Gustavo Solórzano Alfaro, Costa Rica
La condena
Soy la última bandera que ondea,
el último bastión de los perdidos.
La escaramuza en la plaza,
el licor de los malditos,
el redentor de los ciegos,
el mártir del ensueño.
El último animal que se devora,
la última señal en la vigilia.
Soy espacio y estrellas,
mástil que tambaleante se aferra,
puerta hacia el infierno y paraíso en ruinas.
Soy quien no te mira, quien no canta,
quien no peca ni claudica.
Quien abre las ventanas de tu nombre herido
para rescatar del pasado el aliento,
la maña, el colmillo, la flecha y la daga.
Soy quien come a deshoras y habla poco;
quien se tiende en tu lecho para dormir la siesta.
El último emisario que tu casa habita,
el último hermano que de sangre vive.
El pequeño que se esconde en la mesa,
el tirano que arroja los pestillos
hasta encontrar la salida de este laberinto,
de este jardín donde los frutos se han perdido,
donde todas las sombras reclaman
y todos los abismos se olvidan.
La alimaña viva en tu carne muda,
el amante dulce en tu espalda abierta,
el capitán volátil de tu barco enhiesto.
Soy inmortal y soy perecedero,
soy todos los imperios y soldados,
todos los reyes y princesas,
los enanos y bufones, consejeros y asesinos.
El pájaro intacto de la noche ígnea,
el ladrón imposible de la nada.
Pero no fue sino hasta hoy, en medio de la tarde,
que supe quién era el enamorado,
quién la doncella y quién la tarde.
Hoy descubrí que cargabas la cruz y las llagas,
que soñabas con dioses de piedra,
que hablabas con la muerte como hablar conmigo.
Hoy estoy calmado. Estoy de pie y dudando.
Aguardando este presagio
de que el mundo sea de aire y yo de asfalto.
Yo de hierro, yo de odio, yo de sangre y lentejuela.
De savia perforada y hambres que se olvidan.
Yo de mentira, de aspaviento,
de aullido y de lujuria; de ríos y legiones.
Seguiré siendo el frío intenso,
el impío final que te calumnia.
Un instante, una rosa, un pedestal,
un grillete, un amuleto;
una mancha en la pared del fondo,
una silla, un cigarro,
una despensa, una fiesta y un sudario.
Soy una insignia,
un medallón de tus batallas,
un dedal en tu cabello,
una tumba en tu mirada.
El último, el primero,
el que no acaba, el que no cesa,
el anciano cruel que sodomiza,
el villano oportuno que no calla,
el demonio brutal que te condena,
el arcángel feroz que te culmina.
De La condena: 71-73

















