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domingo, 24 de marzo de 2019

ANDRÉ CRUCHAGA EN LA MEMORIA DE LA POESÍA

Miguel Fajardo Korea (poeta y ensayista costarricense)





Artículo

ANDRÉ CRUCHAGA
EN LA MEMORIA DE LA POESÍA




Lic. Miguel Fajardo Korea
Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica
minalusa-dra56@hotmail.com



André Cruchaga (El Salvador)



(Moravia, Costa Rica). El trabajo de difusión cultural de André Cruchaga (El Salvador, 1957) es excepcional.  Las páginas de sus revistas electrónicas, en especial, “Odiseo en el Erebo” están al servicio de la extensión cultural sin distingos de nacionalidades ni ideologías. 

Él se esmera, cada día por ofrecer los mejores y más exquisitos portales de la cultura y la luz intensa de la poesía.  André Cruchaga ofrece espacios de conocimiento  frescos y caminos humanos y literarios, tan vastos y reconfortantes para el espíritu. André Cruchaga ha fungido como jurado en diversos certámenes. Asimismo, ha sido distinguido con  premios literarios. Es un académico y un trabajador incansable de la cultura. Su labor humanística es digna de encomio, en un mundo abierto a la indiferencia y la incomprensión.

La poesía tiene una virtud: es un encuentro y un  desencuentro.  Las posibilidades de convergencia desde la poesía son múltiples.  En este caso, Internet fue el acercamiento; los libros, su fortaleza. Una tercera fase, será conocernos personalmente, en el momento oportuno, en alguno de nuestros países centroamericanos. Este último está pendiente, a pesar de que visité su país hace unos años.

André Cruchaga es profesor de humanidades y Ciencias de la Educación.  Ha sido académico en enseñanza media y universitaria.  Su bibliografía es extensa, con 22 libros publicados en diversos países, tales como El Salvador, México,  Estados Unidos o Cuba, entre (1992-2018). En mi biblioteca dispongo de 12 de sus libros, lo cuales ocupan un sitio especial en ella.

Entre sus títulos editados sobresalen: Alegoría de la palabra, Fantasía del agua, Fuego de la intimidad, Espejo de invierno, Memoria de Marylhurts, Enigma del tiempo, Visión de la muerte, Antigua soledad, Insomnio divagante, Viento, Césped sobre el fuego, Fugitiva luz de los espejos, Fantasía del bosque, Caminos cerrados, Enigma del tiempo, Roja vigilia, Querencia del follaje, Rumor de pájaros, Oscuridad sin fecha, Pie en tierra, Viajar de la ceniza, Cuaderno de ceniza, Sublimación de la noche,  Poeta en Barataria, Balcón del vértigo, Post-Scriptum,  Viaje póstumo,  Lejanía, Vía libre, Cielorraso, Calles, Ars moriendi,  y Motel.

Su obra poética ha sido parcialmente traducida a doce idiomas, entre ellos: inglés por Grace Castro; francés por Dànielle Trottier y Valérie St-Germain; vasco por Miren Eukene Lizeaga; griego por Lia Karavia; holandés por Michel Krott;  rumano por Liliana Popescu y Elisabeta Botan; catalán por Pere Bessó, quien ha difundido, grandemente, la obra del bardo salvadoreño. Varios de sus poemarios son ediciones bilingües, lo cual amplía su circuito de lectura a otras posibilidades y espacios lingüísticos.   

         En la poesía de Cruchaga existe un dossier de antifaces, aunque al hablar de la vida no se debe temer a los fantasmas, sin embargo, las hormigas se mueren al ver los espejos.  La vida nocturnal es un horizonte de soledad, verjas y sombras en la luna.  Es decir, en el mapa lírico de Cruchaga campea  una honda preocupación  por la nostalgia de los espejos, lo inanimado es una respuesta donde “El silencio nos arroja rostros reales”.

         El ánimo del cansancio es un desgarramiento en el espacio corporal.  Mares y noches, bocanadas y desgarramientos. Sus preocupaciones estelares son el silencio que habla y ve, porque “Nos toca morir en un país de gritos”.  Es el grito humano como un vector semiótico de repercusiones en el atardecer de la sonrisa, en el círculo cabalístico, o bien, en las tumbas hambrientas.

         La ubicuidad es otro de los rasgos de este mapa lírico  “Uno se da cuenta de que ya no se es de aquí ni de allá”·  La mirada se comporta, entonces, como uno de los signos del futuro en el ayer, es decir, siempre. “Un corazón donde latía el río” es una imagen plurisignificativa de hondo arraigo expresivo, en el trópico del oleaje, en la hierbabuena del tiempo.

         Existe un acendrado espíritu de búsqueda por los desaparecidos, por sus olvidos “Tan atroces como hablar con las sombras”.  Dice Benedetti que “el olvido está lleno de memoria” y, en esa dimensión, el autor salvadoreño expresa “La tempestad de la ciudad y sus desaparecidos”.  El tópico central de la ciudad, con todos sus contornos y expresiones desangeladas. “Este país fue hecho prohibido para el olvido”, es un verso contundente, restallante.  Es una incisiva reflexión para todos.

         Ironiza cuando aduce “Sé que la vida, de vez en cuando, es un manicomio”.  La vida, el mundo mismo se comportan de esa manera.  Los actos coyunturales son problemáticos, hoy.  A veces, “La vida es un viaje a cero”.  En otro momento discursivo remarca “Me duele saber que la vida encarna oscuridades”, a pesar de ello, “Su sombra es mi ser.  Mi compañía.  El centro de mí”.  Es decir, la fuerza humana es un sujeto activo en este mapa lírico.  Esa condición actancial le permite decir “Un segundo en un vaso es la vida”.

         Pie en Tierra incursiona en un dualismo de entrada “Contemplar es vivir.  Vivir es despertar”.  Es como si el río de las irrealidades sujetaran al poeta y le indicaran otras rutas, aunque “De nada sirve abrir los ojos: todo es sombra”.  Y en esa vastedad de la sombra distinta “La noche tiene un solo ojo ciego”.  La ceguedad del mundo es asombrosa.  Tenemos tanta capacidad  para destruir, que se debe “Descubrir los pasos desgastados en los espejos”.

         Los textos de este poemario de Cruchaga son más extensos, como si quisieran expresarnos todo su dolor, su angustia existencial ante los avatares del mundo, ante los quehaceres de las fronteras, aunque “Nada es posible con ellos para que no se pudran las palabras”.

         El sujeto lírico aboga por los desaparecidos “Luego sobrevienen los exterminios selectivos”.  Las estadísticas planetarias, en ese sentido, son  apabullantes.  Uno se queda incrédulo ante tanta barbarie y eso que estamos en el siglo XXI “Solo me queda esperar noticias / Y asumir la culpa / Y recoger el espejo de mí mismo en pedazos”.  Los poetas no renunciaremos a seguir denunciando ese Apocalipsis.

         “Ahora nadie ve y nadie ha visto” (…) “Comiéndose la vida”.  El dolor como comida es un signo devorador “Por mucho tiempo a los vivos nos come el luto”.  Sus doloridos acentos singularizan una especie de esquema recolectivo de la angustia y los traumas humanos más evidentes, porque “Vivir aquí es una aventura de la sed”.

         En el universo poético de André Cruchaga “Jamás regresaremos al mismo sitio / de donde partimos”, porque “Todos no somos los mismos”.  En ese encontrarse y desencontrarse que es la vida, la voz de Cruchaga es un resquicio para reflexionar sobre la condición vital “Por eso la mayor fatalidad es estar vivo, seguir vivo”.  Las herencias le preocupan al poeta “Partir dejando a otros, espectros de sí mismo”.

         Seguidamente, ofreceré un selecto corpus de versos relevantes de siete de sus libros, publicados entre (2014-2018), para plantear un comentario integral sobre la calidad literaria en la poesía del salvadoreño André Cruchaga, gran y solidario poeta centroamericano.

         De Postscriptum (2014) selecciono versos ineludibles: “Ya solo es memoria el camino andado”, “recomenzar el camino del universo”, “Nunca ha sido fácil tener ojos para tanto mundo”, “el futuro es solo una calle sin ojos”, “Mi memoria es otra cruz semejante a los candiles oscuros de la sed”.

         De Viaje póstumo (2015) muestro el siguiente corpus: “el aliento es el tiempo póstumo de mi mundo”,  “diles que no es pecado el mar en la boca: todo tu mar”, “Quemamos los barcos descreyendo del horizonte”, “Se ha hecho memoria la voz del mar”, “el poema, después de todo, se escribe en las páginas de sangre”.

         De Lejanía (2015): “Cada minuto cuenta para el arcoíris de la sombra”, “Desnudarte, después de todo, quizá sea  la forma de vestir mi rebeldía”, “Las calles siempre tienen la tentación de hablarme: existen”,  “Al final del día, queda el libro sobre la mesa y el fogón ardiendo en secreto”, “¿En qué pedazo de tierra vive el futuro?”, “Ahora libre aunque nade siempre contracorriente”, “el semen como un labio sin sed en medio del hambre”.

         De Vía libre (2016): “Hoy es un día sin sobornos”, “Nunca la agonía deja de ser relámpago o piedra”, “La memoria es una sombra que nos quema la respiración”, “¿Cuántas ausencias hay que escribir para encontrar la memoria?”, “en cada poema me atrevo a tocar el infinito”, “Nunca ha sido fácil tener ojos para tanto mundo”.

         De Calles (2017): “Cuando hablo de laberintos me refiero a ese viaje de flechas de todos los días”, “La vigilia me hace contar los días sin quitar la vista de las llaves”, “La palabra, ese hallazgo definitivo del horizonte”, “¿En qué momento cambió el universo de la alegría por las húmedas plegarias del sollozo, o los funerales?”, “Aunque todo sea transitorio, la tempestad renueva los aullidos”, “Al final, solo me queda el camino de la memoria o del olvido”, “Es inútil la libertad cuando callas o ya has pasado a otra vida”.

