jueves, 4 de abril de 2019

LA EXPERIENCIA DE VIVIR: POEMAS COMENTADOS DE ANDRÉ CRUCHAGA

La experiencia de vivir, Chile, 2018





LA EXPERIENCIA DE VIVIR:
POEMAS COMENTADOS
DE ANDRÉ CRUCHAGA




Por César Ramírez (Caralvá)
Intimissimun





          Alcira Teresa Luppi Hang y Elena Muñoz de Latorre comentan poema por poema. El documento fue publicado en Chile, V Región; en Villa Alemana Imprenta 2.0; 2018, 186 pág. En su contraportada visualizamos una imagen de un libro abierto y leemos: Movimiento Literario Cruchaguiano R.A  con una cita  de Alcira Teresa Luppi Hang: “El poema abre su corola de luz, más entre el pétalo y pétalo, entre verso y verso hay humedales de sombras de recónditos aromas. La voz del poeta llega a sus lectores cual rayo fulgurante y atraviesa sus pieles, sus carnes hasta llegar a las entrañas mismas sacudiéndolas con inusitada fuerza. Toda cautela es imposible, hay que expresar lo que bulle en el cerebro antes de que estalle el corazón en mil pedazos, hay que decir lo que siente… Así nace el “comentario” espontáneo, atrevido, ardiente, gozoso”.
          Mientras Elena Muñoz de Latorre anota: “A veces poeta Cruchaga, tus poemas (el del día) es lo que una vive en el momento, cuando se mueren tus MANTRAS y vamos más allá del surrealismo, cuando la vida te muestra el lado feroz del hombre y sus mezquindades. El arte de vivir es tan difícil como el arte de definirlo con palabras, y… sí, hay pesadillas, greñas, digresión, desagües, falacia… cadáveres… náuseas. Tú, poeta, eres como el gran médico antiguo que tan sólo con mirar a un enfermo lo diagnosticaba con precisión divina… el poeta, vive las miserias del mundo, cáncer de las almas, el sida del corazón en una sociedad enferma, tan enferma que ya te faltarán palabras para describirla en tus poemas… ¡y nos aferramos a ti como la raíz en la tierra…! Pág 80. 
         Elena es Poeta-escritora-comentarista, diplomada en Literatura. Filosofía e Historia, Universidad de Concepción; Alcira es Licenciada en Letras e Historia de la Literatura Universal y en Estilística de la Universidad de Rosario, Argentina. Profesora, crítica literaria y escritora.
          Esta nota es mi agradecimiento y acuse de recibo a Elena Muñoz de Latorre, por su generosidad al participarme del magnífico libro, primero la sorpresa del aviso de correo -nadie se tomó la molestia de enviar un libro desde Suramérica- pero a continuación emerge un abrazo, un beso, un profundo sentido de amistad por tan bellas personas, que sin conocerme me invitan a leer, ahora celebro su comunión del verbo... gracias
         André es un amigo, un poeta, comparte La experiencia de vivir… “Importa lo que escribe el poeta en el quehacer de la escritura, pero interesa más el lector porque a fin de cuentas es la persona que desde su experiencia de contacto con el texto hace sus propios correlatos.

El Salvador, 03.04.2019
amazon.com/author/csarcaralv


domingo, 24 de marzo de 2019

ANDRÉ CRUCHAGA EN LA MEMORIA DE LA POESÍA

Miguel Fajardo Korea (poeta y ensayista costarricense)





Artículo

ANDRÉ CRUCHAGA
EN LA MEMORIA DE LA POESÍA




Lic. Miguel Fajardo Korea
Premio Nacional de Promoción y Difusión Cultural de Costa Rica
minalusa-dra56@hotmail.com



André Cruchaga (El Salvador)



(Moravia, Costa Rica). El trabajo de difusión cultural de André Cruchaga (El Salvador, 1957) es excepcional.  Las páginas de sus revistas electrónicas, en especial, “Odiseo en el Erebo” están al servicio de la extensión cultural sin distingos de nacionalidades ni ideologías. 

Él se esmera, cada día por ofrecer los mejores y más exquisitos portales de la cultura y la luz intensa de la poesía.  André Cruchaga ofrece espacios de conocimiento  frescos y caminos humanos y literarios, tan vastos y reconfortantes para el espíritu. André Cruchaga ha fungido como jurado en diversos certámenes. Asimismo, ha sido distinguido con  premios literarios. Es un académico y un trabajador incansable de la cultura. Su labor humanística es digna de encomio, en un mundo abierto a la indiferencia y la incomprensión.

La poesía tiene una virtud: es un encuentro y un  desencuentro.  Las posibilidades de convergencia desde la poesía son múltiples.  En este caso, Internet fue el acercamiento; los libros, su fortaleza. Una tercera fase, será conocernos personalmente, en el momento oportuno, en alguno de nuestros países centroamericanos. Este último está pendiente, a pesar de que visité su país hace unos años.

