mundo que le tocó transitar y sufrir. Un hombre que viabiliza y asume el asombro que resulta del redescubrimiento de sus ritos ancestrales. Que teje sus hallazgos identitarios, fraguando la reconquista de su geografía y su cultura, propiciando el reseteo de la conciencia para reiniciar constantemente la formulación de sus posibles y liberadores universos poéticos, aunque para ello tuviese que apropiarse de los lenguajes estéticos de la Vanguardia.

 Quiero pensar y debo pensar que el poeta Cruchaga con su epigrafía inicial nos invita a construir una suerte de metáfora, al mismo tiempo que nos alerta y/o nos suguiere algunas de las claves para abordar su poesía. 

  Un autor como André Cruchaga es un escritor cincelado en la cultura de la Modernidad, entendida esta como unidad espacio temporal, donde se proveía eventualidad y se daba cabida al cambio, al mañana; donde existía la posibilidad de futuro y donde los acontecimientos pasados proporcionaban sentido y estructura a lo pendiente. Pero también Cruchaga es un autor que ineludiblemente está obligado a operar desde la Pos-modernidad y tal vez, solo tal vez –sea ese su calvario–. Y esto, probablemente sea así, porque Cruchaga es una criatura facultada para la recordación, y de tal hado, condenada a transitar –si no a naufragar– un tiempo sin tiempo, sin sentido histórico que al parecer no da orden ni continuidad a los sucesos.  

 Ante el terror diario, siempre se están escribiendo los mismos epitafios. / No cesa la avidez de los ungüentos, / ni los jirones de humedad en los zapatos, ni la arcilla de gemidos / sobre la hoja que pavimenta el traspatio del aliento. Antes solo era la carcoma / y vasta lluvia: siempre hay bestias confundidas por doquier

 El que ve y no quiere ver porque duele, el que no quiere ver pero ve, porque es ineludible. El que conmemora sin querer conmemorar. El que mira hacia adelante, pero con todos sus sentidos apuntando hacia atrás. André Cruchaga es un viandante que no deja de rastrear, parafraseando a Chul Han: los viejos aromas del ayer.

 ….Uno agarra, —a veces—, pedacitos del calendario para endulzarnos...

 ….En la carcoma defectuosa de los líquenes, nos estremece la destrucción del rostro y el castillo de naipes con recuerdos desvanecidos. / Hay deseos de encapuchar tantos olvidos. /  Deseos de párpados desinfectados,/ altas voces de la culpa vaciadas en el grito

 No poco se ha escrito sobre este inagotable autor, sobre sus hallazgos e irrefrenables dinámicas creativas, y esto, ciertamente nos hace difícil tributar en algo al análisis de su obra. He mencionado alguna vez que sus aportes son un expediente riguroso, excepcional y, si se quiere, insólito en tanto son el resultado de una voz sui géneris que, a contra pelo, ha forjado con sus scindere otras rutas de indagación. También lo he llamado “UN VIEJO TOPO” que testarudamente ha estado atareado en escindir, diseccionar y desbastar la palabra, el símbolo y sus significantes.

No es tarea fácil abordar a un autor que se empecina en desdoblar al lenguaje, que se empeña en la fractalización de las palabras como procedimiento para fracturar el significado y perturbar los sentidos, exponiendo al lector a un viaje “rizoma y barroco” de ramificaciones infinitas y vías muertas. Digo barroco por su exuberancia, aunque debería decir neobarroco, para intentar aproximarnos con mayor precisión a las configuraciones modernas de un laberinto escritural donde el descifrador transita por corredores que se interconectan entre sí, pero en donde los senderos o caminos no configuran una lógica de circuito cerrado que le lleve de nuevo al punto de partida. Sino más bien, a una disposición multidireccional y polifónica que propone un inestable equilibrio de ilusión y desilusión, duda y descifración, posibilidad e  imposibilidad.

 Ante tanto rastrojo, enhebro mis pupilas en la tierra amortajada del tórax….