         De Ars Moriendi (2018): “Cuando el tren me regrese a casa, habrán escapado las ventanas”, “la piedra sigue ahí, en todas las formas posibles de los puntos”, “Camino alrededor de mi sombra. Oscuras palabras”, “En este lugar quiero morir desnudo como mi país”, “El azadón de la fe no absorbe al enemigo”, “Nada tiene sentido cuando la edad se ha convertido en un vestigio”, “Siempre ha sido difícil ver las palabras en medio de las ruinas”, “Uno nunca sabe hasta dónde es posible arar con las palabras”, “Ahora es la incertidumbre la única certeza para abrir las puertas”, “Con toda esta edad incesante de las palabras, escribo el poema”.

         De Motel (2018), que es un texto de prosa poética, prosema, citamos: “La herida en ráfagas derrama sus augurios”, “La magia del espejo nos vuelve criaturas diferentes”, “¿Quién puede negar los múltiples rostros del poema?”, “Siempre el candelero nos sorprende con su luz a media asta”, “Después de todo, abierto el resplandor se hace poema”, “Toda la marea de las aguas  empieza a ser sonambulismo”, “Solo recuerdo la desnudez ciega que nos mira en la memoria y el vacío a oscuras como la habitación que dejamos”, “Hay algo que siempre está en la conciencia y que no se puede nombrar”.

         Cuando se lee de manera morosa la poesía de André Cruchaga, advertimos una extraordinaria capacidad para construir imágenes, a partir de elementos cotidianos, materiales o abstractos. La inclusión de elementos simbólicos es notable, pues con base en ellos, elabora versos de una señalada calidad y méritos poéticos.

         En su mundo lírico, se advierte una marcada recurrencia a poetizar sobre el olvido, la memoria, el universo, la sed, el mar, el tiempo, la poesía, el infinito, su país, las palabras o, el horizonte, por citar algunos ejes temáticos caracterizadores de su poética.

         En su poesía, el símbolo es uno de los recursos más utilizados dentro del sistema de significados poéticos. Asimismo, hace gala de un manejo pleno de las figuras retóricas como procedimientos que forman parte del valor estético de la creación literaria.

         Entre sus lecturas se advierte una fortaleza en su concepción cosmovisionaria.  Puede observarse en ellas, epígrafes testimoniales de figuras tan relevantes como Antonio Gamoneda, Pablo Neruda, Andrés Sabella, Eduard Jaguer Roque Dalton, Manuel Altolaguirre, Luis Cardoza y Aragón, Jorge Luis Borges, Gabriela Mistral, Juan Antonio Massone, César Vallejo, Bertolt Brecht, Pablo Picasso, Walt Whitman, Juan Ramón Jiménez, Dylan Thomas, Aldo Pellegrini, Fayad Jamis, Joan Brossa, André Breton, o Braulio Arenas.

         Al dar cuenta de la alta productividad poética del poeta salvadoreño André Cruchaga, nos regocijamos en disponer de una docena de sus libros en nuestra biblioteca personal costarricense, pues, de esa manera, releemos sus libros y nos acercamos a su acento creativo de gran capacidad poética y de construcciones novedosas que nos ponen a reflexionar acerca del verdadero oficio de un creador holístico como André.

Desde Costa Rica, saludamos a André Cruchaga, un insigne trabajador, y difusor de la poesía sin  latitudes ni banderías, pues él sabe, y muy bien, que cada creador realiza su mejor esfuerzo por ser honesto y transparente, desde su universo creativo, en aras de  alcanzar un mejoramiento, en favor de las mayorías menos favorecidas del mundo.


LIC. MIGUEL FAJARDO KOREA

Centro Literario de Guanacaste, Costa Rica
(24 de marzo del 2019)

viernes, 2 de octubre de 2009

Juan Diego Castro en el universo de las hamacas-Miguel Fajardo Korea

Pasta del libro






Juan Diego Castro en el universo de las hamacas
Lic. Miguel Fajardo Korea
Premio Nacional de Educación, Costa Rica-2008


La poesía es un poder del mundo en el espíritu.

Juan Diego Castro Fernández (Costa Rica, 1955) incorpora chumicos, trompos y hamacas en su orbe lírico.

Por predilección, sus ejes temáticos recuperan la infancia y sus nudos semánticos registran elementos de la cotidianeidad esencial. Es la suya, entonces, una manera de afirmar dicho universo, pleno de ideales y sueños de luz, que tanta falta nos hace a todos, en este difícil proceso de mundialización.

“Vértices de mis hamacas” es una apelación fervorosa con las raíces lúdicas de la infancia, que está en cada uno de nosotros, con un ojo abierto y otro cerrado, dispuesta a despertarse en algún momento de nuestra vida.

La hamaca es cronotopo y travesía. Sus ondulaciones son marcas deícticas: me toca a mí, vos ya te montaste, voy yo, sigue Juan Diego, etc.

Las hamacas son huellas cosmovisionarias en el universo de la cercanía, de lo pequeño, pero necesario y trascendente, para equilibrar el destino.

Sus vaivenes signan el oleaje encendido de la esperanza en los mecates sin fronteras. Su demarcación es territorio recreativo en la identidad holística del factor humano.

Otro acierto de este poemario es la incorporación de diversos elementos de la naturaleza, lo que le confiere el marco de una frondosidad telúrica, un fuego de vida, una existencia estelar desde los rincones precisos de la niñez no globalizada, como un universo de afirmación y disfrute de los juegos tradicionales, que nos han ido arrebatando el ipod, el celular, la computadora o la Internet.

En “Vértices de mis hamacas” hay predilección por las menciones cromáticas: azul, amarillo, verde, celeste, rojo, negro y blanco. Esa condición le confiere una estética visual y mucha vitalidad expresiva. Dicho cromatismo refleja un colorido en el tiempo de los estados anímicos, sobre la base de los influjos de la cotidianeidad.

En el poemario de Juan Diego Castro, la hamaca signa un elemento simbólico de movimiento, de observación. Desde ahí transcurre la vida, por ello, “los dos mecates de mi fuerte hamaca/ se trenzaron en un ángulo de tiempo azul”, es decir, la dimensión espacial se extiende por el mar y la montaña, pero su tono es esperanzador, porque “de las gotas de cabuya/ atan la tablita invisible de mis sueños”.

Este libro reivindica la hamaca, la humaniza y le confiere una cercanía con la realidad cotidiana de cada quien, pues “sentí la luz de sus raíces/ y ardí en el fuego de sus hojas”. El hablante lírico aduce “Amarré la hamaca a un cometa”, ante ello, la hamaca se distancia, pero también se acerca cuando expresa que “rompe en tejados de tiempo, el aire pendular de la vida”. En ese contexto, se le endiña imágenes como “navecilla de mecate”, o bien, como “hamaca de tantos sueños”.

La hamaca extiende su alcance “colgada del universo”, pues opera como una “arteria cósmica de sangre de cabuya/ puerta de salida de la oscuridad”. En otro orden, se le otorga gran dinamismo expresivo positivo “volemos juntos, / atrapando las toronjas de los vientos. De ese modo, la hamaca se convierte en un vector semiótico.

El poemario de Juan Diego rinde un gran homenaje lírico a las musas familiares: Sara, su esposa; Elena, su hija. De Sara, a quien está dedicado el libro, el hablante ofrenda finas construcciones: “Duermo anclado al fondo de tu bahía” / “Navegamos en una tormenta de labios” / “Sueño en la cubierta de nuestra pasión”. En estos versos se advierte la incorporación de elementos marinos, asociados con la delicadeza de la presencia femenina que puebla el libro con vocación de campana.

El hablante poetiza: “Sarita: / Sin dejar de amar, / sin dejar de navegar, armados de luna y sal, / sobre nuestro mar”. La delicadeza de los versos representa un reconocimiento amatorio a uno de los seres especiales que conforman el círculo de afinidades electivas del yo lírico.

En otro apartado, la figura de Sara extiende su red de asociaciones cotidianas “Sara, mi media lunita/ de cebolla y guanábana, / fuego de mi noche/ picante de mi día, / boquita de lago y canela”. En tiempos de alta agresividad familiar, estos poemas dedicados a Sara, significan un reconocimiento y ponen en evidencia, con certeza y honestidad, el lugar que merece la abnegada figura femenina, por derecho propio. Su orbe encara comprensión, entendimiento y amor. Ese es uno de los valores que maneja el presupuesto ético y estético de este libro.

Por ello, el yo lírico no escatima su canto como una ofrenda amorosa “Sé de la pureza que el oleaje de tus praderas da a mi tierra. / Sé cuánto vivifica mi aire el surco de tu cordillera”. Sé que tu piel y mi piel son un planeta”. Este verso final funciona como un sistema recolectivo de gran mérito.

Su hija Elena ocupa, igualmente, un espacio de luz y candor en el mapa lírico del autor costarricense “Dentro de la gran burbuja de hojas azules/ miré tus ojitos intercambiando brillo con los de Elena, / inundación de luz en el valle de mi existencia/ que desbordó el agua limpia de la memoria de su nacimiento”.

Asimismo, la muerte ha tocado las fibras del hablante en el seno familiar “Hermanita mía. / Desde que partiste me resisto a restringir tu territorio. Cada día te visito en los jardines de mi memoria”. Hay una apuesta por un recordar selectivo desde un espacio intangible, privado. No apela, necesariamente, por espacios visibles, sino en una introspección muy válida para ofrendar sus sentimientos de dolor fraternal.

Además, la hamaca retoma su protagonismo, cuando el yo lírico expresa: “Antes de morir/ colgaré mi hamaca/ en la venda de la herrumbrada justicia/ y me columpiaré fuertemente/ sobre los estrados de la inequidad”. La justicia, como un ingrediente imprescindible en la vida de todos los seres humanos, es un valor agregado por el cual el ilustre penalista lucha todos los días desde los estrados, donde también la palabra es otro poder.

Vértices de mis hamacas, confirma la adquisición de un estilo personalísimo: incorpora formas para la arquitectura lúdica del poema: catetos, vértices, triángulos, como una manera de construir la aritmética de la vida “que rompe en tajadas de tiempo/ el aire pendular de la vida”/ “tres vértices más/ de nuestro tiempo de hamaca”.