André Cruchaga es profesor de humanidades y Ciencias de la Educación.  Ha sido académico en enseñanza media y universitaria.  Su bibliografía es extensa, con 22 libros publicados en diversos países, tales como El Salvador, México,  Estados Unidos o Cuba, entre (1992-2018). En mi biblioteca dispongo de 12 de sus libros, lo cuales ocupan un sitio especial en ella.

Entre sus títulos editados sobresalen: Alegoría de la palabra, Fantasía del agua, Fuego de la intimidad, Espejo de invierno, Memoria de Marylhurts, Enigma del tiempo, Visión de la muerte, Antigua soledad, Insomnio divagante, Viento, Césped sobre el fuego, Fugitiva luz de los espejos, Fantasía del bosque, Caminos cerrados, Enigma del tiempo, Roja vigilia, Querencia del follaje, Rumor de pájaros, Oscuridad sin fecha, Pie en tierra, Viajar de la ceniza, Cuaderno de ceniza, Sublimación de la noche,  Poeta en Barataria, Balcón del vértigo, Post-Scriptum,  Viaje póstumo,  Lejanía, Vía libre, Cielorraso, Calles, Ars moriendi,  y Motel.

Su obra poética ha sido parcialmente traducida a doce idiomas, entre ellos: inglés por Grace Castro; francés por Dànielle Trottier y Valérie St-Germain; vasco por Miren Eukene Lizeaga; griego por Lia Karavia; holandés por Michel Krott;  rumano por Liliana Popescu y Elisabeta Botan; catalán por Pere Bessó, quien ha difundido, grandemente, la obra del bardo salvadoreño. Varios de sus poemarios son ediciones bilingües, lo cual amplía su circuito de lectura a otras posibilidades y espacios lingüísticos.   

         En la poesía de Cruchaga existe un dossier de antifaces, aunque al hablar de la vida no se debe temer a los fantasmas, sin embargo, las hormigas se mueren al ver los espejos.  La vida nocturnal es un horizonte de soledad, verjas y sombras en la luna.  Es decir, en el mapa lírico de Cruchaga campea  una honda preocupación  por la nostalgia de los espejos, lo inanimado es una respuesta donde “El silencio nos arroja rostros reales”.

         El ánimo del cansancio es un desgarramiento en el espacio corporal.  Mares y noches, bocanadas y desgarramientos. Sus preocupaciones estelares son el silencio que habla y ve, porque “Nos toca morir en un país de gritos”.  Es el grito humano como un vector semiótico de repercusiones en el atardecer de la sonrisa, en el círculo cabalístico, o bien, en las tumbas hambrientas.

         La ubicuidad es otro de los rasgos de este mapa lírico  “Uno se da cuenta de que ya no se es de aquí ni de allá”·  La mirada se comporta, entonces, como uno de los signos del futuro en el ayer, es decir, siempre. “Un corazón donde latía el río” es una imagen plurisignificativa de hondo arraigo expresivo, en el trópico del oleaje, en la hierbabuena del tiempo.

         Existe un acendrado espíritu de búsqueda por los desaparecidos, por sus olvidos “Tan atroces como hablar con las sombras”.  Dice Benedetti que “el olvido está lleno de memoria” y, en esa dimensión, el autor salvadoreño expresa “La tempestad de la ciudad y sus desaparecidos”.  El tópico central de la ciudad, con todos sus contornos y expresiones desangeladas. “Este país fue hecho prohibido para el olvido”, es un verso contundente, restallante.  Es una incisiva reflexión para todos.

         Ironiza cuando aduce “Sé que la vida, de vez en cuando, es un manicomio”.  La vida, el mundo mismo se comportan de esa manera.  Los actos coyunturales son problemáticos, hoy.  A veces, “La vida es un viaje a cero”.  En otro momento discursivo remarca “Me duele saber que la vida encarna oscuridades”, a pesar de ello, “Su sombra es mi ser.  Mi compañía.  El centro de mí”.  Es decir, la fuerza humana es un sujeto activo en este mapa lírico.  Esa condición actancial le permite decir “Un segundo en un vaso es la vida”.

         Pie en Tierra incursiona en un dualismo de entrada “Contemplar es vivir.  Vivir es despertar”.  Es como si el río de las irrealidades sujetaran al poeta y le indicaran otras rutas, aunque “De nada sirve abrir los ojos: todo es sombra”.  Y en esa vastedad de la sombra distinta “La noche tiene un solo ojo ciego”.  La ceguedad del mundo es asombrosa.  Tenemos tanta capacidad  para destruir, que se debe “Descubrir los pasos desgastados en los espejos”.

         Los textos de este poemario de Cruchaga son más extensos, como si quisieran expresarnos todo su dolor, su angustia existencial ante los avatares del mundo, ante los quehaceres de las fronteras, aunque “Nada es posible con ellos para que no se pudran las palabras”.

