lunes, 24 de agosto de 2015

TRES POEMAS DEL POETA SALVADOREÑO ALLAN BARRERA

Allan Barrera, El Salvador




FRENTE AL POEMA



Cada poema un paso hacia la muerte,
una falsa moneda de rescate,
un tiro al blanco en medio de la noche.
Álvaro Mutis


Ahí estoy yo
mirándome de frente en el poema
que escribí hace siglos
desde antes de nacer,
parado en el centro de la desgarradura
desde donde inventé mi voz para llamarme del otro lado del fuego
sin que nadie me encuentre, sin que nadie me mire.
Ahí estoy, en la altura de mi mano,
cayendo en el poema desde mi ser más profundo, más antiguo
como la noche en la que se inventó la sed y el frío de los muertos
como la mañana que se quebró en mi rostro frente al espejo,
buscando una razón que justifique
la temperatura de mi muerte y el líquido de mis ojos.
Ahí estoy al principio de mi voz
entre mil imágenes labradas por el silencio
buscando una palabra desde la cual partir hacia el lugar del canto
sin verdugos o testigos para la noche de este verso
heredero invisible de un fuego increíble, milenario
soy mi único sueño
y también mi único llanto.




LA DESINTEGRACIÓN

Eso es lo que soy
el milagro de una enfermera triste
y el sueño de un motorista de buses errantes.
Nací en noviembre, con las alas recortadas del corazón
frente a la indiferencia de los arcoíris en los parques
y los crepúsculos fracturados de San Salvador.
Tenía yo un soplo metafísico de melancolía en la mirada
tenía en el pecho una soledad ancestral.
La soledad –sabes–
es como una hemorragia que llevo dentro,
no se cura con la multitud. La soledad
se cura con estrellas fugaces en la garganta
se cura con escritura y alcohol.
Recuerdo bien el centro –sabes–
ese río de sueños estancados en el asfalto
esas miserables calles llenas de sangre
esos miserables pantalones rotos.
Yo soy de ahí
de ahí me vino este perfume de lo abyecto
esta líquida arquitectura que brota de la palma de mi mano,
esta piel y este frio
con que interrogo al mundo,
mi pavor de nacimiento.




DIÁLOGOS DE CENIZA



Que te acoja la muerte
con todos tus sueños intactos
al retorno de una furiosa adolescencia
al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron.
Alvaro Mutis

Madre,
perdóname,
otra vez quise
hablar de lo tuyo
y terminé hablando
terriblemente de lo mío,
es decir de la tormenta y del rayo,
es decir del fraude y de la palabra.
Yo no puedo, ¡madre!
romper este muro
transparente del silencio,
este hilo de tierra para siempre.
Necesito curarme, necesito
colocar a mis fantasmas en la noche
afuera de mí,
y sentarme en el universo
como la antítesis del tiempo
de la estrella que pasa,
sin residencia fija.
Tú no sabes
cuánto me duele haber crecido tanto
y verte ahora
metida en la tierra
en el tiempo desintegrado del reposo
metida en la muerte
en tu ataúd telúrico
con tus zapatos
y el corazón para el viaje.


__________________
Allan Barrera. Nació en San Salvador, departamento de El Salvador, un 23 de noviembre de 1984. Poeta e investigador académico. Posee una licenciatura en Letras y una maestría en Estudios de cultura centroamericana de la Universidad de El Salvador. Como poeta obtuvo el premio único de poesía de los juegos florales de Sonsonate 2014, con el poemario Los paraísos de la desolación.
Como investigador, trabajó en la investigación de fuentes bibliográficas del primer proyecto de ley de cultura de El Salador que elaboró la Secretaría de Cultura del FMLN, el cual fue ingresado a la Asamblea Legislativa en noviembre de 2012.
En 2014, desde la secretaría de cultura del FMLN, trabajó en el área de investigación del proyecto “Configuraciones del pensamiento crítico salvadoreño” cuya coordinación académica estuvo a cargo de Breni Cuenca, y que se publicará en un libro, (aun inédito pero se publicará a finales de este año 2015) que compila 20 ensayos de 20 destacados académicos salvadoreños. Así mismo en 2013 coordinó la publicación del libro de poesía “Piedra y siglo”, en homenaje al aniversario de los 40 años del colectivo literario salvadoreño Piedra y siglo.
Actualmente desde el sello editorial de la Secretaría de Cultura del FMLN, coordina una antología de Poesía indigenista cuyo antologador es el poeta Eric Doradea, que se publicará a finales de 2015.
Allan Barrera también trabaja columnas de opinión y es colaborador de la revista digital salvadoreña Contracultura. 