El texto contiene versos de gran mérito conceptual. Comparto con el lector algunos de ellos: “Cuando me ves así / hacés que los filosos arados de mis ojos/ siembren de azules tallos tres blancos pétalos”, o bien, “tu piel y mi piel, / se fundieron con agujas de zacate/ y forman una sola vela/ fogosa de viento y de sol/ navegante de nuestro mar secreto”.

Vértices de mis hamacas, tercer poemario del Lic. Juan Diego Castro es una obra del sello editorial JURISIS, señal inequívoca de que la poesía ocupa un espacio estelar en su agenda como penalista brillante. En este libro incorpora diversos nudos de significación. El tono amatorio prevalece en muchos de los poemas, así como el índice amoroso, a partir de construcciones finas, donde incorpora hechos esenciales de la cotidianeidad, como una manera de afirmar que la vida y la poesía se encuentran coligadas.

Su abordaje temático focaliza perspectivas personalísimas. Su estilo es preciso y contundente “hasta reventar todos los nuditos/ de tu noche hecha amanecer”. Destaco, con gran ventaja, una especie de ocupación femenina en su libro, pues permite constatar que, valores como el respeto a la dignidad de la mujer, como esposa o hija, el amor y la comprensión dentro del espacio hogareño, son ejes de praxis y no únicamente de discurso, que permiten la vivencia confraternitaria desde el hogar, máxime cuando este espacio ha dejado de ser, en nuestra sociedad, el topos de protección y bienestar.

La poesía costarricense incorpora una voz de madurez para desanudar los nudos de las hamacas en los vértices de una vida intensa, llena de asombro por la vida, el amor, la justicia y dispuesta a conquistar una nueva balanza para la ocupación de la poesía como una manera de reivindicar las fatigas.

El pintor Adrián Gómez aporta doce ilustraciones a los 33 poemas de este libro de Castro Fernández. De mi parte, suscribo algunos señalamientos interpretativos, desde el universo de la hamaca, aquí y ahora, porque cada columpio es una forja en el difícil aprendizaje que es el planeta de cada vida, la de ustedes y la mía, es decir, la humanidad como un todo, con el ojo retrospectivo de la infancia sin fin, desde donde estamos asidos para seguir viviendo.

miguelfajardokorea@hotmail.com

domingo, 26 de julio de 2009

Ninfa Santos en “Amor quiere que muera”

Miguel Fajardo Korea, Costa Rica





Ninfa Santos
en “Amor quiere que muera”




Lic. Miguel Fajardo Korea
Premio Nacional de Educación de Costa Rica
miguelfajardokorea@hotmail.com



Descriptores: -Literatura costarricense -Poesía costarricense -Ubicuidad –Ninfa Santos

Me propongo abordar un tema esencial en las manifestaciones artísticas, como lo es la ubicuidad en la poesía, en Amor quiere que muera, de la escritora costarricense Ninfa Santos (1916-1990).

La poesía es un margen de vida. Una perspectiva de identidad para crecer. Un arma de palabras que retoma el viento para marcar destinos presentidos, pero intransitados. Por ello, la poesía es un manifiesto del decir desde los diversos frentes vitales del factor humanidad. Es de este mundo, pero alcanza otros estadios para fundar una manera de ser y de sentir.

Desde esa coyuntura, el nombre y la obra poética de Ninfa Santos no debería ser ajeno ni desconocido, aunque sí lo extrañamos en el cuerpo bibliográfico de la literatura costarricense. Su nombre aparece como uno de los que ha sufrido extrañas exclusiones, quizá por el desconocimiento de su obra[1], por su independencia paradigmática o por la mezquindad cultural del medio, pues no formó parte de los enlistados en el coro de la oficialidad ni de las capillas que se reparten cantos.
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Por esa razón, celebramos la aparición del número 2 de la revista costarricense Hoja en blanco.[2] Tanto su consejo editorial como su director, Álvaro Mata Guillé, reivindican y recuperan, con propiedad, el nombre y la obra de Ninfa Santos para inscribirla dentro de la poesía costarricense. Son 41 páginas integrales, de honda intensidad, de afirmaciones y rotundidades para abrir el claroscuro de este caso artístico. Álvaro Mata, Antidio Cabal, Fabienne Bradu, cinco poemas y cuatro fotografías de Ninfa Santos, llaman fuertemente la atención para revisar su nombre, marginalmente inscrito en la casa de la poesía costarricense.

El caso de Ninfa Santos (1916-1990) se asemeja, sin duda, al de Eunice Odio (1919-1974) en múltiples facetas. ¿Por qué se oculta su nombre y su obra? Recuérdese, en esa misma línea, que el libro de estreno de Eunice Odio: Los elementos terrestres, Guatemala, 1948, no se editó en el país, sino en 1984, es decir, 36 años después. Por su parte, Ninfa Santos publicó su único libro Amor quiere que muera, en México, en 1949. Fue reeditado en ese mismo país en 1985,[3] dibujo en la portada de Paloma Díaz Abreu. Uno se pregunta, con increíble asombro, después de 60 años de oscurantismo poético ¿Cuándo publicarán dicho libro las instituciones oficiales costarricenses?

Antidio Cabal (España, 1925), en su artículo “El exilio y Ninfa Santos”[4] repasa el cuerpo bibliográfico costarricense, donde la tónica con Ninfa Santos ha sido la exclusión de su nombre y de su obra dentro del registro poético nacional. En 1963, Manuel Segura la incluye en “La poesía en Costa Rica” con dos poemas, en 1973; Carlos Rafael Duverrán repite los poemas anteriores y la antologa en “Poesía contemporánea de Costa Rica”.[5] Alfonso Chase, por su parte, la incluye con cuatro poemas en la antología “El amor en la poesía costarricense”.[6]

El ojo crítico de Antidio Cabal aduce: “El mundo de Ninfa Santos desemboca en el metamundo de Ninfa Santos: el castigado tránsito de su carne a través del mundo fracturado por el fenómeno del amor (huesos, “ciego muro infinito ciego pozo de espanto”, musgo, sierpes, veneno, frío, maculación, “huracán frenético”, odio, hiedra, losa, lava, ceniza, angostura, “intacto sepulcro”: “Tal es mi juventud y junto a ella, detrás de esta miseria, tu fantasma”) se desvanece, se volatiliza ante la semilla trascendente e inmanente del yo (…) Ese yo o esa esencia o esa verdad / identidad se llama Anacostia: en el silencio / me está llamando / una voz. Es la Ninfa de dentro llamando a la Ninfa de fuera” (Cabal, 2004: 16-17).

Ninfa Santos tuvo una vida accidentada, producto de una infancia difícil, debido a la ausencia de la figura materna desde los tres años, en virtud de lo cual, su padre delegó esa responsabilidad en su hermana -la tía Ninfa-, mujer estéril e inflexible.

La creadora Ninfa Santos vivió en Liberia, Costa Rica, en la hacienda “La América”, de donde huye, cansada de los rígidos preceptos y castigos, por ejemplo, permanecer encamada durante largos periodos. Aparte de esas aflicciones, el destino se ensañó contra ella. Poco a poco se vio deformada por la artritis e hinchada por los efectos de la cortisona. La artristis deterioró su imagen e identidad corporales y restringió su capacidad de movimiento. Para Fabienne Bradu: “El signo dominante de su infancia fue la horizontalidad”.[7]

Su extenso peregrinaje de vida incluyó Liberia y San José, en Costa Rica; México, Estados Unidos e Italia. Además, visitó Rusia.. Sin duda, una vida muy agitada, en años igualmente convulsos. Ninfa se hospedó en México, al inicio, en casa de su tía Lupe, pero abandona ese espacio, debido a los sometimientos, altamente restrictivos, que pretendía imponerle su tía. Se da su filiación política con el Partido Comunista, en México. En 1965 conoció a Ernesto Che Guevara, en Nueva York.

Casó con el escritor mexicano Ermilo Abreu Gómez (1894-1971), con quien mantuvo una relación durante 20 años y con quien procreó a su hija Juana Inés (1939). Se divorcia de él, cuando la descalificó de sus responsabilidades maternas. Su hija Juana Inés casó con Bernardo Díaz -bisnieto de Porfirio Díaz- y ella guardó el secreto de los jóvenes, lo que enojó a Ermilo Abreu Gómez. De esa boda nacieron sus nietas Paloma y Marisa.

En 1953 trabaja como Auxiliar en la delegación de México ante la OEA. Allí inició su carrera diplomática. En 1958 es ascendida a Vicecónsul. En 1963 viaja a Nueva York. El viaje a los Estados Unidos de Norteamérica le genera expectativas y un entrañable acento nostálgico por cuanto debía dejar México: “Ahora me iré a una ciudad lejana / de hombres extraños que hablan extraña lengua, / hombres indiferentes cuyo dolor ignoraré / así como ellos ignorarán este largo sollozo / que camina, sonríe, se detiene, pasa”.

En el mismo texto se advierte su aflicción por la soledad a la que prevé enfrentarse: “Habrá también mi soledad tremenda (…) pero mi soledad será como esos perros / que crecen a puntapiés (…) Será la soledad de los ataúdes sin muertos”. En 1967 llegó a Roma, Italia, donde vivió trece años. Regresa a México, donde fallece el 26 de julio de 1990. Según Fabienne Bradu: “Ninfa no tuvo conciencia de su propio y secreto heroísmo, que consistió en resistir, hasta el último día de su vida, al desamor, a la amargura, a la resignación, a la falta de asombro y de esperanza” (Bradu, 2004: 39).

