SOBRE LA POÉTICA DE «ÚLTIMO ESPANTAPÁJAROS»:
Ética del residuo y persistencia, la obstinación de
permanecer, bajo la intemperie donde la memoria no se rinde
En su lugar ofrecen las irisaciones pastel de
un agonismo consentido, de una profecía cumplida, suave y hedonista, pero, a la
vez, obscena y decrépita como la imagen de un viejo senador romano cubierto de
pámpanos en el peor cine de Hollywood.
JAIME BRIHUEGA
El libro
configura una poesía de alto voltaje moral y simbólico, donde la reiteración no
es redundancia, sino insistencia ética. El texto exige un lector dispuesto a
atravesar la espesura, a aceptar la incomodidad, a leer sin esperar consuelo. Último
espantapájaros no busca reconciliar: busca despertar, incomodar, dejar una
astilla en la conciencia. Es una escritura que no embellece la ruina, sino que habla
desde ella, con lucidez, furia contenida y una fidelidad radical a los cuerpos
que la historia insiste en olvidar.
El «nosotros»
fisurado y la ética de la intemperie. Desde Reiteraciones, el libro
plantea una desconfianza radical hacia el «nosotros”» como categoría política y
lingüística. Ese pronombre aparece contaminado («falaces y fálicas»),
erosionado por la demagogia, el mercado, la violencia simbólica y material. El
hablante no se instala cómodamente en una voz colectiva; por el contrario, la
problematiza, la somete a sospecha, la descompone en fragmentos. Este gesto
inaugura una ética de la intemperie: el poeta habla desde la precariedad, desde
el tránsito, desde la imposibilidad de un refugio estable —ni en la comunidad
ni en la historia ni siquiera en el lenguaje.
Poética del
tránsito y del desgaste. A lo largo de textos como ESQUINAS, ANDENES
RESUCITADOS, CAMINO DE CONTRAPESOS o TRÁNSITO DE DELACIONES,
el motivo del caminar se vuelve central. Caminar no es desplazarse: es
sobrevivir, es aceptar la provisionalidad como destino. El sujeto poético es un
transeúnte exhausto, un testigo que no llega, que no culmina, que se mueve
entre ruinas simbólicas y materiales. La reiteración del movimiento («caminar,
caminar») refuerza la idea de que no hay epifanía final, sólo persistencia.
El lenguaje como
campo de batalla. Uno de los núcleos más potentes del libro es la
conciencia de que el lenguaje está herido. Aparece «ahuecado», «erosionado»,
contaminado por la retórica del poder, por el mercado, por la religión
institucional, por los discursos políticos.
Sin embargo, el
poema no renuncia al lenguaje: lo fuerza, lo sobrecarga, lo empuja hasta el
borde de su quiebre. La sintaxis dilatada, las enumeraciones febriles, los
encabalgamientos conceptuales no buscan claridad, sino exponer la fatiga misma
del decir. En ese sentido, la reiteración es también una forma de testimonio:
decir otra vez porque lo dicho no basta, porque el horror persiste.
Tenemos aquí una
crítica social sin panfleto. Textos como REALIDAD DIARIA SOBRE LA
TIERRA, BAJO MUNDO, CRUCIFIJO EN EL PECHO o ABSURDO DEL
AHOGO construyen una crítica feroz a la pobreza estructural, la violencia,
la hipocresía religiosa y la mercantilización de la vida.
Lo notable es que
esta crítica no se articula desde el panfleto, sino desde una imaginería
corporal y simbólica: hambre, huesos, ceniza, basura, cuerpos descartables. La
realidad no se describe; se encarna. El poema se vuelve un espacio donde la
injusticia deja marcas físicas.
Religión, mito y
desencanto. La presencia de símbolos religiosos —Cristo, la cruz, el
himno, la liturgia— no apunta a la fe sino a su desnaturalización crítica.
Cristo aparece como pueblo crucificado, no como redentor abstracto. La religión
institucional es denunciada como cómplice del hambre y del silencio.
Al mismo tiempo,
el libro dialoga con mitos literarios (Goethe, Virgilio, Darío, Ashbery)
no desde la reverencia, sino desde una relectura desencantada, consciente de
que ya no es posible fundar una épica clásica.