sábado, 20 de junio de 2015

ANDRÉ CRUCHAGA, UN ESCRITOR UNIVERSAL

Cuaderno de ceniza, André Cruchaga



ANDRÉ CRUCHAGA,
UN ESCRITOR UNIVERSAL



Ricardo Llopesa





A
ndré Cruchaga es el escritor salvadoreño más universal. Nacido en 1957, en el departamento de Chalatenango, su obra ha sido traducida al francés, el griego, el holandés, el rumano, el portugués, el vasco y el catalán. La dimensión de su personalidad es similar a su obra, amplia, rica, de gran aliento y resonancia, que inició en 1992, con “Alegoría de la palabra”, hasta dos libros suyos que me han llegado recientemente, titulados “Cuaderno de Ceniza” y “Viaje póstumo”.
            La obra de Cruchaga ha despertado mi interés desde aquellos días cuando me tocó analizar “Blasfemia del subsuelo”, un libro donde el poeta persigue el poema total, ese verso que persigue alcanzar el todo, a través de la palabra y el ritmo. No es fácil. Los caminos actuales de la poesía son muchos, pero tenemos que avanzar por donde comenzaron los juglares y sumar lo que lograron las vanguardias. Aunar, en lugar de separar, para convertir el poema en lo que tiene de latino y de moderno.
            “Cuaderno de ceniza” lo integran 37 poemas que vienen traducidos al rumano por Alice Valeria Micu, Elena Liliana Popescu, Elisabeta Botaan y Andrei Langa. A este respecto no puedo opinar por desconocer el idioma, pero sí puedo decir que los traductores tuvieron que trabajar tanto como el poeta, porque se trata de versos largos, que rozan el límite de lo prosaico, donde reside precisamente el mérito de la poesía total, porque ofrece un verso nuevo en ritmo y contenido. Y, por tanto, en este punto debe diferenciarse de la prosa. La poesía latinoamericana ha sabido explorar esta frontera de la poesía desde el modernismo. Sirvan de ejemplo los primeros versos del libro, para comprender la energía vital que canta el poeta:

                        ¿Qué nos queda, pues, del techo y del día? ¾La urgida desazón
                        de la lágrima, la torpe mordida de la vehemencia, el aire viciado
                        de las manos, el camino incierto del palpito.

Buenos versos éstos, fragmentados para perseguir el ritmo y los giros que dan alegría al contenido, en beneficio del arte de elaborar la palabra. En rumano el libro se llama “Tablou de cenusâ”, un título bonito para un canto elegíaco de altura.


Viaje póstumo, André Cruchaga

            Con mejor conocimiento, puedo decir que la traducción al catalán de Pere Besó, del libro “Viaje póstumo”, no sólo me gusta, porque el catalán es una lengua elegante para el ritmo la precisión. Tiene algo mágico, a tal punto que el catalán nació con un libro de poesías y el modernismo catalán dio lo mejor de España, a pesar de Juan Ramón Jiménez, que los críticos españoles nos lo quieren vender por modernista, cuando en realidad todos sus rasgos fueron  posmodernistas.
            De nuevo Cruchaga se lanza a la aventura del verso largo, como quien tiene mucho que decir y se siente obligado a dejar atrás la técnica de la síntesis para optar por el verso intenso, denso, nuevo y distinto al verso tradicional. El léxico es rico. Esto hace que el poema se convierta en torrencial, para disfrute de los buenos lectores de poesía. El libro alcanza las doscientas páginas, el cómputo que la vieja tradición decimonónica exigía para dejar de ser folleto. Es decir, se trata de una obra perfectamente acabada en su conjunto, que viene a confirmar la autenticidad de una voz centroamericana que se proyecta como una realidad.