Su matrimonio con Abreu Gómez y su ámbito laboral le permitieron cultivar amistades literarias de prestigio, a saber: Octavio Paz, Augusto Monterroso[8], Alfonso Reyes, Ernesto Cardenal, Ernesto Mejía Sánchez, Rosario Castellanos, Juan Rulfo, Rafael Alberti y su esposa María Teresa León, Juan Ramón Jiménez, Juan Rejano, Ramón Gaya, Juan Gil-Albert, Emilio Carballido, Alice Rahon, Ricardo Garibay, Tomás Segovia, Michèle Albán, Jorge Rigol, Salomón de la Selva, Xavier Villaurrutia, Rodolfo Usigli, Efrén Hernández, Margarita Michelena, Agustín Lazo, Marco Antonio Millán, Juan de la Cabada, o María Asúnsulo. Varios embajadores le ayudaron en su gestión diplomática: Luis Quintanilla, Mauricio González de la Garza, Gómez Robledo y Augusto Villanueva.

El nombre de su libro Amor quiere que muera, es un intertexto de Garcilaso, con función de epígrafe: “Amor quiere que muera sin reparo”. La edición de su poemario fue patrocinada por la revista “América”, de México, en 1949. Alcanzó una tirada de 500 ejemplares numerados y contiene 407 versos. El dibujo de la portada es de su nieta, Paloma Díaz Abreu. Es decir, Ninfa Santos publica su poemario de diecienueve poemas a los 33 años de edad, pero 60 años después, el libro es prácticamente desconocido en Costa Rica. El editor Alejandro Finisterre publica la segunda edición en México, en 1985. ¿Cuándo habrá una edición costarricense? ¿Van a continuar negándola? ¿Qué le cobran a tan fina creadora costarricense?

El Maestro Joaquín García Monge (1881-1958) le publicó a Ninfa Santos en REPERTORIO AMERICANO,[9] la revista costarricense de mayor alcance continental[10]. El recordado escritor chileno Alberto Baeza Flores (1914-1998) expresa: “Y esta sola página es la que fundamenta, y alimenta, en Costa Rica el nombre de Ninfa Santos (…) Los poemas de Ninfa Santos son breves, rítmicos, frágiles, casi a punto de deshacerse, de quebrarse, como si fueran un delgado hilo conductor. Pero este filamento está cargado de emoción y de eficacia. Y transmite eso no siempre fácil: la poesía”.[11]

En julio de 1984, con motivo del Segundo Simposio “Evaluación de la literatura femenina de Latinoamérica en el Siglo XX” edité el suplemento: “Presencia femenina en la literatura costarricense del siglo XX”, en el número de cierre de la revista Hojas de Guanacaste Nº 12, con un tiraje de 1000 ejemplares. Ninfa Santos aparece con dos poemas. Era mi primer acercamiento con su poesía y con su caso, que hoy seguimos completando, en un espacio cultural extraordinario como es el de Chile, donde estoy seguro de que sabrá valorar, justamente, la dimensión de su trayectoria creadora.

El 15 de abril del 2005, la revista “Hoja en Blanco” y el Centro Literario de Guanacaste, fundado el 20-3-1974 le rendimos uno de los escasísimos homenajes públicos costarricenses que se le han ofrecido a la obra poética de Ninfa Santos, en Liberia, capital de la provincia de Guanacaste, en el norte geográfico de Costa Rica. Con la presencia del escritor Álvaro Mata Guillé, el filósofo Víctor Alvarado Dávila, el Lic. Marco Tulio Gardela y quien les habla[12], logramos cautivar a un ávido auditorio, deseoso de conocer la voz lírica de Ninfa Santos, quien pasó su difícil niñez en “La América”, una de las haciendas más famosas de Guanacaste.

El acento poético de Ninfa Santos

Su obra tiene el acento de la poesía amatoria y se encuentra tejida de diversos momentos y circunstancias, no siempre felices, en el plano sentimental. Por ello, incluye diversas acciones verbales que denotan espacios simbólicos de encerramiento, de castigo, tales como: apartar, cerrar, arrancar, destrozar, cegar, perseguir, quemar, aventar. En cada uno de ellos, el mapa semántico bordea significados expresivos dificultosos, por lo tanto, su perfil amatorio es ríspido, pero ella es perseverante en sus convicciones “hasta un país donde nunca te acerques” (AQQM, 9).

La hablante no escinde su sentimiento, sino que es enfática en su declaración amatoria y dolorosa “AMARTE, darme a mi dolor de ti, / a la amarga conciencia de mi duelo” (p. 11). La entrega corporal se convierte en un reclamo, donde cada parte del descubrimiento del cuerpo se menciona para concluir en un sistema recolectivo: piernas, hombros, dedos, manos, pelo: “Amar mi cuerpo solamente / porque tu cuerpo / lo hizo de verdad cuerpo. / Mirar la servidumbre de mis piernas / que me llevan a ti” (AQQM, 11). Es decir, el cuerpo se reescribe con el acento de la incompletitud. Su cuerpo se materializa como un vehiculizador, como un tránsito para intentar alcanzar el cuerpo del amado, pero no necesariamente con la misma correspondencia.

Apela al consuelo de una flor para colocarla sobre “el pecho de tu ternura muerta”. La desgarran los sitios recorridos con el amado, por ello, acude a elementos de autoagresión como morir, perderme, destrozarme, huir “donde tu nombre no se me vuelva angustia” (AQQM, 13). Es el suyo el caso de una dolorosa lamentación contra lo irrecuperable. En el poema “Elegía”, las interrogaciones retóricas ahondan una especie de estado de desarraigo contra el orden de los elementos de la vida cotidiana “Ahora que no eres más que un largo silencio irredimible / un pedazo de tierra junto al mar (…) “Hombre que amara, ¿dónde duerme tu largo sueño? (…) ¿Quién te cerró los ojos de mar de junio / quién te llora hoy, / cuando yo me he quedado sin lágrimas” (AQQM, 28-29).

La angustia de la voz lírica es acezante y el verso que lo confirma es de una alta intensidad: “Esta jauría que has soltado en mi pecho / es el dolor”, por eso reclama su duelo: “si te dura una parte de mi angustia / por mirarte ser hombre, / no mi intacto sepulcro”. Es una especie de soliloquio del desamor expresa: “AMARTE, darme a mi dolor de ti (…) ahora que no me amas, / humildemente” (AQQM, 11), o bien, “Morir, perderme, destrozarme, huir / donde no estén tus ojos (…) donde tu nombre no se me vuelva angustia” (AQQM, 13).

La hablante lírica se refiere a otra corporalidad: “y no vigilo el odio de mis manos (...) / esclavas y mendigas, / de nuevo hacia tu rostro” (AQQM, 16). En el orbe lírico de Ninfa Santos hay una apuesta por la oscura luz: “No estoy llorando por él, / me estoy llorando yo misma”. El infortunio, el desamor de la práctica amatoria acentúa su espacio, se extiende con una ramificación de fibras y tejidos. Clama y ahonda su llanto desde ella para los otros. La extensión de su calvario sentimental no conoce fronteras, por el contrario, comprende otras dimensiones del ser íntimo.

La conjugación de elementos disímiles lleva a la hablante lírica a expresar una síntesis poblada de pesimismo, tal como una planta sin flor, como un nido sin raíces. Su desesperación campea en un ciego alarido, en un fiero llanto, en un grito sin voz, en un dolor sin canto “Tal es mi juventud y junto a ella, / detrás de esta miseria, tu fantasma” (AQQM, 18).

La mirada del recuerdo sobre el amado ausente se corporeiza con crueldad en su memoria “Te estoy viendo crecer recto, seguro, / si fin (…) Ya se afilan mis dedos en la angustia / de acariciar tu ausencia y poseerla. Toda mi llaga se retuerce y gime, / se destroza, aniquila y agiganta; / todo mi ser arrodillado ruega, / clama, implora, se humilla, se desangra” (AQQM, 19). Obsérvese la cantidad de verbos que apuntan hacia los símbolos de la autoagresión: afilan, retuerce, gime, destroza, aniquila, ruega, clama, implora, humilla, desangra. Según Roland Barthes, en esa dimensión: “exploro el cuerpo del otro como si quisiera ver lo que tiene dentro, como si la causa mecánica de mi deseo estuviera en el cuerpo adverso”.[13]

La ausencia de palabras por parte del amado es recurrente, un vacío estelar que opera como un vector de dominio fonocéntrico, por ello, la amada reclama lo no dicho. Con vehemencia, pide ser oída: “Si NADA más oyeras una palabra, una” (AQQM, 21) y esa palabra ofrece un campo semántico como un dolorido sentir desde adentro, que se llena de hondas significaciones: la más humilde, delicada, nunca dicha, escondida, guardada, íntima, sola, pequeña, menuda, tierna, brisa, lucero, leve, lo mío: “lo que no dijimos y era nuestro y nos pertenecía y nunca usamos” (AQQM, 21).

En otro apartado del poema, la hablante ya no quiere ser solo oída, sino escuchada. Su vehemencia es apabullante “Si me escucharas nada más un instante / y este dolor, este apegarme a ti, / este deseo, este deseo, esta sed de tu alma, / este aletear de nube junto a tu rostro frío, / algo nuestro aunque fuera nada más un sollozo”. De ese llamado urgente, sin respuesta, la hablante se conformaría con un sollozo “mi más largo sollozo (…) para hacerte bajar la mirada de piedra / y tomarme y destruirme” (AQQM, 23). Es decir, ante las súplicas de su oratorio, ante la rotundidad de la negativa, tanto de ser oída como escuchada, la hablante lírica increpa, con su sollozo, para que baje la mirada de piedra de su amado, la tome y la destruya. Es una especie de sistema recolectivo que apunta hacia los símbolos bisémicos de la devoración y la aniquilación, es decir, la autoagresión, producto del desencanto amoroso.

