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sábado, 31 de mayo de 2014

UNA VOZ DE SIGLO QUE PRONUNCIA MUERTOS Y CONFESIONES

Rafael Mendoza, El Salvador




ARTÍCULO

UNA VOZ DE SIGLO QUE PRONUNCIA MUERTOS Y CONFESIONES

Publicado por: Tres Mil 9 horas ago en SUPLEMENTO Tres Mil | 3000 
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Mauricio Vallejo Márquez

Suplemento Tres mil





Don Rafael Mendoza es un hombre serio. Lo veía a veces en su casa, mientras yo jugaba con su hijo menor. Lo veía siempre erguido con su boca arqueada en señal de orgullo o reflexión en tanto él ojeaba alguno de sus innumerables discos, y luego sentarse y beber algo mientras la música inundaba la tarde. Es un hombre serio al que pocas veces vi sonreír en mi adolescencia, pero ahora sé que lo hace con frecuencia.

Su obra la había visto cuando estudiaba mi primaria en el Externado, en mi incansable búsqueda de mi padre entre las antologías de literatura salvadoreña, quien sufrió de sus coetáneos y colegas el olvido, por ser parte de ese conjunto de artistas mártires que aún ahora apenas hacen un pequeño ruido cada tanto. Una de esas veces lo encontré en su estudio, esperaba que bajara su hijo para salir a jugar, me le acerqué para hojearle los libros, entonces cuando llegó su vástago le comenté que tenía varias biblias, don Rafael dijo: “Esas biblias son doblemente sagradas, porque contienen la palabra de Dios y porque son mías”.


Su colección me encantaba, ya a esa edad me encantaba devorar libros. Quizá al tener a la mano dos bibliotecas (la de mi abuela y la de mi papá) eran suficiente para pasarme las horas.

Pude ver la vida del escritor, conocerlo de cerca, aunque no tanto porque existía distancia. Sin embargo lo apreciaba, veía en él a mi padre o quizá lo comparaba con él, lo veía e imaginaba como sería él al ver al poeta de Piedra y Siglo tejiendo versos bajo una lámpara en medio de la oscuridad.


En 1999 presentamos Tiempo en la Marea en la Biblioteca nacional, un  plaquette en coautoría con Rafael Mendoza López. Don Rafael nos presentó ese día. Se lo propusimos con semanas de anticipación, y claro, su hijo estaría ahí, así que no faltó. Accedió. Llegó un poco tarde, por lo que invitamos a la mesa a Ricardo Lindo y mi abuela Josefina Pineda para que nos acompañara, pero al llegar Mendoza irradió su energía para llenar la sala.


Procuraba escucharlo hablar. Su acento, uno que no relacionaba con nadie más. Y es que don Rafael parece no tener acento y a la vez poseer uno diferente como ese poema que dice: “Ha soltado sus flores el cedro de enfrente”.


Ahora, cuando han pasado los años suficientes y lo he leído observo en él una voz, no una impostura de pieles. Una voz particular que bien puede ser dura y a veces áspera… ¿pero no es así como es a veces el alma? Sobre todo si se ha cobijado en el dolor, dolores que provienen de la vida y de la guerra y el exilio, la desesperanza de vivir en una patria que todavía tiene mucho por crecer y que aún posee gérmenes que desearían volverla al pasado.


Rafael Mendoza es la voz áspera de esa gente que con sencillez procura decir lo que siente, arrojar borbotones de queja e indignación, pero que no puede oírse, en cambio la palabra del poeta se torna eterna y resuena aunque no lo parezca.


En la obra de Mendoza no habitan los temas de vanguardistas y modernistas, tiene su mirada en el siglo XX, en lo convulso de esos días de desesperanza cuando hablar era sinónimo de la muerte, y aunque él no entró a tomar las armas y tuvo que vivir el exilio en Panamá, tomó la mejor arma y herramienta, una que no deja de disparar y que siempre es necesaria: la palabra. Y se dispuso a plasmar la realidad con su voz, la del pueblo.

Existen dos libros que me impresionan de Mendoza: Los muertos y otras confesiones y Confesiones a Marcia.