Postscriptum, André Cruchaga

D
ice Elisabeta Botan que “André Cruchaga es uno de los poetas que viven con claridad la conciencia”. Yo diría con ella que la poesía de Cruchaga es la conciencia de su tiempo. Su poesía representa la fugacidad de la existencia, la fuga del vivir cotidiano en las cosas, en el cielo, en el vuelo del pájaro. Es la mirada que rapta lo efímero para quedar petrificada en las palabras. Ese destino de su poesía bien podría ser otro, pero el poeta eligió el ritmo del universo para plasmar la mirada. Esa que nace del ojo, y otra que nace de la conciencia.
            El compromiso de todo poeta es dejar testimonio de su tiempo, de la época que le toca vivir. El conflicto de la realidad es un conflicto interior del poeta. Roque Dalton tuvo el genio de percibir la transformación que vivió El Salvador en los años de la guerrilla y, mucho antes, en los albores del modernismo, Francisco Gavidia percibió los cambios que se avecinaban, descubriendo la fragmentación del verso alejandrino francés. En ambos casos, la visión del poeta es la del iluminado que percibe el espíritu que le ha tocado vivir. Ahora, en otro tiempo, nuevo porque las claves son distintas, la poesía de Cruchaga pretende aprehender el maremagnum que vivimos, donde todo parece confuso, pero no lo es. La poesía de Cruchaga es esa interpretación de nuestra época. Es la poesía en estado caótico, pero donde todo está ordenado, como el caos urbano de la ciudad.
            Los poemas de “Balcón del vértigo” siguen la técnica del verso largo y libre, intenso y vertiginoso a imagen y semejanza de nuestras vidas. Aunque Cruchaga está clasificado entre los poetas surrealistas contemporáneos, pienso que la poesía de Cruchaga parece surrealista, porque sus poemas están escritos desde la mirada del hombre moderno que rompe las huellas gramaticales del pasado, convirtiendo la escritura en zigzagueante y hasta irracional, porque es una interpretación del razonamiento moderno. Decía Lemmonier, durante los años locos de la bohemia francesa del fin de siglo, que sólo era posible alcanzar la reforma de la poesía utilizando palabras nuevas. Darío siguió ese camino, por eso sus palabras tienen un brillo diferente a sus contemporáneos. Pienso que la poesía de nuestro tiempo sólo se explica a través del atropello de las palabras, con la finalidad de alterar la semántica de la idea, que es la esencia del caos ordenado que vivimos.
            Vivimos el imperio de lo efímero, para decirlo con palabras de Lipovetsky. Es la cultura de la fragmentación y lo esporádico, de lo que pasa como el viento, con el día, como el calendario. La cultura es una negación de la cultura, porque el poeta está en busca de su propio presente. Cruchaga, en “Balcón del Vértigo” se hace eco de este vivir agitado en un mundo convulsionado, donde todo da la sensación de vértigo. Caminar a la hora del mercado por cualquier calle salvadoreña produce, irremediablemente, esa sensación de caos absoluto, que es el vértigo. No me voy muy lejos. Tomo de ejemplo los primeros versos del primer poema, titulado “Señuelo del dintel”, donde dice:

            Con mis ojos de autista juego eternamente a la respiración
            de los instantes. Los dos colores del arco iris musitan
            en mi herida, ―Así veo los cuervos sobre el tapete de las nubes.

            No necesitamos más para comprender que su poesía se construye con un material muy distinto a la tradición. Pareciera que la poesía de Cruchaga no tuviera precedentes en su país, si tenemos en cuenta que el abrazo del modernismo fue un apretón tan fuerte que duró mucho tiempo, como dijo Anderson Imbert.


Balcón del vértigo, Dpi, André Cruchaga


            Yo pienso que el poeta escribe un libro en su vida, que es la suma de todos. Eso me ocurre cada vez que entro en las páginas de un nuevo libro de Cruchaga, como es el caso de “Postscriptum”, que junto al antes citado data de 2014. Por supuesto, que me refiero a la forma y el estilo, que son el mayor logro del poeta. Y Cruchaga es poeta.