         El sujeto lírico aboga por los desaparecidos “Luego sobrevienen los exterminios selectivos”.  Las estadísticas planetarias, en ese sentido, son  apabullantes.  Uno se queda incrédulo ante tanta barbarie y eso que estamos en el siglo XXI “Solo me queda esperar noticias / Y asumir la culpa / Y recoger el espejo de mí mismo en pedazos”.  Los poetas no renunciaremos a seguir denunciando ese Apocalipsis.

         “Ahora nadie ve y nadie ha visto” (…) “Comiéndose la vida”.  El dolor como comida es un signo devorador “Por mucho tiempo a los vivos nos come el luto”.  Sus doloridos acentos singularizan una especie de esquema recolectivo de la angustia y los traumas humanos más evidentes, porque “Vivir aquí es una aventura de la sed”.

         En el universo poético de André Cruchaga “Jamás regresaremos al mismo sitio / de donde partimos”, porque “Todos no somos los mismos”.  En ese encontrarse y desencontrarse que es la vida, la voz de Cruchaga es un resquicio para reflexionar sobre la condición vital “Por eso la mayor fatalidad es estar vivo, seguir vivo”.  Las herencias le preocupan al poeta “Partir dejando a otros, espectros de sí mismo”.

         Seguidamente, ofreceré un selecto corpus de versos relevantes de siete de sus libros, publicados entre (2014-2018), para plantear un comentario integral sobre la calidad literaria en la poesía del salvadoreño André Cruchaga, gran y solidario poeta centroamericano.

         De Postscriptum (2014) selecciono versos ineludibles: “Ya solo es memoria el camino andado”, “recomenzar el camino del universo”, “Nunca ha sido fácil tener ojos para tanto mundo”, “el futuro es solo una calle sin ojos”, “Mi memoria es otra cruz semejante a los candiles oscuros de la sed”.

         De Viaje póstumo (2015) muestro el siguiente corpus: “el aliento es el tiempo póstumo de mi mundo”,  “diles que no es pecado el mar en la boca: todo tu mar”, “Quemamos los barcos descreyendo del horizonte”, “Se ha hecho memoria la voz del mar”, “el poema, después de todo, se escribe en las páginas de sangre”.

         De Lejanía (2015): “Cada minuto cuenta para el arcoíris de la sombra”, “Desnudarte, después de todo, quizá sea  la forma de vestir mi rebeldía”, “Las calles siempre tienen la tentación de hablarme: existen”,  “Al final del día, queda el libro sobre la mesa y el fogón ardiendo en secreto”, “¿En qué pedazo de tierra vive el futuro?”, “Ahora libre aunque nade siempre contracorriente”, “el semen como un labio sin sed en medio del hambre”.

         De Vía libre (2016): “Hoy es un día sin sobornos”, “Nunca la agonía deja de ser relámpago o piedra”, “La memoria es una sombra que nos quema la respiración”, “¿Cuántas ausencias hay que escribir para encontrar la memoria?”, “en cada poema me atrevo a tocar el infinito”, “Nunca ha sido fácil tener ojos para tanto mundo”.

         De Calles (2017): “Cuando hablo de laberintos me refiero a ese viaje de flechas de todos los días”, “La vigilia me hace contar los días sin quitar la vista de las llaves”, “La palabra, ese hallazgo definitivo del horizonte”, “¿En qué momento cambió el universo de la alegría por las húmedas plegarias del sollozo, o los funerales?”, “Aunque todo sea transitorio, la tempestad renueva los aullidos”, “Al final, solo me queda el camino de la memoria o del olvido”, “Es inútil la libertad cuando callas o ya has pasado a otra vida”.

         De Ars Moriendi (2018): “Cuando el tren me regrese a casa, habrán escapado las ventanas”, “la piedra sigue ahí, en todas las formas posibles de los puntos”, “Camino alrededor de mi sombra. Oscuras palabras”, “En este lugar quiero morir desnudo como mi país”, “El azadón de la fe no absorbe al enemigo”, “Nada tiene sentido cuando la edad se ha convertido en un vestigio”, “Siempre ha sido difícil ver las palabras en medio de las ruinas”, “Uno nunca sabe hasta dónde es posible arar con las palabras”, “Ahora es la incertidumbre la única certeza para abrir las puertas”, “Con toda esta edad incesante de las palabras, escribo el poema”.

         De Motel (2018), que es un texto de prosa poética, prosema, citamos: “La herida en ráfagas derrama sus augurios”, “La magia del espejo nos vuelve criaturas diferentes”, “¿Quién puede negar los múltiples rostros del poema?”, “Siempre el candelero nos sorprende con su luz a media asta”, “Después de todo, abierto el resplandor se hace poema”, “Toda la marea de las aguas  empieza a ser sonambulismo”, “Solo recuerdo la desnudez ciega que nos mira en la memoria y el vacío a oscuras como la habitación que dejamos”, “Hay algo que siempre está en la conciencia y que no se puede nombrar”.