En Los muertos y otras confesiones encontramos la ironización del momento de una sociedad moralmente hipócrita, culturalmente atada a su hedonismo.

“Digo que no puedes ni debes olvidar,
Como que no es cosa sencilla dejarle el nombre
a la tristeza ajena”
Una de las imágenes que muestra el uso del ícono de lo religioso para ocultarse: “la noche tiene sotana para llegar inadvertida”

En este libro encuentro dos poemas muy intensos: Con el alma a media asta y secreto profesional.

Confesiones a Marcia es la voz del “enamorado” resignado a vivir con una pareja que odia y finge amar para evitar verse perdido, es reclamarle a esa figura que a cuentagotas iba derramando desesperanza a todo el pueblo y que por momentos se trasmuta a disminuir ese espacio universal del dolor que los gobiernos militares daban para recordar parte del dolor que conlleva la historia propia, logrando unir esa relación de vida, de pareja con la que es desarrollada por el pueblo y esos gobiernos militares en que la injusticia y la represión son características de esa figura femenina que Mendoza llama Marcia.
Claro que Mendoza no es un poeta sólo de verso libre, porque además es un fino sonetista, pausado y seco por momentos, pero siempre preciso y agudo, además de humano.

Entre sus libros se cuenta con Testimonios de Voces, que son poemas que dedica a algunos poetas y curiosamente sólo a una poeta mujer: Claudia Lars.
Y en cuanto al sentido moral, que incluso llega al momento moralizante o civil de procurar los cambios con el libro Sermones.

Mendoza es una de las voces más representativas de la década de 1970 junto a José María Cuéllar, Ovidio Villafuerte, Ricardo Castro Rivas, Luis Melgar Brizuela, Maura Echeverría, Rafael Góchez Sosa y Alfonso Kijadurías, entre otros.


sábado, 21 de julio de 2007

Engrasando motores_Mauricio Vallejomárquez

Fotografía: Mauricio Vallejomárquez





Engrasando motores



No te quiero sólo porque tu sexo nutre mi sexo
ni porque tus piernas y las mías destapan un sol cuando dormimos,
ni sólo porque seás la mamá de mauricio antonio y
te desvelés dándole chiche o pacha
y te des cuenta que funciona el baño con hierba
del susto y me pongás a sudar una camiseta
para envolver al cipote y quitarle el pujo
que le salió por dejar destapadas las mantillas
que fueron lamidas por el cadejo dice la Rosita de Perulapán
No te quiero sólo porque juntos hicimos un hijo,
ni porque seás hembra entera o ronqués con música
cuando se te ha tapado la nariz y el frío se haga atol en tu garganta
o sólo por que me digás con los ojos pelados llevándotela de seria
y me caigas simpática cuando lo decís
aunque me encachimbe que «por qué» escribo tanta babosada?
y te salga a flote la preocupación pequeño burgués del título,
ni por que me acariciés la frente cuando salta duro
una alegría bien rara y por nada
y se apelote y se me quiera salir por entre las cejas Si!
algunas cosas no son de este mundo.
No te quiero sólo porque compartimos
cabal nuestros malos olores, los enojos,
los chambres, los trabajos de estudio,
la falta de pisto, las chiniadas, el cepillo de dientes,
ni porque pensemos chulo del socialismo y de irnos
a pasar un día a la orilla de un río
quebrando infinidades en un verso Sssshsshsshs!
charros que hay orejas y oyen!
Bueno pues, como dicen que no hay secretos para Dios,
algún día no habrá secretos para nadie y yo
me afirmo para ese después cuando ya no esté.
no te quiero sólo porque de mis cosas digás «está bonito»
o que así despeinado me veo guapo,
ni porque hasta te fuiste a vender biblias,
ni por que a veces me des un beso en el cachete
para que amanezca en la ventana el nuevo día.
No, es por esto y un penco de cosas más que nos ahogan chivo
y por que soy capaz de terminar el poema
y por no saber el absoluto de querer y escribir
seguro que para vos, para el cipote y para todos
hay una larga lucha que espera, por un mañana más justo,
como espera un motor el aceite, una hoja el rocío y la
mariposa, una casa sus tejas y ladrillos
(1980)
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