El espantapájaros
como figura central. El espantapájaros funciona como una imagen axial: figura
inútil, grotesca, expuesta, colocada para ahuyentar, pero incapaz de proteger.
El poeta mismo se reconoce en esa condición: un cuerpo erguido en medio del
campo devastado, más símbolo que defensa, más testimonio que solución. Último
espantapájaros: no porque no haya más, sino porque ya nadie cree en su
eficacia.
Último
espantapájaros es poesía como oficio y como conjuro. A pesar del tono sombrío,
hay una persistente fe en la poesía —no como salvación, sino como gesto
necesario. OFICIO MATUTINO y POESÍA DEL CONJURO CON LUNA DE CIPRÉS
formulan una poética del trabajo diario: escribir como limpiar, como abrir,
como acompañar a los muertos y a los vivos en su precariedad. La poesía no
redime, pero nombra, y en ese nombrar resiste al borramiento.
Desde Hojarasca
del claroscuro hasta arcilla del rudimento es un bloque de poemas de los más
radicales, densos y exigentes de ÚLTIMO ESPANTAPÁJAROS. Aquí el poeta
desciende a zonas de alto riesgo: el delirio, la desesperanza, la crítica sin
consuelo, la memoria como herida abierta.
El resultado es
una poesía de extrema honestidad, que no concede alivios fáciles ni gestos
decorativos. El espantapájaros ya no sólo está expuesto al campo devastado: es
él mismo hojarasca, residuo que arde, que piensa, que vigila todavía.
Una escritura que
no busca agradar ni cerrar heridas, sino permanecer alerta en el claroscuro,
allí donde la poesía sigue siendo, a pesar de todo, una forma de resistencia
lúcida.
Hojarasca del claroscuro desplaza el eje hacia una poética
del espesor interior, donde el conflicto ya no se sitúa sólo en la intemperie
social e histórica, sino en la zona intermedia —turbia, ambigua, nocturna—
entre conciencia y delirio, memoria y cuerpo, supervivencia y disolución. El
claroscuro no es aquí una categoría estética, sino un estado ontológico.
La hojarasca:
residuo, memoria, combustión. Un segundo bloque de poemas seleccionado
para su comentario es programático. La hojarasca remite a lo que cae, se
acumula, se descompone; pero también a lo que fertiliza. No hay paisaje limpio:
todo está cubierto de restos, de capas de experiencia, de palabras gastadas, de
recuerdos que no terminan de morir.
El claroscuro,
por su parte, no propone conciliación entre luz y sombra, sino su coexistencia
conflictiva. La luz aparece siempre herida, parcial, sumergida; la sombra,
lejos de ser mero negativo, es sustancia viva, respirable, casi táctil.
Veamos, ahora, el
cuerpo como campo de batalla. En poemas como ALUCINACIONES, JAULA,
DESNUDEZ DEL HOMBRE CENTINELA o CONFESIÓN, LAPSUS DE LA CARCOMA,
el cuerpo se vuelve el territorio central del conflicto. No es un cuerpo
erótico ni simbólico en clave idealista, sino un cuerpo atravesado por hambre,
desgaste, insomnio, deseo, culpa, enfermedad y memoria. El yo poético no
observa su cuerpo: habita en él como en una cárcel porosa, donde se mezclan lo
fisiológico, lo onírico y lo político. La carne es archivo y condena.
Último
espantapájaros es escritura del delirio controlado. La sección asume sin reservas una
estética del exceso: frases torrenciales, asociaciones vertiginosas,
enumeraciones obsesivas, saltos sintácticos que rozan el colapso. Sin embargo,
no se trata de escritura automática ingenua.
El diálogo
explícito con Tristan Tzara, René Char, Aragon sitúa estos textos en una
tradición surrealista crítica, donde el delirio no es evasión sino método de
conocimiento. El poema se deja poseer por la alucinación, pero la conduce: hay
conciencia del abismo, no abandono irresponsable.