 Por lo general, insisten y coinciden los observadores de su obra en analizarla y darle sentido orgánico desde ciertos constructos teóricos y bajo la luz de posibles y recurrentes influencias, por lo cual no será extraño, sino más bien habitual, encontrarnos con términos tales como: distopía, fractus, sinestesia, entropía. Categorías de algún modo encuadradas en las aristas de movimientos como el surrealismo, creacionismo, absurdísimo, entre otras vanguardias.

También concuerdan los entendidos en ubicar el aliento y/o la atmósfera de su propuesta bajo el influjo filosófico del existencialismo, y probablemente sea así. Sin embargo, tendría que desconfiar un poco cuando no se precisa entre las distintas vertientes del existencialismo, tales como la corriente atea de Jaspers, Marcel y Buber, y la deísta de Heidegger, Beauvoir o Camus. Dicho esto, no seré yo quien desconozca y refute estas exploraciones y referencialidades que como toda forma de aproximación son válidas, son arrimos serios y sin duda algunas bien fundamentados. Eso sí, bajo ciertos y normalizados o al menos, habituales códigos de lectura. Sin embargo, he de reconocer que efectivamente la obra de André Cruchaga y en particular esta colección bajo el título Sepulcro de la Tierra  se caracteriza por exponer o al menos propiciar lo que podríamos señalar como «situations extrêmes» , y estas entendidas a modo de ciertas disyuntivas a la que la criatura humana se enfrenta como el absurdo de la vida, el desasosiego que forja y dispone la árida cotidiana, el deterioro de la biota inmediata o, en última instancia, la muerte como muro, como pared que cierra el espacio, «muro de las lamentaciones», símbolo que remite al sentimiento de caverna del mundo, al inmanentisino, a la imposibilidad de transir.

 …(De pronto, pienso en los ladridos de las sombras y en el ruido encerrado de todas las noches al punto de decapitarme. / Confieso mis ojos desenterrados de los candados sin saciar el hambre.

Confieso mis bostezos sobre el maullido de los ruidos)…

 …(en el escapulario del sollozo ese simulado tren de las palabras el bautizo agolpado en mi pecho las semanas desclavadas de su dureza o el pestañeo alto de los muros aquella sombra el espejo y también el río de su sangre después de todo el viaje de los ojos queda en la memoria lo que fue la duración del asombro —vos frente al tiempo añadiendo hirsutas tristezas o sosegados fríos)…

 Tengo que reconocer que mis primeras exploraciones de los trabajos poéticos de Cruchaga fueron motivadas substancialmente por mi interés por indagar sobre lo que podríamos llamar el “surrealismo latinoamericano”, y por el rastreo de exponentes centroamericanos de valía y trascendencia de esta singular expresión y sus derivaciones. Y en efecto, en esos recorridos hallé en sus escritos rasgos esenciales que podrían ubicar a este autor en esta modalidad escritural. Y, por qué no decirlo, tropecé también con ciertas reminiscencias o fragancia de los viejos movimientos de “Vanguardia”, con evocaciones de aquellas búsquedas que intentaban generar sistemas escriturales autónomos y autosuficientes, que procuraban re-delinear la “realidad” desde acercamientos más abarcadores, proponiéndose descubrir las zonas ocultas de lo real como procedimiento para  aprehender y representar todos aquellos elementos que le configuran y, de algún modo, instalar una nueva comprensión y sensibilidad de la –realidad– y sus manifestaciones.

No es este el momento de profundizar en esta vertiente de análisis. No nos lo permite el  limitado espacio de un prólogo para estas divagaciones. Además, ya se ha escrito con mucha claridad sobre estas aristas. Bastará con acudir al absoluto prólogo que José Siles G. nos proporciona a propósito de la colección de textos agrupados por Cruchaga bajo el título “Vacío habitado”, donde se explora y clarifica algunas de las influencias, hallazgos, ecos y resonancias en la poética del  autor salvadoreño.

Como he insinuado al inicio, Cruchaga es un escritor que opera y construye su arsenal poético desde la “Mnemósine”, el autor se nos propone, o al menos yo lo percibo, como una suerte de tempus-nauta. Un viajero que ejercita la memoria y adiestra la contemplación, y donde el acto de recordar es el viaje, y el recogimiento y la contemplación es un acto ritual que posibilita la captura, el dimensionamiento y la significación de los instantes, entendidos estos como eslabones que estructuran lo duradero y dan sentido de permanencia al ahora.