La separación de su estancia, en México, encuentra eco en su poesía y refleja su sentir de cara a un proceso de cambio contextual que ella prevé sin identidad, lleno de una gran despersonalización: “Ahora me iré a una ciudad lejana / de hombres extraños que hablan extraña lengua; hombres indiferentes cuyo dolor ignoraré / así como ellos ignorarán este largo sollozo / que camina, sonríe, se detiene, pasa” (p. 29). Sabe que en otros contextos geográficos habrá indiferencia, incomunicación. Para la crítica e investigadora francesa, Fabienne Bradu: “Ninfa adivinaba las imágenes de su futura soledad (…) Se sentía “íngrima y sola” (…) La soledad se fue transformando en una severa depresión”.[14]

En Amor quiere que muera, de la costarricense Ninfa Santos, su desgarramiento amatorio es intenso. Pregunta al tú lírico, pero inherentemente responde ¿quién te llora hoy, / cuando yo me he quedado sin lágrimas” (AQQM,. 29). Su dolorido sentir es un sortilegio “¿cómo me dueles / ahora / que se ha partido / mi sueño” (AQQM, 37). Existe una indagación entristecida y delicada, pero llena de duelos, reclamaciones, rotundidades, cuyo discurso poético tiene algunos acercamientos con los poemas de ruptura de Catulo. Su desgarramiento es personal, esencial y existencial.

En otro orden, el universo poético de la poetisa costarricense Ninfa Santos, quien adquirió la nacionalidad mexicana, le canta a la cotidianeidad: gotas, tardes, tristezas, vientos. Quiere ir a Anacostia, un lugar en el corazón de los sauces, en el silencio, en la voz del sueño y la verdad “Dicen que un río oscuro / te atraviesa / en el centro” (AQQM, 49). La construcción de ese espacio interior es una especie de reducto místico, de conciencia interior: un espacio en el secreto del silencio, aunque nadie la llame, es el de su corazón enfermo entre los sauces:“Mi corazón debe ir / por Anacostia, / primero / antes de que sea tarde y me lo arrebate / el viento” (AQQM, 45-46).

Concuerdo con Antidio Cabal, en el sentido que “Anacostia es el principio in situ, colocado, puesto, establecido, inaccidentable (…), la Ninfa Santos inllagable, la que nunca tendrá deudas exteriores, cuyos límites no pueden ser traspasados por el mundo y la carne como magmas de la meteorología de las pasiones del oro, plata y plomo” (Cabal, 2004: 18). Cada ser humano construye un alero de unidad, de esencia, desde donde es posible leernos para ser y sentir; para vivir y crecer, no importa las dimensiones difíciles que se tenga en las batallas cotidianas, de una vida como la suya.

Consideraciones finales

El sistema de significados poéticos, en AMOR QUIERE QUE MUERA, ofrece imágenes sensoriales que reinvindican el descubrimiento integral del cuerpo y, a partir de dicho eje, el proceso comunicativo de los elementos femeninos y masculinos muestran expresiones sensuales, así como la evocación de imágenes y símbolos de lo erótico y sexual, propios del deseo, producto de su cosmovisión amatoria sin equidad y de su experiencia integral de la sexualidad.

AMOR QUIERE QUE MUERA, de NINFA SANTOS (1916-1990) consta de 19 textos poéticos que signan un hallazgo en la palabra, a pesar de la dolorosa ubicuidad de su vida. En ella, los sauces incrustan el corazón en el reducto íntimo e irreductible de Anacostia, donde la amada, herida y golpeada, quiere liberar su corazón.

La aportación de la revista Hoja en Blanco”, hace un lustro, es de singular trascendencia para el conocimiento y reconocimiento de la obra de Ninfa Santos e, igualmente, marca un paso decisivo para la recuperación histórica contra el olvido, de uno de los nombres femeninos, hasta hoy, marginalmente incluido dentro del acervo literario costarricense.

El consejo editorial de “Hoja en blanco”, integrado por Irene Sancho, Marco Mendoza, Guadalupe Elizalde, Víctor Alvarado Dávila, Álvaro Mata Guillé, su editor y la colaboración especial Fabienne Bradu y Antidio Cabal, le dieron una gran solidez difusora a tan significativa edición homenaje.

Expresamos un profundo reconocimiento a la escritora francesa Fabienne Bradu (1954), por su libro Damas del corazón, donde le dedica 59 páginas al perfil biobibliográfico de Ninfa Santos e incluye 12 fotografías relacionadas con el entorno vital de la creadora en estudio.. La revista precitada incluye una síntesis de 20 páginas, con base en el retrato del libro, que alcanza dos ediciones, en 1994 y 1996.

En la Sede Regional Chorotega de la Universidad Nacional de Costa Rica, hemos incorporado la obra de Ninfa Santos dentro de los contenidos programáticos del curso Escritoras centroamericanas del siglo XX, en el área de Estudios Generales.

En marzo del 2009, el investigador mexicano, Francisco Pérez Torres, me solicitó una copia del libro de Ninfa Santos, para incluirla en una tesis doctoral, como escritora mexicana, con obra editada entre 1920-1970.

Ninfa Santos falleció el 26 de julio de 1990. A 19 años de su desaparición física, la seguimos recordando, su poesía continúa iluminándonos.

¡Carpe diem!

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BIBLIOGRAFÍA

Baeza Flores, Alberto. Evolución de la poesía costarricense (1574-1977). San José: Editorial Costa Rica, 1978.

Barthes, Roland. Fragmentos de un discurso amoroso. México: Siglo XXI, 1989.

Bradu, Fabienne. Ninfa Santos en: Damas de corazón. México: Fondo de Cultura Económica, 1996.

Chase, Alfonso. El amor en la poesía costarricense. San José: Editorial Costa Rica, 2003.

Duverrán, Carlos Rafael. Poesía contemporánea de Costa Rica. San José: Editorial Costa Rica, 1973.

Fajardo, Miguel. Ninfa Santos: entre la ubicuidad y la poesía. Disponible en:
franciscocenamor.blogspot.com/2008/07/ninfa-santos-entre-la-ubicuidad-y-la.html-218 y una síntesis puede leerse en http://www.nacionmulticultural.unam.mx/Mexicanos

Fajardo, Miguel. Ninfa Santos: entre la ubicuidad y la poesía. Anexión, Guanacaste, Costa Rica: mayo-junio 2005.

García Monge, Joaquín. Repertorio Americano (Vol. 48, número 4, marzo 1953: 57).

“Hoja en blanco”. San José, Costa Rica: Aire en el Agua. Año II-Número 2, agosto del 2004.

Monterroso, Augusto. Pájaros de Hispanoamérica. México, Alfaguara, 2002.

Santos, Ninfa. Amor quiere que muera. México: Alejandro Finisterre Editor, 1985.


Lic. Miguel Fajardo Corea
miguelfajardokorea@hotmail.com
Profesor Sede Regional Chorotega, Universidad Nacional, (2004-2009)
Premio Nacional de Educación Mauro Fernández, Costa Rica, 2008
Premio Nacional Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica, 2001
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[1] Su único libro “Amor quiere que muera” se publicó en México en 1949, con una tirada de 500 ejemplares, patrocinados por la revista “América”. Dicho poemario se reeditó en México en 1985.
[2] “Hoja en blanco”. San José, Costa Rica: Aire en el Agua. Año II-Número 2, agosto del 2004: 8-47.
[3] Santos, Ninfa. Amor quiere que muera. México: Alejandro Finisterre Editor, 1985. En adelante, utilizaremos esta edición para ejemplificar textos, con la siglas “AQQM” y su respectiva página.
[4] Cfr. Cabal, Antonio. “El exilio y Ninfa Santos” en: Hoja en blanco. Agosto del 2004, páginas 8-18. Antidio Cabal es un académico y poeta español, quien ha radicado largas temporadas en Costa Rica, donde ha desarrollado una extraordinaria labor educativa, editorial, de creación, investigación y difusión.
[5] Duverrán, Carlos Rafael. Poesía contemporánea de Costa Rica. San José: Editorial Costa Rica, 1973: 135-137.
[6] Chase, Alfonso. El amor en la poesía costarricense. San José: Editorial Costa Rica, 2003: 171-174.
[7] Cfr: Bradu, Fabienne. “Ninfa Santos: reseña” en: Hoja en blanco. Agosto del 2004, páginas 19-42.
[8] Monterroso, Augusto. Pájaros de Hispanoamérica. México: Alfaguara, 2002. En dicho libro expresa lo siguiente de Ninfa Santos: “Lo extraordinario y lo insólito es así, así de sencillo”.

[9] García Monge, Joaquín. Repertorio Americano (Vol. 48, número 4, marzo de 1953, página 57).
[10] Baste recordar, a modo de ejemplo, que nuestra chilena del mundo, Gabriela Mistral, publicó 152 colaboraciones, en “Repertorio Americano”, entre artículos, poemas y ensayos, durante 32 años (1919-1951). García Monge publicó su primer número de “Repertorio Americano” hace 90 años.
[11] Cfr: Baeza Flores, Alberto. Evolución de la poesía costarricense (1574-1977). San José: Editorial Costa Rica, 1978: 177-179.
[12] Véase mi artículo. Fajardo, Miguel. Ninfa Santos: entre la ubicuidad y la poesía. Anexión: mayo-junio 2005: p. 16.
Disponible en: franciscocenamor.blogspot.com/2008/07/ninfa-santos-entre-la-ubicuidad-y-la.html-218 k
[13] Barthes, Roland. Fragmentos de un discurso amoroso. México: Siglo XXI, 1989: 80.
[14] Bradu, Fabienne. Ninfa Santos en: Damas de corazón. México: Fondo de Cultura Económica, 1996: 209-210.

sábado, 18 de julio de 2009

Caminos diversos para la educación del mundo-Miguel Fajardo Korea

Afiche



Caminos diversos para la educación del mundo
Lic. MIGUEL FAJARDO KOREA
miguelfajardokorea@hotmail.com
Premio Nacional de Educación Mauro Fernández, 2008



El Comité organizador del Seminario está integrado por el decano, M.Sc. Orlando de la O; los directores académicos: M.Sc. Víctor Julio Baltodano y M.Sc. Ana Lorena Camacho. Los académicos: M.Sc. Jenniee Vargas Cárdenas, Coordinadora General; M.Sc. Doriam Chavarría López, Ing. Edgar Vega, Licda. Sara Gómez Tobón y el Lic. Miguel Fajardo Korea, quien coordina la Comisión Académica.
Mayor información en: http://www.chorotega.una.ac.cr



PRESENTACIÓN


Es claro el papel protagónico de la educación superior, y la exigencia de asumirlo con eficacia y prontitud; la dificultad radica en establecer las estrategias que ayuden a crear vínculos entre todos los que tomamos parte en la tarea mayúscula de educar, de manera que los esfuerzos se unifiquen, las experiencias se socialicen y los conocimientos se validen, para así dar el viraje que garantice que las generaciones actuales y futuras encuentren en la educación las herramientas para alcanzar la calidad de vida, el equilibrio con el entorno y la sabiduría necesaria para vivir en armonía con quienes les rodean. Este es el llamado, cada vez más vehemente, para que en nuestro accionar, las instituciones de educación superior asumamos nuestro compromiso como agentes del cambio necesario, cumpliendo con el principio de la responsabilidad social.