La jaula, el páramo, el destierro. Tres imágenes
vertebran simbólicamente esta parte del libro: La jaula: metáfora del yo, de la
sociedad, del lenguaje mismo. No hay barrotes visibles, pero sí una clausura
interior que se reproduce incluso en el deseo de libertad. El páramo: espacio
de desolación extrema (PÁRAMO DE PERPETUO INFIERNO), pero también de
resistencia mínima. El páramo no mata del todo: endurece. El destierro: no sólo
geográfico, sino existencial y lingüístico. En CALLE DE MEMORIA Y DESTIERRO,
el sujeto se exilia incluso de sí mismo, viviendo de restos, de calles
interiores, de una memoria que sangra.
Crítica histórica
y política desde la interioridad. Aunque esta sección parece más
introspectiva que la primera, la crítica social no desaparece: se vuelve más
corrosiva. En HORIZONTE DE DEFUNCIONES, ESPERA INFRUCTUOSA o OPTIMISMO
A CUENTAGOTAS, el poema denuncia la oligarquía del hambre, el vaciamiento
de los derechos civiles, la falsificación de la esperanza, el lenguaje como
mercancía. La diferencia es que ahora esa crítica atraviesa el yo, lo hiere, lo
descompone. El sistema no está afuera: habita en los poros, en el cansancio, en
la renuncia a esperar.
El hombre
centinela: vigilia sin redención. Una de las figuras más logradas de
esta sección es la del hombre centinela: alguien que vigila sin esperanza de
relevo, sin promesa de amanecer. Ser centinela no implica heroísmo, sino
condena a la conciencia. Ver demasiado, recordar demasiado, nombrar incluso
cuando el lenguaje se pudre. La desnudez del centinela no es mística: es
desprotección absoluta.
Agua, lluvia,
delta: la ambigua posibilidad de lo fluido. Hacia el tramo final (LLUVIA
DEL DESLAVE, DELTA DE AGUAS ROTAS, ARCILLA DEL RUDIMENTO), el
agua introduce una variación tonal. No es purificación ingenua: el diluvio
arrasa, el delta confunde, la arcilla ensucia. Pero en esa materia húmeda,
dúctil, aparece una posibilidad mínima de recomposición. No redención, sino
aprendizaje: ensayo y error, rudimento, reconstrucción precaria de sentido.
Lenguaje
consciente de su ruina. El libro no confía en el lenguaje, pero no
renuncia a él. La palabra aparece carcomida, herrumbrosa, excesiva, al borde
del colapso. Sin embargo, escribir sigue siendo un acto de insistencia vital. La
poesía no salva, pero demora el derrumbe, deja marcas, se convierte en
hojarasca fértil para un futuro incierto.
Desde Rastro
Inverosímil a Fantasmas, Último espantapájaros constituye el núcleo más
extenso, polifónico y memorial del libro. Si en las secciones anteriores
predominaban la intemperie ética y el claroscuro interior, aquí el poema se
abre a una lluvia coral de voces, tiempos, espacios y espectros, donde
la subjetividad se vuelve archivo, crónica afectiva y conciencia histórica. No
es una suma de textos, sino un continuum narrativo-poético, una larga
respiración donde el yo se disgrega para alojar lo colectivo.
Último
espantapájaros es una obra extensa, ambiciosa, arriesgada. Aquí el libro se convierte
en crónica poética de una vida atravesada por la historia, en testimonio lírico
de una nación herida y de un sujeto que se sabe resto, cicatriz, eco.
No es una poesía
complaciente ni breve; exige un lector dispuesto a caminar entre ruinas, a
escuchar voces superpuestas, a aceptar que el sentido no se entrega limpio,
sino embarrado de memoria.
En este tercer
bloque de poemas seleccionados, el espantapájaros ya no sólo resiste: recuerda.
Y recordar, en este libro, es el acto más radical de justicia.
La «lluvia» funciona
como forma de polifonía y desbordamiento. Lluvia de voces extrañas
no alude sólo a multiplicidad de registros, sino a una forma de caer: las voces
no se ordenan jerárquicamente, irrumpen, empapan, erosionan. El poema ya no
habla desde una sola conciencia, sino desde una superposición de memorias: la
infancia, la pobreza, la violencia política, el exilio, la genealogía familiar,
la historia nacional.
Esta sección
adopta deliberadamente una estructura de deriva: viajes, estaciones, muelles,
casas derruidas, trenes, calles, patios, ríos. Todo está en tránsito. El poema
se mueve como la lluvia: no progresa linealmente, desciende por acumulación,
dejando sedimentos.