         Cuando se lee de manera morosa la poesía de André Cruchaga, advertimos una extraordinaria capacidad para construir imágenes, a partir de elementos cotidianos, materiales o abstractos. La inclusión de elementos simbólicos es notable, pues con base en ellos, elabora versos de una señalada calidad y méritos poéticos.

         En su mundo lírico, se advierte una marcada recurrencia a poetizar sobre el olvido, la memoria, el universo, la sed, el mar, el tiempo, la poesía, el infinito, su país, las palabras o, el horizonte, por citar algunos ejes temáticos caracterizadores de su poética.

         En su poesía, el símbolo es uno de los recursos más utilizados dentro del sistema de significados poéticos. Asimismo, hace gala de un manejo pleno de las figuras retóricas como procedimientos que forman parte del valor estético de la creación literaria.

         Entre sus lecturas se advierte una fortaleza en su concepción cosmovisionaria.  Puede observarse en ellas, epígrafes testimoniales de figuras tan relevantes como Antonio Gamoneda, Pablo Neruda, Andrés Sabella, Eduard Jaguer Roque Dalton, Manuel Altolaguirre, Luis Cardoza y Aragón, Jorge Luis Borges, Gabriela Mistral, Juan Antonio Massone, César Vallejo, Bertolt Brecht, Pablo Picasso, Walt Whitman, Juan Ramón Jiménez, Dylan Thomas, Aldo Pellegrini, Fayad Jamis, Joan Brossa, André Breton, o Braulio Arenas.

         Al dar cuenta de la alta productividad poética del poeta salvadoreño André Cruchaga, nos regocijamos en disponer de una docena de sus libros en nuestra biblioteca personal costarricense, pues, de esa manera, releemos sus libros y nos acercamos a su acento creativo de gran capacidad poética y de construcciones novedosas que nos ponen a reflexionar acerca del verdadero oficio de un creador holístico como André.

Desde Costa Rica, saludamos a André Cruchaga, un insigne trabajador, y difusor de la poesía sin  latitudes ni banderías, pues él sabe, y muy bien, que cada creador realiza su mejor esfuerzo por ser honesto y transparente, desde su universo creativo, en aras de  alcanzar un mejoramiento, en favor de las mayorías menos favorecidas del mundo.


LIC. MIGUEL FAJARDO KOREA

Centro Literario de Guanacaste, Costa Rica
(24 de marzo del 2019)

jueves, 21 de marzo de 2019

ATRIO PARA UN CUERVO IMPOSIBLE

Cuervo imposible (2019) André Cruchaga





Prólogo

ATRIO PARA UN CUERVO IMPOSIBLE




Cuervo imposible se posa sobre el pentagrama de lo inefable para trinar su entropía en las selvas desérticas de lo sublime
Enrique Ortiz Aguirre


No sólo en plata o vïola troncada
se vuelva, más tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
Luis de Góngora