Ricardo Llopesa,
Miembro Correspondiente de la Academia Nicaragüense de la Lengua
Instituto de Estudios Modernistas, Valencia, España


domingo, 10 de mayo de 2015

CÉSAR RAMÍREZ, UN MUNDO DE JUEGOS Y DESCUBRIMIENTOS

Portada de Trino y uno, César Ramírez, 
escritor salvadoreño




CÉSAR RAMÍREZ,
UN MUNDO DE JUEGOS Y DESCUBRIMIENTOS




E
l escritor salvadoreño César Ramírez, (El Salvador, 1955) nos entrega hoy, su libro “TRINO Y UNO”(2015), tres libros: “Dios juvenil: el hallazgo”, “Llegué a Madrid desde Lisboa” y “Mis notas del Siglo XIX: José Bustamante y Guerra”.
            El primer libro, o sea “Dios juvenil…”, es una especie de “Paraíso perdido”. “En mi interior esa poderosa fuerza luchaba con mi intelecto, mi conocimiento era pensar en un mundo animado, siempre observando, conociendo, con las infinitas respuestas infantiles”. (Pág.8). Esto, por su parte es comprensible. Ignacio Iriarte (Argentina) dice que: “La diferencia radical entre la óptica del viejo y la del niño o el adolescente es que el primero ha descubierto su finitud, mientras que al comienzo de su vida la ignoraba; entonces veía por delante posibilidades tan múltiples y tan vagas que le parecían ilimitadas; el futuro en que las proyectaba se dilataba al infinito para acogerlas.”
         Del yo narrador, al narrador testigo, César nos cuenta sus periplos devocionales, esos ritos sociales que los adultos nos imponen: el rigor católico y la veneración de ciertas estampitas para que no crezca lo maléfico en la conciencia. La literatura siempre es un arte de caza: el personaje descubre lo sagrado a partir de esa vivencia cotidiana en el colegio. La historia se puede leer como una representación de nuestra sociedad tercermundista, ultra-católica y, por consiguiente, conservadora. Esta historia es posible en cualquier país de Centro América, pero posible también en otros ámbitos fuera de nuestro continente. “En nuestros países somos sumamente recatados, y rara vez (por no decir nunca) hablamos las cosas directamente.”
La versatilidad de César (El narrador) nos muestra el manejo de diversos tiempos narrativos, tipos de narradores y varias técnicas, propias de este género. Del pasado, como búsqueda, nos encontramos con San Agustín; del presente, la comprensión de la vida y su negación; del futuro, un alma en permanente diálogo interno y su conocimiento de una sociedad decadente y autoritaria.
          En el primer libro, César, reseña muy bien el camino, su camino, los caminos de su escritura: 1) el universo colegial; 2) los sueños y las realidades; 3) La construcción y destrucción de la vida, ascendiendo hasta su delicia absoluta, hasta su desaparición representativa; 4) El destino juvenil, fin del caos y su Dios juvenil. Es decir, el narrador personaje se abre así, a la dimensión real-irreal de los sueños y las aspiraciones. El Universo es un camino; el segundo supone una realidad a menudo  hipertrofiada;  el tercero, deshumanización en la visión orgánica de Ortega y Gasset, y el cuarto, parece la síntesis de la búsqueda, lo que en definitiva tiene sentido.
       Al final, la vida es historia de otra historia o si se quiere, imágenes que nos recuerdan y sobreviven a la memoria y sus implicaciones morales y políticas. César, desde la infancia que recuerda, nos comparte también a una serie de personajes, amigos de colegio, imbuidos en ese mundo de preguntas y respuestas. Aunque más de preguntas. Amadeo y Chusín, son esos seres que deambulan en nuestra realidad y que representan otra realidad dentro de la realidad expresada.
         La ficción que nos narra César Ramírez, encierra un simbolismo histórico: el hecho de vivir y estudiar en ese tipo de instituciones condicionará enormemente la vida del narrador y sus consecuentes encrucijadas.