Cruchaga es un cazador de relámpagos que usa el ritual como técnica para simbolizar y sujetar los acontecimientos. Intenta construir mediante el uso desbordado de la repetición asideros al “tempspara que este no se diluya en meras suscepciones de instantes y caiga en el vacío.

 Para cruzar el desvarío del polvo, hay que recoger, primero, los vestigios

del granito y mirar hacia lo invisible del tiempo

 

—(De aquel umbral y sus vestimentas, solo el tren de la memoria endurecida de moscas, solo el escupitajo disuelto en las aceras. / Alrededor de mi olfato, los kilómetros de ronquidos del recuerdo.)…

…(A veces, solo es cuestión de pensar en las estaciones y los ferrocarriles, en la rama que se deshoja en los ojos, en la carne que tiembla frente a calendarios yertos, en las palabras que nunca dije porque les faltaban ojos e intérpretes, y relojes para medir todas las urgencias.)…

 Sus construcciones y juegos ligústicos invitan a la demora y para ello el autor apela a la travesura simbólica como forma de disolver el nexo lógico que habitualmente opera entre el significante y el significado. Hay una premeditada intención de dislocar e inmaterializar aquello que de materia tenga el símbolo, mediante la activación de un juego acústico y rítmico que desquicia y/o propone otros niveles de percepción, obligando al lector a cerrar los ojos para intentar enfrentarse un bombardeo de imágenes imposibles, a pausarse, a detenerse para inquirir o a menos intuir algunas de las  resonancias o posibles vínculos que chispean en las conexiones de la red sináptica, para intentar aprehender, –al menos visualmente–, las simetrías ocultas que sugiere el texto.   

En tenso recorrido, la almohada empapa de espejos mis arrugas. Uno tiene que zurcir incesantemente todas las edades desnudas del reloj

…(En medio de la ranura del candado sabemos que existe una vegetación flotante, un río de alas cárdenas, unos desembarcos sumergidos de caracoles, un oloroso delirio de humanidad plena.)…

Parafraseando a Kierkegaard,          la repetición y el recuerdo, el recuerdo y la repetición como un mismo movimiento en el juego –no dialéctico– de los contrarios. El viaje al pasado mediante la memoria y la repetición como ritual para la recordación hacia adelante.

Leer y desmontar a Cruchaga puede ser discordante y paradójico. Es una invitación a desprenderse de lo lineal como código de lectura, pero sin perder la percepción de lo que sucede durante el desplazamiento entre un punto a otro en el tiempo, pues es lo que permite capturar esas pausas que  enhebran hechos mediados por la duración. También es una posibilidad abierta para incursionar en un pausado, pero a la vez veloz y simultáneo viaje de ida y vuelta. Una oportunidad para el desplazamiento progresivo y regresivo mediante el  “revivir”, “reencontrar”, “reiniciar”, “recapitular” “retomar” o  “repetir”  hacia el futuro desde el  aquí y ahora, mediante el yo y pasado.   

Uno lleva la memoria de un funeral tras otro, sin que hayan cicatrizado las dilataciones: húmedos todavía los arbustos del sinfín, no vuelven las inocencias, ni los milagros, ni siquiera las palabras, ellas se traspapelan en las lecturas remendadas de la extrañeza

La poesía propuesta por Cruchaga no es lectura para “leyentes gandules”, sino para descifradores. E insistiendo en Søren: ”Quien espera siempre lo nuevo pasa por alto lo que ya existe”. Cruchaga es un poeta que a first glance genera desconcierto y dislocación en los lectores livianos, y tal vez sea por esto que con cierta asiduidad encontramos indolentes opiniones que ubican a la obra del autor en la “ruptura” –entendida esta como simple mudanza paradigmática–. Ya he sugerido que el poeta no disimula su correlación con ciertas maneras y expresiones de las Vanguardias que son asumidas por muchos como momentos de “rompimiento”, como situaciones de cambio, como forma de negación de la tradición anterior, pero en donde la ilusión de lo nuevo termina siendo variaciones de lo mismo.   