Asumiendo nuestra responsabilidad, y buscando de manera inicial un mediador eficaz para propiciar un trabajo colaborativo, interdisciplinario y holístico, como punto de partida para el análisis de la situación actual de la educación y la propuesta de acciones para el futuro, es que planteamos la realización de este Seminario, cuya amplia apertura demuestra solamente que partimos de la certeza de que la educación de calidad es el bien más preciado de cualquier sociedad y que ésta no se lleva a cabo de manera exclusiva en las aulas del sistema educativo, sino que su contexto se amplía a todas las esferas de la vida humana, a todos los saberes, las interacciones y hechos que definen el rumbo de nuestra humanidad

MARCO CONCEPTUAL

Una educación que, a pesar de los planteamientos teóricos vanguardistas, sigue anquilosada, con apego a modelos tradicionalistas y a caminos recorridos, cuya eficacia ha sido puesta en duda, pero los cuales ofrecen la facilidad de lo conocido, lo poco exigente, lo probado.

Una educación que no responde al contexto, a las necesidades de aquellos a quienes se dirige, a los fenómenos sociales que caracterizan al mundo actual y, mucho menos, a la individualidad del ser humano, su historia y su entorno.

Una educación que ha perdido su rumbo, su protagonismo, su coherencia y, con ello, la oportunidad de acompañar al ser humano a empoderarse, para responder de manera eficiente a los desafíos que le impone el mundo.

Una educación que cada vez se aleja más de la alegría, la creatividad, la lúdica, el afecto, la incondicionalidad, el compromiso y el respeto hacia el otro y hacia sí mismo. Una educación en condición de emergencia, a punto de desfallecer, arrinconada en el temor de su ineficacia y desorientada en su hacer y ser.

El camino…

La educación es un camino que se recorre mediante la interacción del individuo con el entorno, donde las percepciones, las experiencias o las interacciones van aportando estímulos a su estructura conceptual, guiando su proceso de construcción de aprendizajes.

En este sentido, los educadores y el sistema formal de educación son una de las tantas variables que influyen en la modificación, enriquecimiento y complejidad de los esquemas de pensamiento de cada ser humano; marcan su vida y, por ende, impactan el presente y el futuro del colectivo en el cual se significa y contextualiza, por lo tanto, es protagonista del rumbo que toma la humanidad y hace tangible, con su proceder, cada uno de los pasos que dan origen y explican su devenir.

Sin embargo, no podemos desconocer que, debido al carácter oficial de la educación, a su coyuntura de obligatoriedad, en la mayoría de las sociedades, y a la amplitud de su estructura, se le considera como el instrumento más poderoso y uno de los factores esenciales para cambiar el mundo, transformándolo, o bien, llevándolo a transitar por la vereda del caos hacia el equilibrio; de la oscuridad a la claridad; de la duda a la certeza; de la pesadumbre a la esperanza. Sin duda, una responsabilidad difícil de asumir.

Como bien lo planteábamos, el camino no es único y mucho menos, uniforme. Esos entornos (físicos, sociales y culturales) y las experiencias que llenan la vida del individuo, desde su nacimiento y, a lo largo de toda su vida, dejan huellas que marcan y definen su pensamiento, su postura frente al mundo y la vida, así como su manera de enfrentar la realidad. Es, precisamente, dicha diversidad, la que define cada uno de los caminos por elegir para educar. La clave es conocer y reconocer la complejidad de cada ser humano y su contexto, para entender la obligatoriedad de proveer múltiples caminos, en aras de facilitar la construcción significativa, lógica y funcional de conocimientos, habilidades y competencias, que lleven a la autonomía personal, la autorrealización y la capacidad de auto-dirigirse por los senderos que generen mayor bienestar, en armonía y respeto consigo mismo, con los demás y el ambiente.

Caminos en respuesta a la diversidad

El concepto de diversidad en el cual se contextualiza la educación actual, responde a conclusiones derivadas de procesos de análisis mundial, que dirigen la vista hacia la igualdad de oportunidades para todos, sin negar lo que nos hace ricamente diferentes y requerir diferentes tipos de experiencias, para ser capaces de responder a las demandas del entorno y de nuestro propio ser. Estas diferencias deben convertirse en el estímulo para la creatividad, en la oportunidad para el crecimiento, y la razón para la apertura, la bienvenida cálida y respetuosa, todas expresiones de lo que, desde los actuales paradigmas, se denomina inclusión.

La globalización nos coloca frente a la diversidad, en un mundo que tiende hacia la unificación o, al menos, a la restricción de las razones que dan origen a actitudes de segregación, discriminación y desigualdad. Por ello, la educación es una respuesta que el ser humano encuentra, cuando se hace cargo de crear la situación óptima para que el sujeto construya las competencias que le llevarán a los mayores niveles de bienestar. Dicha noción, estrechamente relacionada con el contexto, se dirige hacia los convenios a los que cada sociedad ha llegado, con el fin de mantener el equilibrio, la paz, todo ello, respaldado por los movimientos sociales, culturales, económicos, filosóficos y políticos, que dan color a cada una de las realidades humanas.
¿Caminos óptimos?

Tanto a lo largo como ancho del mundo y como respuesta a múltiples realidades, se han generado diferentes experiencias, algunas de ellas, validadas científicamente, publicadas y socializadas y otras que, aunque no han tenido aún la oportunidad de participar en espacios académicos e investigativos, han logrado impactar positivamente la vida de seres humanos reales, han dinamizado la vida de las comunidades y han mostrado una luz de esperanza en el panorama de fracaso con el que cada vez se relaciona más a la educación. Son éstos los caminos que queremos observar en este Seminario, y partir de estas experiencias en la construcción de una nueva propuesta de educación, tanto para nuestra región como para la diversidad que hace parte del mundo.

OBJETIVO GENERAL

Generar espacios de reflexión para compartir experiencias, hallazgos y conocimientos sistematizados en diferentes contextos, culturas y situaciones sociales, en torno a la educación.

OBJETIVOS ESPECÍFICOS
· Visualizar percepciones, experiencias e interacciones de aprendizaje que aportan significatividad a la educación.
· Proponer estrategias, caminos e ideas que mejoren la educación, la actualicen y contribuyan a su eficacia e impacto.
· Ser protagonista del rumbo que debe tomar la humanidad en la construcción de una nueva forma de educar.

Presentación de ponencias

El proceso de selección se basará en la calidad y pertinencia educativa de dichas ponencias, además de su carácter de inéditas y se desarrollará en tres etapas, a saber:
1. Resumen de las ponencias
Se aceptará una ponencia por participante. Las modalidades de ponencias pueden ser: experiencias de aula, propuestas de investigación, experiencias de extensión, innovaciones educativas o constructos conceptuales.

El resumen debe tener una extensión mínima de 300 palabras y máxima de 350 palabras, en tamaño carta, espacio sencillo, procesador de texto compatible con Word 2003 ó 2007, letra arial, tamaño 12, márgenes inferior, superior y derecho de 2,5 e izquierdo de 4. La síntesis debe contener: título de la ponencia, autor o autores (máximo 3), descriptores claves (cuatro palabras), introducción, desarrollo y conclusiones. En el caso de trabajos de investigación, extensión y experiencias de innovación, debe incluirse los resultados relevantes obtenidos. Todos los trabajos deben cumplir con el estilo editorial APA 2007.

Dichos resúmenes deben ser enviados a la Comisión Académica del Seminario, desde el 22 de julio hasta el 20 de agosto del 2009, como archivo adjunto a la siguiente dirección electrónica: seminarioeducacion@chorotega.una.ac.crEsta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

II. Aceptación de la ponencia

El 31 de setiembre se enviará los comunicados de las ponencias aceptadas.
La Comisión Académica estará presidida por el Lic. Miguel Fajardo Korea, e integrada por los académicos: M.Sc. Doriam Chavarría López, M.Sc. Carmen Peña Leiva, M.Sc. Aleida Rosales Acosta. Licda y Sara Gómez Tobón.

Será requisito indispensable para la aceptación de la ponencia, el compromiso de cada autor de presentarla personalmente durante el Seminario, según la calendarización que establezca la Comisión Académica. En el caso de ponencias con varios autores, se aceptará un máximo de dos expositores.

III. Ponencia completa

Luego de informada la aceptación, el ponente deberá enviar a la Comisión Académica del Seminario la ponencia completa, la que no debe exceder de 12 páginas, incluidos gráficos, tablas, mapas, figuras, fotografías y bibliografía, así como anexos cuando sea indispensable, según las especificaciones dadas. Cada participante dispondrá de 20 minutos para su disertación y 10 minutos para responder preguntas.

El envío de las ponencias completas tendrá como fecha límite de recepción, el 30 de octubre del 2009.

Las ponencias que no sean recibidas en la fecha indicada, no figurarán en el CD del Seminario. Deben ser enviadas a la siguiente dirección electrónica:

seminarioeducacion@chorotega.una.ac.crEsta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla

Inscripción para el Seminario

La fecha de inscripción es desde el 1º de setiembre hasta el 30 de noviembre, con un costo de ¢15 000 colones. Después de esta fecha, la inscripción será de ¢20 000 colones. Depósito en el Banco Nacional de Costa Rica a la cuenta corriente: FUNDAUNA 100 – 01-004-010272-9 (detallar en el depósito el siguiente motivo): “Seminario Educación 056011” Requisito indispensable enviar copia del recibo de su pago de inscripción al fax: número: 2686 6262. El cupo es limitado.