Tan imposible como su cuervo, resulta negarse a la petición del enorme poeta salvadoreño André Cruchaga de prologar este intenso y preciosista poemario conformado por setenta y seis artefactos, en el propio decir del vate, cuya estela poética se aleja de las modas en la poesía salvadoreña (ni el coloquialismo típico, ni el cierto simbolismo acartonado, sino una experiencia poética radical) y, en cierta manera, de la poesía latinoamericana, en general; siempre resulta estimulante adentrarse en la espesura de mayólicas de su poesía, un enjambre de significados que conjura la superficialidad y falta de semántica (puro envoltorio, cáscara) en nuestros días. Frente a la alabanza de lo insustancial, André despliega los significados en un pentagrama y les confiere significados profundos e inesperados, como un cuervo que se deja caer sobre las notas para hacerlas sonar profusamente. En realidad, se trata de una salmodia fundacional, de una siniestra melodía que nos reconcilia con lo más ignoto, con el origen de lo mítico. Y ese cuervo imposible (sus alas de gigante le impiden caminar) dibuja la genuina naturaleza del lenguaje poético: colocar las palabras en el umbral de significaciones prístinas, desautomatizar el lenguaje común para dibujar la permanencia de lo primigenio, asistir a lo genésico, percibir el milagro de lo fundacional que aflora desde las alcantarillas de los sentidos, desde lo más familiar reprimido para recuperar, redivivo, a Freud, que nos retira los líquenes y musgos depositarios de tanta impostura e inercia de lo acostumbrado. Las resonancias constituyen un apasionante tejido de intertextualidad, pero hay ciertos órganos que reclaman especial atención desde sus pálpitos ensordecedores: Juan de Yepes (san Juan de la Cruz), Luis de Góngora y Argote, Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe, Rubén Darío, Vicente Huidobro y el Surrealismo, entre los no mencionados literalmente (que son muchos y constituyen un complejo conjunto polifónico inspirado por la entropía, como se dirá enseguida). En todo caso, no pueden diferenciarse por separado ni comprenderse individualmente, pues se orquestan holísticamente para procurar los dominios de lo sublime. Ese eclecticismo genial, al que se aúna una voz personalísima, única, que reivindica la poesía como conocimiento salpicada de cromatismo y sonoridad centroamericana en el abismo de la semántica tradicional, dinamitada tanto desde el extrañamiento de lo irracional como desde la intensificación de lo contradictorio, gigantesco en su devenir, de la antítesis al oxímoron tras la entronización de la paradoja.
         Sin duda, la plétora, la sobreabundancia, constituye elemento esencial de su poética. Algunos críticos, en reseñas, artículos y proemios, han insistido en el carácter sinestésico de la poesía de André, en sus influencias de poetas surrealistas franceses, en el espíritu existencialista de su obra, en la rara habilidad que muestra al ensartar metáforas para alimentar un torrente de imágenes que arrastran a todos los sentidos más a los territorios de las luces que de las sombras. Sin embargo, todo ello parece coyuntural, ancilar de un demiurgo esencial en su poética desde una semilla germinal que se acrece en este poemario para desvelar su hondísimo secreto, su feral arcano: la entropía.
Y es que precisamente esta concepción poética es la que asimila, por antonomasia, la poesía de André a la Literatura, con mayúsculas, obviamente. La naturaleza de escribir desde el desgarro, desde la trágica condición humana de vivir una sola vida y desear miles, desde la tensión del sujeto que lamenta sus cadenas, asume la derrota y, a pesar de ello, sale a batallar. La abundancia poética al concitar la eclosión fundida y confundida de todos los sentidos, la plétora expresiva del preciosismo verbal, y la acumulación de sentidos en la claudicación del significado convencional mediante la saturación significativa persiguen dar cuenta de una genuina revelación: el origen es el caos y el ansia es el desorden mismo, como síntoma de lo que nos habita. Ello nos instala inevitablemente en la categoría estética de lo sublime, incardinada en ese principio atroz que nos mueve y nos paraliza: en el principio está nuestro fin y, en nuestro fin, nuestro principio, en palabras del genial pensador Eugenio Trías, que nos dejo estéticamente huérfanos en 2013. Esta concepción poética enfatiza la noción de límite para diluirla a través del epítome y de la plétora, de la sobreabundancia, y del discurso metafórico, capaz de sustituir la realidad convencional por un artefacto autónomo, independiente de la realidad circundante, que la suplanta en aras de su canto de independencia artística, de su capacidad de respiración autónoma sin los pulmones de la realidad mostrenca. En esa dimensión poética, en la que acontecen simultáneamente el génesis y el apocalipsis, se produce la consunción de los límites y fronteras sublimados en el magma mítico del origen y de nuestra destrucción. Es, pues, una poética tan gnoseológica como ontológica para emparentar el ser con el conocer como corolarios recíprocos en la absoluta acronía de lo ilimitado. Esta destrucción del tiempo cronológico confiere altísimas dosis de lirismo al torrente visionario, ya que privilegia el espacio mítico (sin tiempo) como sucede en el ámbito de lo onírico. Así las cosas, ante la claudicación del tiempo, se erige la ucronía desde la concepción del espacio, el monumento a la prospección, a la pertinaz hipótesis que nos atraviesa. Ese detenimiento de lo ilimitado produce una cristalización efímera de lo eterno, un soplo congelado hacia la atracción de lo que nos destruye.