No me arriesgo y prefiero calibrar los hallazgos del bardo como una poética instalada desde la tradición, y con esto quiero decir, inscrita en las búsquedas de los grandes temas de la literatura universal.  Y aquí, a mi ver, es donde el poeta nos ofrece, si se me permite el oxímoron: un aire fresco con aroma de ayer. Y como ya he dicho en otros momentos: una poesía novedosa, sin atisbos de ligamen pero ligada, llena de novedades tremendamente viejas…

 ….La vida, ayer como hoy, es un chorro de desamparos entre paréntesis; / no se encienden las señales, sino los cascos de hedor y asfixia, /el grito sin tregua como un caballo de ecos tendido sobre las vértebras. / Me resisto a los andamios del asco y tal, Miguel Hernández, /sólo quiero quedarme con la Esperanza, /con su llamita de agua encendida, / y su rosa de júbilo, así sea sobre la piedra y los nudos / que trascienden al cardo. / Me niego a ser mamífero en la soñolienta pizarra de los zopilotes.

De un lado, los dientes y su arista de pórtico nutrido; / de otro, / los maniquíes y sus cartílagos de poliéster / y los altares de oración, la ruta cercana a los disturbios del hambre, / en punitivas voces de antropofagia, / o en lechosos evangelios que subliman la súplica…

 En donde algunos ven ruptura, veo continuidad y evolución estilística, como lo siguiere Salazar Torres “….Rupturas las ha habido de distintos modos, ha existido siempre en el trayecto estilístico de las poéticas. Esa breve brecha que, autores y académicos han nominado, sin par y genuina, es tan solo un momento de disidencia de la tradición, un cisma que proporciona, a final de cuentas, continuidad a su tiempo: la tradición es un presente continúo…”

En el caso de Cruchaga, lo reconfortante y novedoso de su propuesta estética proviene de una postura contemplativa e indagatoria ante las nuevas configuraciones donde se desarrolla y acontece la vida, el Ser y el mundo del ahora. Sus creaciones poéticas son dispositivos dilatorios, módulos de desaceleración, diseñados para enfrentar la dispersión y atomización del tiempo para recomponer los andamiajes y/o mecanismos que posibilitan dar orden y sentido al devenir, el suceder y la trascendencia. Sus trabajos son códigos para reconfigurar las formas de relacionamiento de lo humano con el Todo.

 …(Voces de aquí y de allá lentas y lustrosas sillas en mi aliento / camino de sombras en el costado /  lentos caballos con tambor de sombras  / cascos de hollín en el ápice de un relincho /  bocas terribles frente al gruñido de mis tripas / lentos tiempos acribillándome el olfato / cada vez es inevitable el óxido de las semanas / las puertas sofocantes de la hilaridad /  las ventanas rotas de los poros / los muchos megáfonos del viento / esta desproporción de los verdugos en mis coyunturas…)…

 Sugiero al lector poner distancia de lo epigonal en la estilística de este autor, en tanto,  los recursos y procedimientos arquitectónicos para dar estructura al poema no han variado ni variaran en sus aspectos composicionales –al menos que reparemos de algún modo los códigos de lectura en boga y la minusvalía teórica de la literatura–.  Por supuesto que hay un uso de viejos recursos; la asimetría semántica del significante, los quiebres de sentido, la disonancia, la polifonía, la polisemia, el sentido inverso de la metáfora, la sinonimia, el despliegue lingüístico, entre otros.  Y estos recursos, son los que son, ¿y qué?

Lo diferente en Cruchaga radica en su potente y extraño sentido de simbolización, en su portentoso acervo idiomático, en su notable flexibilidad creativa. Hay en este autor  incontenibles manifestaciones del Eros como impulsos de vida y una sorprendente capacidad para la activación imaginaria, que es, desde donde el poeta salvadoreño teje uno y todos los mundos posibles e imposibles, interiores y cósmicos.