Lic. MIGUEL FAJARDO KOREA
miguelfajardokorea@hotmail.com




jueves, 16 de julio de 2009

Días y revelaciones vitales en la novelística de Manuel Marín-Miguel Fajardo Korea

Poeta Miguel Fajardo Korea, Costa Rica



Días y revelaciones vitales en
la novelística de Manuel Marín
Lic. Miguel Fajardo KoreaPremio Nacional de Educación de Costa Rica, 2008miguelfajardokorea@hotmail.com






La producción narrativa del costarricense Manuel Marín Oconitrillo (Guanacaste, 1970) continúa creciendo. Inicia con su cuentario “Cerrando el círculo”, 1993; “Fábula de los oráculos”, 1997; “Confabulaciones”, 2007; “De bestiis”, 2007 y, ahora, suma su segunda novela “El día de la tercera revelación”, 2009. Casi todas sus obras han sido editadas en Europa por la afamada editorial Lulu.com

Manuel Marín Oconitrillo es un notable narrador costarricense. Nació en Cañas, Guanacaste, Costa Rica. Estudió música, con énfasis en canto en la Universidad Nacional y en Universidad de Costa Rica. Posee un respetable trabajo de alta proyección internacional. Reside en Alemania desde el 2000, donde es miembro de la Ópera de Colonia. Su repertorio incluye conciertos y oratorios. Desde ese contexto, ha dado a conocer valores de la música y la poesía iberoamericanas, tanto en discos y recitales, como en programas de radio y televisión.

“El círculo imposible” (Lulu.com: 2008) es un libro de ensayo que contiene un acercamiento a la narrativa de Manuel Marín, bajo la autoría de Julieta Dobles, Herbert Espinoza, Mauricio Vargas y Miguel Fajardo.

“El día de la tercera revelación” (2009: 209 páginas), cuyo título es de una gran riqueza semiótica, desde otras instancias discursivas, tanto místicas como religiosas, es una novela editada en Inglaterra y está compuesta de 10 capítulos. Su título es absolutamente nominal y está pleno de simbolizaciones. Dicho incipit es un condensador de sentido, donde se van redescubriendo las intrigas y los apasionamientos interiores de los personajes en relieve.

Esta novela maneja dos planos narrativos: por una parte, la muerte de la abuela y, por otra, las travesías polifónicas del narrador. Las categorías omniscientes y protagonistas son los hilos conductores del discurso novelístico.

En mi criterio, otro de los aportes de esta novela, es que posibilita una lectura de cuadros o escenas, focalizados con diversidad de contextos y nudos de expresión, lo cual le confiere otra faceta discursiva, ya que diversifica su corpus, con temas centrados en la corporalidad, la máscara, la nostalgia, la ceniza, la soledad, el machismo, la casa, la burocracia, los amantes, los incendios, la duda, Dios, el sexo, los burdeles, las meretrices, el amor, el tiempo, el diablo, las recetas, los mitos, las leyendas, la ceniza o los disvalores, entre otros.

La obra establece una inespecificidad en los acontecimientos. Es decir, la novela gira desde el acá de un espacio geográfico nostálgico, primigenio, que se desea recuperar como es la Villa a la orilla de las cañas del río, que debe leerse como CAÑAS, por ello, en esta novela, Cañas se universaliza como geografía novelística. En este espacio, se encuentran los orígenes del narrador. Es una topología del regreso.

Paralelamente, existe un allá ubicuo, cuyas diversas menciones incluyen espacios como Nicoya, Puntarenas, China, Barcelona, Alemania, Rusia o Francia, entre otros. Esa inespecificidad le confiere un continuo movimiento y cambios espaciales y actanciales a los tonos discursivos abordados. Por lo tanto, la ubicuidad geo-espacial es otro de los presupuestos estéticos que incorpora el novelista guanacasteco.

La muerte de la abuela Claudia es el plano narrativo central. De hecho, Antonio se convierte en su confidente y es la voz que le da expresividad y relata, desde sus propias incertidumbres y temores, la intensa historia de la abuela. Es él quien conoce las tres revelaciones de la abuela. El lector deberá descubrirlas cuando lea el libro.

El recordar selectivo y la incorporación de los sueños son dos de las técnicas sobre la cual se vehiculiza el discurso en esta segunda novela de Manuel Marín. Las idas y regresos del narrador han ido atesorando facetas vitales desde la villa situada a la orilla de las cañas del río.

Por tal razón, la novela es circular desde la óptica del recordar selectivo, pues inicia y concluye con el mismo acontecimiento: la muerte de la abuela, después de una vida longeva. Mediante el recordar selectivo, Antonio teje su discurso sobre la traza vital de la abuela Claudia: “No pude sentir su peso, infinitamente más liviano al de pocas horas atrás, como si lo que tuviera ahora entre mis brazos fuera solo su recuerdo” (p. 209). En ese sentido, es importante esta novela de Manuel Marín, por cuanto la vida de la abuela Claudia se construye o reconstruye como un texto familiar, en una época histórica cuando se manejaban otros presupuestos éticos.

Dedica especial reconocimiento a la llegada de la cultura china y, de hecho, la historia de Mei Li es uno de sus puntos decisivos de la presencia china dentro de la cultura, tanto guanacasteca como costarricense.

Por otra parte, la novela aborda la existencia de prácticas patriarcales y es a los lectores a quienes les corresponde confrontar dicho discurso con la realidad cotidiana. Se habla sobre DIOS y se incorpora diversos intertextos bíblicos e interdiscursos religiosos. En un momento, al final de la novela se afirma “no puedes amar a tu Dios, si no te amas a ti mismo”.

Como contraparte, la mujer del diablo ocupa un cuadro discursivo con un planteamiento erótico y sexual, que puede leerse desde la página 109 hasta la 111.

En este “dossier” o archivo, que es la novela de Manuel, se aborda el tema de las dudas existenciales: “Si el universo es infinito, ¿cómo es que sí tuvo principio, y si tuvo principio, cómo es que no tiene final, por ser infinito, como la eternidad” (p. 63).

Se tematiza, además, sobre el laberinto de los trámites burocráticos que alguna vez nos ha correspondido enfrentar en alguna institución gubernamental, donde, a veces, los desplantes de indiferencia en la tramitología están a la orden del día, cuando nos piden sellos, firmas, un visto bueno, etc.

El nudo de expresión de los amantes, como una voz en la memoria, ocupa un gran espacio en esta obra de Marín. De hecho, la primera revelación de la abuela se centra en ese tópico. Como la obra es un viaje a la recuperación de los recuerdos, dicho tema se contextualiza en otra época diferente de la actual; por ello, las connotaciones semánticas de dicho término son fuertes.

En otro orden, el sexo, como objeto, centraliza numerosas disquisiciones discursivas. La carnalidad, la eroticidad, la corporalidad y el sexismo son vectores en la relación de semiosis de dichos conceptos. Su abordaje es un tono reflexivo para que se adquiera concienciación de lo negativo que es focalizar una relación amorosa, únicamente en el plano sexo-objeto, toda vez que, en la plena condición humana, debemos ser sujetos y no objetos de placer.

Es importante mencionar la relación dicotómica casa/cuerpo dentro de la simbólica cultural: “Todo allí la recordaba, la habitación se había vuelto parte de ella haciéndome sentir en su vientre, una parte de la casa que tenía vida propia y se regía por sus propios caprichos” (p. 152). Aquí sucede una simbiosis, en la que el texto se visualiza y, por otra parte, la imagen se textualiza.

Los personajes de esta novela experimentan una gran soledad “como humanos hacemos solo aproximaciones” (p. 111). Asimismo, se insertan referencias sobres mitos y leyendas (pp.56-57); la receta del cocodrilo a la creole (p. 61); pasajes de los rosarios (p.206-207). Lingüísticamente interesantes los ocho términos que incorpora del náhual, a saber: papalotl, papalote; cihuatlaixnamic, amante; ilamatli, mujer adulta; namictli, esposo; oquichhuac, mujer casada; mixiquic, mujer embarazada; quetzalcihuiatl, mujer hermosa.

En síntesis, EL DÍA DE LA TERCERA REVALACIÓN, segunda novela del escritor costarricense Manuel Marín (1970) es un texto que establece un notable aporte a la narrativa centroamericana, por ello, merece la atención de los lectores de cualquier parte, interesados en encontrarse con otros abordajes del discurso narrativo en esta época de glocalización, en el buen decir de Néstor García Canclini.

Manuel Marín entiende que se puede construir la guanacastequidad como una toma de conciencia estética de sus orígenes, del núcleo estelar de la sociedad: la familia, y lo establece a partir de un espacio geográfico que lo reinspira, la Villa a la orilla de las cañas del río, en la memoria histórica del Guanacaste Eterno.

Lic. Miguel Fajardo Korea
Costa Rica, invierno 2009

domingo, 15 de marzo de 2009

LA POESÍA HOLÍSTICA DEL CHILENO ANDRÉS MORALES Milohnic -Miguel Fajardo Korea

Miguel Fajardo Korea, Costa Rica






_____La poesía holística del chileno_____
ANDRÉS MORALES Milohnic





Lic. MIGUEL FAJARDO KOREA
PREMIO NACIONAL DE educación DE COSTA RICA
miguelfajardokorea@hotmail.com

la poesía es el alma de salvación del ser humano. Un ejercicio integral para ganar el universo en cada poema lanzado al mundo del espíritu. En ese sentido, cada poeta que vamos leyendo debe dejar una huella, un estremecimiento. Encontrarnos con la poesía del chileno Andrés Morales ha sido un disfrute, que he leído sobre la base de sus PUBLICACIONES ELECTRÓNICAS.

La poesía chilena siempre me ha interesado, por esa razón, A lo largo de los años, he tenido la feliz oportunidad de establecer contacto cultural con numerosos escritores DE ESA NACIONALIDAD, saber: alberto baeza flores, prologuista de mi libro “URGENTE BÚSQUEDA”, jaime quezada, javier sepúlveda, hugo montes, jaime serey, matias rafide, alfonso larrahona, myriam bustos arratia, enrique margery peña, juan duran luzio, entre otros.