         Por otra parte, la entropía como demiurgo se convierte también en culpable de la polifonía de esta Comala poética, en virtud de la dilución de los límites por sobreabundancia; lo que explica que convoque la naturaleza simbólica, religiosa y espiritual de san Juan, su equilibrio imposible en el corazón del oxímoron, la mística inefable del origen, el abismo de la significación, con el tamiz de la modernidad baudelaireana, que funde los elementos citadinos, hálito de vidrios y cemento con la simbología natural y que concede la amplia belleza de lo siniestro que conecta la poesía de André con lo sublime. Al mismo tiempo, el espíritu culterano de Góngora insufla el cuidado formal, el gusto por la metáfora y la inclusión de un léxico no considerado a priori como poético, pero que -en virtud de la entropía y del exceso- resulta ineluctable en los designios poéticos de esta dimensión taumatúrgica y esencial que nos propone André, así como el culto a la nada como destino de la condición humana; el exceso verbal, pues, también contribuye decididamente a la eliminación de los límites y a la superación de fronteras; de Baudelaire ya se dijo algo, la extensión de los versos, su cercanía a la prosa, su modernidad y la tenaz crisis del individuo en el ámbito citadino, ese existencialismo enraizado en la nadería, en la poética de la desaparición, en la metáfora de la ausencia. Asimismo, este poemario concita la trágica voz de Poe y su celebérrima obra poética de El cuervo, con su estudiada musicalidad y la atmósfera sobrenatural hecha, aquí, lenguaje y malditismo, canto de lo siniestro que nuestro poeta salvadoreño, desde la existencia humana, extrapola a la ideación de país, de sueño, de tremenda pulsión hacia lo que nos destruye, hacia la nada como feral reverso del rebasamiento del todo, en el que no podían faltar la sensualidad que rezuma profundo erotismo, el exotismo verbal, las esdrújulas, los versos largos, la sonoridad rotunda y el cuidado formal darianos, ni el erotismo como marchamo de la muerte, ni la desarticulación total del lenguaje, el paracaídas de Altazor, las estructuras paralelísticas, la reiteración, la sorpresa, el adjetivo inusual, lo arbitrario o la Vanguardia con el sello indeleble de Huidobro, ni la independencia de la obra artística respecto de la realidad, logro vanguardista que comenzó a gestarse con las corrientes finiseculares y el vuelo autónomo de la metáfora. Y, por supuesto, el surrealismo y su teoría del caos, la verdad de los sueños y de lo incomprensible, de lo irracional como auténtica forma de conocimiento.
         Y, en esa contradanza de lo sublime, lo abstracto se hace concreto y se confunden; lo animado, se cosifica; lo inerte, se personifica; lo humano, se animaliza; lo animal, se humaniza; y la verdad, se hace artefacto. Esta capacidad taumatúrgica que nace de la entropía se articula, entre otros medios, a través de la metáfora, dada su capacidad de transformación, de milagro semántico, de rebasamiento de límites y consunción de fronteras para desembocar en el magma donde todo es indisociable, donde la confusión nos reconcilia con la pangea misma de nuestra existencia, con el desorden gramatical de las palabras primitivas, las palabras de la tribu que crean y que destruyen todo lo que nombran.
         Todo ello es Cuervo imposible, tal y como puede comprobarse, verbigracia, en “Anotaciones para el olvido”:
                   Todo crece hacia el escombro:
la lengua, la oración, el escapulario,
el atrio mordiendo juegos inexplicables,
la plaza con el tormento
de las estratagemas y el chaparrón de ofertas sempiternas.
—Hemos dejado de ser,
para ser Nadie,
fundamos mares y sueños de perenne mutilación,
de escombro y funeral inexplicables
Esa poética de la nada, de la figura de nadie, mediante una técnica de permanente desgarro, de divorcio pertinaz en la metáfora de la devastación y del desprendimiento, el lenguaje de la caída, la creación en el vórtice. Con este poemario, el lector queda sobrepasado por una sensación de belleza lingüística que encuentra su fulcro en lo siniestro y en lo ilimitado, promoviendo la aquiescencia de lo sublime. Una experiencia frenética que nos apresa, víctimas del síndrome de Stendhal, ahítos de metáfora y de extrañamiento, vencidos de hipálages, hipérbatos, aliteraciones y lujos verbales que producen anonadamiento y éxtasis contemplativo.
O, en “Vivencia de la humedad”:
Nos hemos edificado en el abismo de esta materia:
sin posibilidades de hallar la lámpara de los peces,
el vestigio del pulso,
la punta del ala que nos ofrezca una salida.
La eternidad nos vuelve bruma de granito.
Donde el oxímoron final da buena cuenta de nuestro pertinaz anhelo y, simultáneamente, de nuestra efímera y precaria condición, en el abismo de la nada.
O, en “Rostro de la calle”:
 Para mí y para vos, cada calle nos borra la esperanza.
Salvo el laberinto de la muerte,
nada más nos acompaña
en la travesía: cada transeúnte es un grito entre grises.
La existencia concebida, pues, desde la desaparición, desde el reino de naderías de nuestro destino; y esa genial metáfora del laberinto de la muerte que nos encierra en el fabuloso Dédalo del lenguaje, plagado de celadas, construido sin salidas para el lector. Y ese cansancio vital en “Venablos del desvarío” y, en el carácter proteico de la nada, esa poética del crepúsculo, del ocaso como objeto lírico sempiterno (“Rictus del hollín”), del caos (“Áspero patíbulo”), de la desnudez como desahucio (“El poro en el espejo”), del vacío (“Espacio insondable”), de lo oscuro y lo siniestro (“Cuervo”), de la ausencia de signos de puntuación (en la prosa poética torrencial, a modo de caída de “Cuervo del respiro”), de la repetición circular y sin sentido (en el brevísimo “Ciudad mientras camino”), de la demencia y el exceso (“Locura”), de lo grotesco y lo deformado (“Errores involuntarios”), de la esquizofrenia y lo mutilado, hasta la emasculación, (“Agujeros de miedo”), de las sombras, de los tiempos oxidados y de un largo etcétera que conforma el carácter poliédrico de un caleidoscopio del vacío y la pérdida, de la caída como estado permanente.
Así pues, hay verdadero aliento poético en torno a la entropía como mejor demiurgo de la poética de la pérdida, del lirismo del inefable silencio que anuncia nuestro origen y presagia nuestro acabamiento; de esa frenética acumulación para conjurar la nada que nos respira, que nos aguarda y nos crea en ese paradójico milagro del desorden, cuna y sepultura de todos nuestros desvelos. La poesía de André Cruchaga responde, por exceso, a la propia naturaleza del género lírico y vindica su esencialidad desde la perspectiva lúcidamente crítica de Víctor Vich, ya que es una poesía que habla del sujeto y de su trágica condición, de los vínculos y su problemática, y del lenguaje, auténtico alarde, protagonista brillante de este vuelo imposible, logrado desde las raíces.