 …Me conmueven los objetos perdidos dentro de la almohada, la encogida de hombros cuando atardece, el pájaro rimado de la mueca…

 …Abro la tumba ciega de mi pecho / el mar roto de mis alas  / la tierra ardida de mi sombra /  la arquitectura de mis huesos  / los miedos silentes del hollín en el candil /  —alguien comerá con mi esqueleto esta noche  un siglo de guacales rotos en mis párpados / un río atajado en mis ojeras unos nombres enredados en mi saliva que jamás pude olvidar…

 También hay en Cruchaga un posicionamiento filosófico ante la angustia. Postura derivada, quizás, de lo que el poeta presiente e intuye al estar experimentando un presente sin rumbo que ha entronizado una cultura de negación de la muerte, en un sistema donde la incomunicación colectiva es aniquilada para dar cabida a seres que operan únicamente desde el yo, y donde la vida parece no trascurrir, sino más bien, simular un presente absoluto. Nada comienza y nada termina. Todos los momentos son iguales. 

 …procuro dormir en el ojo del sinfín esta tierra sumida en la agonía acaso exhausta identidad con los tiempos imprecisos alguna vez después de transitar la madera quiero dibujar la monotonía y escupir en los demonios de saliva que perviven en medio de la hojarasca…

 …pesadillas de siglos flotando en la conciencia formas del aliento cargadas de gotas desprendidas del sinfín…

 En Sepulcro de la Tierra encontramos condensados todos los recursos acostumbrados por el poeta, –no podría ser de otra forma–, pues hablamos de un autor que ha llegado  al afianzamiento de su estilística, a la consolidación semántica y arquitectónica de sus procedimientos composicionales que constituyen su vigente y particular voz poética. Su acervo instrumental y el domino del mismo lo posibilita, sin duda alguna, a desplegar su inventiva, su imaginación y a soltar las rienda de sus obsesivas búsquedas. Bastará con sumergirse en los diversos tópicos abordados por el poeta en propuestas como “Cuervos Imposible”, “Vacio habitado” o “Ecología del manicomio” para entender lo que he denominado como pensamiento flexible.  Pero, ¿qué es lo que busca el poeta en Sepulcro de la Tierra?,  y más importante aún, ¿cuáles son sus hallazgos? Esto necesariamente será algo que cada lector descifrará enfrentándose a la lectura de esta colección de 141 artefactos.  

Sepulcro de la Tierra es un canto que alude al desencanto. Hay entre su líneas desesperanza y aturdimiento, cansancio y hastío, dolor por los síntomas de la vida en descomposición, desilusión de país, impotencia y desesperanza. Sepulcro de la Tierra es una propuesta pesimista, sí, pero quizás no del todo desesperanzadora. En lo particular, parto de que cuando hablamos de poesía, hablamos de mensajes cognitivos. Lo que nos lleva a profundizar en procesos mentales –lenguaje / percepción / memoria–. El acercamiento semiótico de lo funerario obliga a situarse en la necrópolis –cuidad de muertos- país como monumento fúnebre. El poeta ve, siente, formula y grita ante lo que ve. Cuando una sociedad no arregla sus problemas, los problemas no se arreglan. Distorsionado a Rozitchner diríamos que cuando la sociedad no sabe qué hacer, la poesía se manifiesta y crea. André Cruchaga es un pensador de la muerte. Pienso entonces en Heidegger, pienso en los versos de Hölderlin que su hijo pronunciara sobre su tumba.

¿Quién y qué en medio del infierno, no es infierno? ¿Cómo distinguir entre lo real y lo alucinatorio? Cruchaga es un poeta que viaja entre el ayer y el ahora, entre la vigilia y el sueño, un sonámbulo consciente y “dilatante” que se levanta para construir pausas en el tiempo y enhebrar sucesos.

Evoco a Ítalo Calvino: “Se sabe que el infierno existe, se sabe que formamos parte de él”. Si perdemos la esperanza al menos nos queda la pasión, esa fuerza que nos impulsa a descubrir”.

 

 

 

Melvyn Aguilar

9 de enero de 2012

Latitud: 13.69, 

Longitud: -89.19 13° 41′ 24″ Norte, 89° 11′ 24″ Oeste