L
legué a Madrid desde Lisboa, (segundo libro). Si bien al parecer es un libro de viaje, género poco difundido, aquí el narrador, hace una profunda recuperación de la memoria: “En cierto momento recordé Lisboa y Madrid, entonces escribí sobre ello…” Sueños, vigilias, la voz interior que se adentra en sus periplos existenciales, pasado y presente en el transcurrir del tiempo.
         Dentro del aparente diario de viaje se construye otra historia, el encuentro furtivo con el ser femenino representado en Susana y Francia. El narrador vive con una sensación de nostalgia, Dios de nuevo ya la Patria con banderas múltiples y distintos nombres.
       En el presente texto de César Ramírez, la historia se cuenta desde un narrador en primera  persona y es el que da cuenta del recorrido del protagonista de las vivencias y temporalidades. Con un estilo cinematográfico, rápido, pero intenso, nos hace partícipes de ciertos eventos de la pasa Guerra en El Salvador, es decir la historia, las luchas sociales que por entonces se libraron con estoicismo por la clase trabajadora. Hay otros momentos pausados que desandan el asfalto alternando las marcas de la realidad de San salvador con intensos pasajes extraños disparados desde su propia conciencia.
         Fernando Aínsa en “Del yo al nosotros: el desdoblamiento de la identidad” plantea: “Como individuo problemático que protagoniza la novela contemporánea pertenece a la categoría que Erich Fromm ha tipificado como aquél que es libre únicamente en el sentido de que ha conseguido quedarse solo, aislado, y que por eso se siente abrumado por una difusa inquietud y un insoportable sentimiento de dudas contradictorias. Su consuelo es la relación conflictiva que alimenta compulsivamente con el mundo exterior, sea a través de la proyección agresiva de su yo profundo en el mundo exterior, visión que tiñe la realidad a la que recrea, según su perspectiva o desdoblando su identidad, para ajustar sus fragmentos a esa realidad”…
        Sueño y felicidad están latentes, no sin cierto dejo de ironía. En voz del narrador leemos: “Mi patria ya no es un enorme ghetto, ahora se ha transformado en una enorme escuela, todos aprendemos, todos tratamos de comprendernos, los golpes de los antimotines son ahora democráticos, dicen que duelen menos que los Golpes Militares, mientras nos seguimos consolando con pequeñeces, mientras la realidad económica nos roba el sueño y los bancos legalmente se apropian de nuestras ganancias cada mes…” (Llegué a Madrid desde Lisboa, pág. 103)
        En la obra de César Ramírez, existe un sentido reverencial por la palabra y los sueños. A fin de cuentas, son ellos los que nos permiten cruzar las trincheras del destino, esas extrañas arqueologías de lo humano que tiene el delirio. Algunos personajes están diluidos, escueta su caracterización. Y ello, es porque al narrador le interesa esencialmente relatar, comunicar, ciertos sentimientos; lo que sabemos del narrador y de los personajes es a través de su actitud frente a la vida.
       Su interioridad se manifiesta bien por medio de un narrador en primera persona: pensamientos de él, o bien por medio del diálogo unidireccional. En definitiva, es una novela como arma histórica, protagonista que convoca y evoca las diversas tramas del país a través de su personaje. En una sociedad asfixiante, abundan aquí sus significados, sus dudas, sus huellas. El oficio está consumado en su calidad de protagonista.