Andrés Morales nació en Santiago, Chile, en 1962. Es Licenciado en Literatura por la Universidad de Chile. Asimismo, Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Barcelona (España). Ha publicado dieciséis libros de poesía desde 1982 hasta la fecha, a saber: Por ínsulas extrañas, Soliloquio de fuego, Lázaro siempre llora, No el azar/Hors du hasard, Ejercicio del decir, Verbo, Vicio de belleza, Visión del oráculo, Romper los ojos, El arte de la guerra, Escenas del derrumbe de Occidente, Réquiem, Antología Personal, Memoria Muerta y Demonio de la nada.

Su obra poética se encuentra traducida a ocho idiomas y ha sido incluida en más de 40 antologías, tanto chilenas como extranjeras y en un gran número de revistas literarias. Ha sido distinguida con diferentes reconocimientos, tanto nacionales como internacionales, entre los que destaca el PREMIO PABLO NERUDA 2001. Actualmente, desarrolla su escritura poética, conjuntamente con sus clases de Literatura Española Clásica y Contemporánea y de Poesía Chilena en la Universidad de Chile, en Santiago. En 2007 Recibe el Primer Premio en el Concurso Internacional "La porte des poetes" de París y es incorporado en el 2007 como miembro en la Academia Chilena de la Lengua –el académico de menor edad hasta ahora-.

La página de Andrés Morales (Santiago de Chile, 1962) es un blog de apuntes abierto a todos aquellos interesados en la literatura y, en especial, en la poesía. Contiene poemas, artículos, notas, comentarios, críticas, reseñas, fotografías y, en general, todos los tópicos imaginables e inimaginables en torno a la poesía tanto chilena como universal, de todas las épocas y estilos.

En la poesía de Andrés Morales se manifiesta un fervor hacia la figura teocéntrica “El Dios que hizo al hombre y a este mundo”, es decir, hay un acento de fe, de creencia integral. A pesar de ello, plantea un reclamo interior “El dios que me protege está cansado”. Pero en un mundo que descree, es básico el mástil de la esperanza en un Dios rehumanizado, a partir de nuestra propia instancia, esa figura subyace en este mapa escritural.

En su espacio lírico, el hablante increpa “Jamás de los castigos por las cenizas mudas:/ el precipicio amargo del despeñado en culpa”. En estos versos campea una dicotomía entre la ceniza y la culpa. Entre lo inacabado, lo concluido y simbólico de la ceniza como entre la culpa, inherente al esquema ideológico del ser humano.

Sin embargo, el hablante es consciente de que el temor es una parte consustancial del quehacer terrestre, por ello, su voz quiere desatarse de las quejas “libérame del miedo al rayo que somete”. Y, nuevamente, surge el rayo con su simbología de elemento destructivo, que carga con una alta cuota semántica de inutilización.

Establece, por otra parte, un comportamiento triádico “así lo que se ahoga detrás de las palabras / y ver en la ceguera. Y ver en la ceguera”. Ante ese panorama, la palabra sale fortalecida, porque es salvación, no se ahoga. La palabra tiene la capacidad de ver, inclusive, en la ceguedad. La palabra es un poder indetenible. En el arte poética de Andrés Morales, incursiona en los misterios de las propias palabras, en su deslumbramiento y, desde ahí, despliega sus propios campos semánticos y semióticos, para irse descubriendo, esto es, para hacerse leer, para dejarse escuchar.

En la poesía del autor chileno hay construcciones de antología “la memoria muerde como una bestia atada”. Es una especie de constante su direccionalidad bisémica, donde “la única verdad es la que nos desmiente”. Esa actitud implica un desdoblamiento de cuadros actanciales, como sujeto y predicado líricos, por ello “la historia no quisiera recortada/ al tiempo reescribirlo en la derrota”.

Ese espíritu de rotundidad es una estría en la ajenidad de todos “nada, ni el aire, ni un poema: / Todos íbamos directo al matadero”. En mi criterio, el final de este verso es una especie de sistema recolectivo. Su alcance es un misil semántico. Es una especie de lucha intrínseca con la palabra. Acaso nos salva la palabra. Es posible. La palabra es la palabra. Siempre es ella, la necesaria, porque como sentenciaba Sófocles “Decir una palabra será decirlo todo”.

El cuadro fantasmagórico de un orbe en guerra desde su misma existencia es un tópico de gran profundidad expresiva que Andrés Morales encara con honestidad “los ojos, estos ojos, están cansados siempre/ de ver y de no ver, de tanto horror”. El planeta alcanza la hiperbólica cifra de 14.000 guerras, donde la desolación, el canibalismo y la muerte han tenido expresiones de negación de la calidad humana. Y no qué decir de los genocidios y toda la barbarie humana que nos asedia.

En otro verso el yo lírico aduce “es mejor callar/ soñando con sus piedras/ de un mar y de una isla”, donde los elementos de la liquidez se convierten en un vector semiótico que equipara las lágrimas con el mar, sin embargo, es un “callar soñando con sus piedras”, donde la conversión lírica gana en profundidad estética.

El autor chileno incorpora el mar como sujeto lírico en varios de sus poemas. “El mar es traidor: es otro el mar que rompe. / Mejor abandonarse, abandonarse entero”. Marañón expresaba una verdad “quien no conoce el mar tiene algo de huérfano”. Ante el mar se ahonda nuestra pequeñez, se agranda el universo, la naturaleza es imponente, se acallan las grandezas inauténticas de la humanidad, producto de la parafernalia inútil.

La fineza lírica de Andrés Morales le permite poetizar en profundidad “Contiene el mar la sombra de tus labios/ y el límite de piedra de tus ojos”. La secuencia de elementos nominales, bien escogidos, enhebran un tejido poético de gran calidad artística, cuyo mérito radica en los niveles de sugerencia expresiva, donde “tantas veces nos quedamos sin hablar”. El logocentrismo, entonces, se queda corto, muchas veces, ante las más hondas condiciones del ser humano raigal.

El hablante construye unas figuras donde lo inanimado se humaniza y esa cualidad le confiere una exégesis de misterio “La puerta que se abre entre los muros(…) / no quiere ver al fin de tanta espera”. Es uno de sus rasgos estilísticos esenciales, que entrega a su poesía, con gran ventaja, una delicadeza constructiva, porque “el hombre que come palomas (…)/ adivinó el secreto del odio secreto”. El nivel de sugerencia y plasticidad en las imágenes es otro de los aciertos en el orbe lírico del autor sudamericano.

En otros ámbitos, incorpora la fugacidad como un escudo ante el tránsito terrestre“que sea solo un gesto de silencio,/ un leve parpadear, un sueño extraño”. Ese espacio se focaliza en un devenir, como una manera de auscultar en los índices recónditos “partir a un viaje sin regreso/ desentrañando el agua en la larga travesía”. Inicio y fin, encuentro y desencuentro. Para nosotros, la travesía es una extensión del agua, como un sueño dormido entre las olas del fuego.

El hablante aborda su presencia en la casa de esta aldea global de la que formamos parte. Apela, en lo más hondo, hacia una desnudez holística “El mundo es un desnudo donde es mejor perderse/ entero y en su pena abrir los dedos llenos”. Nuevamente, el estro poético de Morales gana en intensidad y delicadeza, sin olvidar, como lo ha venido sosteniendo en su discurso lírico, la importancia y la validez de la palabra, como arma espiritual “en el murmullo insomne, / habrás cruzado el cielo con tu palabra sola”.

“Todo se derrumbe encima de tus sueños/ Noche que no hiere, agua que no ahoga, / la piedra te recuerda en su futuro incierto/ alguien cae sin cesar, en todas partes”. El planteamiento ideológico de estas imágenes en la poesía de Andrés Morales establece una actitud solidaria y central. Alguien, así, inespecífico, porque puede ser cualquiera, en algún sitio del planeta: cae. La caída nos afecta a todos, porque la maledicencia se enquista en las mejores actitudes humanas, en cada momento vital.

La caída es, sin duda, la entronización de “un mundo sin belleza, sin cantos, sin mañanas”. No nos imaginamos el mundo sin la poesía, sin el universo-logo que posibilita la fe y la esperanza hacia estadios mejores. A pesar de ello “Cae el sol, la luna: el mar se hunde entero”. Sin embargo, ante ese cuadro pantagruélico el ser humano apela, aunque sea, a “Sólo un gesto ciego/ o mudo de tus ojos”.

En el orbe lírico de Andrés Morales hay un cuadro de planteamientos solidarios frente al ser solitario que somos “entero me desierto, / me agrieto, me desangro/por una sola voz”. Y como seres en incompletitud, el hablante apela hacia esas rutas de incertidumbre, pero lo hace, con cordura, consciente de que su plano terrenal es una travesía finita, donde solo vamos recibiendo señales de adelantamientos, por ello, “Sueño en esa voz. / En ese mar cabalgo”, o bien, “el aire que respiro y no sé adonde/ acaba de morir”. Inicio-final; vida-muerte. El dos como posibilidad de quién soy o quién quiero ser.

En ese marco de producción lírica, la obra de Andrés Morales, riguroso poeta, escritor, catedrático y académico de Chile, ha sido un feliz encuentro en mis lecturas poéticas electrónicas. Su universo es amplio en el registro temático y sus nudos de significación tejen abordajes inherentes a la condición humana esencial. No por ello, el poeta santiaguino deja de mostrar un dístico punzante “un payaso ordena el mundo entre sus dedos/el circo se disfraza, la patria se desnuda”. La variada enumeración de los sintagmas contienen un discurso que se abre, dispuesto a todas las composiciones y recomposiciones de un mundo con insania, pero que su voz y talento, rodean de una fina belleza, con todos los elementos para ver por el ojo del precipicio, quitándose la ceguera que muerde el mar en sus adentros de sol. Enhorabuena, Andrés Morales, desde la poesía y la confraternidad de tu palabra sin horario.
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