                                               En Madrid, en las postrimerías de un año más.


Dr. D. Enrique Ortiz Aguirre,
Universidad Complutense

domingo, 10 de marzo de 2019

ME AHOGO, ME AHOGO, ME AHOGO

Roger Guzmán, El Salvador



ME AHOGO, ME AHOGO, ME AHOGO
Roger Guzmán




¡Qué edificante espectáculo hemos dado nosotros
Con nuestras llagas, con nuestros dolores!
Nicanor Parra, Poemas y Antipoemas.



VOMITO.
Vomito hombres
que vomitan a otras maquinarias y a otros fetos.
Vomito la tormenta
que se alimenta con los pedazos del cielo que se desmoronan.
Vomito un desierto y hastiado me rasgo la garganta,
vomito cielos que enseguida se caen,
vomito tormentas
que agrietan al horizonte,
lo pintan de gris.
Pero me he rasgado la garganta
y lo mancho con mi sangre.

(No me duele nada,
quizá algún día me dolió algo
pero ahora el dolor me aburre).

Vomito sobre mi madre y ella me acaricia.
Me molestan sus manos y la golpeo con todas mis fuerzas.
Da un grito
de placer,
de nuevo vomito.
Muchas mujeres vienen a acariciarme.
Les canto un rap a sus traseros,
golpeo sus traseros,
gimen,
el cielo se desploma y las aplasta.
Vomito un paisaje tropical,
más mujeres vienen a acariciarme.
Mi madre ríe con una lágrima.
Busco a mi padre.
Vomito a muchos padres.
Se esfuman.
Las mujeres persisten y gustan de los golpes.
Los hombres se asesinan entre ellos.
Las máquinas hipnotizan a las personas.
Las máquinas reproducen mujeres y hombres más perfectos.
Los hombres matan a las mujeres.
Los hombres buscan mujeres porque las necesitan.
Se matan.
Las máquinas escupen fuego,
yo escupo fuego.
Todos decidimos quemar al mundo con nuestra saliva.
Queremos quemarnos.
Tenemos que llevar a las brujas a la hoguera.
Ellas también vomitan.
Nos rasgamos la garganta.
Intentamos gritar.
Nadie nos escucha.
Somos dragones.
Las brujas vomitan.
Las montañas vomitan.
Las máquinas vomitan.
Los hombres vomitan.
Somos dragones.
Las palabras queman.
Nuestros ojos queman.
Tenemos frío.
Tanto fuego nos ha dado frío.
Vomito gente.
Me vacío de tanto vomitar y del vómito vuelvo a levantarme.
Vomito el océano y me lo trago.
Decido comerme a mi madre.
Decido hartármelo todo.
Regurgito.
Le doy un beso a mi novia.
La alimento.
Me alimento de ella.
Beso a otros hombres y a otras mujeres.
Los vomito.
Huele a vómito y ceniza.
La ceniza mojada me permite formar figuras.
Hago una escultura en forma de perros,
Perros con rabia.
Otra de gente perseguida por los perros.
Otra de cerdos revolcándose entre el vómito de todos.
Se me sale el vómito aunque estoy distraído.
Me rasgo la garganta.
Construyo al mundo con las cenizas y la humedad.
Mi vómito es la sopa primigenia.
Todos escupen fuego y me evaporo.
Me quedo en el aire
y desde el aire vomito.
Soy vomitado.
Soy ceniza.
Fuego.
Soy el aliento de todas las cosas.