E
n Mis notas del Siglo XIX: José Bustamante y Guerra, (tercer libro), César Ramírez ha ficcionado hechos históricos de 1811 y 1814. El énfasis de esta novela — según sus palabras— está en  las personas en la Historia o si lo prefieres la Historia en las personas que cuando se unen en un momento (historicidad) son leyendas.
       En fin, Bustamante no solo fue un combate naval en las costa portuguesa del Algarve, frente al Cabo de Santa María, donde se perdió uno de los mayores cargamentos de oro americano, (recuperado en 2007); también cambió la vida del Reino de Guatemala en los momentos insurreccionales de 1811 y 1814 en nuestra nación y en la pág. 256 puedes observar que él denuncia la trascendencia de 1814 con una Constitución y una República… (hasta ese momento inexistente) pero es la proclamación de un acontecimiento sin precedente…
        “La novela histórica es, por tanto, un género que posee unas características propias; características que es necesario conocer y dominar para resolver de forma eficaz la relación que se establece entre el lector y la narración, entre el pasado y el presente, entre la disciplina literaria y la disciplina histórica; entre la compleja realidad de un tiempo definitivamente perdido y la ficción reveladora, capaz de iluminar quienes ahora somos. Nosotros también somos ellos. Ellos también son nosotros. El pasado no está muerto; como el recuerdo, el pasado nos habita y nos moldea.” En este sentido, César Ramírez ha hecho un trabajo encomiable, nutritivo y esclarecedor. Desmitifica ciertos hechos que venían dándose por ciertos a lo largo de nuestra historia republicana.
          La novela histórica nos da sus aportes en la construcción de la identidad nacional. Este quizá sea el mayor aporte del escritor. Ya Margarita Carriquiry, en su ensayo de Identidad Nacional nos dice que: “Identidad, memoria, patrimonio: las tres palabras claves de la conciencia contemporánea, las tres caras del nuevo continente Cultura. Tres palabras vecinas, fuertemente connotadas, cargadas de sentidos múltiples que se convocan y apoyan unos a otros. Identidad remite a una singularidad que se elige, una especificidad que se asume, una permanencia que se reconoce, una solidaridad hacia sí misma que se pone a prueba. Memoria significa a la vez recuerdos, tradiciones, costumbres, hábitos, usos, y cubre un campo que va de lo consciente a lo inconsciente a medias.”
      “Toda colectividad nacional posee una determinada imagen de su pasado. Una imagen que, según la coherencia, la intensidad, la extensión con que ella sea apreciada, representa uno de los rubros fundamentales de ese consenso, de esa voluntad de convivir que tan esencial es a la fuerza de los pueblos” (Real de Azúa, 1969: 577). En la obra de César Ramírez, (ésta obra en comento y en El Salvador Insurgente 1811-1821), encontramos una profunda reflexión en torno al poder en todas sus formas (lo hegemónico, lo letrado, lo masculino, lo autoritario) aparece ligada a esta revisión del pasado y deconstrucción de sus mitos.
Con todo, y parafraseando a Margarita Carriquiry, aún falta que los más infelices sean los más privilegiados, y muchos sabemos y sentimos que esa es la gran deuda histórica que nos queda pendiente.


André Cruchaga
Barataria, 10 de mayo de 2015

sábado, 31 de enero de 2015

TRES POEMAS DE WILFREDO ARRIOLA

Wilfredo Arriola, El Salvador.




EXILIO NOCTURNO



Llevo a la noche en mi pecho
como las despedidas de tu manos
llevo cantos derramados
llevo luciérnagas apagadas
besos muertos en los caminos desechos
llevo dos días que nunca sucedieron
y una luna tapando un sol.
Si las lágrimas me piden exilio
es por la palidez de mis ojos ante el desconsuelo.

Llevo tu consonante adherida
las tumbadas glorias en otros espacios
cansados de mí.
Llevo al que fui, en la maleta estrecha certificada de desvelo
la crisis pasiva
la subversiva la eterna palabra disfrazada de horizonte

Llevo deudas sociales para los que no les asistí
a sus insensatos bosquejos pre-nocivos.
Llevo nada de tu cuerpo
ni la sal gastada
mucho menos el sabor abolido a mis bienes.
De la perpetua noche dejaré: deudas, néctares, resacas,
tres pasos para atrás…
Te dejaré a ti la cosmología del desamor
nada que no sea mío, nada que no viví.
Llevo una lluvia en mis manos
que se atrevió a inundarme la crisis
a ahogarme el verso, a romperme la balsa
y si quiere Dios sigo cantando el estribillo
ese que canta, ese que llora el himno a voluntad de nadie.
El de la mano en la dicha, el de voz cabizbaja el de bajas intenciones.
Llevo una lluvia en mis manos y ya la siento en mi boca
y más que en mi boca, en tu alma.

Me quitaré la alpaca,
penaré mi huida le jugaré aguantar
la mala mirada a los búhos faltos de alma
ricos en espera...
Mi exilio nocturno será por esa razón de ya no ser
por dimitir de la arcilla de las estrellas
por comulgar la peregrinada alba de luto
por dormir en la acera del desconsuelo
por confesarme ante las sombras del día infinito
por aguantar la imparidad de mi cuerpo y mi ser.



DECIR ADIÓS


He conocido dolores que mienten cuando sonríen.
También he llorado como forma desequilibrada de la mirada
intimo aguacero de la pupila
pasión sin plomo
vértigos de mar adentro
historia de vacíos; todo eso dentro de una lágrima.
Quedan mis manos tocando
el cristal donde te marchas
agarro el puñado de intenciones
y pasan al cesto de los pasados sin futuro.
Todo tiembla.
La tristeza son cien hombros ocupados
donde no se puede llorar
las calles tienen un ritmo de fuga cuando no estás.
Así me pueblas, empapas de abandono todas las horas
y los días pasan a ser uno más en la muerte.
Te marchas
decir adiós es un pequeño acto suicida.