El yo como
testigo y como resto. El sujeto poético aquí no es heroico ni estable.
Es un yo erosionado, consciente de su fragilidad, que se reconoce como
espantapájaros, caminante, fugitivo, hijo, huérfano, testigo de una historia
que lo excede. En textos como Salto al vacío, Fuga sin equipaje, Historia
íntima o Desmesura del apátrida, el hablante se define por la
pérdida: de casa, de patria, de certezas, incluso de identidad.
Este yo no se
confiesa para absolverse, sino para dejar constancia. La escritura funciona
como acto de inventario: «cicatriz con addenda», «historia íntima», «olvido».
Cada poema es una nota al margen del vivir, un intento de registrar lo que no
tuvo relato oficial.
Memoria familiar
y pobreza estructural. Uno de los logros más conmovedores de esta parte
es la incorporación de la memoria doméstica y familiar sin idealización. La
infancia aparece ligada al hambre, a la precariedad, a la ausencia del padre, a
la figura materna trabajando, a los abuelos, a la casa de adobe, al tren, al
mercado, a los oficios humildes.
Poemas como Muelle
en el río Lempa, Casa empapada de rostros, Estación de Las Pavas,
Cicatriz con addenda o Jardín de furias y batallas convierten lo
autobiográfico en símbolo colectivo: la historia personal es inseparable de la
historia social de El Salvador. La pobreza no es un accidente, es una condición
histórica heredada, transmitida como una cicatriz.
Historia nacional
y violencia política. La sección asume con claridad una conciencia
histórica explícita. Aparecen la dictadura de Martínez, la matanza indígena,
las dictaduras militares, la represión, la cárcel, el exilio. Sin embargo, el
poema rehúye el tono documental: la historia se filtra a través de imágenes
corporales, domésticas y sensoriales.
En Historia
íntima, Adversidad innumerable, Claroscuro o Desmesura del
apátrida, la patria es una entidad ambigua y dolorosa: espina, ruina,
bandera hecha escombro. La nación no protege, hiere. El apátrida no es sólo
quien migra, sino quien ya no puede reconocerse en el discurso oficial.
Viaje, tren, río:
símbolos del tránsito perpetuo. El viaje es una de las grandes metáforas
estructurales de esta parte. No es turismo ni aventura, sino desplazamiento
forzado: trenes atestados, estaciones pobres, muelles, ríos, caminos
polvorientos. El río Lempa, en particular, funciona como eje simbólico:
memoria, infancia, paso del tiempo, persistencia.
Viajar aquí es
una forma de pensar. El sujeto se desplaza para entender, para recordar, para
no quedar fijado en el trauma. Sin embargo, no hay destino final: el viaje es
condición permanente.
El espantapájaros
como figura ética definitiva. En Lamentación de un espantapájaros,
la figura central del libro alcanza su formulación más clara. El espantapájaros
es el sobreviviente inútil, el testigo que permanece de pie entre ruinas,
incapaz de ahuyentar del todo la devastación, pero negado a desaparecer.
El espantapájaros
es el poeta mismo: expuesto, ridículo, erosionado por el clima histórico, pero
todavía ahí. No representa poder, sino persistencia.
El Lenguaje es el
recurso que permite visibilizar la conciencia del desgaste. Este tercer bloque
de poemas seleccionados lleva al extremo una poética del exceso verbal:
imágenes encadenadas, enumeraciones, asociaciones inesperadas, frases que se
prolongan como torrentes. El lenguaje intenta abarcar lo inabarcable, decir lo
que no tuvo voz.
Al mismo tiempo,
el libro es plenamente consciente de la insuficiencia del lenguaje. Aparecen el
balbuceo, la ortografía rota, el analfabetismo simbólico, la dificultad de
nombrar. El poema se escribe desde la ruina del decir, no desde su dominio.
Luz final: no hay
redención, sino conciencia. Aunque emergen momentos de luz (Luz, Vitral,
Muelle en el río Lempa), esta claridad no es redentora. Es una luz
sobria, casi doméstica, que permite ver sin ilusiones. No salva, pero permite
permanecer.
La escritura no
promete justicia ni reparación; promete memoria. Y esa memoria, aunque
dolorosa, es el único territorio habitable.
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