ME DESPRENDO de mi mundo y caigo.
Quiero flotar en el abismo oscuro de pequeños puntos de luz,
quiero flotar,
solamente.
Pero caigo
y las gentes de abajo me ven y creen que soy el cielo
o una bola de fuego suspendida en el espacio.
A mi lado otros caen.
Nadie allá abajo puede ver que el cielo está arriba de nosotros.
Nadie sospecha que pronto nos estrellaremos contra ellos.
Creo que caigo,
pero quizá son los de allá abajo los que caen hacia nosotros.
Hay un abismo horizontal que nos separa.
Hay muchos abismos verticales a mi lado.
Pero yo quería flotar
en aquel abismo más allá del cielo,
con muchos puntos de luz que flotan,
que no caen,
que no responden a leyes de manzanas caídas,
ni a teorías acerca de una gran explosión.
O tal vez si.
Tal vez todos nos dirigimos a un mismo punto,
tal vez todo se dirige a un mismo punto
para chocar unos contra otros,
la vaca con el perro,
el cerdo con el hombre,
las aves,
las aves,
las aves quizá puedan luchar contra la gravedad,
pero se cansarán,
o podría suceder que en su lucha por esquivar a todo el que caiga
alguien que venga detrás de otro las tome por sorpresa y pueda golpearlas y las hiera.
Quizá nada pueda salvarse.
Quiero ver hacia el cielo.
No puedo voltear.
Me acerco a toda velocidad a mi destino.
Los de abajo son una réplica de los que caemos.
Realmente son ellos los que caen, son ellos,
porque detrás hay una boca gigante que los vomita.
Pero por qué siento que soy yo el que cae.
Qué me sostiene.
Quiero ver hacía atrás.
Lo logro.
La boca gigante está detrás de mí.
También está frente a mí.
Soy yo quien cae.
Me estrellaré contra un espejo.
Me estrellaré contra mí.
Huele a vómito.
Huele a carne quemada.
Me estrello.
Me sumerjo en el espejo.
Voy hacia la boca gigante allá abajo.
Me hundo.
Ya no soporto.
Me ahogo.
Me ahogo.
Me ahogo.


TODO ME es familiar:
las personas y el olor a excremento en las esquinas,
el color de las paredes y el humo gris de los automóviles,
la paz permanente de la vida, es decir, la paz permanente de la muerte,
las multitudes,
los rebaños,
las cuatro paredes de mi habitación y la falta de hogar de algunos,
las guerras y los rumores de guerra,
las voces de los sin voz desde sus comodidades,
las voces de los sin voz que se arriesgan a ser silenciados,
el rostro hermoso de un bebé,
el cuerpo deseable de una mujer,
los hongos de mis pies,
el olor de mis axilas,
la fealdad de mis manos y del horizonte,
la aparente simpleza de las estrellas,
nuestra simpatía por los fanatismos,
las iglesias,
la política,
los deportes,
las rameras,
los cantos de sirena,
las salas de hospital,
las cárceles,
las subestimaciones,
las faltas de refugio,
todo,
todo,
hasta las profundidades o lejanías insondables,
hasta lo desconocido,
todo o casi todo,
excepto mi yo en el espejo,
excepto mi yo sin cuerpo
ni máscaras,
excepto mi vida
                           y mi muerte.


SI TODOS los gusanos fueran mariposas
si todos los gusanos no se alimentaran de gusanos,
si todos se alimentaran de carne al igual que de árboles
y de sus frutos y de sus hojas,
de los esfuerzos de los otros,
de sus esperanzas.

Si todos los gusanos fueran nada más que gusanos,
si las lombrices no fueran gusanos,
si los cerdos no fueran gusanos,
si no hubiera forma de arrastrarse por el cielo,
ni la necesidad de elevar plegarias.
Si todos los gusanos fueran orugas
o la imagen de una tortuga que nada
o el resplandor de una lágrima que quiere salir
o el rostro sonrojado por el deseo.
Si todos los gusanos fueran nada más que gusanos,
si la gripe no fuera un gusano,
si la lepra o el cáncer,
si el sida o la sobrevivencia,
si el arte o los que se pretenden artistas,
si todo el que decide negarse
o el que decide quedarse o huir,
si mi pene o tu vagina,
o los agujeros del tiempo.
Si el mundo entero,
nuestro universo entero,
no fuera un cementerio de mariposas.
Si todos lo gusanos fueran aves
o excrementos de dinosaurio
o automóviles
o heteromóviles
o máquinas de escribir
o de reproducción
o simples maquinarias para moverse.
Si nuestro mundo no fuera un cementerio de gusanos
alimentado por gusanos.
Si al morir no nos volviéramos un montón de gusanos.
Si la alegría no fuera un gusano que se alimenta de nuestras emociones,
si la tristeza no lo fuera,
si hasta lo más inhóspito
o el vómito o la mierda,
si el sentido o la dirección.
Si todos los gusanos fueran mariposas
y el reflejo del sol en la llovizna un conjunto de colores.
Si el vacío fuera el vacío y mi cuerpo mi cuerpo.
Si nuestras llagas,
si nuestros dolores.
Si nuestros mayores deseos
no fueran nuestros mayores temores.


_________________________
Roger Guzmán. San Salvador, El Salvador, 1981. Perteneció al "Taller de poesía de La Casa del Escritor" que impartió Rafael Menjívar Ochoa. Obra publicada: Un sitio sin lugar (Editorial Equizzero, poesía, 2010), Me ahogo, me ahogo, me ahogo (Proyecto editorial La Chifurnia, poesía, 2015), Óxido, pena y verdugo (Zeugma Editores, poesía, 2016) y Ay ay ay Uy uy uy (Proyecto editorial La Chifurnia, poesía, 2017).