TRAJÍN LARGO EN UNA NOCHE SIN ENSAMBLE



A Isabel más lejana que lo inexistente.

I
Descompuesta, ilocalizable.
Péndulo de un pasado.
Nada era legible en la atrofia de tus manos.
En lo perecedero de tus ansías radicaba
la puntual ruptura de tu palabra.
Ahí nacía el silencio.

Era calcable la protesta de días confusos
Ayer, era tu calendario más cercano
Y nunca era la agenda cuando el importuno tiempo
huía forzado o a sana petición de ti.
Resolvías que las brújulas sirven donde no te espera nadie.
No detenías más
Cocías las silabas de quién por el coraje de la lealtad
Callare.
Como calla la mirada cuando se rehúsas al presente
Tiempo de nadie habitado por uno, que nunca lo ha de saber.

Que la cronología repare en mí, el odio que se te avecina.

Digo que es un error
ya no es un hallazgo el abandono.
La venganza ya no se teje con la fina puntada de la aberración
y tú insistes en volver como se vuelve
a lo pagano de la adolescencia, te pido no lo sostengamos más.

Te pido que seas tú, a pesar de la noche
Del ensamble al que tienes que aprender a aceptar. 


II

Busco la verdad que no atente contra mi integridad
y quizás eso, como tú dices sea la consolidación de la mentira.
Quizás eso sea la escalera que nos haga envilecer ante lo previsible
Lo plomizo que dejan las horas, cala.
Esto es monótono
Como la mirada puesta en el pecado de la fantasía
Árbol erróneo del futuro
Inclasificable jactancia, la apuesta de lo que no ha suceder.

Los matices, la ceremonia de lo desapercibido
La irreprogramable llama de la pasión. Quizás sea eso
Una muchedumbre habitada en cada poro.
Tal vez sea eso.

Parricida el llanto que mata lo noble creado. Piénsalo así.
Las sillas son esto, pequeños parques
de la ciudad olvidada de nuestro cuerpo
un cruce de piernas, los faros de la perdición.

Si tú supieras, o la poesía supiera de ti.
Dejaras cada uno de los hallazgos que no descubren nada
Sino sólo, a ti. A ti nada más
El desamor es un anuncio del infierno.
La fogata que alumbra la decepción.
 Y crepita el tiempo como esta noche, como… –déjalo ya- esto no tiene comparación.



III

Lo has sabido de nuevo, las fotografías son el chantaje del tiempo
Las has visto, las has coloreado con la mirada. Las has penado.
Te sobran los dedos para poner en cada rostro el tacto de la nostalgia.
Y las miras, pero todo es soluble a la hora del recuerdo
Las disuelves una a una, como los pasos a un futuro
Unos demorados pasos, pero pasos al fin. Eres la foto de cualquier tiempo
Lo universal no aguarda la belleza, es la belleza.

No te ocultes de ti, repara en ese favor.
No dejes de hacer fiesta con tus ojos.
No me enmiendes el pecado.

Las ventanas no tienen subtítulos, me decías consternada
y hace falto algo, por eso la imaginación lo es todo.
En verdad no estamos tan perdidos. Por ejemplo
La lluvia es intraducible, uno de los mejores idiomas.

Te vi y deje de ser joven de verdad
imploraste con tu indiferencia el altar que nadie te ha rendido.
El destino a veces supone el coraje
de ser uno en el cuerpo turbado de un corazón sin amante.

El resplandor que crea un niño cuando ríe a solas
pensé tal vez, eso era.
Una mancha que se cree el rostro de lo esencial.
Así te vi. Ahora dentro de una casa, una homologa casa
que por nada del mundo es la suma de ti
sino la resta de todas tus ausencias.
Sino la certificada promesa de impuntualidad
a la hora de mostrarte entera.
No desnudare más.
Recuerdo que señalas que no hay nada peor
que querer agotarse en buscar en los demás
lo que no comprendemos de nosotros mismos.